Ya no soy tu esposa

Ya no esposa

Ramón, Ramón, ¿te has tomado hoy la tensión? ¿Te has tomado la pastilla? preguntó Matilde asomando la cabeza en el salón mientras se secaba las manos en el delantal.

Por el amor de Dios, Matilde, ¡deja ya el tema de la tensión! bufó él, sin levantar la vista del móvil. Tengo una reunión en una hora. ¿Dónde está mi camisa azul, la de algodón? ¿La has planchado?

Si te planché ayer tres camisas, tú mismo dijiste que esa había que llevarla a la lavandería porque tenía una mancha

¡Siempre te lías! No se te puede confiar nada. Anda, tráeme una cualquiera. Y ponme el té más fuerte, que este tuyo de manzanilla ya me tiene harto.

Matilde apretó ligeramente los hombros, pero no dijo nada y se fue a la cocina.

Fuera era noviembre, frío y lluvioso. El bloque de nueve plantas enfrente mostraba todas las ventanas apagadas, salvo en dos o tres donde brillaba la luz. Matilde Ruíz García, de cincuenta y seis años, miraba cómo hervía el agua en el viejo hervidor con el esmalte saltado del pico. Llevaba meses pensando en cambiarlo, pero nunca encontraba el momento.

Echó el té en la taza, fuerte, como a él le gustaba, sin manzanilla ni hierbabuena. Cogió el plato con los bocadillos que había preparado a las seis de la mañana: pan con mantequilla y queso, sin corteza porque a él el estómago le andaba delicado. Había cortado también tomate, aunque los de noviembre sabían a cartón, pero al menos tenía vitaminas. Puso todo en la bandeja y volvió al salón.

Ramón Fernández de la Torre, cincuenta y ocho años, estaba sentado en el sillón con el móvil en la mano. Desde hacía tres meses era jefe de sección, antes había trabajado veinte años como ingeniero a pie de obra. Cuando Don Luis se jubiló, le pusieron a él por antigüedad. El ascenso trajo una subida de sueldo de ciento veinte euros al mes, un despacho propio y, al parecer, también una manera distinta de entender la vida y a sí mismo.

Ponlo aquí dijo él, señalando la mesita baja, sin apartar la mirada de la pantalla.

Matilde depositó la bandeja. Dudó un instante.

Ramón, de verdad, tómate la pastilla. Ayer dijiste que te dolía la cabeza.

Dije que ME dolía. Hoy no. Ya está, déjame que tengo que hacer llamadas.

Ella salió. Se quedó parada al lado del perchero del pasillo, donde colgaban el abrigo de él, su anorak de plumas y un paraguas doblado. Miró al vacío un buen rato. Luego cogió el trapo y se puso a limpiar el alféizar de la cocina, porque no sabía qué más hacer en ese momento.

Así llevaban tres semanas. Desde que Ramón ascendió y fue a un curso de empresa en la sierra de Madrid. Volvió cambiado: más recto, nuevo corte de pelo, una mirada distinta. Ella se alegró al principio, creyó que había recobrado vitalidad. Pronto empezó a notar otras cosas.

Él había comenzado a criticar la comida. Antes comía lo que hubiera sin rechistar, y ahora todo le parecía mal: que si la sopa salada, que si las albóndigas secas, que el arroz con tomate era comida de estudiantes, no de un jefe de sección. Matilde le preguntó si había entendido bien, y Ramón la miró como si hablase una tontería, respondiendo:

Matilde, ya es hora de cocinar algo decente. Pescado al horno, ensaladas buenas, no tu ensaladilla rusa anual.

Ella cocinó pescado al horno. Y ensaladas. Él comió en silencio y Matilde pensó que todo volvía a la normalidad. Al día siguiente volvió malhumorado, diciendo que la mujer de don Ignacio, un compañero del curso, no trabajaba y que la casa era solo su responsabilidad, y que además parece una señora de verdad.

