Déjame a él, y a la niña – déjamelos también.

Déjamelo a mí, y a la niña también.

En el claroscuro de una mañana de primavera, ante la silueta irreal de una casa de madera en dos plantas, carcomida por los desvelos y las lluvias del norte de Castilla, una mujer aguardaba suspendida en el aire. El portal había desaparecido tiempo atrás, convertido en leña. El cabello negrísimo, sujeto con un pañuelo claro y dispuesto en trenza que ceñía la cabeza, le daba un aspecto antiguo, de pintura ahumada. Llevaba ella una chaqueta acolchada y la cintura ajustada con un recio cinturón militar, sobre la espalda una talega de pastor. Sus ojos se posaban, encogidos de miedo, en las ventanas cerradas del segundo piso.

Sopló una ráfaga y el aire le trajo el olor a tierra y muebles húmedos. Respiró hondo, y en sus pupilas titiló un fuego, como de fiebre o de promesa. Avanzó, casi flotando, sobre lo que quedaba del umbral. Subió los escalones que crujieron bajo sus botas, y giró a la izquierda en el corredor.

Esa habitación la había conseguido su marido antes de que llegase la guerra. Allí fue donde nació su niña, Eugenia.

De pronto, al final del pasillo, emergió la figura de una vieja de ojos insondables. Llevaba un abrigo corto encima del camisón, los tobillos huesudos y sin cubrir, descalzos en unas zapatillas de goma.

¿Quién eres tú? ¡Virgen Santísima! ¿No será Amalia que ha vuelto?

La mujer miró fijamente; reconoció a la vecina.

Sí, tía Lourdes. Soy yo

¡Anda! Yo siempre lo dije a Ramón: “Ya verás, Amalia vuelve, hazme caso” Y él no creía, pero mira Estás viva, hija mejor así.

Amalia se acercó unos pasos.

¿Y usted, tía, cómo sigue por aquí? ¿Bien de salud?

¿Qué salud ni qué ocho cuartos? Mientras no llegue la muerte todo está bien pasamos hambre, hija mía, más de la que te imaginas Solo tu Ramón se las apañaba. Aunque también le ha tocado lo suyo Un accidente

¿Qué accidente?

¿No lo sabías? En la fábrica se pilló la mano; ya no le quedan dedos derechos. Por lo menos, le quedó el brazo Su nueva mujer, Pilar, le cuidó, no es tacaña, trabaja en el comedor social de repente cayó en cuenta de que hablaba de más y agitó la mano. Anda, no me escuches, hija; llama, que están dentro, aún duermen.

Arrastrando sus zapatillas, la vieja bajó del todo la escalera, murmurando salmos al viento.

A Amalia la invadió otra vez el miedo, viscoso, pero lo apartó.

¿A qué temía? ¿No era esa su casa? Supo del reemplazo de su marido en un correo a la cárcel, y no lo creyó hasta aquel momento. Quería su niña, a quien no veía desde hacía más de cuatro años. La ley, se decía, estaba de su lado, y no de esa intrusa Pilar.

Inspiró hondo y llamó a la puerta. Latían las paredes sordas rodeándola, sordas al golpe y a su corazón. Nadie contestó. Golpeó otra vez, y por fin, entre la penumbra, un murmullo varonil adormilado pero inconfundible la hizo encogerse: Ramón.

¿Quién demonios viene a estas horas? ¡Dejad dormir, alma de cántaro!

La voz le cercó la garganta a Amalia, y solo fue capaz de apretar los labios y quedarse muda, clavada en el pasillo.

Otra vez resonaron las zapatillas de la tía Lourdes.

¿No te abren?

Amalia encogió los hombros y se apoyó en la pared. La vieja golpeó la puerta, pegó su rostro arrugado a la rendija y gritó con fuerza:

¡Ramón! ¡Que es tu mujer la que ha venido!

