La venganza de Lucía
Queridos lectores, podéis suscribiros a mi canal Día claro en el mensajero MAX. Aquí tenéis el enlace:
La lluvia otoñal caía con desgana, como si no terminara de decidirse a mojar bien las calles. Lucía miraba por la ventana salpicada del autobús interurbano que la llevaba de nuevo a casa. Bueno, al hogar de sus padres, porque hacía mucho que su nidito era su piso tipo estudio en el centro de Madrid, con su rutina trepidante y su tráfico monstruoso. El pueblo… bueno, ahí estaban sus padres, su infancia, el colegio y poco más, la verdad.
A sus 27 años, Lucía se sentía bastante orgullosa de su currículum: medicina en la Complutense, puesto en un centro estético de postín, y cursos sin parar: formación continua, congresos, todo ese rollo para estar al día.
Vuelta al pueblo, lo que es vuelta, no habría dado ni de broma si no llega a ser porque notaba algo raro en las llamadas con sus padres. Cuando llamaba a su madre, su padre no estaba, y viceversa, una especie de corte de mangas en versión familiar.
Mamá, ¿qué os pasa? preguntaba Lucía.
Pero Carmen, su madre, siempre salía por peteneras: Nada, hija, todo bien, aquí seguimos.
Desde que bajó en el aeropuerto de Valladolid, solo necesitaba dos horitas de carretera; acostumbrada a mil desplazamientos, a Lucía se le hizo un paseíto.
La furgo la dejó en la estación de autobuses. Todo seguía igual que siempre: los mismos árboles, solo un poco más altos, el supermercado de enfrente con letrero nuevo, y el sol peleando contra la grisura. Había avisado a su madre pero, para variar, sin hora concreta.
Un taxista con cara de mucho pueblo y pocas ganas se le acercó, arrastrando su maleta por el achacoso asfalto.
¿A dónde vamos?
A la calle de San Isidro, 52 soltó Lucía.
La casa de sus padres estaba como siempre, con las contraventanas azul cielo bien abiertas y el olor a azahar del jardín. La verja, tres olmos plantados por su padre el día que acabó primaria Todo igual, pero ya no era lo mismo.
¡Lucía! Carmen salió disparada al verla. ¡Por fin, hija!
Ay, mamá, tampoco es para tanto. Tres años, no era para montar un drama.
Es de alegría, solo de alegría. ¡Tres años, Lucía!
Lucía aparcó la maleta, se quitó el abrigo y las botas y se desplomó en el sofá, estirando las piernas. Carmen se sentó a su lado y la abrazó. Se miraron calladas dos minutos, ese tipo de minutos que solo se dan en familia.
Al final, Lucía fue directa al grano, la pregunta que Carmen temía.
Mamá, ¿y papá? ¿No está por aquí?
Vamos a comer algo, hija, que del viaje estarás muerta.
Lucía detectó detalles nuevos: un mantel recién estrenado, una vajilla con flores Todo cerca, todo familiar, pero a la vez distante. Porque en casa de Lucía, el ambiente era otra cosa, minimalismo total.
Las albóndigas de su madre solo las superaba la abuela de algún anuncio de Navidad. Ensalada con tomates del huerto, quesada y postres varios atravesados por un despliegue, a lo boda de pueblo.
Mamá, ¿papá está viajando, o qué? Cada vez te veo más misteriosa.
Ahora está de viaje, pero quería hablar contigo Bueno, los dos queríamos, pero al teléfono siempre es complicado. Entre que estás ocupada y que no parabas Bueno, te lo digo ya, hija, tu padre y yo nos hemos separado.
Lucía apartó el té ya templado, y echó una ojeada al dormitorio. El ropero de su padre, vacío.
Pero ¿cómo que os habéis separado? ¿Y dónde está?
Siéntate y escúchame pidió Carmen. A veces, los matrimonios se van por derroteros distintos. Lo nuestro con tu padre, pues eso, terminó. Pero, hija, contigo no tiene que ver. Tu padre sigue queriéndote igual.
¿Se ha ido a casa de la abuela Paco?
¿Dónde sino? Ya ves, la casa sigue allí.
Tengo que hablar con él ya mismo Lucía cogió carrerilla hacia la puerta.
Espera, mujer, ha ido a Segovia unos días por trabajo. Mañana vuelve.
Así, tan fácil, y ahora resulta que tiene otra mujer, ¿verdad?
Carmen suspiró.
Sí, no está solo. Y no te sorprendas, tu padre, pues oye, todavía es joven.
¿Quién es la valiente?
Ni idea de si la conoces, del pueblo de al lado.