Matilde no dijo nada. Podría haber contestado muchas cosas: que tampoco trabajaba fuera desde que cerraron la gestoría, que se levantaba a las seis mientras él dormía, que organizaba todo, que le llevaba al médico, hacía colas en la farmacia por sus pastillas para la tensión y el colesterol, que ella misma autogestionaba su salud. Pero guardó silencio, porque era a lo que estaba acostumbrada.

Hasta que dos días atrás sucedió lo que rompió su costumbre de callar.

Él llegó a casa cerca de las ocho. Matilde acababa de apagar el fuego del caldo de pollo, desgrasado doble como le recomendaron por el colesterol. Llevaba dos horas haciéndolo. En la cocina olía a perejil y zanahoria.

¿Por qué tardas tanto? preguntó él asomándose a la cocina.

Tuve una reunión resopló, dejando los zapatos en la entrada, ni siquiera en la balda.

La sopa está lista. Siéntate a cenar.

Se asomó a la cazuela. Torció el gesto.

Otra vez pollo.

Ramón, el médico te dijo

Ya sé lo del colesterol, no soy tonto. Pero aburre tanto plato de hospital en casa.

Ella sirvió la sopa. Partió pan. Él comió en silencio, se levantó sin recoger y se marchó al salón. Matilde fregó los platos, limpió la encimera, pasó el paño por las migas. Luego le avisó que, si quería, había compota.

Él hojeaba el móvil. Matilde vio algo rosado en la pantalla, pero él giró el móvil rápidamente.

¿Vas a querer compota?

Levantó la vista. La observó largo rato, como calculando algo.

No respondió. Y tras una pausa: Matilde, mírate un poco.

No captó la indirecta.

¿Qué?

Que te mires. ¿Desde cuándo no vas a la peluquería? Con esas mechas, el batín a cuadros Pareces una abuela de pueblo.

La canilla goteara en la cocina. En casa de al lado murmuraba la televisión.

Ramón dijo ella muy bajo.

¿Qué? Te digo la verdad. Ahora hay reuniones, comidas de empresa. La mujer tiene que estar presentable, y tú Mira el aspecto que llevas.

¿Reuniones en casa? preguntó despacio. Si no has invitado a nadie en tres meses.

¡Pues me da vergüenza! levantó la voz, y ese vergüenza cayó en la cocina pesado como una losa. La mujer de Corcuera, da gusto verla. Arreglada, con estilo. Y tú Te has dejado, vas en bata, sin teñirte

Ramón. Fue raro oírle el nombre completo. Dentro de poco cumples sesenta. Yo tengo cincuenta y seis. Somos adultos.

¡Por eso! Hay que cuidarse a cualquier edad. Yo voy al gimnasio, ¿eh? Pero tú, todo el día en casa

Todo el día en casa repitió Matilde, la voz extrañamente tranquila, hasta a ella le sorprendió. Vale, Ramón. Me ha quedado claro.

Se marchó al pasillo, cerró suavemente la puerta. Recogió el pan, lo guardó, apagó la luz. Todo despacio, casi sin pensar. Pero en su interior algo se movía. No se rompió, sino que se deslizó, como un mueble corrido en una habitación. Al principio parece raro, después piensas: hacía falta este cambio desde hace tiempo.

Esa noche no durmió. Miró el techo desde su lado de la cama, escuchando a Ramón dormirse como siempre. Pensó en los últimos diez años, viviendo en modo servicio. Despertar, cocinar, limpiar, las recetas médicas, las pastillas: para la tensión, para el colesterol, desde primavera sumó tratamiento para las articulaciones, carísimo. Organizaba calendarios, apuntaba recados, caminaba al centro de salud, iba y venía en taxi, porque vendieron el coche hacía años.

Ahora, después de todo, él le había dicho que le daba vergüenza que la vieran así. Que la mujer de Corcuera era mejor.

