Ocho años de poca monta

Ocho años de insignificancias

El teléfono sonó a las siete y media, justo cuando estaba en la cocina viendo cómo hervía el agua en el cazo. La cocina era antigua, de gas, con las rejillas de hierro fundido cubiertas de la grasa de otros, esa que me empeñaba en limpiar pero nunca terminaba de irse. Cada mañana ese rastro me recordaba que este piso no era mío, que por aquí habían pasado otras vidas, otras costumbres, otros pucheros.

Miré la pantalla. Inés.

Descolgué.

No has respondido otra vez a su mensaje dijo mi hija directamente, sin saludar.

Buenos días, Inesita.

Mamá, hablo en serio. Me ha escrito ayer. Dice que le ignoras.

El agua rompió a hervir. Apagué el fuego y lancé al cazo una bolsita de té. Barato, español, la caja de papel con cincuenta unidades. Antes sólo bebía té de hoja, cingalés, ese que Tomás encargaba en una tienda de la Calle Mayor.

Que diga lo que quiera respondí.

Mamá, ¿entiendes lo que haces? Vives en una zona cutre de Vallecas, igual tienes hasta cucarachas, estás sola, estás a punto de cumplir sesenta…

Tengo cincuenta y ocho.

Eso es casi sesenta. Y dejaste a una buena persona, un piso en pleno centro, una vida normal. ¿Por qué?

Miré por la ventana. Afuera, el cielo estaba gris del otoño madrileño, un plátano sin hojas, un trozo de ladrillo desconchado del edificio de enfrente. Al fondo pasó un tranvía. Las vías aquí suenan fuerte, las primeras noches no podía ni dormir.

Luego me acostumbré.

Inés, voy a llegar tarde al trabajo.

Es que nunca quieres hablar de esto en serio.

Quiero, pero no ahora, y no así. ¿Por qué no vienes el sábado? Preparo sopa.

A tu agujero no voy.

Agujero. La palabra también le había llegado ya. Seguro que por culpa de Teresa.

Vale dije tranquila, lo hablamos otro día.

Mamá…

Te quiero, Inés. Adiós.

Dejé el teléfono en la mesa. Cogí el cazo y eché el té en un vaso grueso de los de toda la vida, de los que encontré en el armario de la cocina, junto con las ollas que no eran mías. Era auténtico, pesado, con sus aristas. Hacía años que no veía uno igual. Probé un sorbo. El té estaba caliente, algo áspero, con un deje raro del papel.

Lo tomé de pie, mirando el plátano tras los cristales.

Luego me vestí y salí de casa.

***

El portal olía a humedad y a gato. En el tercero vivía uno, nunca lo había visto, pero siempre lo oía maullar por las noches. Subí a pie, sin ascensor: cuatro tramos de escaleras, pasando por los buzones llenos de etiquetas caídas, por un viejo trineo que alguien dejó allí desde el invierno pasado.

No hacía más de cinco grados en la calle. Cerré bien el abrigo y caminé hacia el metro. Vallecas aún era desconocido para mí: medio año viviendo aquí y seguía perdiéndome en las calles. Puente, San Diego, Pablo Neruda. Todo era diferente al centro. Calles anchas y silenciosas, árboles en fila. La gente iba rápido, sin mirarse, como en todo Madrid, pero aquí no había el nervio central que tanto me irritaba.

En el colmado de la esquina compré un litro de leche y media barra de pan. La cajera, una chica joven con sombra verde en los ojos, ni me miró. Conté el cambio en euros, guardé las compras y salí.

El metro estaba cálido y ruidoso. Viajé de pie, pensando en el proyecto. Ayer, José y yo habíamos terminado el primer bloque de planos, y hoy tocaba lidiar con la estructura del sótano, que milagrosamente seguía en pie desde el siglo XIX.

El edificio estaba en Chamberí. Pequeño, de finales del XVIII, la casa principal y dos alas, y una especie de cochera reconvertida a saber cuántas veces desde entonces. Había pasado de mano en mano; en el franquismo fue almacén, luego quedó abandonada veinte años. Ahora había dinero, gente interesada en rehabilitarlo como centro cultural, y un equipo de proyecto. Yo, arquitecta principal de restauración. José se encargaba de la parte técnica.