Gruñó una cama, luego tos, pasos pesados, el cerrojo se soltó, y al abrirse la puerta apareció Ramón en camiseta y calzoncillos.

No vio a Amalia de primeras.

¿Te has vuelto loca, mujer? ¡Déjame descansar que es domingo y! levantó la vista, y al verla, un hilo de voz lo atravesó. ¡Amalia! ¡Amalia!

Temblando, abrió de par en par. La tía Lourdes se santiguó y se fue a su piso.

Así que has vuelto la frase flotó, dirigida a sí mismo.

Retrocedió para dejarla pasar. Amalia entró rozando casi a Ramón; aspiró un aroma familiar, olvidado hace años.

Cuatro inviernos, cuatro veranos había estado lejos.

Repasó la estancia: el mueble lustroso de pino, la mesa cubierta por un hule inmaculado, sillas forradas, la máquina de coser, la cuna hecha con un viejo baúl. Todo intacto.

Solo la cama de hierro detrás de una cortina improvisada era nueva. Y del otro lado, crujían los resortes bajo algún cuerpo.

¿Eugenia? ¿O ?

Amalia, con gesto ritual, se descalzó las botas. Dolíanle los pies de tanto soñar en la cárcel con el día de dejar de usarlas.

Quiso apartar la cortina, abrazar a la hija; pero la prudencia tallada a golpe de disciplina carcelaria la detuvo. El aire no olía a niña pequeña. La cunita, en cambio, perfectamente arreglada.

Se sentó en una silla, desabrochándose el cinturón. Ramón se sumergió tras la cortina y volvió vestido mirada culpable rebuscando algo en el armario, volvió a desaparecer.

Se sentó frente a ella.

Has regresado repitió, sin mirarla.

Sí, regresar. Amnistía. Los que tenemos hijos pequeños ¿Dónde está Eugenia?

Bien, está bien rectificó Ramón, . Está con la abuela Pilar, en casa de su madre, bebiendo leche de cabra. Empieza la escuela, la felicitan hizo un gesto inconcluso.

¿Qué abuela? preguntó Amalia.

Madre de Pilar agachó la cabeza, tocó las canas, y añadió resignado, La madre de Pilar, sí.

Sus ojos no contenían culpa, solo la constatación sombría de quien le cuenta a la lluvia que el campo está seco.

Entonces, la cortina se abrió y apareció Pilar, oronda, resuelta, dejando bien hecha la cama. Tenía la cara llena y agradable, el pelo negro recogido, el cuerpo robusto. Vestía un jersey azul y falda de flores, se anudó un pañuelo al cuello.

Buenos días dijo, como quien desafía a un toro.

Arrancó la mantelina de la mesa.

Nada de mesa puesta para mí, que marcho al trabajo. A la hora de comer traigo a Eugenia.

Anduvo recogiendo cosas para el bolso y se fue sin un adiós.

Amalia la observó. Qué vitalidad, y qué juventud. Pensó en sí misma, envejecida en los años del penal, y sintió que su figura alta y siempre galana era ahora un palo seco. Los omoplatos salientes, el pecho ausente, las rodillas como nudos bajo la piel curtida.

Aún tenía buena cara, pese a las ojeras indelebles.

Ramón montó el improvisado almuerzo. Sacó un paquete de detrás de la ventana, olivas, pan duro y un tarro de carne curada. Todo lo hacía con una mano la izquierda, mientras la otra, mutilada, ayudaba lo justo.

Amalia salivó, después de dos días de viaje y años sin comer carne así.

¿Tienes hambre, verdad? Come, mujer le animó Ramón.

Amalia lavó las manos y se lanzó al pan, sin disimulo.

Ramón la miraba con pena.

Ultimamente ya no escribías. Pensé que habrías rehecho tu vida allá dentro.

Acarició su frente con la mano herida. Amalia la observó, por primera vez fijándose en la falta.