Matilde pensó. Llegada la una de la madrugada, solo tuvo un pensamiento claro y sencillo: basta.

No “me voy”, no “me divorcio”, no “me monto un número”. Simplemente, basta de hacer lo que él ni ve ni valora. Basta de ser el grifo del que solo se espera agua. Que se apañe.

A la mañana siguiente, se levantó a la hora de siempre. Se preparó su té, de manzanilla, que a él no gustaba. Sentada con el móvil, entró en la web de la peluquería cara del centro comercial, la de cortes desde treinta euros. Cogió cita para el miércoles. Luego buscó cursos de marcha nórdica en el parque del barrio, gratuitos, martes y jueves por la mañana. Se apuntó.

Cuando Ramón llegó a la cocina a las siete, solo encontró su taza. El pan en la panera, la mantequilla en la nevera. Que se sirva.

¿El desayuno? preguntó mirando alrededor.

Tienes pan, mantequilla y el queso en la nevera contestó Matilde sin apartar la vista del móvil.

Él calló. Se sirvió, cortó el pan, desayunó de pie junto al frigorífico. Salió rumbo a la oficina sin decir nada.

Matilde miró cómo se cerraba la puerta tras él y sintió alivio, simplemente alivio.

Ese miércoles fue a la peluquería. La joven estilista, con el lateral rapado y muchos pendientes, inspeccionó el pelo:

¿Cuánto hace que no te tiñes?

Tres años por lo menos.

Bueno, te lo vamos a hacer natural, unas mechas suaves y mejoramos la forma.

Estuvo en el sillón dos horas y media. Se vio cambiar poco a poco en el espejo. Salió otra. No joven, pero sí viva; parecía la Matilde que casi había olvidado.

Gastó sesenta y cinco euros. De vuelta a casa compró una crema facial buena, para piel madura, veintidós euros más. Dudó, el precio le parecía una locura, pensó en Corcuera y la compró.

Por la noche Ramón lo notó. Miró su pelo. No dijo nada. Ella tampoco esperaba que lo hiciese.

Al poco, se acabaron sus pastillas para la tensión. Antes, Matilde vigilaba siempre, compraba con antelación. Ahora, cuando vio que la caja estaba vacía, la dejó en la mesita de su lado de la cama. A ver si lo notaba.

Él, al buscar su pastilla, vio la caja vacía.

¡Matilde! ¡Las pastillas se han acabado!

Ya lo sé respondió desde la cocina.

¿Por qué no las has comprado?

Ya eres mayorcito, Ramón. Puedes ir tú.

Silencio. Largo.

Yo es que tengo trabajo.

Y yo también tengo cosas.

Ella sí que tenía cosas: martes y jueves marcha nórdica, empezó a coincidir con dos señoras, Lucía y Rosario. Lucía, jefa de estudios en un colegio, reía tan fuerte que asustaba a los gorriones. Rosario, tranquila, ya jubilada, cuidaba nietos. Caminaban juntas por el parque, hablando y tomando aire. Matilde se sorprendía de lo agradable que era, algo que nunca se había permitido.

Ramón acabó comprando sus pastillas solo, con cara de quien vuelve vencedor de una gran gesta. Dejó la caja en la mesita. Nadie comentó nada.

Por entonces Matilde llamó a su mejor amiga desde la antigua oficina: Leonor.

Leo, ¿te viene bien el sábado?

¿Pasa algo?

Podríamos ir al cine o, no sé, a un café.

¿Todo bien, Mati? preocupada, pues hacía años que no quedaban solo para conversar.

Mejor que nunca.

El sábado quedaron en la puerta del metro. Leonor vio su melena y soltó un exclamado:

¡Pero chica! ¡Qué cambio!

Por fin me decidí. Un corte bueno.

¡Ya era hora! Mira que pensaba, ¿cuándo se

Pues ya es ahora sonrió Matilde, y se sentaron en una cafetería.

