Belleza fingida

Belleza fingida

¿Pero qué me estás contando? ¿De verdad lo habéis dejado? ¡No me lo creo! exclamó Alba, mirando a su amigo con tal asombro que por un momento se sintió incómodo. Sus ojos se abrieron como platos, las cejas se le subieron casi hasta el nacimiento del pelo y los labios se le quedaron entreabiertos. ¡Si ibas detrás de Inés como si fuera de cristal! Siempre os ponía como ejemplo ¡Si yo misma he soñado con tener una relación como la vuestra!

Pues créetelo, Alba, es muy real contesté, dejando escapar un suspiro y fijando la vista en la ventana. Fuera arreciaba la lluvia, las gotas resbalaban deprisa por los cristales y el cielo de Madrid tenía el mismo gris plomizo de mi ánimo. Me sentía como si alguien me hubiera vaciado por dentro. La nostalgia por esos cinco años juntos teñía todo de ceniza. En el pecho, solo quedaba un hueco, ese que antes habitaban sus miradas cálidas, sus abrazos de domingo y los sueños en común de una vida propia. Apreté el puño hasta que se marcaron los nudillos y, tragando saliva, proseguí: Se acabó, ¿entiendes? Todo acabado…

Pero, ¿por qué? insistió Alba, inclinándose hacia delante y mirándome a los ojos. Si Inés te estuvo esperando medio año mientras estabas trabajando en Barcelona. ¡Ni salía con nadie, ni aceptaba regalos ni cumplidos!

¿Y tú cómo lo sabes? Si ni siquiera vives aquí sonreí con amargura un instante. ¿O es la magia de la solidaridad femenina?

Vivo a un par de cientos de kilómetros respondió, sin darle importancia. Alba recostó la espalda en la silla, cruzó los brazos y sonrió con picardía, aunque la preocupación se le intuía detrás del gesto, pero tengo amigos que se han fijado bien en tu Inés. Sé que se empeñó en cambiar radicalmente su aspecto aunque no conozco los detalles exactos. Se cortó el pelo, empezó a ir al gimnasio, y renovó el armario. Todo eso, fíjate, mientras tú no estabas. Se esforzó muchísimo.

¡Ahí está el quid! ¡Por eso lo hemos dejado! exclamé, casi levantándome del tirón. Salí disparado al recibidor, buscando el móvil en la chaqueta con dedos casi desesperados. Tenía que enseñarle la foto a Alba para que comprendiera por qué me sentía tan horrorizado. ¿Te acuerdas de cómo era Inés antes de que me marchara?

¡Claro! puso los ojos en blanco Alba, aunque su voz vaciló. Era una chica muy mona El pelo largo, liso y castaño claro, los ojos enormes y verdes, la nariz pequeñita Tenía un cuerpo bonito, aunque el pecho andaba escasito, pero a ti siempre te gustó así, ¿no?

¡Exactamente, me encantaba tal cual era! grité, pero enseguida la voz se me rompió en un susurro. Clavé la mirada agresiva en la pantalla del móvil. Para mí, Inés era la perfección. Yo la adoraba así, auténtica. Pero nada más irme, sus amigas empezaron a taladrarle la cabeza diciéndole que, como no cambiara, acabaría pasándola página. ¡Y se lo creyó! ¡Les hizo caso! No fue un deseo suyo, fueron ellas las que la convencieron de que, si seguía igual, la dejaría.

¿Y tan grave fue? preguntó Alba, incapaz de ocultar la inquietud que le subía por dentro. Sus dedos se cerraron inconscientemente sobre el reposabrazos.

¡Mira tú misma! le tendí el móvil con brusquedad, casi poniéndoselo ante los ojos.

En la pantalla aparecía Inés, pero nada tenía que ver con la que Alba recordaba. Su melena, de la que siempre presumió, había desaparecido bajo un corte ridículamente corto y teñido de rubio platino. La nuca y las orejas al descubierto, transmitiendo una frialdad muy lejana a su dulzura habitual. Los labios, evidentemente rellenados por algún esteticista, parecían hinchados y resultaban ajenos al conjunto de su rostro.

