El Examen

¡Estoy harta! ¡No puedo más! ¡Y si no dejas de machacarme el cerebro, no pienso presentarme a ningún examen! ¡De verdad! ¡No voy! ¿Y qué harás entonces, eh? gritó Alba mientras lanzaba la mochila a un rincón del recibidor y se quitaba el gorro a tirones.

Su madre no le contestó. Solo meneó la cabeza y desapareció hacia la cocina.

Alba se deshizo de la chaqueta, primero con ademán de tirarla junto a la mochila, pero al final, suspirando, la colgó cuidadosamente en el armario.

Otra discusión Otra vez por una tontería.

¿Por qué su madre tenía que invadir su espacio a cada rato con consejos y preguntas? ¿Acaso era una cría? ¿No tenía juicio?

Recordaba perfectamente que esa tarde tenía clase con la nueva profesora particular. No hacía falta que se lo estuviera recordando cada media hora.

Claro, Alba exageraba. Su madre no era tan pesada. Solo le había preguntado si se acordaba de la sesión con su tercera profesora de Lengua y Literatura de ese año. Pero a Alba le dolía tanto que su madre aún intentara controlarla, que ya se había acostumbrado a estallar aunque no hiciera falta.

Fue al baño, se lavó las manos y se miró en el espejo colgado encima del lavabo.

Vaya pinta ¡Qué belleza! Granos, nariz regordeta de papá y desastre de rizos rojizos de mamá. Cuántas veces había pedido permiso para teñirse el pelo Mamá nunca cedía. Decía que la belleza viene con el tiempo, y Alba acabaría agradeciéndoselo.

Ya, claro. Vamos, seguro. ¡Como si fuese un espantapájaros! ¿Quién lleva ya trenzas?

Sonrió un poco, recordando la cara de drama de su madre la vez que cortó casi al ras con unas tijeras desafiladas de manualidades aquellas trenzas que tanto odiaba. Solo tenía esas tijeras, y cerrando los ojos, fue cercenando los mechones, deseando escuchar el inevitable: «¿Por qué, Alba?»

Pues por eso. Porque ya basta de que todos le digan lo que tiene que hacer. Es su vida, sus reglas. Hará lo que le dé la gana.

Siempre la misma canción: «hay que obedecer». ¿Por qué? Ella va a vivir a su manera, no a la de ellos. ¿Cómo van a entender lo que siente si en su época ni existía internet? ¿Cómo vivían entonces? Y encima no entienden que ahora no se necesita tanta educación ni empollarse tanto libro: buscas lo que te interesa en el móvil y en dos segundos voilà, toda la información en la palma de la mano. Su madre dice que no es lo mismo, que Internet no te enseña a ser persona. ¡Pero cómo lo va a saber! Mejor haría en mirar vídeos de cómo hablar con adolescentes.

Con rabia, Alba se arrancó la costra del último «cráter» y agradeció que su madre no la vierahabría bronca seguro. Mamá teme que después le queden marcas para siempre, pero a Alba le da igual. Que la valoren por lo que lleva dentro, no por la piel. ¡Eso debería entenderlo su madre!

Padre y madre se creen sus dueños, pero Alba no es un objeto. Ni tiene por qué aceptar ese trato.

Guiñó a su reflejo.

¿Qué pasa, mami? ¿Te molesta? Pues haberlo pensado antes de atormentarme con profesoras y de pretender que estudie Derecho. Si ella ya sabe más de leyes que sus padres. Si ellos supieran la mitad de lo que sabe, el divorcio habría sido mucho más limpio.

Su madre ni orgullo ni ambición. El padre se fue con una jovencita, repartió su antojo los bienes y la madre se tragó todo. Sí, le dejaron a Alba el piso que les cedió la abuela, pero es lo normal. ¿Y su madre? ¿Solo la pensión alimenticia y ya está? ¿Nada por los años desperdiciados? Si Alba supiera… Ha visto con sus propios ojos el desprecio y la indiferencia entre ellos, la soledad. El tedio de vivir juntos solo «por la niña».

Por las noches, cuando Alba cumplió los catorce y les pidió a sus padres que se separaran de una vez, fue un alivio para todos. Ya era hora.

