Me llamo Sara, y los tatuajes en ambos brazos casi arruinan mi boda… o, mejor dicho, me salvaron la vida.

Me llamo Lucía, y te juro que mis tatuajes en ambos brazos casi arruinan mi boda o quizá, mejor dicho, me salvaron la vida.

Cuando conocí a Óscar, estaba convencida de que era el hombre de mi vida. Pero debí haber prestado más atención a las señales de alarma, sobre todo cuando su madre, Carmen, empezó a meterse en nuestras vidas.

Todo se torció tres meses antes de la boda. Estábamos cenando en casa de mis futuros suegros, en el centro de Madrid, cuando Carmen miró mis brazos con una mueca de asco.

Chica, esas pinturas en tus brazos dijo, arrugando la nariz. Para la boda vas a taparlas, ¿verdad?

Me quedé con el tenedor al aire, flipando.

¿Perdón? Son mis tatuajes. Son una parte de mí.

Ay, no seas exagerada saltó Óscar, cogiendo la mano de su madre. Solo es por un día, no pasa nada.

Vas a quedar fatal, cariño insistió Carmen. De verdad, muy poco elegante. ¿Qué pensará todo el mundo?

Sentí la garganta cerrarse, pero decidí callarme. A lo mejor estaba dramatizando. Quizá solo eran los nervios prenupciales, quién sabe.

Las semanas fueron pasando y la presión iba a más. En la última prueba del vestido, estando mi madre presente, Carmen apareció acompañada de una modista.

Añadidle mangas largas a este vestido ordenó, ni un simple hola. O buscad maquillaje corporal para ocultar esas cosas en los brazos.

Mi madre, que había costeado toda la boda, la miró como si fuese de otro planeta.

Carmen, el vestido está divino. Los tatuajes de mi hija son preciosos.

Pues a mí no me lo parecen replicó Carmen, sin preocuparse en disimular el desprecio.

Óscar, claro, apoyó a su madre. Como siempre hacía.

En ese momento lo vi claro. Si querían mangas, lo tendrían. Pero les iba a preparar una sorpresa.

Durante las semanas siguientes me escapaba en secreto al estudio de mi tatuador favorito, en Lavapiés. Solo lo sabía mi hermana, Inés.

¿Estás segura? me preguntó la última vez que me acompañó.

Completamente le respondí.

Los nuevos tatuajes brotaron en mis brazos: flores enormes, mariposas, y un fénix precioso renaciendo de sus cenizas. Una auténtica obra de arte que hacía que los antiguos tatuajes parecieran aún más alucinantes.

Llegó el gran día de la boda.

Me puse el vestido con las mangas que tanto insistió Carmen. Pero eran desmontables, con unos corchetes diminutos escondidos en las costuras.

Atravesé la catedral con el corazón a mil.

Cuando estaba frente a Óscar, justo antes de que el cura comenzase la ceremonia, respiré hondo

y me quité las mangas.

Se hizo un silencio de los que se pueden cortar con cuchillo.

Mis brazos se llenaron de color: los nuevos tatuajes relucían, más llamativos y bonitos que nunca.

¿¡QUÉ ES ESTO!? gritó Carmen desde la primera fila, roja como un tomate. ¡Esto es una falta de respeto! ¡Una burla!

Óscar me miraba como si hubiera visto un fantasma.

¿Has añadido más tatuajes? su voz temblaba. No puedo no puedo casarme contigo. No así.

Los invitados empezaron a cuchichear por lo bajo.

Y entonces, pasó algo que nadie esperaba.

Aplausos.

La primera fue Inés. Luego mis amigas, mis primos, mis compañeros del trabajo.

Mira, Óscar le dije con toda la calma del mundo. Tienes razón. No puedes casarte conmigo. Porque yo merezco estar con alguien que me quiera tal y como soy.

¡Esto es absurdo! chilló Carmen. ¡Esta boda tiene que celebrarse! ¡Tenemos más de cien invitados!

Mi madre, Pilar, se levantó de su sitio. Serenísima.

Carmen, he pagado esta boda. Hasta el último euro. Te voy a pedir, por favor, que cojas a tu familia y os marchéis.

¡Pero cómo te atreves!

Me atrevo porque esta fiesta es de mi hija. Y si hoy no se va a casar pues va a celebrarlo como la mejor fiesta de libertad de su vida.

Inés ya lo estaba grabando todo con el móvil.

Los siguientes minutos fueron pura locura: Carmen y los suyos salieron dando voces, Óscar me suplicó lo que no me había suplicado en la vida, yo me quité el velo y solté la melena.

¡QUE EMPIECE LA FIESTA! gritó Inés.

Y empezó de verdad.

La orquesta cambió el vals por temazos para bailar. La tarta nupcial se transformó en la tarta de mi libertad. Bailé con mi madre, con mis amigas, con la familia. Bailé hasta que me dolieron los pies.

Inés subió el vídeo esa misma noche.

Al día siguiente tenía tres millones de visualizaciones.

Y antes de que terminara la semana, me llegaron 847 propuestas de matrimonio por Instagram (la mayoría de coña, aunque alguna que otra sería tentadora), ofertas de varias marcas de moda alternativa para modelar y una invitación para contar la historia en un programa de televisión local.

Pero lo mejor de todo fue el mensaje de Carlos, fotógrafo de tatuajes y amigo lejano de mi primo, que estaba entre los invitados.

Nos conocemos poco, pero tu valor me ha dejado alucinado. ¿Te gustaría tomar un café, cuando termine todo este lío? Sin presión. Solo dos personas con pasión por el arte en la piel.

Miré mis brazos y sonreí.

Han pasado seis meses y salgo con Carlos.

Carmen me ha bloqueado por todos lados.

Óscar intentó volver, pero yo ya había pasado página.

Y cada vez que miro mis tatuajes, me acuerdo de aquel día en el que estuve a punto de esconderlos por alguien que nunca me mereció.

¿Y tú? ¿Te ha tocado alguna vez elegir entre ser tú misma o complacer a los demás? ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?

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