Pidieron café con leche y tarta. Fuera caían los primeros copos de un invierno madrileño.

Venga, cuenta dijo Leonor.

Y Matilde contó. El ascenso, el curso, su nuevo aire mandón, la comida crítica, la esposa ideal de Corcuera, lo de mírate al espejo y la vergüenza. Lo relató sin lágrimas, con desapego, como si la historia fuera ajena.

Leonor la escuchaba removiendo el café.

¿Y entonces qué has hecho?

Nada especial admitió Matilde. Sólo he dejado de hacer lo que él no aprecia. No por fastidiar. Simplemente, no tiene sentido.

No tiene Leonor asintió. Silencio. Estás haciendo lo correcto.

No sé si correcto o no. Ya no podría hacerlo de otro modo.

Se miraron, pidieron otro café. Salieron ya de noche, bajo la nieve. Se abrazaron en el andén.

Llámame, ¿vale? Y la semana que viene, repetimos.

Por supuesto.

Matilde viajaba de vuelta a casa y pensaba que hacía seis o siete años que no se sentaba con Leonor para hablar de la vida. Siempre había algo más urgente: la salud de Ramón, su caldo, sus cosas.

En casa Ramón estaba con la tele. La cocina mostraba una taza sucia y el plato de la tortilla que debió haber preparado él mismo. Antes Matilde lo hubiera lavado enseguida; esta vez, lo dejó.

¿Dónde estabas? preguntó él sin apartar la vista.

Con Leonor.

Mucho rato.

Ajá.

Fue al baño, se lavó la cara, puso la crema nueva. Se miró al espejo: cinco décadas y seis años, pero rostro vivo, arrugas alrededor de los ojos, una expresión tranquila. Su look nuevo le favorecía. Era una mujer madura, y estaba bien así.

Diciembre llegó con frío de verdad. Matilde se compró unas botas de piel, buenas, ya no las de plástico baratas, cuatro años con ellas. Pagó cien euros y no se arrepintió.

En casa todo cambiaba: seguía cocinando, pero ya no dietas específicas sólo para él. Ahora preparaba lo que le apetecía a ella: cocido con fundamento, patatas con pollo, a veces empanadillas del súper. Nada de tortitas al vapor para él. Come lo que hay; el médico ya te ha dicho qué debes hacer.

Sus camisas se lavaban junto al resto de la colada, sin mimos especiales. Antes se empeñaba en cuidarlas aparte, para que no se arrugaran. Ahora no.

Él lo notaba y lanzaba alguna pulla:

¿Otra vez empanadillas?

Sí, ¿y qué? contestaba ella tranquila.

Ya casi no cocinas

Ayer hice sopa. El domingo estofado.

Él callaba, molesto. Pero no podía decir: “¿por qué has dejado de girar en torno a mí?”. Habría sido demasiado franco, incluso para él.

Matilde seguía yendo al parque los martes y jueves. Lucía le recomendó una ginecóloga estupenda, por fin pidió cita. También se apuntó a un taller de acuarela en la biblioteca, los miércoles por la tarde. No porque soñase con ser pintora, sino porque, ¿y por qué no? Dos horas sin prisas, pensando sólo en la hoja y el pincel.

A mediados de diciembre Ramón empezó a llegar tarde del trabajo. Antes eso le habría preocupado, ahora cenaba sola cuando le apetecía, se acostaba a su hora. Él llegaba a las nueve, a veces diez, alguna a las once y media. Matilde no preguntaba, él no explicaba.

No fue el móvil, sino el aroma lo que un día la puso sobre aviso: Ramón llegó oliendo a un perfume dulzón que no era ni del transporte ni de restaurante. Perfume de mujer. Matilde pensó: Así que es esto.

La sorpresa fue notar que no dolía. Esperaba dolor y sólo sintió curiosidad cansada, incluso liberación: si se marchaba, sería elección de él, no un fracaso de ella.

