El activo oculto

Activo oculto

¿Otra vez con esa chaqueta, Lucía? la voz de Inés de la Cuesta sonó como si se refiriese a un trapo recogido del suelo, no a una prenda de vestir. Anda, por favor. Hoy vienen los Belmonte. ¿Sabes qué significa eso?

Lucía removía la sopa frente a los fogones. La cuchara giraba por la cazuela, despacio, con un movimiento constante aunque dentro de ella algo se apretaba al escuchar el tono de su suegra. No era la primera vez. Ni la última, ya lo intuía.

Entiendo, señora Inés, respondió sin girarse.

No, no entiendes. Los Belmonte son socios de don Gonzalo. Gente influyente. Y tú pareces… la pausa fue breve, pero notoria. Como si vinieras del pueblo a arrancar patatas.

Lucía apoyó la cuchara en el soporte. Se volvió. Inés de la Cuesta estaba en el marco de la puerta, con un batín de seda, la taza de café en la mano, y ese gesto suyo tan aprendido por Lucía: no era crueldad, sino esa especie de decepción que leía en sus ojos cada día, la certitud silenciosa de que su hijo había cometido un error con ella.

Me cambiaré antes de la cena repuso Lucía, sin emoción en la voz.

Eso espero respondió Inés, dándose media vuelta y desapareciendo sin añadir nada más.

Lucía siguió removiendo la sopa. El aroma a laurel y zanahoria flotaba en la cocina, mientras fuera, el césped del chalet relucía uniforme y bien regado por los aspersores. Observaba la hierba recortada y repasaba mentalmente la apelación que hoy debía dejar lista para su cliente de Zamora. Los plazos apremiaban.

En aquella casa, nadie sabía nada del recurso.

Nadie conocía al cliente de Zamora.

En realidad, nadie sabía nada de ella.

Se llamaba Lucía Márquez, de casada Lucía Garde, tenía veinticinco años y venía de Medina del Campo, un pequeño pueblo junto al río Duero, a unas cuatro horas de Madrid. Padre jubilado, profesor de física; madre, contable en el ambulatorio. Piso de una habitación, un huerto de seis áreas, el gato Benito y la firme convicción de sus padres de que si la hija era lista, tenía que estudiar.

Y Lucía estudió. Primero sacó sobresalientes en el instituto, luego licenciatura en Derecho en la Universidad de Valladolid, matrícula de honor. Luego dos años de máster en Derecho Financiero, prácticas en el bufete Rivas & Asociados y, poco a poco, sus primeros clientes, primero uno, después diez, y pronto perdió la cuenta.

A los veinticuatro ya ganaba suficiente para ayudar en casa y ahorrar. Trabajaba en remoto, sin oficina, sin placas doradas. Portátil, móvil, cabeza despejada y discreción.

Con Álvaro Garde coincidió por casualidad en el cumpleaños de una amiga común. Él tenía cuatro años más, una belleza de esas que incomoda mirar, pero con sencillez y sin esa petulancia típica de los madrileños pudientes. Hablaba de la sierra, de bicicletas, reía fácil. Lucía, en ese primer encuentro, no tenía ni idea de quién era. Lo supo después, cuando ya no importaba fingir que no era relevante.

Los Garde era el Grupo Garde, red de parques industriales en Castilla y León, la empresa logística Transportes Garde, y otros negocios. Todo bajo la batuta de don Gonzalo Garde, un hombre de manos grandes y mirada implacable. Su esposa, Inés de la Cuesta, mantenía la imagen pública y filantrópica de la familia y, en realidad, aseguraba que ciertos estándares no se rompieran.

Lucía nunca encajó en esos estándares.

Álvaro le pidió matrimonio nueve meses después, al final de marzo, todavía olía el aire a frío del río Duero. Ella dijo sí. Fue sincera, lo quería de verdad: su naturalidad, su calma al escuchar y su modo de no tener miedo al silencio a su lado. Pensó en la familia, creyó poder manejarla. Siempre salió adelante sola, ¿por qué no esta vez?

La boda fue en junio. Pequeña según los Garde solo ciento veinte invitados. Los padres de Lucía vinieron de Medina, con trajes comprados meses antes y cara de no saber dónde meterse. Madre sólida, padre sereno, brindando y sonriendo. Inés de la Cuesta los saludó una vez al principio y no se acercó más en toda la noche.

Tras la boda, Lucía se mudó al chalet de los Garde en La Moraleja. Álvaro lo explicó así: mientras no tengamos piso propio, es lógico vivir aquí. Había espacio, servicio, vida cómoda. Lucía aceptó, aún creyendo que era algo temporal.

