14 de mayo
Hoy ha sido un día que no olvidaré jamás, un día de esos que te dejan un sabor raro, como el que te deja la lluvia primaveral en el aire. Todo empezó cuando llegó la doctora al instituto. Hicieron pasar a los chicos y después a las chicas por la consulta. No llevaba ni tres segundos frente a ella y ya había estallado la tormenta.
¿Tú estás embarazada? escuché, apenas salí, la voz de Sole Samper y de Inma Corrales, medio escondidas detrás de la puerta.
Pues… sí, supongo musité yo, sin fuerzas, aún sin mirar a los ojos a la médica.
La enfermera puso cara de susto. Sole, con el vestido a medio poner, se quedó como petrificada. Inma, que recién salía, casi que muerde el labio de la impresión y así se fue corriendo por el pasillo, con la media por la rodilla.
Y claro, con esas prisas y esa boca, en un momento la noticia corrió por todo el instituto y en menos de dos horas, todo el pueblo ya lo sabía.
Volví a casa casi al anochecer. Mamá, Lucía, ya había pasado por la tienda del barrio y notaba cómo la gente la saludaba de otra manera, incluso Doña Carmen desde lejos le gritaba un buenas tardes más alegre de lo habitual. Mamá pensaba que, a lo mejor, se le había visto la combinación o algo, porque no se explicaba ese ambiente de fiesta en torno a ella. Cuando abrió la puerta estábamos solo nosotras, porque Genaro, su pareja, estaba de guardia y yo llegué con las manos llenas de carpetas y el caballete.
Le expliqué que estuve en el parque pintando, que aún la primavera no había acabado de vestir los árboles y que me había gustado la luz en los brotes nuevos. Le enseñé mi último dibujo: una solitaria encina sin hojas, con el sol acariciando las ramas altas, protegiendo bajo ellas a un pequeño brote. Era un boceto todavía, pero ya se intuía el aire, la sombra, la ternura.
No parecía que supiese lo de mi estado, pero antes de que encontrase el momento para decírselo, vi desde la ventana a Doña Elena, la tutora, cruzando el jardín.
Salí corriendo a la cocina, todavía en camiseta y medias.
Mamá, viene Doña Elena. No grites, por favor, luego te lo cuento Estoy estoy embarazada.
Mamé se quedó paralizada, plato en mano. Respiró profundo, se recompuso mientras la tutora entraba a casa y le ofrecía pasar al salón.
Elena directa, voz baja, palabras tristes. Que si el director le había dicho que viniera a hablar, que ni idea, que a ver qué pensábamos.
Mamá casi no reaccionaba, solo repetía preguntas mientras yo me ponía una bata vieja para cubrirme. El tema flotaba como una nube negra en la sala, imposible de despejar.
¿Pero quién es el padre? preguntó mi madre, destemplada.
No lo sé, por eso vengo. Ella es menor. Si me dices que fue obligado, habrá investigación de la Guardia Civil, de educación Es un escándalo para el instituto, pero si hay chico y quiere hacerse cargo se arregla, pasamos los exámenes y ya está.
Yo solo guardaba silencio. No tenía respuesta para nada. No podía acusar a nadie, ni mentir, ni inventar historias. Si no quería hablar, sería por algo, decía Doña Elena.
Cuando se fue, mamá salió disparada de casa, y yo la imaginé cruzando medio pueblo hasta la casa de mi profesor de pintura, don Máximo Rodríguez. Un hombre bueno, apreciado, que había vuelto a Valladolid después de muchos años. Me había dado confianza, me decía que valía para Bellas Artes, que siguiera dibujando lo que sentía. Mamá lo admiraba y, por eso, también dudaba de él.
Pero nada de secretos ni misterios. Don Máximo la recibió con cariño, calmó sus sospechas con un té y una conversación donde le explicó que, por mucho que le gustasen las mujeres, jamás se fijaría en una alumna. Que debía cuidar de mí, sin juzgar, sin hacerme más daño.
Mamá volvió con la cabeza gacha, pero más tranquila. Aunque por dentro, el demonio seguía murmurando: ¿y si Genaro? ¿Y si todo esto era su culpa?
Al día siguiente fuimos al centro de salud. Me dieron cita, análisis, y me pusieron en seguimiento. El parto sería en septiembre. En el instituto, la noticia ya era un escándalo. Nos visitaron de la Policía y de Educación, pasaron lista uno a uno y hasta las bromas eran dolorosas.
Mientras, en casa, la tensión se acumulaba. Mamá miraba a Genaro con desprecio, le acusaba de cosas que no había hecho. Llantos, portazos, platos en la mesa golpeados con furia. Al final, Genaro, resignado, recogió su maleta y se marchó sin discutir. Mamá gritó, suplicó, pero él no se detuvo.
Yo no podía contener más el llanto. Pensando en ella, deseando que todo fuese diferente, que pudiese ser feliz.
Después del tropiezo, la serenidad llegó como suele venir la calma tras la tormenta. Mamá me buscó por la casa, yo estaba a la orilla del río, lavando la ropa como las vecinas de antes, convenciéndome de que este peso, esta vida nueva, no sería el final, sino el principio de algo mejor.
Mamá dejó de avergonzarse. Me miró entre lágrimas y, por primera vez en muchos meses, sentí que estábamos juntas en esto. Que seríamos madre e hija, y también un poco hermanas, criando juntas esa semilla que crece bajo la encina.
Esa tarde, mientras doblábamos sábanas en silencio y el sol caía sobre el valle, mamá me susurró que quizá, sólo quizá, podría presentarme a las pruebas de acceso a la universidad antes de que naciera el bebé. Que Máximo me ayudaría. Que todo tiene remedio si te atreves a mirar hacia delante.
***
Por la noche, una sombra apareció en mi ventana. Era Víctor, mi compañero, temblando en el alféizar.
Hola Vero.
¿A estas horas? le pregunté, entre sueño y sorpresa.
No podía dormir. Solo quería decirte gracias. No has contado nada, ¿verdad?
Le aseguré que no, que nadie lo sabría nunca. Nos quedamos un rato en silencio, compartiendo el miedo, la incertidumbre, y después se despidió. Saltó la valla con la agilidad de siempre y se marchó por la calle desierta, rumbo a su propio destino, que no era el mío pero, en el fondo, tampoco tan diferente.
Hoy sé que la vida es eso: ramas que cubren brotes, cuerpos que se abrigan del frío, y madres que protegen, aunque sientan que el viento a veces puede más.
Y mi madre mi madre, pese a todo, sigue siendo el mejor refugio del mundo.