No comentó nada. Se fue a dormir. Durmió bien.

Así pasaron tres semanas. Ramón seguía con sus cosas, contestando llamadas a veces desde el baño. Una vez escuchó: “…te digo, Elenita, el sábado…”. Elenita. Muy bien.

En ese tiempo Matilde pensó mucho. Llevaba treinta y dos años con él, criaron juntos a su hijo Javier, ahora viviendo en Burgos con su esposa y dos hijos. Recordó que en su juventud Ramón no era así: reía, bromeaba, se iba de pesca con Javi. Pero cuándo cambió todo, no supo decirlo; fue como una inundación lenta, apenas perceptible, que acaba por ocuparlo todo.

Pensando en sí misma, comprendió cómo había dejado su propio cuidado de lado, no sólo físico. No sabía ni lo que le gustaba, qué música, qué libros, dónde querría viajar. Todo enterrado bajo años de fiambreras y medicinas.

Las clases de acuarela resultaron inesperadamente importantes. La profesora, Clara Vázquez, de cincuenta y dos años, le dijo un día: Matilde, tienes muy buen ojo para el color. Un simple comentario, pero hacía años que nadie se lo decía.

A principios de enero lo de Elenita terminó. Matilde lo notó primero en el aire derrotado de Ramón y porque dejaron de escucharse llamadas desde el baño. Volvió a los horarios habituales, televisión y silencio. Más delgado, con tos. Ella debía preparar comida, él comía. A veces, se sentaba con ella, y decía de pronto al aire:

Hoy hace mucho frío.

Sí contestaba ella. Decían que -2 grados.

Ya.

Y se marchaba. Todo el diálogo.

De lo de Elenita se enteró después porque un amigo común lo mencionó al hablar por teléfono, como quien pasa página: He oído que tu Ramón iba con una, pero le han dado puerta rápido. Matilde sólo dijo: Algo oí. Y el amigo volvió a hablar de la casa del pueblo.

Supuso lo que había pasado: la chica esperaría a un jefe solvente, comidas y planes; recibió a un hombre mayor con tensión y manías sobre el té y las camisas, quejándose del colesterol. Esa vida no se aguanta.

No le dio pena. Sólo sintió un alivio similar al que ocurre cuando deja de doler una muela: no alegría, apenas descanso.

En febrero, la salud de él se resentía más. Sin el control meticuloso de Matilde, tomaba las pastillas mal, a veces de más, a veces ninguna. Las cajas amontonadas y desordenadas, una vez le vio tomar dos de golpe tras olvidar la del día anterior. No dijo nada. Ya le había advertido el médico.

Le subía la tensión. Blanquecía, se quejaba de ruidos en la cabeza. Una noche, dijo:

Me giro todo, Mati.

Ve al médico.

¿Me pides cita?

Llama tú a la consulta. El teléfono está en la tarjeta sanitaria.

La miró perplejo, mientras ella tomaba su té.

No me acuerdo cómo se hace eso.

Ramón, eres jefe de sección. Aprende.

Pidió la cita. Fue al médico. Volvió con más recetas, otro fármaco nuevo añadido a los de siempre.

Toma dejó la receta en la mesa.

Vale.

¿Lo compras tú?

Mañana tengo que ir por esa zona, si me dejas el dinero.

Eso él no se lo esperaba. Siempre había pagado ella con el dinero de casa, sin pedir nada. Ahora, así.

Entregó el dinero, ella compró el medicamento y lo dejó junto a los otros en la mesilla. Sin explicaciones, sin notas detalladas.

Marzo trajo el deshielo. El parque sumido en charcos y críos chapoteando con ramitas. Matilde salía cada vez más a pasear, a veces sin bastones, sólo por pasear. Se compró una cazadora de entretiempo, no cualquiera, sino una entallada, en color crema. En el probador pensó que hacía años que no se compraba una prenda sólo porque le apetecía.