Pasaron ocho meses. Nadie hablaba ya del piso propio.

La casa era grande, con columnas en la entrada y escaleras anchas, que a Lucía siempre le resultaban un poco teatrales. Abajo, salones, comedor, despacho. Arriba, dormitorios. Su cuarto con Álvaro era privado, pero en esas casas sientes que eres invitada, no dueña de nada. Especialmente cuando la anfitriona te observa así: con la taza de café y ese batín resbalando como una declaración silenciosa.

Además de Álvaro, había otros dos hijos. El mayor, Daniel, treinta años, trabajaba con el padre y vivía aparte con mujer e hijo venía los domingos. Y la pequeña, Carmen, veintidós, estudiante universitaria, que veía a Lucía como su madre, pero sin elegancia: directa, sin tapujos.

Se viste así aposta dijo un día Carmen durante la cena familiar, creyendo que Lucía no la escuchaba, para simular humildad. Típico cálculo provinciano.

Lucía, en el pasillo con una bandeja, oyó cada palabra.

Entró, dejó la bandeja, se sentó en su sitio. Álvaro no levantó la vista de la sopa.

Así seguía aquello. Día tras día. Comentarios sobre la chaqueta, sobre cómo hablaba, cómo sostenía el tenedor de una forma rara. Una vez, Inés de la Cuesta comentó ante los invitados que Alvarito siempre fue de buen corazón, por eso recogió una muchachita de pueblo. Lo dijo sin maldad, casi con cariño hacia su hijo, y eso fue lo más difícil de aceptar.

Álvaro calló.

Lucía pensó que quizá no lo había oído. Pero luego entendió que sí. Solo que no quiso decir nada.

Álvaro era bueno. Realmente bueno, sin fingimientos. Pero su bondad era… horizontal, por así decir. Se extendía por igual, pero no protegía a nadie en particular. Cuando Lucía intentaba hablarle de la familia, él escuchaba, asentía y decía: Es que mamá es así. No tiene mala intención. No la conoces aún. Y era verdad: Inés de la Cuesta no tenían maldad. Había construido un mundo a su gusto y la llegada de Lucía era una astilla. Pequeña pero molesta.

Lucía lo entendía, pero eso no hacía menos doloroso el pinchazo.

Mantenía su trabajo bien escondido. No por miedo, sino por estrategia. Si se enteraban de lo que ganaba trabajando como abogada, traerían preguntas, luego charlas, después tratarían a Lucía de otra forma. Y ella prefería observarlos tal como eran, creyendo que era solo una chica silenciosa de pueblo.

Cada mañana, mientras desayunaban los demás, Lucía se retiraba a una habitación del segundo piso la llamaba el vestidor, nadie entraba allí, abría el portátil y se ponía a trabajar. Tres o cuatro horas diarias, como mínimo. Clientes de toda España de Zamora a Albacete. Disputas financieras, fiscales, mercantiles. Y ella era buena. La recomendaban, volvían a buscarla.

Guardaba el dinero en una cuenta a su nombre, en el banco Orión, abierto antes de la boda. Álvaro sabía de la cuenta nunca ocultó su existencia, pero no los detalles.

En noviembre, a los ocho meses de vivir allí, la vida en la casa Garde sufrió un vuelco.

Ocurrió una mañana de jueves. Lucía aún no había encendido el ordenador cuando surgió en la planta baja un ruido extraño, tenso, con voces desconocidas. Abrió la puerta. En la escalera, Inés de la Cuesta, en camisón, con los brazos cruzados y los ojos como platos, miraba hacia abajo.

¿Qué sucede? preguntó Lucía.

Su suegra no contestó. Parecía no oír.

Abajo, en el hall, varios hombres de paisano hablaban con don Gonzalo. Él permanecía erguido, pero su postura ya había cambiado. Sostenía un documento lo leía despacio, como si no pudiera comprender lo que decían las palabras.

Álvaro salió del dormitorio, pasó por su lado, bajó corriendo la escalera. Lucía oía cómo preguntaba algo al padre, en un murmullo rápido. Gonzalo contestó en voz baja. Luego los agentes dijeron algo y don Gonzalo empezó a vestirse ahí mismo, sin subir.

Lucía bajó. A uno de los hombres le quitó el papel con determinación como quien sabe de qué va el tema, y él ni se dio cuenta al principio; cuando se percató, ya había acabado ella la primera hoja.