El eterno «todo lo hacemos por ti» Mentira. Todo el mundo mira por sí mismo. Alba puede dar mil ejemplos. Incluso el piso en el que viven ella y su madre fue cuestión de convenienciamás pequeño, dos habitaciones, pero bien arreglado y buena zona. Todo por evitar disputas y dejar a Alba de parapeto.

Alba suspiró y se puso la pomada de la dermatóloga; para algo servía, aunque odiara admitir que su madre tenía razón. Pero es que esa tarde la necesitaba.

Porque el plan era la azotea.

Hace pocos meses que la azotea vieja de aquel bloque abandonado forma parte de la vida de Alba. Todo empezó con el mensaje de Dani, el chico al que admiraba desde lejos sin atreverse siquiera a cruzarle la mirada: «¿Damos una vuelta?»

Primero creyó que alguien se burlaba. En la clase todos sabían que ella bebía los vientos por Dani. Se reían un poco, pero de buen rollo. Alba caía bien. Siempre dispuesta a ayudar, dejaba copiar, intervenía si sus compañeros no estaban preparados.

Alba Jiménez, ya participaste en la última clase, ¿por qué levantas la mano?

Ay, Carmen, es que el tema de hoy es muy interesante ¿A ti qué te parece, Fernando VII fue un tirano? ¿Podría decirse que su régimen fue totalitario?

La temida profesora de historia caía siempre en sus trampas y la clase respiraba aliviada, sabiendo que ese día no habría examen oral.

En cuanto recibió el mensaje, Alba se lo mostró a su mejor amiga, Claudia.

¿Y? ¿Por qué tanto drama?

¿Es de él seguro?

Alba, de verdad ¡Vete y pregunta! No actúes como si fuéramos del siglo pasado, las chicas ahora invitan a salir, y tú ahí asustada por si es Dani el que te escribe.

Alba no respondió. No podría explicar la tempestad que sintió cuando al fin comprendió el sentido de esas cuatro palabras.

Acudió a la cita. Y desde aquel día, tuvo la impresión de que su vida había cambiado.

La azotea de un edificio abandonado, frecuentada por los chicos del instituto, no era el lugar más seguro. Alba lo sabía. Pero cuando Dani le cogía de la mano con un «Cuidado, no tropieces», ella no podía evitar que el corazón le galopara.

Y contaba los escalones: «Quince, dieciséis ¡Vamos! Treinta y una, treinta y dos No tengas miedo, él está aquí».

Allí, Dani la abrazó por primera vezsin avisar, ni palabras, solo se acercó y apoyó su mano sobre los hombros de Alba, declarando ante todos: «Es mi chica». Nadie protestó, aunque Alba notó las miradas de otras chicas.

Fue también en la azotea donde la besó por primera vez.

Aquel día, se quedaron solos. Sus amigos se habían ido al cine. Alba también quería ir, pero cuando Dani le susurró que mejor verían la película los dos juntos otro día, ella supo que debía quedarse, notando que la noche iba a ser especial.

Lo fue. Todavía hoy, a vecesen los peores momentosevoca su voz:

Alba Me gustas. Mucho. No sé decirlo mejor, pero eres la mejor chica que he conocido ¿Puedo?

Esa dulzura…

Iba flotando en ese recuerdo cuando un golpecito en la puerta la sacó de su ensoñación.

Alba, llegarás tarde La comida está en la mesa

La rabia volvió a desbordarla. ¿Es que no piensa parar nunca?

Salió disparada del baño, furiosa. Su rostro recordaba al de la caricatura que una vez vio en internet: una señora alada, chillando con el ceño fruncido.

¿Qué te pasa ahora? ¡Estoy hasta el moño! ¡Ya lo sé todo! ¡Deja de agobiarme! ¿Te aburrías con papá y por eso se fue? ¿Ahora te aburro yo? ¡Pues me iré a vivir con él! ¿Entendido?

No le dio tiempo a acabar. Un suspiro exhausto, y la madre le soltó una bofetada.

Vete si quieres. Pero cuando vuelvas, acuérdate de que mañana tienes simulacro de Lengua. Descansa.

Alba se quedó helada. Nunca, ni una sola vez en su corta vida, le había alzado la mano. No era tanto el dolor, era que su madre había dejado de aguantar sus desplantes, y aquello era una revelación.