Ese marzo Javier vino a pasar varios días con su mujer Lucía. Javier, alto, cuarenta años, se parecía a Ramón de joven, pero era más sensible. Lucía era amable, tranquila. Trajeron un tarro de miel y una caja de bombones.

La primera noche cenaron juntos. Matilde cocinó: patata asada, ensaladilla, carne guisada según receta de su madre. Ramón casi no habló en toda la cena. Javier contaba cosas del trabajo y de los hijos, Lucía preguntó a Matilde por sus clases de acuarela.

¿Mamá, tú pintando? sorprendido Javier.

Aprendiendo, acuarela.

¡Qué bien! ¿Nos enseñas?

Matilde mostró las hojas pintadas: una manzana, un jarrón, el paisaje desde la biblioteca. Lucía y Javier admiraron los colores y, sinceros, le dijeron que eran bonitos.

Mamá, te doy mi palabra: pareces más joven.

Sólo es que fui a la peluquería por fin sonrió ella.

Notó que Javier miraba de reojo a su padre, pero no le preguntó nada, quizás discutió con Lucía en privado.

Al día siguiente, con Lucía haciendo compras, Javier entró en la cocina donde Matilde hacía empanadillas.

Mamá, ¿vosotros estáis bien?

¿Por qué?

Papá está no sé. Apagado. ¿Está enfermo?

Tensión mal. Fue al médico, recetas nuevas. Se organiza solo, ya es mayor.

Javier dudó, cogió un trozo de masa.

¿Habéis discutido?

No. Y era verdad, ya no discutían. Simplemente coexistían cada uno a su modo.

Mamá, si necesitas algo

Estoy bien, Javi. De verdad.

Y él pareció creerla, porque realmente ella estaba bien. Por raro que pareciera.

Se marcharon el domingo. La casa quedó vacía y silenciosa. Matilde recogió la mesa, fregó, limpió. Ramón en la tele.

Por la noche él se acercó a la cocina a por un vaso de agua, de pie junto a la ventana.

Javi está bien, ¿eh?

Sí, muy bien.

Y los niños, qué majos

Eso.

Bebió, dejó el vaso. Se fue. Ella quedó mirando la ciudad oscura, farolas y nieve, ya casi la última del año.

En abril, Ramón sufrió una crisis hipertensiva. No gravísima, pero se mareó al levantarse y se sentó en el pasillo.

Matilde, no estoy bien.

Ella salió, le vio sentado, pálido, sudando.

Vamos al dormitorio.

Le ayudó a levantarse, le sentó en la cama. Le trajo el tensiómetro: 185/110, una barbaridad.

Tómate el Captopril, está en la mesilla. Échate. En media hora te la tomo otra vez.

¿Adónde vas?

A la cocina.

Matilde puso el hervidor, observó el agua burbujear. Oía los ruidos de Ramón buscando la pastilla. Pasada una hora, la tensión bajó; ya 160/95.

Quédate en casa hoy. No vayas a trabajar.

Tengo reunión

Llama y di que estás malo. Hoy no.

Se quedó. Ella le subió té, un poco de pan. No porque él lo pidiera, sino porque no hay que ser cruel cuando alguien está mal.

Él miraba el techo y, tras largo silencio, dijo:

Matilde

¿Sí?

Creo que me he portado muy mal estos meses.

Ella tardó en responder, luego se sentó al borde de la cama:

Sí, Ramón respondió tranquila. Bastante mal.

Es que con el ascenso se me subió. Pensaba que todo debería cambiar. Que había logrado algo.

Y lo lograste. Jefe de sección.

Sí. Pausa. Y tú aquí, como siempre Se atragantó. No quería decir eso.

Sé lo que querías decir susurró ella.

Recogió la taza y volvió a la cocina. No fue una reconciliación, ni abrazos, ni lágrimas, ni discursos solemnes. Solo él había reconocido me he portado mal, y ella estuvo de acuerdo. Nada más.