Auto de detención. Delito: fraude fiscal agravado, evasión. Firmado por el juez de distrito de Alcobendas. Fecha: día anterior.

Devuélvamelo ordenó el hombre y le quitó el documento.

Lucía asintió y se apartó.

A don Gonzalo se lo llevaron a las siete y cuarenta. Antes de mediodía, ya se sabía: las cuentas de Transportes Garde congeladas por orden del juez. Al rato llamó Daniel el hijo mayor por teléfono, su voz, nítida por el altavoz en manos de Inés de la Cuesta, resonó en todo el salón: gritaba, era una trampa, hacía falta abogado.

Un abogado repitió Inés y miró a las paredes, como quien busca respuestas en los cuadros.

Lucía en el sillón, Carmen llorando, Álvaro con el móvil en la mano, sin decidir a quién llamar primero.

No basta con un abogado dijo Lucía.

Todos la miraron. Incluso Carmen paró de llorar.

¿Qué? preguntó Inés de la Cuesta.

Necesitan a alguien que entienda tanto de penal como de derecho financiero. No es lo mismo. Un abogado penalista no sabe de balances y un financiero no habla con fiscales. Hace falta alguien que conozca ambos campos.

Ya, lo buscaremos respondió Álvaro.

O puedo ayudar yo dijo Lucía.

Larga pausa.

¿Tú? Carmen lo soltó, limpiándose los ojos. Pero si eres ama de casa.

Lucía la miró tranquila.

Soy abogada. Especialista en derecho financiero y corporativo. Llevo tres años trabajando en remoto. He llevado asuntos parecidos a este.

El silencio cambió. Ya no era de sorpresa, sino de cálculos internos. Álvaro la miraba, un interrogante que no podía articularse en palabras.

¿Por qué nunca? empezó.

¿Lo conté? Lucía se encogió de hombros. Porque nadie lo preguntó.

No era toda la verdad. Pero no era el momento de profundizar.

Inés de la Cuesta dejó la taza en la mesa, como sentenciando.

Bien dijo, escueta. ¿Qué necesitas?

Lucía se levantó.

Acceso completo a la documentación financiera de los últimos tres años. Todos los contratos, extractos bancarios, declaraciones fiscales. Y hablar hoy mismo, en persona, con la contable de la empresa.

Es mucha información dudó Inés. Su tono era el de quien siempre controla hasta el café.

Por eso lo pido afirmó Lucía.

Álvaro dio un paso adelante.

Mamá, dale lo que pide.

Inés la miró largamente, como redescubriéndola.

Está bien aceptó.

La contable, Aurora Herrero, mujer robusta y de ojos encarnados por el insomnio, llegó a las dos. Se sentaron juntas en el despacho, montones de papeles sobre la mesa, y allí estuvieron cuatro horas. Nadie interrumpió. Curioso: el día anterior apenas la escuchaban sobre los postres.

Aurora primero se mostró recelosa. Luego, Lucía le hizo preguntas concretas y directas. La contable empezó a relajarse. Los profesionales se reconocen entre sí.

Aquí Aurora señaló una hoja, están las transferencias de julio y agosto. No entendí su origen. Gonzalo dijo que eran movimientos internos entre filiales. Yo lo registré igual que siempre.

¿La firma de las órdenes? Lucía preguntó.

Suyo, o eso parece. Doy por hecho que es suya. ¿Para qué comprobar la rúbrica del director?

No tendría sentido. Pero la cuestión es si es realmente su firma.

Aurora la miró.

¿Sospechas?

De momento, solo recopilo datos.

Por la noche, Lucía tenía ya una imagen, incompleta pero clara: algo no cuadraba en la documentación. Había transferencias a través de una empresa pantalla, Tecniberia Rentas, registrada ese mismo año. El titular, Julio Sastre; otro nombre que nunca figuraba en el grupo, pero la estructura ya le era familiar a Lucía, lo había visto antes: fraude con sociedades efímeras. Alguien formó la empresa, canalizó fondos y la cerró enseguida dejando rastros que parecían propios de Gonzalo.

La cuestión era: ¿quién?

Aquella noche, cenando todos juntos, ella resumió la situación.

Es probable que don Gonzalo no firmara esas órdenes conscientemente. O no supiera el contenido. Hay que hacer peritaje caligráfico y averiguar quién está tras Tecniberia Rentas.

¿Cómo se prueba eso? Daniel, llegado a última hora, presidía la mesa; su tono, crispado, era el de quien contiene la angustia.