Rendirse no iba con su carácter. Cogió la mochila, los cascos Le daban ganas de dar un portazo que hiciera temblar el edificio, pero se frenó. Ya se encargan otros de señalarla como histérica.

Salió del edificio, miró el reloj. Una hora de aquí para allá, una para la clase. Con un poco de suerte, podría ver a Dani a las seis. Cuando ella se va a la azotea, su madre se quedará rumiando la preocupación. Que se fastidie. La vida de Dani es distinta: lo controlan poco, le han dado su propia tarjeta con saldo limitado, la mejor ropa y ninguna atadura. Sus padres piensan que a los dieciséis uno debe empezar a ser mayor, trabajar un poco y decidir qué futuro quiere. Ojalá su madre fuera así.

No como la suya

Su padre la llamó mientras llegaba a la casa de la profesora.

¿Qué ha pasado ahora? ¿Tu madre dice que quieres venirte a vivir conmigo?

Ay, papá Anda que no eres exagerado. ¿Para qué voy a ocuparme yo ahora de tus problemas? Tu mujer está a punto de dar a luz, ¿qué hago yo pintando allí? Bastante tengo con lo mío.

Bueno, pues no le hagas la vida imposible a tu madre, ¿eh? Que si no, te corto el grifo. ¿Entendido?

Eso es lo que me gusta de ti, papá: lo claro que hablas. Lo tengo en cuenta.

Así me gusta, hija. Y deja de estar dándole disgustos a tu madre, que ella no se lo merece.

Colgó y Alba arrugó la cara.

Siempre igual: entre ellos, guerra, pero en cuanto se trata de ella, hacen piña. Qué cosas

La nueva profesora no fue de su agrado. Desestimó sus ideas sobre los fraseologismos y le soltó un libro académico, pidiéndole que leyera unos capítulos para la próxima vez. Enfurruñada al principio, acabó reconociendo que algo aprendería.

No quería ser una tonta. Dani era inteligente. Tenía que estar a su altura. Había visto vídeos mil veces sobre relaciones y siempre repetían: «La chica debe ser autónoma e inteligente». Lo de autónoma aún estaba lejos Pero lo de la inteligencia se conseguía. En eso, para su sorpresa, resultaba que su madre tenía razón. A pesar de todo, había sacado su carrera mientras esperaba a divorciarse.

Mamá dejó la universidad cuando la tuvo a ella. Al principio fue una excedencia, luego tantas enfermedades de Alba y la falta de abuelas hicieron que renunciara por completo: Alba no se adaptó nunca al cole, y menos al comedor o a la fría compañía de los otros niños. Solo quería los abrazos de mamá.

Cuando Alba pasó a segundo, su madre organizó con una vecina para recogerla, y volvió a estudiar por las tardes, además de trabajar.

Eso sí estuvo bien. No iba a quedarse en casa lamentándose. Ahora tenía su propio pequeño negocio de decoración de eventos. A Alba le gustaba ese trabajo: era bonito y femenino. Y allí pudo ver la fuerza de su madre, la jefa capaz de dirigir un equipo y dar órdenes sin pestañear.

Sin embargo, el control materno era agotador. Incluso cuando le prohibía entrar en su cuarto sin llamar o entrometerse en asuntos personales, su madre de algún modo lograba vigilar todo lo que hacía, con su ternura agobiante y preguntas insidiosas.

A veces Alba solo quería gritar: «¡Déjame en paz! ¡Ya soy mayor!»

Y a veces lo hacía. Montaba un pollo, pataleabay lo peor era que su madre solo veía pataletas de niña pequeña.

Anhelando perderse en los brazos de Dani y olvidar por unas horas el mundo, corrió al punto de encuentro. Pero no le encontró allí. Esperó. Así que decidió ir sola a la azotea. Dani no respondía a las llamadas, algo raro. Alba se preocupó.

Subió los escalones, cada vez más nerviosa. Antes subía al lado de Dani y sentía que podía volar. Ahora, sola, cada paso pesaba.

La azotea la recibió con una ráfaga de viento frío y un silencio absoluto.

Nadie allí. Nadie.

A punto estuvo de irse, sacó el móvil para encender la linterna cuando algo pareció moverse cerca del borde y se quedó paralizada. Se preparó para gritar pero, al reconocer la silueta, el miedo se transformó en angustia.