Pasó abril, llegó mayo. Matilde continuó en la marcha y la acuarela. Se hizo muy amiga de Lucía, que la llevó al teatro. Compraron entradas buenas, patio de butacas en el teatro municipal. Hacía diez años que Matilde no iba. Sentada con un zumo comprado en el bar, pensaba lo agradable que era ver historias vivas en el escenario.

A sus cincuenta y seis años, entendía que ese no era el final de nada, sino algo completamente distinto.

La convivencia con Ramón era la del paralelismo: ya no criticaba la comida, ni mencionaba a la señora de Corcuera. A veces conversaban normal, alguna rutina en común. Otros días, ella leía el libro que le recomendó Lucía mientras él veía la tele, cada uno en su mundo. Tranquilo, casi placentero, solo que Matilde ya no era la criada invisible.

Un día, él le pidió que le ayudara a pedir medicina online, porque era más barata.

No sé cómo se hace admitió. Tú seguro que sabes.

Es muy simple. Escribes el nombre, pones en el carrito, seleccionas la farmacia.

Pero tú lo haces mejor.

Sé hacerlo, pero tú puedes aprender.

Él aprendió. Se atrancó, le pidió ayuda una vez. Matilde le explicó dónde pinchar. Hizo el pedido solo.

Se dio cuenta entonces de otra cosa: ayudar no es hacerlo todo, sino dejar que el otro también haga.

Llegó junio, calor. Matilde se compró por gusto un vestido nuevo, fresquito y floreado. Se miró en el espejo y pensó que estaba bien, ni abuela ni joven, sólo una mujer con un vestido bonito.

Las parejas mayores llevan sus vidas de distintas formas, eso lo entendía. Unas en guerra, otras en dulce amistad, otras en indiferencia fría. Lo suyo con Ramón era algo diferente: ni guerra, ni paz, ni desdén; compartían techo, pero cada cual era ya muy suyo.

No sabía cuál sería su futuro. A veces recordaba la pregunta de Leonor sobre el divorcio. No lo descartaba, pero tampoco tenía prisa. Primero, debía encontrarse a sí misma.

El verano transcurrió tranquilo. Visitó a Javier en Burgos dos semanas, sola. Él se quedó en casa, dijo que tenía trabajo. Matilde preparó la maleta, le llevó a su nieta un cojincillo bordado que había aprendido a hacer por internet.

Fueron dos semanas insuperables con Javier, Lucía, sus nietos mayores. Matilde era otra abuela con ganas de dar, no una asistenta por obligación: paseos, juegos, comida rica, cuentos. No cansaba, al revés.

Javier, por las noches, preguntaba por ella, por su vida. Matilde fue honesta: las cosas son normales, aunque complicadas. Javier no daba consejos, prefería escuchar. Era buen hijo, eso seguro.

Regresó a Madrid bronceada, descansada. Ramón la recibió en la puerta: “Ya has vuelto”. Le cogió la maleta. Era poco, pero ya era algo.

Agosto fue húmedo. Matilde compró un ventilador, cortó una sandía del mercado y se comió la mitad, la otra para él. Ramón la comió sin rechistar. Dio las gracias por primera vez en meses.

En septiembre llegaron de nuevo los fríos matutinos y las hojas de los álamos amarillos ya crujían en el piso de la calle. Y sucedió aquello para lo que ella, de algún modo, estaba preparada.

Un viernes, Ramón llegó a casa a las ocho. Cara ceniza, se mueve lento. Matilde leía en la cocina.

Matilde balbuceó, me encuentro mal.

¿Qué te pasa?

La tensión, la cabeza, tengo algo aquí se agarró el pecho.

Ella se acercó, lo miró seria.

¿Desde cuándo?

Desde la comida. Pensé que se pasaba.

¿Te has tomado la pastilla?