Por el historial fiscal de la empresa, los movimientos en la cuenta de Sastre. Y por la huella digital de las órdenes electrónicas. Hay que ver qué empleados accedían a la firma electrónica del director.

Eso es cosa de Fernando, el informático señaló Álvaro.

Que venga mañana.

Álvaro asintió. Luego se le quedó mirando callado, con esa mezcla de admiración y algo más difícil de definir, un reconocer tarde.

Durante la cena, Inés no volvió a hablar de más. Solo murmuró, en voz lo bastante baja para que lo oyese Carmen:

Es lista.

No era un halago. Más bien, una constatación.

Las dos semanas siguientes, Lucía trabajó como siempre: en silencio, constante, sin alardes. Mañanas de llamadas y análisis, tardes de expedientes, noches de revisión. Contactó a dos colegas: Ramón Pascual, de temas fiscales en Albacete, y Susana Moreno, civilista, amiga de máster. Ambos, tras oír los detalles, aceptaron ayudar.

¿Los Garde, de verdad? preguntó Susana por teléfono. ¿Y tú vives allí?

Sí.

¿Me contarás luego todo?

Luego rio Lucía.

Fernando, el informático pelirrojo, entregó los registros de acceso a la firma digital de julio-agosto. Lucía y Ramón los revisaron por videollamada. La conclusión era clara: los documentos se firmaron desde el ordenador de Gonzalo un día en que él estaba en Valladolid. Accedió alguien más.

Alguien tenía acceso físico dijo Ramón.

Faltan dos nombres en los accesos del despacho: la mujer de la limpieza, a las ocho; y don Manuel Sáez, el subdirector financiero, a las once cuarenta. Los documentos se firmaron a las once cuarenta y ocho.

Silencio.

Sáez dijo Lucía.

Fernando asintió. Trabaja aquí de toda la vida. Gonzalo confía mucho en él.

Lo sé.

Ya era cuestión de ser muy cautos. No bastaba acusar: había que demostrarlo con pruebas irrebatibles. Ramón preparó una solicitud a Hacienda sobre Tecniberia. Susana, paralelamente, pidió un peritaje sobre las firmas sospechosas.

La pericial tardó una semana. Resultado: firmas dudosas en la mitad de los documentos.

No está mal valoró Susana. Pero falta el vínculo con el dinero y con Sáez.

El dinero fue a Sastre. ¿Quién es Sastre?

Solo sabemos que telefoneó a Sáez varias veces en junio y julio.

Mis sospechas siguen.

Llegó la pieza decisiva: Sastre era sobrino de Sáez. Llamadas cruzadas en las fechas clave y, a los tres meses, Sastre compró un piso. A su vez, Sáez abrió una cuenta aparte en el banco Fénix, en la que recibió múltiples transferencias de Sastre por una suma que corresponde a una parte de los fondos desviados.

Solicitaron al juez el levantamiento del secreto bancario. El juez consintió: ahí estaba la prueba, los ingresos directos de Sastre a Sáez.

El esquema: Sáez manipuló las firmas, desvió fondos a Sastre, quien le hizo transferencias a cambio.

Lucía redactó un informe completo, con anexos y croquis, y lo entregó a Susana, la cual lo hizo llegar al letrado de Gonzalo, don Lorenzo Ballester.

Don Lorenzo, veterano abogado, llamó el domingo:

Esto es un informe exhaustivo. No esperaba tal nivel de profundidad.

Gracias resumió Lucía.

¿Se ha apoyado en alguien más?

En Pascual y Moreno.

Los conozco. El lunes lo presentamos.

El lunes, don Lorenzo presentó el escrito, solicitando la revisión de la causa y el procesamiento de Sáez. El miércoles el juez citó al aludido, y el viernes fue detenido.

A las dos semanas, Gonzalo recuperó la libertad. La acusación se revisaba con los nuevos datos. Las cuentas de la empresa, descongeladas en parte. El proceso seguía, pero lo peor había pasado.

Aquella noche, la familia cenó junta. Gonzalo presidía la mesa por primera vez en semanas, demacrado pero erguido. Inés sirvió buen vino de una de esas botellas que guardaba. Daniel brindó corto: por la familia. Carmen bebió en silencio.

Gonzalo miró a Lucía.

Has hecho lo imposible le dijo.

Solo lo que había que hacer respondió. Requería tiempo y entender las trampas.

No sabía que eras se detuvo.

Abogada le aclaró ella.

Eso.

