Carta personal de mi puño y letra

Entrada del diario, 19 de marzo

El sobre era naranja. De ese naranja chillón que desentona en mitad de un montón de cartas grises, como una mandarina en un campo de nieve de enero. Lo saqué del buzón entre las facturas del gas y los panfletos de una pizzería que nunca he probado. Fue el último que cogí.

En el anverso, mi letra. Mi dirección. Mi nombre completo: Clara Fernández de Salas.

Le di la vuelta. Remitente: también yo. Dirección: la misma. Nombre: el mío.

Me quedé en el portal, con la bolsa de la compra del Día en una mano, mirando el sobre como si pudiera revelarme por sí solo el chiste de quien lo hubiera enviado. Examiné mi letra: la t con la barra bien larga, la r con la bucle abajo que me sale desde el colegio. Desde que la profesora de Lengua, doña Mercedes, me puso un notable y sentenció: Fernández, escribes como una mujer madura. Es un cumplido, que conste.

No cambié nunca mi letra. Veinticinco años después, sigo haciendo la misma t y la misma r.

Subí al noveno, abrí la puerta, dejé la bolsa sobre la mesa de la cocina y el sobre justo al lado.

El piso es pequeño, pero para mí suficiente. Un estudio en Carabanchel, con las ventanas al oeste. En el recibidor, un perchero para el único abrigo, la balda para los botines, el espejo donde cada mañana me miro y pienso: Bien. Vale. Válida para trabajar. Ni guapa, ni descansada: válida para trabajar. Así me basta.

Cada tarde el sol inunda la sala de un color naranja espeso, denso como la miel calentada. Es el único privilegio del piso, si no cuento que tardo diez minutos andando al metro. Ahora, a las seis, la luz avanza lentamente por la pared, jugando con la estantería, la taza fría del desayuno y la foto de mamá en su marco de madera.

Me siento. Me froto los hombros, uno de esos gestos automáticos que hago sin querer: siempre elevados, un poco en tensión, como si esperase un golpe. Se me pegó durante años de trabajos y reuniones en la oficina. El cuerpo reacciona antes que la cabeza.

Observo el sobre.

Naranja, grueso, sin una sola arruga, como si alguien lo hubiera llevado en volandas. Toco el borde, repaso mi nombre con la yema del índice.

No era ninguna broma. Nadie conoce mi letra mejor que yo.

Con cuidado, rompo la tira de arriba y miro dentro. Un folio, blanco, normal. Algo más, plano y brillante.

Extraigo la hoja. La despliego.

Hola. Eres tú. Tú, desde marzo de dos mil veinticinco. Tienes ahora treinta y siete años y estás sentada sí, aquí mismo en la cocina, a las dos de la madrugada, sintiéndote terriblemente mal. No duermes desde hace tres noches. Sientes que no puedes más: ni con el trabajo, ni contigo, ni con esta ciudad que parece aplastarte desde todos los ángulos.

Te escribo porque alguien debe hacerlo. Mañana te llamará una amiga, pasado tu madre, pero ahora mismo, a las dos, solo eres tú.

Y quiero que recuerdes algo:

Te pediste que recordaras: superaste aquello entonces, puedes superarlo ahora.

Quiérete. Lo mereces.

Si estás leyendo esto es que ya pasó un año. Lo lograste. No ha sido en vano.

Dejé la hoja sobre la mesa.

No podía tragar, no tanto por las lágrimas sino por el peso del reconocimiento. Era yo. Cada palabra, mía. El ritmo, la coma fuera de sitio en el ahora mismo, la manía de empezar párrafo con Y.

No tenía memoria de haberlo escrito.

No recordaba ni el sobre ni la hoja ni el momento en que lo preparé. Doce meses sin pensar en ello.

Entonces vi la foto.

Debió deslizarse del sobre cuando saqué la carta. Cayó sobre la mesa, boca abajo. La giré.

Allí, una mujer. Cara pálida, unas ojeras profundas, labios secos y apretados. El pelo en un moño desordenado, un mechón descolgado sobre la mejilla. El jersey, gris y dado de sí en los codos, el mismo que tiré el pasado verano.

Reconocí el jersey. Reconocí esa cara.