Escribí, sí, pero no sabía que tía Carmen había muerto. ¡Qué vida voy a rehacer! Solo quería volver. Mi familia, mi casa

Y yo fui un canalla, ¿no?

Amalia callaba, sorbiendo té.

Ramón se quedó con la vista en el cielo.

Aquí pasamos mucha hambre, Amalia. Eugenia era pequeña, y yo el trabajo Me la llevaba a la fábrica, porque sola en casa lloraba a gritos, y los vecinos también ¡Qué iba a hacer con el hambre! Flaca se me estaba quedando. En el comedor social con Pilar empezó a animarse. Pilar la iba cuidando poco a poco. Miedo pasamos, mucho miedo. Y sale que meneó la mano sin dedos me accidenté y ella me curó. Así que nos juntamos.

¿Y Eugenia ahora?

¿La niña? Es un torbellino, andaba el otro día mandando a los chicos del barrio. Y en la escuela la ponen por las nubes, dice Pilar.

Mandaba cartas a tía Carmen para que te las leyera. Luego Paco me escribió diciendo que tía Carmen murió y las cartas nunca llegaron.

Hace dos años ya dijo Ramón, con la mirada gris. Yo pensé que ni volverías, o que tendrías otra vida

Sí, lo imaginaste, y ya ves, he vuelto sonrió Amalia, amarga, palmeando la mesa.

Ramón se levantó de golpe.

¡No digas eso, Amalia! Si lo hubiera sabido Pero así

Se acercó, la asió del codo, y la abrazó apretándola hasta borrar su dolor. Qué huesuda estaba Aun así, buscó con cariño su vieja trenza alrededor de la cabeza.

Ella alzó la cara, los ojos turbios de lágrimas.

Tráeme a Eugenia, Ramón. Por favor.

¿Y qué hacemos, Amalia?

Tráeme a Eugenia.

Ramón la soltó y empezó a calzarse.

Te la traigo. Tú acuéstate, descansa del viaje.

Descansaré.

Ramón, torpe y veloz como un mochuelo, se calzó con una mano, se puso la pelliza y salió, echando una última mirada para cerciorarse de que no era un espejismo.

Amalia fue a la ventana, vio a Ramón alejarse bajo la arcada de la entrada. Se dejó caer en la camita de la niña y, aspirando hondo, intentó recordar el olor de su hija, como si así pudiera hacerla regresar mágicamente.

Se le vino a la memoria el juicio: a Eugenia no le quedaban cuatro años cuando la condenaron a diez, por un saco de maíz hallado bajo su cama, denunciada por una conocida de fábrica. Todo el pueblo fue encausado en aquellos juicios de hambre tras la guerra.

Miraba el vagón del tren por la rendija y sólo veía a Eugenia, buscando con los ojos a su madre.

Ramón apenas leía y escribir menos. Por eso mandaba cartas a tía Carmen, para saber cómo iban marido e hija. Pero Carmen había muerto y Amalia no lo supo.

Descolgó la chaqueta, la guardó en un mueble. Todo ajeno Allí, donde tanto anheló la paz. Era su casa, pero no su hogar. Ahora la dueña era otra.

Así la encontró Pilar, que irrumpió de golpe y, despojándose del pañuelo, frunció el ceño:

¿Registrando?

Amalia mostró la chaqueta.

Sólo quería guardarla.

Pilar vació la repisa y la ropa, nerviosa.

Déjala ahí.

No hace falta, de verdad la puso en la balda cerca de la puerta.

Pilar, sin quitarse el abrigo, se sentó desafiante.

He cuidado de Ramón y de Eugenia como nadie, lo sabes.

Se nota que todo está limpio.

Sí, en el comedor los jefes flipan con mi orden.

Muy bien

Pilar se puso en pie de un salto.

Vete de aquí, vete; él está mejor conmigo que con nadie. Y la niña es como si fuera mía; cree que soy su madre, en la escuela igual. A ti ni te recuerda. Hazme caso, vete.