Inés levantó su copa, la miró distinta, con una nueva mirada de respeto, de quien reconoce haberse equivocado.

Te debemos mucho dijo.

Lucía asintió y bebió.

Esa noche, en la cama junto a Álvaro, escuchando su respiración, no pensaba en lo pasado, sino en el presente. Algo había cambiado, pero no lo fundamental. Ahora la miraban de otro modo, sí, pero como a un recurso, no como a una persona que llevaba ocho meses sin recibir más que cortesía forzada y poco respeto.

Pensó en su madre y en algo que le decía de pequeña: Lucía, saber valerte sola está bien. Pero no te olvides de que también mereces que hagan cosas por ti.

Quizá no era eso lo que quería decirle, pero aquel consejo ahora pesaba distinto.

A la mañana siguiente, con Gonzalo y Daniel fuera reunidos con el abogado y Álvaro en la oficina, Inés cruzó por primera vez en ocho meses la puerta del vestidor.

¿Puedo pasar? preguntó.

Claro dijo Lucía.

La suegra inspeccionó la habitación y notó el escritorio, los papeles, los libros jurídicos.

¿Trabajabas siempre aquí?

Sí, aunque usted creyera que era un vestidor.

Nunca lo supe.

Pausa.

Lucía dijo Inés, solo quiero que sepas lo que has hecho

¿Puedo decir algo? interrumpió Lucía, serena.

Inés asintió, percibiendo tensión.

Me alegro de haber ayudado. De verdad. Pero quiero que sepa que eso no cambia lo anterior.

¿A qué te refieres?

A lo que decían de mí delante de extraños. A llamarme la chica del pueblo. A lo de Carmen en la cena, y usted lo oyó. Fueron ocho meses.

Inés sostenía la mirada. Por eso Lucía la respetó, un poco más.

Sé a qué te refieres musitó la suegra.

Bien.

Yo no pensé que hiciera tanto daño. Buscaba proteger las formas, el nombre de la familia.

Lo sé, por eso nunca hablé de mi trabajo. Quería ver cómo tratarían a alguien de quien no conocen nada. Ahora lo sé.

Inés se levantó.

¿Te vas a ir?

Lo pienso seriamente confesó Lucía.

La suegra se marchó en silencio. Lucía miró el césped siempre ese césped perfecto con los aspersores lanzando arco iris acuáticos.

Llevaba días dándole vueltas. No era cuestión de dinero ni de a dónde ir. Eso estaba claro. Era otra cosa.

Seguía queriendo a Álvaro, claro. Pero, entender que el amor no basta si quien tienes al lado ha preferido callar durante ocho meses cuando debió defenderte… Eso ya no cambiaba. No porque fuera mala persona. Simplemente, para Álvaro, la familia era lo primero, incluso antes que su esposa. Y eso no había cambiado, ni siquiera después de todo.

Recordó aquello que decía su antiguo profesor de Derecho, don Santiago Vargas: El contrato más difícil no es el farragoso, sino el que se firma sabiendo una de las partes que no piensa cumplir. Hablaba de empresas, pero Lucía pensaba que en el matrimonio los pactos silenciosos pesan igual.

Al final, la conversación con Álvaro tuvo lugar el viernes. Él llegó pronto, fue él quien entró, sin avisar.

Mi madre dice que piensas irte soltó desde la puerta.

Lucía dejó el lápiz.

Lo estoy valorando.

Él cerró. Se quedó de pie.

¿Por mi culpa?

Por nosotros. Que no es lo mismo.

Explícamelo.

Ella dudó, luego por fin lo dijo, lo que en verdad cocía desde hacía tiempo:

Álvaro, cuando tu madre dijo ante todos lo de la chica de pueblo, ¿dijiste algo?

No admitió, muy bajo.

¿Y cuando Carmen hizo esos comentarios, hiciste algo?

No.

¿Y cuando comían y hablaban de cosas de familia, y yo estaba en la mesa, era como si no contara?

Él tragó.

Sí, lo noté.

¿Entonces, para qué explicarte más?

Él se sentó en la repisa de la ventana. Miró el jardín iluminado. Habló, casi consigo mismo:

Tenía miedo de hacerles daño.

Lo sé.

Es que para mi madre

No me enfado, Álvaro le cortó Lucía. Simplemente he comprendido: si toda tu vida es elegir entre hacerles daño a ellos o defenderme a mí, me temo que elegirás a tu familia. No te lo reprocho. Simplemente sois así.

Puedo cambiar.