Era un trabajo de verdad. Nada que ver con las reformas de pisos que hacía cuando estaba con Tomás, solo para mantenerme ocupada. Esto era grande, tenía historia.

***

José estaba ya en la obra cuando llegué. De pie en medio del gran salón, con su eterna chaqueta gris, flexómetro en mano, mirando al techo.

Buenos días dije entrando.

Mira esto indicó señalando una esquina donde el yeso se había desprendido, dejando ver el ladrillo antiguo. Ya sé por qué ha cedido el techo. La viga está rota de lado a lado. Esto es más sustitución que restauración.

¿Rota o abierta por los nudos de crecimiento?

Ven, te enseño.

Subimos por una escalera medio apuntalada pero aún temblorosa. Me agarré a la barandilla y olí ese aroma a madera vieja, seco y polvoriento, dulce y triste a la vez. El olor del tiempo, de vidas pasadas que aquí se consumieron.

Siempre me gustó ese olor.

José me mostró la viga. Me agaché, saqué la linterna y repasé la hendidura con la luz.

No son solo nudos, míralo dije. Es daño mecánico. Aquí hubo algo pesado.

Probable. Algún torno, quizá.

O varios. Este fue almacén.

José se agachó conmigo. Miramos la viga bajo el viento que entraba por una ventana rota.

Habrá que cambiarla concluyó.

Sí, pero con la misma técnica. Anoche vi en el archivo una memoria sobre la madera, creo que era pino local de buena edad.

Hoy día, conseguir eso…

Conozco un aserradero bueno en Soria, los usé en otra obra. Les llamaré.

José asintió y se sacudió las rodillas. Era un hombre alto, algo encorvado, siempre escuchaba con la cabeza casi gacha, pareciera que piensa en otra cosa, pero era solo apariencia. Escuchaba todo, muy atento, nunca interrumpía. Me acostumbré a eso en estos meses y lo aprecio.

¿Quieres té? He traído termo.

Quiero.

Salimos al pasillo. José sacó el termo y dos vasos de plástico. Sirvió.

Hoy estás un poco… no terminó la frase, pero me miró.

¿Un poco cómo?

No sé. Muy centrada.

Sonreí.

Eso significa que esta mañana me ha llamado o mi hija o mi hermana.

No preguntó más. Me tendió el vaso.

El té sabía bien, no era de bolsa.

***

A Teresa la vi el domingo. Se plantó en casa sin avisar con un bizcocho. Me llamó por el portero: “Ábreme, que vengo con tarta”. Así, sin más.

Teresa me llevaba tres años, vivía en Argüelles con el marido, Félix, llevaba una década de contable para una constructora, y sus opiniones eran de esas rocosas, inmunes a cualquier argumento. Entró, barrió el piso con la vista y puso esa cara que le conocía desde pequeña: mezcla de compasión y cierto triunfo.

Madre mía dijo. ¿Esto es el baño o el trastero?

El baño.

Tiene las baldosas rotas.

¿Trajiste tarta o no?

Claro dejó la tarta en la cocina, revisó otro poco. De verdad, Clara, explícame. Tenías un piso en Embajadores, tres habitaciones, un buen hombre. ¿Acaso te pegaba?

No.

¿Te era infiel?

Tal vez, no lo sé. Ya me daba igual.

Entonces, ¿por qué? ¿Qué pintas aquí? Estás loca a estas alturas, ¿te das cuenta?

Fui a por los platos.

Teresa, no empieces.

¿Que no empiece? ¡Si soy tu hermana! ¿No debo decirlo? Inés me llama llorando, él llama preguntando si sé algo. Un buen hombre, ¡ojo!

Bueno, lo es… para otra dije. Corta la tarta.

Siempre igual, “corta la tarta”. Nunca quieres hablar.

Hablo. Ya te lo he explicado más de una vez.

No me has explicado nada. “No me sentía bien”. ¿Sabes a cuántos no les va bien? Y yo no me escapo de Félix para meterme en un cuchitril.