Dani

Él estaba sentado en el filo, las piernas colgando, los hombros hundidos. Aunque Alba llevaba poco tiempo a su lado, supo en ese momento que él sufría, que algo terrible había pasado, y que estaba acorralado. Nunca lo había visto así.

El pánico a perderlo la impulsó. Dejó la mochila en el suelo y se acercó sin decir su nombre.

Hola

Se sentó a su lado, pero no como él. Alba prefería mantener los pies sobre la azotea; miraba a cualquier sitio menos abajo. Siempre había tenido vértigo, ni siquiera le gustaba columpiarse.

Hola Dani ni la miró, así que ella buscó su mano y apretó sus dedos helados.

Estás helado

¿Eh? por fin levantó la cabeza. Sus ojos no eran los mismos. Estaban vacíos, y su mirada la asustaba y la atraía al mismo tiempo.

Tal vez comprendió entonces lo que sentía su madre cuando discutían y ella la empujaba lejos: un miedo animal, visceral, a no saber llegar hasta quien quieres.

En ese instante, la mano de Dani seguía muerta en la suya, y eso la desgarraba.

¿Cómo estás?

Su voz sonó como la de su madre, con el mismo temblor, la misma súplica: «¡Dímelo! ¡Dímelo, por favor!».

Y eso funcionó.

Muy mal murmuró Dani, devolviéndole un apretón. Estoy fatal, Alba.

Te ha pasado algo gordo.

No preguntó: afirmó. Y eso también sirvió.

Sí.

¿Puedo saber qué? Sé que no somos aún tan íntimos, pero quizás quieras contarlo.

Dani la miró entonces de un modo tan extraño que Alba sintió un escalofrío.

¿Tú crees que no somos cercanos?

No, no, me has entendido mal Eres muy importante para mí, solo no estoy segura de si tú me ves igual.

Por favor, Alba Si no tengo a nadie más en el mundo.

A Alba se le paró el corazón y luego latió tan fuerte que temió que él pudiera oírlo.

¿Cómo que a nadie? ¿Y tus padres?

No se lo pensó antes de decirlo, todavía flotando por la declaración de Dani. Pero la reacción de él la puso en su sitio.

Dani tembló y agitó la cabeza con tanta fuerza que Alba se asustó.

¡Cuidado!

¡Eso! Suéltame o empújame, como han hecho ellos

¿Quiénes?

Quienes creía que eran mis padres. ¡No lo son! Hoy mi madre me ha dado mis papeles y me ha contado cómo llegué a la familia. Alba, ¡soy adoptado! ¿Lo entiendes? Adoptado. Lo sospechaba, pero hoy lo he confirmado. He vivido la vida de otro no la mía.

Gritaba y Alba sentía que si lo soltaba un segundo él caería. No dudaba de su intención. Aparentaba ser fuerte, pero no lo era. Ella lo había visto tal cual era, sin máscaras.

Ahí, con su dolor, Alba se avergonzó de sus berrinches contra sus padres. ¿Qué injusticia tenía su vida en comparación con la de Dani?

Por primera vez entendió que su ansia de «ser mayor» no era nada. Allí tenía delante a alguien que, de golpe, se había visto adulto sin quererlo.

Dani, tengo miedo lloró Alba, y eso devolvió algo de color a su rostro.

Eh, ¿qué pasa? él la abrazó y ella se aferró a él como a un salvavidas.

Por favor, no lo hagas. Aunque te hayas peleado con ellos, yo no quiero perder lo nuestro. No tengo a nadie más que a ti, Dani.

No soy Dani su voz sonó hueca y Alba alzó la mirada, luchando contra las lágrimas. Me llamaba de otra forma.

¿Cómo?

Alejandro. Y mi apellido era distinto.

¿Y qué más da? Me da igual. Podrías llamarte como el Papa de Roma. Yo te conozco y me basta. No me importa el nombre.

Sí, pero no todos pensarán igual Alba, ¿qué hago ahora?

¿No puedes regresar? ¿Te han echado?

No. Mi madre lloraba y no quería que me fuera. Pero he pegado a mi padre.

¿Por qué?

Me intentó encerrar para que no saliera. Gritaba que no entendía nada

¿Y tú? ¿Seguro que lo entiendes todo? ¿Tanto?

¿A qué te refieres? ¿Qué más da ya? Dani volvió a alzar la voz, y en ella vibraba el dolor como una cuerda tensa.