Su voz temblaba de dolor, y Amalia, desconcertada, intentó comprender esa súplica. Pilar parecía poseída por una tristeza fuera de sí.

No me iré a ningún sitio. Vuelvo con mi hija y a mi casa. Ramón fue a buscarla.

Pilar recogió el pañuelo y, apagada, añadió:

Lo sé se lo dijo a la madre en el comedor. A esa vieja se le va a partir el corazón Iré luego, no sea que muera de pena.

¿Qué pena puede ser, si la madre vuelve viva? protestó Amalia.

¿No te irás?

No me iré, y que Ramón decida. Pero Eugenia es mía.

Pilar hizo un ademán, resignada.

Ya lo tengo claro. Al final, irá contigo porque quiere a la niña. ¿Y tú? ¿No encontraste a otro allá? En las cárceles hay a millares No me vengas de santa le escupió Pilar.

Eran palabras duras, latigazos. Amalia cerró los ojos; cuántos insultos no oyó en aquellos años. Aprendió dignidad de una maestra represaliada:

Mientras haya vida, puede vivirse con decencia decía doña Estrella.

Así había vivido. Amalia no deseaba el drama de Pilar.

Os arrepentiréis, Pilar. ¿Para qué esto? preguntó compasiva.

Pilar, acostumbrada a pelear, se quedó desarmada, se hundió en la cama y lloró.

No te lo lleves. Por favor, no te lo lleves. Has vivido sin ellos tanto tiempo, puedes seguir, y yo si me dejas, muero

El impulso de huir, de echarse el zurrón y marcharse, le cruzó fugazmente a Amalia. Pero no; no se iría sin ver a su hija.

Finalmente, Pilar se serenó, recogió sus cosas y salió.

Amalia deambuló por la estancia, sin envidia ni rabia. Tras la separación, no sentía derecho a los celos. Entendía a Ramón: la vida sigue, la esperanza se apaga.

¿Llevarse a Eugenia y marchar? ¿Quizá a Burgos, donde la amiga Inés le ofrecía casa? Aún recordaba su dirección. Pero se sentó en la cama infantil y, hecha polvo, se rindió al sueño.

Despertó al notar pasos suaves y susurros. Eugenia entró con abrigo y bufanda blancos, junto a Ramón. Ella miró asustada a la mujer.

Eugenia, ha vuelto tu madre.

Era su retrato de niña: trenza, mirada penetrante, labios sellados.

No podía creérselo Amalia, ni hablar siquiera; solo abrir los brazos.

Eugenia, indecisa, miró a su padre y preguntó:

¿Dónde está mamá?

Ahora viene. Salúdala dijo Ramón.

Buenos días musitó la niña.

Eugenia, ¿no te acuerdas de mí? preguntó Amalia.

Sí, me acuerdo bajó la vista.

Amalia comprendió que un abrazo asustaría a la niña.

Se sentó a su lado.

Te recuerdo pequeña. ¿Qué recuerdas tú?

Yo las ferias, el día que me llevasteis en trineo, miró de reojo a su padre. Mamá vendrá pronto, ¿verdad?

Está en el trabajo, lo sabes dijo Ramón, oscuro.

Eugenia fue a la ventana y saludó con la mano. Amalia vio que una vieja con abrigo de astros negros nerviosamente se alejaba, cojeando y mirando atrás.

Es la madre de Pilar, aclaró Ramón . No le gusta estar lejos de Eugenia. Se llevan como uña y carne.

La niña permanecía junto a la ventana, y de pronto Amalia entendió cuánto sufría. De pronto, el mundo era otro: mamá, papá y la abuela, y ahora esa extraña, recién llegada de la cárcel y sin un duro.

Amalia decidió. Llamó a Ramón, que salió. Se acercó a Eugenia.

Eugenia, cariño, estoy de paso. Solo vine a verte porque te echaba de menos. ¿Estás bien con tu madre Pilar?

La niña asintió.

¿Te quiere mucho?