No comparto piso, estoy sola aquí.

¡Sola! exclamó. Cincuenta y ocho años, sola en este sitio, trabajando por cuatro duros, ¿y dices que va todo bien?

La miré. Teresa era grande, cálida, con su jersey beige de siempre, y en sus ojos solo había verdadero desconcierto. No podía enfadarme con ella por no comprender.

Tere dije baja. Si te pierdes sin mí, menuda boba bromeó Teresa.

Negué.

Si me pierdo, será por mi cuenta.

Se me quedó mirando.

¿Eso qué narices quiere decir?

Nada, tonterías le serví tarta. ¿De qué la hiciste?

De repollo y seguía revisándome. De verdad, ¿estás bien? ¿Vas al psicólogo o algo?

Voy.

¿Y qué te dice?

Que tomo decisiones buenas.

Todos dicen eso, les pagas para eso.

Tomamos el té y hablamos de Félix, de su espalda, de que los nuevos vecinos habían comprado un perro y no paraba de ladrar. Yo escuchaba. Fuera ya oscurecía, el cielo entre los árboles viraba a violeta.

Al irse, Teresa se paró en la puerta.

Al menos escríbele me pidió. Está preocupado.

Vale mentí.

Sabía que no lo haría.

***

Con Tomás estuve ocho años. No casados legalmente, él era muy suyo con esas cosas en el papel, lo cual ya decía bastante, pero eso no lo entendí hasta tarde.

Los dos primeros años fueron distintos, o así lo recuerdo. Era atento, me llevaba al teatro, a restaurantes, viajamos a Italia y a Praga. Me decía que era inteligente, que tenía gusto. La cosa comenzó a torcerse, despacio, invisible, como una grieta en la pared.

Empezó con detalles. Una vez llevé un vestido verde el que más me gustaba a su cena de empresa. Me miró en el recibidor y dijo: “¿Estás segura?”. Nada más. Me lo cambié, me puse el negro.

Luego vinieron los comentarios sobre mi comida, sobre cómo hablaba con sus amigos, o que le dedicaba demasiado a mi trabajo para lo poco que sacaba.

Clara, sabes que la restauración no es un campo para destacar. Es para gente conformista.

Tengo aspiraciones.

Tienes talento, sí, pero eres una profesional del montón. No pasa nada. No todos pueden ser brillantes.

No supe qué contestar. Me fui a otra habitación, me senté mirando la pared, cuestionándome por qué me hacían tanto daño sus palabras, aunque no parecían hirientes.

Nunca gritó. Nunca alzó la mano. Pero lo suyo era dosificarme la vida, convencerme poco a poco de que sin él no era nadie. Que mi oficio no valía, mis amigas eran aburridas, mis gustos de pueblo. Que casi tenía suerte de que él me quisiera.

Cociné cocidos dudando si habría puesto demasiada sal. Llamaba a amigas preguntándome si no me pasaba viéndolas. Iba a reuniones y temía parecer demasiado segura. Esa voz constante que dudaba, sonaba como la suya.

Y luego, una noche.

Estábamos en casa de sus amigos, Sergio y Marta, en ese piso de Chamberí tan chulo. Se hablaba de una nueva promoción de viviendas, y opiné sobre las malas decisiones del arquitecto, sobre la fachada. Tranquila, aportando.

Tomás me miró y esbozó esa media sonrisa suya, que conocía tan bien ya.

Clara es experta le dijo a Sergio. Pero ya sabes, hay expertos prácticos y teóricos. Clara es… más teórica. Lleva años sin tocar nada grande.

Hubo silencio. Marta me miró. Sergio bebió.

Sonreí.

Terminé la comida, brindé con vino, mantuve cortesía. Pedí taxi. De camino, Tomás iba a lo suyo. Yo miraba por la ventanilla, viendo el Madrid nocturno, pensando solo una cosa: no puedo más.

No era: “es mala persona”, ni “soy infeliz”. Solo: no puedo más. Un muro sin puerta.

Me fui tres meses después. Busqué este piso en Vallecas, lo llené en dos viajes. Tomás estaba de viaje. Dejé las llaves en la mesa y un papel con una sola palabra: “Perdona”.