¿Por qué crees que te lo han contado hoy?

El viento se llevó su pregunta. Dani se encogió, procesando la idea.

No lo sé murmuró al fin. Alba respiró hondo. Ya no era desesperanza lo que oía; había una pregunta abierta. Sabía que mientras la tuviera en la cabeza, se mantendría lejos del borde.

¿Quieres que te acompañe?

¿A dónde?

A tu casa. Vamos juntos, y que lo expliquen. Si luego quieres volver y hacer lo que ibas a hacer, no me interpondré.

El asombro en la mirada de Dani la reafirmó. Apretó su mano y tiró de él, lejos del vértigo.

Vamos.

Y él, tembloroso, se apartó del borde. Un paso, otro. Ella lo abrazó, alejándolo, obligándole a pensar en lo que queda por hacer, no en lo que queda atrás.

Soy un cobarde

¡Mentira! protestó Alba, llevándole hacia las escaleras. Cualquiera en tu lugar estaría igual. ¿Lo oyes?

Tropezó y él la agarró.

¡Cuidado!

Tú eres el que no debería hablar rió, asida a su mano, encendiendo la linterna. ¡Venga! Nos quedan muchas cosas por hacer.

Aquel día quedaría grabado en sus memorias para siempre.

La conversación con los padres de Dani fue dura. La reconciliación se produjo, aunque supieron que el padre biológico de Dani, recién salido de la cárcel, iba a contactar con él.

La que había hecho de madre se echó a llorar, confesando que crió a Dani desde que era un bebé, hijo de su mejor amiga, muerta por confiar en el hombre equivocado.

¿Mi madre? ¿La verdadera?

Sí, Dani, fue tu padre quien la apartó de tu vida.

¿Y por qué me lo habéis dicho ahora?

Creíamos que lo sabrías ahora por él. Pensamos que era mejor que lo supieras por nosotros.

No quiero verle.

Lo entendemos. Nosotros apoyaremos cualquier decisión tuya.

Hablaron durante horas. Alba comprendió que no volverían a la azotea, que algo había cambiado para siempre.

Cerca de la medianoche, Alba volvió a casa, abrió la puerta con sus llaves. Sin quitarse el abrigo, fue de puntillas hacia la cocina, donde su madre, vigilante como un faro, miraba por la ventana. Alba la abrazó, se hundió en los rizos rebeldes de su madre y aspiró el perfume tan suyo.

Susurró, temblando:

Perdona

Y le respondió la voz que siempre le había cubierto de cariño y preocupación:

Y tú a mí ¿Tienes hambre?

No, mamá, gracias Sabes creo que hoy he aprobado un examen.

¿Cómo que examen? Si aún faltan semanas para ellos.

Me refiero al más importante, mamá Ya te contaré.

¿Y por qué no ahora?

Porque mañana tengo el simulacro y necesito dormirAlba sonrió. Se sentó en la mesa y vio el plato tapado, todavía caliente. Miró a su madre, que la miraba con una mezcla de cansancio, ternura y algo de temor.

Porque todavía no sé todas las respuestas dijo despacio, cogiendo las manos de su madre entre las suyas. Pero hoy he entendido algunas preguntas nuevas.

Su madre la miró largo rato, en silencio, y luego dejó escapar una risa entre lágrimas, suave y desbordada. Se abrazaron sin decir nada más. Alba sintió, por primera vez en mucho tiempo, que aquella cocina, el abrigo apretado contra la silla, la luz cálida y la rutina, podían ser hogar si ella lo aceptaba.

Cuando subió a su cuarto y vio el reflejo de su propio rostro en la penumbra, no vio una niña ni un espantapájaros, sino simplemente a Alba: ojos cansados y brillantes, el corazón tembloroso, pero algo más fuerte.

Al revisar el móvil, leyó un mensaje de Dani: Gracias por no soltarme. No sé quién soy aún, pero sé que no lo voy a buscar solo.

Apagó la luz, se dejó caer sobre la cama. Escuchó, desde la cocina, los pasos suaves de su madre recogiendo la cena. Alba pensó en todos los exámenes por venir los de lengua, los de la vida, los que nunca aparecerían en el calendario y sonrió, sabiendo que, después de todo, hay preguntas que solo se aprueban juntos.

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