Había perdido diez kilos, pero el resultado no era atractivo: clavículas y costillas marcadísimas, brazos frágiles como ramitas. La piel, blanquecina y traslúcida, con ojeras profundas como si no hubiese dormido en días. Pero lo peor desde mi punto de vista fue el aumento de pecho del que siempre renegó, sabiendo perfectamente lo que opinaba al respecto. Nunca entendí las prisas en desfigurarse: yo siempre alabé su naturalidad, nunca quise que se pareciera a nadie más.

La vi en Barajas, vino a buscarme, y lo único que pensé fue: ¿de veras esa es mi chica? Me daban ganas de darme la vuelta y ni saludarla mi voz temblaba. Me giré de golpe y pegué un puñetazo a la pared, soltando luego la mano por el escozor. ¿Cómo pudo cambiarse tanto solo en medio año? ¿Por qué no pensó ni un momento que me gustaba como era?

No lograba tranquilizarme. Caminaba de un lado al otro del salón bajo la mirada atenta de Alba, gesticulando con rabia, parándome en seco, apretando los puños o frotándome la cara como si así pudiera borrar la imagen. El reflejo de mi enfado pasaba del enfurruñamiento al abatimiento con cada vuelta.

Alba era la que más me entendía. A lo largo de los meses que estuve en Barcelona, siempre era ella quien aguantaba mis quejas sobre mi jefe, mis rabietas por no poder llevarme a Inés conmigo, las llamadas nocturnas para contarle cualquier tontería, la preocupación por los exámenes y el trabajo. Cada día hablaba con Inés, la extrañaba y le repetía que era la mujer de mi vida. Y ahora, frente a mí, tenía a una desconocida.

Quizá solo quería gustarte más dijo Alba, acercándose y posando una mano suave en mi hombro. Quizá le hicieron creer que te haría ilusión, que lo agradecerías.

Negué con amargura.

¿Gustarme más? ¡Se ha perdido a sí misma! Yo la quería auténtica, y ahora ahora ni la reconozco.

Me dolía especialmente que Inés rehusara siempre hacer videollamadas aquellos últimos meses. Cuando le proponía vernos por cámara, ella respondía que me estaba preparando una sorpresa, que me encantaría. Pero aquella evasiva no me daba buena espina. Empecé a pensar si habría conocido a otra persona, si evitaba la pantalla para no romper conmigo a distancia. Esa obsesión me mordía el estómago día y noche.

Al final, pedí a mi amigo Guillermo, que vivía en Móstoles donde ahora vivía Inés, que indagara un poco. Le dije que preguntara a conocidos, que la observara si podía y luego me contara la verdad.

A los dos días llamó.

Definitivamente está preparando una sorpresa dijo con voz rara, como si le costara pillarle sentido. Pero no sé si te va a gustar… Eso sí, te aseguro que no está tonteando con ningún tío. Sigue preguntando por ti y espera tu regreso.

Me quedé mucho más tranquilo. Aplacé las alarmas, incluso sonreí y hasta respiré hondo. El susto sería una tontería, pensé. Total, lo importante era que mi chica seguía siendo leal, que no mentía. Solo pensarlo me aliviaba y me daba fuerza.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, sé que rechazar la foto que Guillermo me ofreció fue error grave. Si en aquel momento la hubiera visto, tal vez habría vuelto esa misma noche en AVE y habría parado los cambios Pero ya es tarde.

El día que regresé a Madrid, estaba tan nervioso que no podía estarme quieto. Miraba el reloj todo el rato, en el avión tamborileaba los dedos, en el taxi me mordisqueaba la cremallera de la chaqueta. Palmas sudorosas, corazón a mil. Imaginaba la escena una y otra vez: saldría por la puerta de llegadas, la vería sonreír y saludarme con la mano, fundirse en mi abrazo, rozar su pelo, irnos al piso, prepararnos un café y ponernos al día con las mil historias de seis meses separados.

Pero la realidad fue mucho más cruda. En cuanto reconocí a Inés esperando junto a las puertas del aeropuerto, me quedé helado. No era ella. Era otra persona. Durante unos segundos creí de verdad que me había confundido de mujer. Parpadeé, intentando comprender lo que estaba viendo, y sentí un escalofrío por dentro.

¡Álvaro! ¡Cuánto te he echado de menos! dijo Inés, abriéndome los brazos, pero di un paso atrás, sin consentir el abrazo. Su sonrisa se resquebrajó, vi brillar la confusión y luego el dolor en esos ojos que hace solo unos meses eran mi refugio. Sus amigas, que la acompañaban, cuchichearon en un rincón.