Nunca supe para qué escribí eso. Lo hice y ya.

***

Noviembre en Vallecas es distinto. El parque está cerca, y al salir del trabajo a veces camino por allí, rodeando, entre árboles viejos. No quedan hojas, los senderos están mojados, chapotean al pisar, pero se respira una calma angosta, ese aire de corteza húmeda y tierra, como una bebida que el cuerpo necesitara.

En casa hace frío. La calefacción llega a ratos, y los radiadores, viejos, o abrasan o se hielan. El grifo de la cocina goteaba. Llamé al casero varias veces, prometía mandar fontanero. El fontanero nunca llegaba.

Compré una junta de goma en el Leroy Merlin. Tardé cuarenta minutos, rompí dos uñas y me solté un taco al pillar el codo con la llave. Pero abrí el grifo y funcionó. Sintonicé algo parecido a orgullo. Ridículo, pero real.

Por las noches trabajaba en la mesa. Ponía los planos, encendía la lámpara antigua con pantalla verde que traje de mi antiguo despacho Tomás nunca la soportó, la llamaba antiestética, en Chamberí estaba en el trastero. Aquí, en mi mesa.

El proyecto iba lento, como todos los grandes. Mediciones, archivo, inventario de daños, la idea general. Me gusta por eso: en la restauración, no valen atajos. El edificio se aguanta… o no. El ladrillo vive o está muerto. La historia existe o es inventada.

En el archivo municipal de Madrid di con varios documentos sobre la finca. Resultó que fue de una familia de comerciantes, los Menéndez, luego la hija montó allí una especie de escuela. Después, la guerra, luego almacén. La hija se llamaba Rosalía. En una foto, una mujer de unos cincuenta, espalda recta, una expresión de saber algo que nadie más supiese.

La miré un buen rato.

Luego volví a los planos.

***

José me preguntó una vez cómo había acabado en la restauración.

Íbamos en su coche, esperando que el motor entrase en calor antes de marchar al archivo. Afuera caía la primera nevada.

En los noventa hacía obra nueva le conté. Viviendas, oficinas. Se pagaba bien, había faena. Un día, por casualidad, fui con una amiga a una restauración de una ermita cerca de Segovia. Lo vi y ya.

¿Y?

Entendí que eso era lo importante.

Se quedó callado.

Eso es raro dijo él. Darse cuenta.

¿Y tú?

Yo tarde. Hice lo que tocaba hasta que paré.

Lo miré. Él no apartaba la vista del parabrisas, donde la nieve empezaba a cuajar.

¿Y ahora?

Ahora esto y señaló hacia el edificio invisible. Y me vale.

El coche olía a cuero y un poco a café de su termo.

Arrancamos.

***

Tomás vino un miércoles.

No lo esperaba. Llamó al timbre a las ocho, yo estaba cenando un yogur frente a los planos. Era el timbre clásico, vibrante, igual que todos en este bloque.

Abrí, pensando que era el casero o algún vecino.

Apareció allí, con su abrigo caro y un pequeño ramo. Crisantemos. Nunca me gustaron los crisantemos. Ocho años y nunca lo supo.

Hola dijo.

Me quedé mirándole unos segundos.

¿Cómo tienes mi dirección?

Inés me la dio.

Así que Inés. Lo archivé mentalmente para pensar después.

¿A qué has venido?

A hablar esbozó su sonrisa de siempre. ¿Me dejas entrar?

Lo pensé un segundo. Me aparté.

Entró, examinando el recibidor, el papel pintado, el perchero torcido, mis botas viejas.

Aquí vives sentenció.

Aquí vivo.

Clara… intentó cogerme la mano. Me aparté. No pareció dolido, solo cambió de mano el ramo. Sé que necesitabas tiempo. Pero han pasado seis meses. Ya es suficiente.

¿Suficiente de qué?

De estar sola. De tomarte un respiro. No sé cómo llamarlo se asomó a la cocina. ¿Trabajas?

Trabajo.

¿Qué proyecto?

Restauración de una finca en Chamberí.