Era yo. La de marzo del año anterior.

Abajo, una nota a mano en letra menuda: Eres más fuerte. Mírame y sabrás de dónde vienes.

Dejé la foto junto a la carta. La luz del atardecer pasó por la mesa, tiñendo de cálido el brillo de la foto. La cara parecía más tibia, pero no más alegre.

Entonces lo recordé.

***

Marzo de dos mil veinticinco, dos de la madrugada, la misma cocina, el mismo escritorio. El portátil encendido me arruinaba la vista.

Yo estaba en camiseta y pantalón de pijama, descalza, los pies helados, pasando páginas de no sé qué, buscando algo algo que ni siquiera sabía nombrar. Una señal, tal vez, una excusa para levantarme al día siguiente.

Aquel marzo pasé tres días sin salir de la cama, no por pereza, no; era otra cosa, una losa viscosa, sin nombre, que se tumbaba sobre mi pecho y no me dejaba moverme.

El divorcio llevaba tres años. Mario se fue en 2023, con una compañera: Carmen, la de contabilidad, una mujer que reía más y pedía menos. No lloré. Hice su maleta, la puse en la entrada y le dije: Llévatelo. Y él, se lo llevó.

Después, un año y medio trabajando sin medida, sin festivos ni vacaciones. Compras en una constructora, Altura Urbana. Llamadas a proveedores desde las ocho, Excel hasta las diez de la noche y reuniones mientras el jefe repetía el mantra: El mercado está bajo. Nos toca optimizar. Si no puedes, el problema es tuyo.

Yo podía. Empujaba, seguía, nunca me quejaba.

Hacia el otoño de 2024 mi cuerpo dijo basta. Primero el sueño, luego el apetito, más tarde las ganas de salir a la calle. En enero solo dormía con la tele encendida. Comía una vez al día. Solo hablaba con mamá, y a ratos.

Mamá, Carmen Salas, lo sabía. Me llamaba cada tarde: ¿Has comido, Clara?. Yo: Sí, un poco de sopa. Mentía, la sopa no la cocinaba desde noviembre.

Aquella noche, en marzo, busqué en Google carta a mi yo futuro. No sé ni para qué. Vi un anuncio, me vino la idea. El primer resultado, una web de Cápsula del tiempo: puedes redactar, elegir el plazo, pagar el envío. Una carta de verdad, sello y todo. Escogí el sobre naranja; de gris ya tenía suficiente. Escribí la carta a mano, la fotografié con el móvil, subí el escaneo en la web. Y un selfie: allí mismo, en la cocina, con la luz del portátil. Paguéunos treinta y ocho eurosy marqué el envío para doce meses después.

Cerré el portátil y me fui a la cama.

Viví sin recordar la carta. Porque, después de ese marzo, la vida empezó a moverse. No deprisa ni bonito, más bien a tirones, como el ascensor viejo del edificio. Pero avanzar, avanzaba.

En abril de 2025, me apunté a mi primera terapia. Nunca antes. Una mujer de pelo corto, consulta junto a Embajadores, cincuenta minutos semanales. En la tercera sesión, lloré veinte minutos. En la sexta, reí por primera vez en medio año.

En junio, ascenso: responsable de compras. El jefeRuizme llamó tras una reunión y dijo: Fernández, eres la única que nunca se queja y sí resuelve. Que conste que lo he visto. Volví a mi sitio, me senté y sí, subí los hombros, como siempre. Alegría y miedo, a la vez.

Con el otoño, las cosas mejoran. Vuelvo a hacer sopa. Salgo los domingos al parque cerca del metro, con un libro y un termo. Vuelvo a llamar primera a mamá, en vez de esperar a que lo haga ella.

Olvidé la carta. Por completo. Como se olvida una póliza vieja que metiste en el fondo de un cajón.

Hasta hoy.

Aquí estoy, sentada con la carta en una mano y la foto en la otra, mirando a esa mujer de la fotoyo, hace un año. Cara apagada, ojeras, el jersey que tiré.

La voz en mi cabeza, esa misma tan conocida, me susurra: ¿Ves? Otra vez igual. Nada ha cambiado.