¿Pero qué te pasa? ¡Soy yo! ¿Tanto te ha sorprendido mi sorpresa? la esperanza y la incertidumbre bailaban en su voz. Se tocó el pelo nuevo, intentando recuperar mi complicidad.

Pues mírate. No sé dónde está mi chica. Intenté mantener la compostura, pero la voz me sonó hueca y distante. ¿Te has puesto enferma? ¿O te ha dado por ser otra? ¿Dónde quedó ese pelo, esa figura natural, ese algo propio que solo tú tenías?

¿Qué quieres decir? ¿Que antes era gorda? me respondió Inés, ofendida, apretando los labios recién hinchados. Trató de controlarse, pero las lágrimas asomaron en sus ojos. Al oír las risas ahogadas de sus amigas, lanzó una mirada herida en su dirección.

Bah, puedes decirlo claro. Sé que estaba hecha un desastre, pero ahora no te dará vergüenza ir conmigo por la calle. Mira, ¡moderna y guapa! ¿A que así sí te gusto más?

¿Y quién te ha dicho que quiero ir a ningún sitio contigo? Ahora el dolor me salía como filo. De chica preciosa te has convertido en en algo superfluo. Yo te quería como eras, y ahora Ni te reconozco. ¡Y ni siquiera has tenido el detalle de consultarlo! Siempre lo hablábamos todo, Inés. ¿Por qué esto no?

¡Anda ya! Inés está para portada de Vogue intervino una de sus amigas, la rubia de labios rojos, saliendo en defensa de su obra. No te imaginas los chicos que se le acercan desde que ha cambiado. Deberías estar agradecido. ¡Todo esto lo ha hecho por ti!

Me giré, con rabia.

¡Por mí no, por ella! volví a mirar a Inés, con el corazón ardiendo. No me pongáis de malo. ¡No me responsabilicéis de este disparate!

Me acerqué a ella, con voz quebrada:

Inés, sabes perfectamente lo que pienso de todo esto. Siempre he dicho que adoro la belleza natural. Lo que has hecho No es lo que amo. Eras maravillosa siendo tú. Ahora todo es tan falso, tan postizo

Hice una pausa breve, me pasé la mano por el pelo y seguí más tranquilo pero con firmeza:

Durante todo el mes he soñado con pedirte que te cases conmigo. Compré el anillo, planeé el discurso Quería una vida a tu lado. Pero ahora No quiero compartir mi casa con una muñeca.

Inés se quedó blanca como el papel. El llanto le ahogaba las palabras. Se acercó un paso, la mano en el aire, intentando buscarme, decir que todo podía repararse.

¡Álvaro, no te vayas! balbuceó al fin. No quería hacerte daño Solo pensé que así estarías orgulloso de mí

Pero ya había dado media vuelta y me marché. Caminé deprisa, negándome a mirar atrás. Sentía una maraña de orgullo herido, rabia y dolor. Ella gritó algo que no entendí y trató de seguirme, pero sus amigas la sujetaron.

¡Deja que se vaya! le susurró la rubia, rodeándole los hombros. Está en shock, pronto se arrepentirá de lo que ha dicho.

Eso, que vuelva luego con el rabo entre las piernas. Eres un pivón, Inés, te lloverán pretendientes añadió la morena, guiñando el ojo con un aire de suficiencia.

Pero Inés apenas les oía. Miraba la silueta cada vez más lejana, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Por intentar ser perfecta, acabó perdiendo lo que de verdad importaba.

Y yo que iba a pedirle que se casara conmigo rematé agachando el rostro entre las manos. Notaba los hombros encogidos, luchando por contener las emociones. Imaginaba el momento, su sonrisa, el abrazo Y al verla así tragué saliva, la voz apenas era un murmullo, sentí que se me rompía el alma. No reconocí a mi Inés. No estaba.

Permanecí en silencio unos segundos, respiré hondo.

¿Por qué hacéis siempre eso, las mujeres? ¿Por qué os convencen de que no sois suficientes? La elogiaba todos los días, le dedicaba palabras bonitas, la valoraba en lo cotidiano Y ahora ha tirado todo, borrándolo como si no hubiera existido.

¿Y sabes qué fue lo peor? levanté la cabeza, los ojos aún brillantes de lágrimas, apretando el puño. Esa amiguita lo hizo adrede, para que lo nuestro terminara. Ya no me cabe duda.