Bien dijo condescendiente, ese tono suyo tan conocido. Te conviene.

No solo a mí. Es una finca del XVIII.

Puso los crisantemos sobre los planos. Los aparté.

Clara, ¿sabes lo que haces? ¿Vivir aquí, así?

Sé perfectamente dónde vivo.

Quiero que vuelvas.

Lo miré. Tomás siempre fue de buena planta, objetivo. Sesenta y cinco, aparenta menos, siempre arreglado.

¿Para qué? pregunté.

Pareció desconcertado.

¿Cómo que para qué?

Dices que me echas de menos. ¿Qué echas de menos exactamente?

Me encaró con esa expresión que tapaba la impaciencia.

A ti. A la persona que has sido. Ocho años juntos.

Lo recuerdo.

¿Así, ya está? ¿Todo por nada?

Me fui en ocho años, no en un día. Nunca lo viste.

No lo entiendo.

Ya sé que no.

Explícamelo.

Te lo expliqué cientos de veces mantenía la voz serena, sorprendentemente. Hace medio año estaría llorando o disculpándome. ¿Recuerdas aquella noche en casa de Sergio y Marta?

¿Qué noche?

Cuando dijiste que era teórica, que llevaba sin hacer nada importante mucho. Delante de ellos.

Lo pensó.

Seguramente era una broma. No recuerdo, pero seguro que era una broma.

Puede. Pero fue una de tantas, y las recuerdo todas.

Eres demasiado sensible.

Quizá.

No era para humillarte.

Vale asentí. Igual me sentó mal.

Por una tontería.

Ocho años de tonterías.

Calló. Luego recorrió la cocina con la mirada. Vio mi vaso grueso, la lámpara verde.

¿Estás bien aquí de verdad? dudó, con escepticismo.

Reflexioné. No por él, por mí.

A veces sí, a veces no. Es duro, es solitario. La calefacción es mala. Pero estoy mejor que allí.

Es una ilusión.

Quizá sí. Pero es mía.

Cogió su abrigo. No apartó la vista de mí, y de pronto pareció diferente, algo genuino.

Clara, no soy un desconocido.

No le dije. Ya no eres nada mío. Vete a casa, Tomás.

Se paró un momento, luego salió. Se puso el abrigo. Abrió la puerta.

Te arrepentirás dijo.

No era amenaza. Era casi lástima.

Puede reconocí.

Cerró la puerta. Me quedé de pie en el recibidor, mirando el pomo. Luego recogí los crisantemos una vez cortados, hacen hasta menos feo y volví a los planos.

Fuera tronó el tranvía. Una vez, luego otra. Apenas lo noté ya como ruido.

***

La reunión con el comité era en la segunda semana de diciembre. Era una primera defensa: qué conservar, qué reponer, por qué. Lo preparé a fondo. José lo mismo en lo suyo. Muchas tardes al teléfono peleando detalles.

Una vez discutimos sobre el forjado del sótano. Cuarenta minutos enfrascados, cada cual con su punto de vista: yo pensando en la estética, él en la estructura.

Eres dura dijo después, sin reproche.

En el trabajo.

En el trabajo está bien.

Eso fue todo. Ni una palabra sentimental.

Colgué y me sorprendí sonriendo.

***

Tres días antes de la defensa, me llamó Inés. Era por la noche.

Mamá tenía la voz diferente, más templada, ¿puedo pasar?

Ven.

Apareció con una botella de vino y una cara de alguien que ha decidido algo pero no sabe cómo decirlo. Me recordaba a mí a su edad, mismas mejillas, mismas manos. Treinta y dos, diseñadora, vivía en Lavapiés.

Tomamos vino en vasos normales no tenía copas salvo una, guardada para visitas, pero a Inés le daba igual.

¿Te llamó después de venir? preguntó.

No. A veces manda mensajes.

¿Qué dice?

Nada importante. No siempre contesto.

Inés giró el vaso entre los dedos.

Le di tu dirección. ¿Te enfadas?

No.

Pensaba… No sé. Igual si hablabais…

Hablamos.

¿Y…?

Nada. Se fue.