Sí, a las tres. No ha hecho mucho.

Siéntate.

Él se sentó. Matilde trajo el tensiómetro: 190/115. Peor que antes.

Ramón dijo, esto es grave. Hay que llamar a urgencias.

¿Tan grave? Igual si tomo otra…

No. 190 y opresión de pecho no se resuelven con otra pastilla. Necesitas un médico ya.

¿Llamas tú?

Ahí Matilde se detuvo. Sostuvo el tensiómetro en sus manos, mirando a Ramón.

Lo vio: cara pálida, ojos asustados, la mano en el pecho. Era un hombre enfermo, con miedo. Sintió compasión, verdadera, humana. Pero también vio otra cosa: que había estado mirándole sin ver durante un año, que le dijo cosas que no se olvidan, que la dejó de considerar persona mucho antes de que ella dejase de girar en torno a él.

Entendió qué haría.

Ramón dijo tranquila, tienes el móvil. Sabes el número de urgencias.

Él la miró perplejo.

¿Cómo?

Llama tú. Marca 112. Da la dirección, explica lo de la tensión y el pecho. Vendrán enseguida.

Matilde Su voz era temblorosa, casi un niño pequeño. ¿No me ayudas?

Te he ayudado: te he medido y dicho que hace falta médico. Lo demás, hazlo tú.

Pero

Ramón. Dejó el tensiómetro sobre la mesa. Llama tú. Eres adulto. Eres jefe de sección. Puedes hacerlo.

Se fue de la cocina. Caminó por el pasillo hasta su cuarto. Entornó la puerta, sin cerrar.

Desde la cocina, pasados unos minutos, su voz alcanzó hasta ella, baja y temblorosa:

Hola. Sí, una ambulancia. Calle

Se sirvió ella otra taza de manzanilla, su favorita. Pasó por la cocina en silencio, mientras él hablaba con el operador. Él la miró de reojo, ella fue a la ventana, contemplando la noche.

El patio estaba vacío, la farola de la entrada iluminaba el asfalto mojado. El viento había arrancado casi todas las hojas del álamo. Nadie en el banco de la entrada.

Él terminó la llamada. Silencio.

Vienen de camino dijo.

Bien contestó Matilde.

¿Vendrás conmigo al hospital?

Se volvió desde la ventana. Lo vio de nuevo. Cara ceniza, mano en el pecho, ojos de miedo. Sintió pena, no revancha. Un hombre enfermo daba pena, sin más.

No, Ramón dijo despacio. No iré. Los médicos harán lo que deben.

Matilde

La ambulancia vendrá, ellos sabrán cómo actuar. Es su trabajo.

Cogió su taza, volvió al dormitorio y entornó la puerta. Sentada junto a la ventana, contempló las luces de otra casa al otro lado del patio y el viejo álamo.

En la cocina se oían ruidos. Luego pasos tranquilos. Después, el ascensor.

La ambulancia tardó veinte minutos. Oyó la puerta, pasos, voces rápidas y cortas. Tensión… electrocardiograma… probablemente observación en el hospital. Ramón contestaba, voz de niño avergonzado.

¿La esposa está en casa?

Su voz:

Sí, pero no viene.

Breve pausa. Voz neutra del sanitario:

De acuerdo. Pues venga, nos vamos.

Puerta. Ascensor. Silencio.

***

No era el final de nada, ni un gran drama, tampoco una victoria. Era solo otro día en el que Matilde decidió ser responsable de sí misma, cuidar de su propia vida y permitir que Ramón cuidase por fin de él. Y supo, mirándose de nuevo en el reflejo de la ventana, que nunca es tarde para empezar a ser la protagonista de tu historia. Porque quien no se cuida, acaba olvidado, incluso por sí mismo. Pero quien aprende, aunque sea tarde, a colocarse en el centro de su propia vida, entonces, aunque siga lloviendo ahí fuera, comienza realmente a vivir.

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