***

Esa voz vive conmigo desde hace años. No sabría precisar desde cuándo: quizá tras el divorcio, quizá antes. Nunca grita. Es ecuánime, casi protectora, y eso la hace peor.

El ascenso es suerte. Ruiz no tenía a nadie mejor.

¿Crees que puedes con todo? Mírate: hombros encogidos, duermes mal, desayunas café y ansiedad.

También te echarán. En abril, o en mayo. Es cuestión de tiempo.

Escucho, no porque crea, sino porque jamás aprendí a hacer otra cosa. La voz es tan mía como mi forma de sujetar el bolígrafo, o mi letra. Va conmigo desde siempre, y ni noto dónde termina ella y empiezo yo.

Al día siguiente19 de marzome levanto a las seis. Ducha, café, rímel. Rutina.

En la oficina de Altura Urbana, piso seis, espacio abierto para treinta y dos. Desde febrero planean despidos. La primera ronda ya pasó y todos esperan la segunda.

Al llegar, saludo a la recepcionista, Sandra. Sonríe, algo tensa. Ella también espera.

Enciendo el ordenador. Contraseña: la fecha de nacimiento de mamá, seis cifras que escribo a ciegas. Ciento catorce emails para gestionar. Un proveedor de Sevilla pide prórroga. El almacén señala faltas de material. Contabilidad exige los informes para el viernes. Otro día más, si no fuera por el silencio general, podría creer que todo es normal.

A las once, Ruiz nos reúne.

Entra, bajo, corpulento, con la manía de aplastar y soltar el bolígrafo. Sienta a los dieciocho del equipo.

Breve dice. García, de proyectos, se va. Por mutuo acuerdo. Así constará. Pero ya sabéis.

García. Veintinueve años, departamento de proyectos. No éramos íntimas, pero la recuerdo trayendo empanadillas de su abuela, con notas en la cocina: Coged, llevan espinacas. Y también en la fiesta del año pasado, confesándome fuera que el despido era su peor miedo. Tengo hipoteca. Y un gato. Al gato no lo puedo echar.

También os aviso hace clic con el bolígrafo. En abril habrá tercera ronda. Seguimos optimizando según resultados.

Recta, hombros tensos, manos entrelazadas debajo del escritorio. Y la voz me susurra: ¿Ves? Lo dije. Hasta abril.

Después me escabullo al pasillo. Apoyada en la pared, cierro los ojos tres segundos.

Dos voces compiten dentro: una, floja, Superaste aquello, lo harás aquí, del sobre naranja. Y la otra, más rotunda: Casualidad. Una tontería por treinta y ocho euros en una web. No te autoengañes. García no se engañó: la despidieron y mañana editará su currículum con el gato al lado.

Trago agua, vuelvo a la mesa, abro el Excel de proveedores. Continuo. Porque si algo sé es eso: trabajar. ¿Será suficiente?

Por la noche, a las siete, ceno arroz con pollo. Llama mamá.

Clara, cariño, ¿cómo vas?

Bien, mamá. Trabajo a tope.

¿Has comido?

Ahora mismo. Arroz.

Bien.

Pausa. Ella nota todo. Sesenta y cuatro años, treinta trabajó en una biblioteca infantil. Escuchaba a los niños entre líneas. Lo mismo conmigo, cada noche.

Te noto la voz apretada.

Es cansancio, de verdad.

El año pasado también me decías eso: cansada. Luego resultó que pasaste tres días sin salir de casa.

Cierro los ojos.

Esta vez es solo el trabajo, mamá.

Sabes que estoy aquí, ¿verdad? Si hace falta voy el sábado y te llevo sopa de verdad, no de sobre.

Por primera vez en el día sonrío.

Gracias, mamá. De momento no hace falta.

Charlamos diez minutos más. Del catarro de ella, de la vecina que ahora tiene gato y no deja dormir por las noches, de que en Toledo ya es primavera: su violeta ha florecido y me manda foto. Mira, la primavera llega y tú, en Madrid, sin asomarte ni a la ventana. Me cambia el ánimo.