Silencio. Al rato, bajando la voz:

Estas semanas he estado de su parte. ¿Lo sabes?

Sí.

Me repetí que sólo te habías perdido, que acabarías volviendo, le tuve lástima… parecía tan solo.

Sabe parecer.

Sí me miró de pronto, limpia, sin aquel cansancio de meses. Me he dado cuenta hace poco. Me llamó tras verte y me dijo cosas feas… Que siempre fuiste un poco rara. Que te aguantó. Que casi te hacía un favor.

Asentí.

Son sus palabras.

Mamá me miró de verdad, sin fiereza. ¿Estabas mal?

Muy mal.

¿Por qué no me lo contaste?

Pensé.

Quizá porque no sabía ni ponerle nombre. Cuando no te gritan, no pegan, no te echan, explicar por qué estás mal, sobre todo a una hija que sólo le ve el lado bueno, es muy complejo.

Inés se levantó, me abrazó de golpe, sin aviso. Yo tardé en responder, pero la abracé fuerte. Olía a su champú el de pera que usaba de adolescente.

No eres tonta dijo. Teresa no tiene razón.

Solté una risa baja.

Me alegra saberlo.

Acabamos el vino. Inés curioseó los planos, le mostré la foto de Rosalía Menéndez.

Se parece a ti dijo.

Miré la foto una vez más. Podría ser.

Inés se fue antes de medianoche. Quedó en volver el sábado.

Fregué los vasos, recogí los papeles. Me asomé a la ventana.

El tranvía ya no pasaba. El patio estaba en silencio, azul con la luz del farol. En el edificio de enfrente sólo un piso seguía encendido, una sombra cruzando la sala.

Pensé en llamar a José para repasar el tema de las vigas, pero era tarde. Lo dejaría para la mañana.

***

La presentación fue en la oficina de la empresa. El cliente trajo asesor legal y un experto en patrimonio, que preguntaba con precisión e insistencia. Contesté. José completó la parte técnica. Cuando preguntaron el plazo para sustituir las vigas del segundo piso, fui franca: si conseguimos la madera este mes, llegamos; si no, tres semanas de demora. El asesor frunció el ceño. Añadí: “Más vale decirlo ahora que justificar retrasos después”.

Asintió. Por algún motivo, aquello le gustó más que nada.

Luego, en el pasillo, José guardaba los papeles.

Creo que nos lo darán dijo.

También lo creo.

Me miró. Mucha gente pasaba alrededor, todos con carpetas y prisas.

¿Te apetece cenar? ofreció. Hay un sitio bueno cerca. Para celebrar.

Lo miré.

Me apetece.

Caminamos por Madrid, anocheciendo ya, las luces en las cornisas, la nieve cubriendo los bancos. José iba a mi lado, la cabeza levemente inclinada como siempre. Hablamos de cosas sencillas: la madera, el asesor y cuánto anochece en diciembre.

El restaurante era pequeño, acogedor, mesas de madera y cortinas pesadas. Pedimos un plato caliente y una copa de tinto. Conversamos despacio, más allá del trabajo: la ciudad, los cambios, libros. Me di cuenta de que no miraba el reloj.

Al irnos, me ayudó con el abrigo. Un gesto insignificante, cotidiano. No le di importancia. O sí, pero como debe ser.

En la calle dijo:

Me alegro de trabajar contigo.

Y yo le sonreí.

Nos separamos en el metro.

***

A veces, ocho años caben enteros en un puñado de pequeños gestos, casi imperceptibles. Decidir decir basta no es un relámpago, sino una suma de cosas minúsculas, diarias, que parecen nada. Pero un día pesan tanto como una viga resquebrajada. Y debes cambiarlas aunque duela, aunque otros no lo entiendan.

He aprendido que a veces lo importante no es la casa, ni la costumbre, ni los logros que los demás consideran éxito. Lo importante es poder tomar una taza de té mirando el parque, sentir la madera crujir bajo el pie propio, notar el propio mundo, aunque le falte brillo. Porque, aunque muchos no lo vean, hay dignidad en elegir por uno mismo aunque parezca una simpleza, una tontería de ocho años.

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