¿Y eso cómo lo sabes? Alba me miró, muy seria, y posó una mano reconfortante sobre mi brazo.

Vino a buscarme ella misma a casa después, con aires de superioridad, ¡presumiendo de lo natural que es, diciendo que estaba mucho mejor sin retoques! Por poco la echo escaleras abajo gruñí, golpeando el reposabrazos y revolviendo el pelo con rabia.

Me incliné sobre el sofá, la mirada perdida.

¿Y sabes qué es lo repugnante? Que pensaba que picaría, que en cuanto dijera una palabra olvidaría a Inés. ¡Pero no! Yo la quería y me duele que permitiera tanta manipulación

Alba permaneció en silencio, escuchando; tener su apoyo me daba un poco de paz entre tanto dolor. Le asomaba en los ojos una tristeza honda que agradecí en silencio.

¿Has intentado hablar con Inés? susurró, dándome un apretón amistoso. Aún estaríais a tiempo de arreglarlo si te lo propones.

A Inés le encanta su nueva imagen, y no piensa cambiar nada musité, con una sonrisa amarga carente de alegría. Me llamó solo para decirme que, después de esperarme, no toleraba que la dejara tirada La quiero, Alba. La quiero con alma y vida. Pero Inés ya no está. Ha quedado alguien distinto, con esos labios postizos y esa delgadez enfermiza Y esa falsedad.

Me dio la mano. El calor de ese gesto sencillo me reconfortó. No necesitaba palabras huecas. Solo saber que tenía a una amiga al lado.

Vi cómo Alba me miraba, conteniendo sus propias lágrimas por la impotencia al ver mi sufrimiento. Notaba las manos temblorosas y la respiración entrecortada, luchando por no venirme abajo.

¿Sabes? Una vez fuimos al Retiro, otoño. Ella tiraba de la capucha y se le caía, yo la volvía a colocar Me dijo: Álvaro, quiero que esto sea siempre así. Yo le respondí: Lo será, pequeña, lo será. Y lo creí de verdad

Me mordí el labio, luchando por no llorar. Alba se apartó un poco los mechones, al borde del llanto.

¿Y ahora qué? pregunté al vacío. Ahora ella se ve en el espejo y cree ser más guapa, pero yo Yo solo veo a otra. ¿En qué momento se rompió todo en seis meses? ¿Por qué no hablamos antes?

Esta vez no pude contener las lágrimas. Me quedé sentado, encorvado, llorando como un niño perdido.

Alba se acercó y me abrazó, transmitiéndome todo el cariño y apoyo que podía ofrecerme.

Álvaro musitó, tú no tienes la culpa. La has querido de verdad, siempre la pusiste en valor El fallo no es tuyo. Es el miedo, la inseguridad, la envidia de otros. Pero no es culpa tuya.

La miré, los ojos húmedos, entre la vergüenza y la tristeza.

¿Y si me equivoco? ¿Y si en vez de darle la espalda debí comprender? Quizá solo tenía miedo a perderme Quizá nunca creyó ser suficiente y pensaba que así me complacía. ¿Y si la he echado a perder todo por mi intolerancia?

Una pugna dolorosa entre amor y decepción se libraba dentro de mí. Seguía agarrado a la esperanza de que, bajo ese disfraz, mi Inés aún estuviera escondida. Aquella a la que le gustaba el chocolate con churros y dibujar caritas en la condensación del cristal; la que siempre reía aunque mis bromas no fueran graciosas.

Alba me agarró la mano, firme.

Tienes derecho a tus sentimientos y a tus límites me dijo, segura. Nadie puede obligarte a aceptar lo que no compartes. Pero si realmente deseas arreglarlo, háblalo honestamente con ella. Que te explique lo que sintió, por qué actuó así. Y tú, todo lo que te ha herido y lo que has pensado.

Me paré, limpié las lágrimas y miré por la ventana. La lluvia había cesado y la luz del atardecer teñía Madrid de dorado y rosa. Observé el cielo, buscando un destello de esperanza.

Quizá tengas razón dije en voz baja. Pero ahora ahora necesito tiempo. Tiempo para pensar, para aclarar lo que quiero. No puedo hacer como si nada, pero tampoco quiero perder lo que nos unía si aún queda una oportunidad…

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