Nunca me atosiga. Ni pregunta ¿tienes pareja? o ¿para cuándo nietos?. Treinta años de bibliotecaria dan para saber que el silencio pesa a veces menos que las palabras. Ella siempre está ahí. A doscientos kilómetros y una llamada.

Cuelgo. Quito el plato. Repaso el sobre con la carta y la foto, en el borde de la mesa.

Eres más fuerte. Mírame y sabrás de dónde vienes.

La foto junto a mi cara. La mujer de la foto mira fijo a la cámara como pidiendo ayuda, sin saber a quién.

A las nueve llama Alba.

Alba y yo, amigas desde el instituto: veintidós años. Su voz, siempre igual: grave, un punto ronca, como si estuviera a punto de reírse incluso cuando no toca.

Clara, cuéntame.

¿El qué?

Todo. Sabes que en tu empresa están con despidos; lo ha dicho Pilar por el chat del cole.

Suspiro.

Sí. Han largado a otra hoy. Ruiz ha dicho que en abril seguirá.

¿Y a ti?

Por ahora sigo. Pero la clave es por ahora.

Clara, ¿te acuerdas cuando me llamaste de madrugada? Dijiste que no podías más, que estabas al límite.

Me acuerdo.

Pues ves: aguantaste. Aquí estás. Sigues en pie, trabajando, con arroz y cogiendo mi llamada. No es el final, es la vida.

Yo, en silencio.

¿Me oyes?

Te oigo.

Pues deja de enterrar tu propio futuro.

Sigue charlando: de cómo odia su trabajo (vende cocinas a medida y no soporta a los clientes que cambian de opinión cada semana), de su gato Gandul, que ya le ha destrozado el sofá nuevo, y que el sábado hay que brindar con vino.

Escucho. Pienso: Alba, la carta y mamá parecen confabuladas para decirme lo mismo: Aquí sigues, lo has hecho, basta de azotarte.

Cuelgo. Son las diez.

Silencio en casa. No gris ni opresivo: simple. Suena el motor de la nevera, pasa un autobús, una risa infantil se cuela desde abajo.

Me miro en el espejo del baño.

Mi cara. Treinta y ocho años, el pelo castaño y algo rizado de la humedad madrileña, color en las mejillas. Ojeras, pero no como las de la foto. Las normales, de quien se levanta a las seis.

Regreso a la cocina, cojo la foto. Vuelvo al baño. La planto junto al espejo.

Dos caras.

Una, la del espejo: viva, cálida, algo cansada.

Otra, la de la foto: plomiza, seca, los ojos pidiendo ayuda.

Un año entre ambas.

La vozla de siemprese cuela: No significa nada, las fotos engañan, la luz era mala, tú simplemente

Pero esta vez hablo en voz alta.

No.

Al espejo. Y la mujer me devuelve la mirada con un gesto que no tenía en la foto: paz, orden, cierto asombro.

No repito. Ya no soy la de antes. Mira, acerco la foto a mi rostro. Ahí estaba. Aquí estoy ahora.

La voz calla.

Descalza, ropa de estar en casa, foto en mano. Y, por primera vez, me miro sin buscar fallos.

No pienso si es bastante, o si aguanto, o si todo se caerá. Solo me miro.

Y me veo. No perfecta, ni heroína, ni la fuerte e independiente de los artículos de revista. Corriente. Viva. Con ojos cansados y el flequillo torcida. Unas manos que en el último año han firmado trescientos veinte albaranes y nunca han temblado. Los hombros, sí, altos, pero de pie.

***

Duermo tarde, dos de la mañana, pero no por ansiedad. Por repasar.

En la oscuridad, echo cuentas. No de los eventos, sino de los momentos: el primer desayuno que no se me hizo bola. Volver al parque y sentarme simplemente, al sol, veinte minutos. Reírme en terapia de mi costumbre de disculparme por todo.

Pequeñeces. Así se teje un año.

La voz insiste: Eso no cuenta. Todo el mundo lo hace. No es un logro.

Se me ocurre: ¿y si miente? No por maldad, sino porque no sabe otra cosa. Como quien ha vivido en una casa sin ventanas y asegura que el sol es imposible. No por malo, por ignorar qué existe.

Me levanto, voy a la cocina, enciendo la lámpara.