Eugenia afirmó.

¿Nadie te hace daño?

Negó con la cabeza.

Bien, así debe ser. Estudia y yo vendré a verte. ¿Lees ya?

La miró a los ojos y le pareció que estaban menos asustados.

Sí, leo.

Entonces yo te escribiré, y tú me contestas.

Vale.

Amalia la abrazó, conteniendo el dolor, y la soltó. Se puso las botas, cogió el zurrón.

Adiós, Eugenia logró decir.

Salió deprisa; Ramón la miró en silencio, boquiabierto, el cigarro pegado a la boca.

Casi huyó por la escalera, tragando aire de manantial, sin volver la vista. El ruido de sus pasos era el de un piano desafinado, hasta la calle.

Y de repente, desde la ventana abierta, como el silbido de una cigüeña, una voz:

¡Mamá! ¡Mamá, no te vayas! ¡Mamá!

Se volvió: Eugenia descendía volando las escaleras.

Amalia corrió hacia ella. Se abrazaron en el rellano, la cara de la niña en el vientre de su madre.

Mamá, mamá, te esperaba, te lo juro

Eugenia, mi niña

No hubo más palabras.

Ramón, de pie, fumando, y Eugenia pegadita a Amalia.

Decide tú, Ramón dijo Amalia.

¿Qué hay que decidir? Eres mi mujer. Quédate. Aquí es tu sitio.

¿Y Pilar?

Ella se irá. Tiene su casa.

Él mismo le ayudó a quitarse la chaqueta.

Al día siguiente, Pilar llegó en carro, ojerosa. Eugenia salió a recibirla.

Pilar acarició su cabello, recogió silenciosamente sus cosas.

Estos calcetines aún te vienen grandes. No los olvides. El vestido azul, para fiestas. El blanco, ya te queda pequeño. Dile a tu madre.

Eugenia miraba a Amalia. Pilar solo llevaba su ropa.

Si queda algo tuyo, llévatelo, Amalia le indicó la cocina.

Pilar rechazó el ofrecimiento con la mano.

Cuando estaba ya por irse, Amalia la detuvo.

Tomemos un té.

Me esperan, pero sí, está bien.

Al principio callaron. Luego Pilar habló.

A Ramón le gusta el cocido. Solo le daba eso. Le mejoró mucho el brazo, ya no se queja por las noches. Eugenia no debe comer mucho dulce, le duelen las muelas. Y lo de los oídos, cuenta cómo se resfriaba en invierno

Gracias, de veras.

Entre ambas bajaron los hatillos y los montaron en el carro. Los vecinos los veían, pero la guerra y la miseria ablandan juicios.

Pilar se detuvo ante Amalia.

Perdóname, si te he hecho mal.

Te tengo por perdonada, y te agradezco cómo cuidaste de Eugenia y Ramón.

Lo juro por lo más sagrado: Ramón es tuyo, jamás lo miraré de otra manera, aunque le quiero. Pero te suplico, déjame ver a Eugenia, y sobre todo a mi madre, que le ha tomado cariño La cuidamos como a propia.

Lo prometo, Pilar. Puede venir siempre que quiera.

***

El verano siguiente, en el patio, Eugenia balanceaba en un cochecito a su hermanito Gonzalito.

Amalia, que llegaba con el rostro sonrojado desde la consulta médica, al verlo dormido, aflojó la carrera y se dejó caer a su lado.

Mamá, papá ya comió; ve tú ahora, yo vigilo.

No importa, ya almuerzo con Gonzalo.

Pues entonces voy donde la abuela Pilar; tiene acedera y le ayudaré un poco en el huerto.

Ve, pero ten cuidado en el camino, ¿eh?

Eugenia revoloteó, saliendo por la arcada.

¡Eugenia! gritó su madre. Y dale un recado a tía Pilar: dile que le deseo un matrimonio muy feliz. Que sea tan dichosa como yo lo soy.

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