Tal vez. Pero yo no deseo esperar ese cambio. No tengo edad ni ánimo.

Él se giró.

¿Adónde irás?

Voy a alquilar un piso. Trabajaré. Todo sigue igual.

¿Sola?

Sola.

En sus ojos había algo que ella no quiso analizar. ¿Lástima? ¿Algo auténtico? No quería ya saberlo.

¿Divorcio?

En unas semanas, sí. Con calma.

Él asintió. Susurró, más para sí:

Te quiero.

Lucía lo miró un instante.

Lo sé, Álvaro.

El sábado por la mañana llenó dos maletas. Sus cosas: ropa, libros, el portátil, su taza favorita, blanca con lunares verdes, que trajo de Medina. El resto, lo comprado para la vida de allí, lo dejó.

Cuando bajó con las maletas, en el hall estaba Inés, sola.

La suegra miró las maletas, luego a Lucía.

¿Lo tienes claro?

Sí.

Inés asintió lentamente.

No diré que te valorábamos. No lo hacíamos. Yo titubeó, buscando palabras que no era habitual pronunciar en voz alta. Siempre creí que hay un orden para cada cual.

Lo entiendo.

No encajabas en mis esquemas.

Lo sé.

Y resultaste mejor que lo que creía posible.

La pausa fue larga. No incómoda, solo intensa.

Inés, dijo Lucía al fin, no me voy por rabia. Me marcho porque quiero estar donde no haya que rescatarme para noten mi existencia. No es un reproche. Es saberlo.

La suegra la miró largamente, por fin de verdad.

Suerte, Lucía.

Igualmente.

Lucía tomó las maletas y salió. El taxi la esperaba en el portón. Era una mañana otoñal, fría, con olor a tierra mojada, ese aroma siempre la llevaba a Medina, al huerto de casa, su padre en botas.

Guardó las maletas, abrió la puerta trasera, echó una última ojeada: el chalet, enorme, de piedra, el portón forjado, el césped perfecto, los aspersores danzando. Una casa hermosa. Ajena.

Subió al coche.

¿Dónde, señorita? preguntó el conductor.

Calle Barquillo, número siete respondió. Dos días antes había alquilado allí un piso pequeño, cuarto piso, ventanas al patio interior, la escalera de madera crujía en la tercera. La primera vez que la vio, pensó: parece mío.

El coche arrancó.

Por la ventanilla desfiló La Moraleja, los portones, luego calles de altos setos y, al fin, la carretera recta, bordeada de árboles amarillos.

El teléfono vibró. Mensaje de Ramón: El caso Garde: procesado Sáez. Enhorabuena. Guardó el móvil.

Enhorabuena. Una palabra sencilla.

Miró fuera, pensativa, sin pena ni euforia: ¿qué le aguarda en ese piso de Barquillo? Paredes vacías, sin cortinas, ni platos. Debería comprar una taza la de lunares viene de Medina, pero le gustaba una verde que dejó atrás. Ya la repondrá.

Curioso, lo fácil que es pensar en tazas tras ocho meses que lo pusieron todo del revés. Tal vez esa sensación es la confirmación de que eliges bien: no vacío ni victoria, solo el siguiente paso. Taza. Cortinas. Esquina de mesa para el trabajo.

Por la tarde ya abrió el portátil. El cliente de León había escrito el día anterior sobre un litigio fiscal. Ramón le pasaba un link de otro caso. Susana pensaba en asociar despachos nada oficial aún, probar. La vida seguía.

El taxista puso la radio suave, de fondo. Cantaba una mujer, lenta, cansada, sobre lo suyo.

El móvil vibró de nuevo. Ahora, era Álvaro.

Miró la pantalla. Dudó. Cogió.

¿Ya vas lejos? preguntó él.

Por la autovía.

Solo quería decir hizo pausa. Tenías razón en todo. Lo sé, es tarde.

Sí, tarde dijo ella. Sin rencor, solo factualmente.

¿No volverás?

Contempló la carretera absurda y recta.

No, Álvaro.

Cuídate.

Tú también.

Colgó y apoyó el móvil en el regazo. El taxista callaba; la radio sonaba; los árboles se deslizaban hacia atrás.

Lucía pensó que en Medina ahora, seguramente, también era otoño el mismo olor a tierra húmeda. Tendría que llamar a sus padres. Decirles que está bien. Que encontró piso. Que tiene trabajo. Que todo marcha.

Claro, su madre preguntará por Álvaro. Siempre pregunta.

¿Y qué respondería?

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