El sobre naranja, encima de la mesa. Lo pongo del revés. Agarro un bolígrafo, de esos de gel, azul, el que uso para las actas.

Y empiezo.

Hola. Vuelvo a ser tú. Tú, marzo de dos mil veintiséis. Con treinta y ocho años. El trabajo, incierto. La vida, ambigua. Pero puedes con ello.

Hace un año te escribiste una carta desde la tiniebla. Una tiniebla donde las paredes no existen y crees que te quedarás ahí para siempre.

Hoy he recibido esa carta. Y fíjate: no me reconocí al instante en la foto. Me hizo falta tres segundos para entender que esa mujer gris era yo.

Tres segundos son todo un año.

Hoy escribo no desde el dolor, sino desde el calor. Si estás leyendo esto es que ha pasado otro año. Y lo has hecho de nuevo.

Cuídate. Te lo mereces.

Tu Clara, marzo de dos mil veintiséis.

P.S. Si vuelves a tener los hombros arriba, bájalos. Ya. Así. Bien.

Doblo la hoja. La meto en el sobre, el mismo que abrí por la mañana. Escribo el destinatario: mi nombre, mi dirección.

Abro el portátil. Cápsula del tiempo, envío para marzo dos mil veintisiete. Subo el escaneo. Dudo un momento y hago otro selfie, allí mismo, bajo la lámpara.

La cara, otra. Sin gris, sin apagón. Solo cansada, con ojeras, pero viva. La boca, inclinada en una casi sonrisa.

Cierro todo.

Me acerco a la ventana.

Madrid reluce en la noche desde el noveno, farolas, coches, cuadros encendidos en ventanas ajenas. Silencio. Marzo, dos grados, brisa.

Estoy descalza, piso frío bajo los pies, y noto, por primera vez en mucho, que los hombros bajan solos. Sin esfuerzo.

La voz quiere hablar.

No le hago caso.

Sigo mirando la ciudad y pienso en la mujer que recibirá el sobre dentro de un año. Quizá otro trabajo, quizá este. Quizá se mude, quizá no. Conocerá a alguien nuevo, o no. Da igual.

Lo importante es que dentro habrá una foto con una frase: Mírame. Y sabrás de dónde vienes.

Y, dentro de un año, me miraré. Y lo sabré.

Sonrío. Apago la luz. Vuelvo a la cama.

Fuera, la noche de marzo, fresca, a olor de asfalto mojado.

La casa, en silencio.

El sobre naranja en la mesa, con carta nueva.

***

Por la mañana, me despierto a las siete, sin despertador. Luz de este, plateada, casi fría. No la del atardecer anaranjado que tanto me gusta. Es nueva.

Me levanto, pongo agua para té.

El sobre sigue en la mesa. Al lado, la foto antigua, y la carta.

No las releo. Ni me detengo en la foto. Solo las coloco bien, como quien guarda lo importante.

Del armario saco un marco de cristal pequeño, diez por quince. Lo compré para una foto de un viaje, pero nunca la usé. La estreno con la foto del año pasado. La pongo con los libros.

Cara gris. Ojeras. Moño torcido. Jersey flojo.

No para recordar el dolor, sino el camino.

La tetera silba. Me sirvo. Sorbo la taza con ambas manos, los dedos calientes en la cerámica. Observo mi reflejo en el cristal de la ventana contra el cielo claro de Madrid. Sin maquillar, apenas levantada, la taza en las manos.

La voz calla.

Bebo el último sorbo. Me visto. Cojo el bolso. Salgo.

Justo antes de cerrar la puerta, bajo los hombros, consciente.

Están abajo. Serenos. Son solo hombros. Los míos.

Cierro y bajo.

En la mesa, el sobre naranja espera. También la foto nueva. Listos para salir.

Llegará dentro de un año. Lo abriré. Miraré esa imagen: quizá entonces tampoco me reconozca. Porque en un año, cambia todo.

O casi todo.

La letra será la misma. Con sus t largas y r en bucle. Como cuando era niña. Como siempre.

Y dentro, esa frasela única: Superaste aquello. Puedes con esto.

Pero esta vez, escrita desde la luz.

No desde la sombra.

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