¿Y ya vive en la casa de la abuela?
¿Dónde sino? Bastante que no esté vacía.
Lucía se pasó las manos por la cabeza:
¿Y me lo dices así, con esa paz? Como si te hubieran robado un pollo y no a tu marido.
Ay, Lucía, no te lo tomes tan a la tremenda. Hace tiempo que ya nada iba bien. ¿Para qué íbamos a andar con broncas?
Mamá, eres más blanda que un flan. Seguro que tiene veinte años menos que papá, ¿eh?
No, diez.
Bah, traiciones hay de todos los tamaños.
No es cuestión de venganza, hija, es cuestión de seguir adelante. Él ha sido siempre buen padre, y tú sigues siendo también su alegría.
Pues yo, lo siento, pero no pienso hablarle. Los traidores que se apañen solos.
Carmen casi rompe a llorar pero se resignó, ya cambiaría de opinión cuando se le enfriara el cabreo.
Lucía se enfundó el chándal y la chaqueta con capucha, y salió de casa. Respirar el aire del pueblo, después del ruido de Madrid, era como un spa gratuito. Se acordó de sus amigos de infancia, a los que nunca tenía tiempo de escribir en redes, como todo el mundo.
Mamá, bajo a la ribera del río a dar una vuelta.
Pero niña, que va a llover.
Da igual, no tardo.
La casa de la abuela estaba tras el siguiente recodo, viejita pero fuerte. Lucía entró como Pedro por su casa, subió al porche y en la cocina vio a una mujer de unos cuarenta años trajinando con una cazuela.
Así que tú eres la nueva señora de la casa de la abuela dijo Lucía, ojeando a la intrusa.
¿Tú eres Lucía? Vaya, tu padre me ha hablado mucho de ti. Adelante, siéntate.
Preferiría no estar aquí, sinceramente. Esta es la casa de mis abuelos, así que considera que lo mío no es visita.
No hace falta que Mira, te pongo té y lo hablamos.
Irene, ¿verdad? dijo la otra, algo más firme, dejando la cuchara.
Pues mira, Irene: haz las maletas y lárgate. Aquí no pintas nada.
Yo no hice nada malo Y sin tu padre yo no me voy. Bastante tengo con lo mío.
Has roto una familia, eso ya dice bastante.
Por la puerta apareció un chaval, unos doce años, entre tímido y curioso.
Damián, ve a tu cuarto dijo Irene.
Pero mamá, yo solo iba a
Pues ve.
El niño miró a Lucía con ojos de agua, extrañado.
Aquí no os quedaréis, eso tenlo claro prometió Lucía, y salió de allí con paso firme.
La rabia la acompañó camino a casa. Qué detallito me preparó papá, ahí viviendo en la casa de la abuela con una desconocida y su criatura, pensó. Lo que más le indignaba era no poder echar a Irene, que la ley no estuviera a su favor.
La ciudad la había curtido: acostumbrada a madrugones, broncas con compañeros y clientes, y defender lo suyo, Lucía se quedó parada cuando vio que, en realidad, lo único que le faltaba era ese hogar, esos dos padres alrededor de una mesa sacando fotos viejas. La separación había sido como un buen capón, y aunque fuese madura e independiente, se sintió huérfana.
¿Dónde estabas? saltó Carmen, viéndola entrar.
Acabo de conocer a Irene. Y encima con un hijo, ahora papá de adoptivo.
Carmen palideció y, llevado por la costumbre, se llevó la mano al cuello.
¿Por qué, hija? ¿Te lo pedí yo? balbuceó.
¡Mamá! ¡Te dejó tirada después de veinticinco años y ni se te pasa por la cabeza vengarte!
¿Para qué? Si papá ya no estaba, se acabó, mejor llevarlo en paz. Él, en el fondo, se quedó hasta que tú te fueras.
Ahora me sales con dramas.
No lo son. Tú naciste por amor, hija, pero luego la cosa fue rutina. Y desde que te fuiste, solo nos quedaste tú.
Nunca me contaste todo esto, mamá.
¿Y cuándo, hija? Si solo apareces ni cada Navidades. No quería darte disgustos. Además, tu padre siempre fue legal y me lo contó todo.
Pues hablo contigo ahora y parece que te da igual, que lo aceptas sin rechistar.
Porque quiero que me quieran, hija. ¿O crees que a mi edad ya no toca?
Mamá No llores, mujer. Eres estupenda, y no te pienso dejar envejecer sin marcha.
Carmen se recompuso, y entre lágrimas, relajó las líneas del rostro.
No deberías haber ido a ver a Irene. De verdad, no es la bruja del cuento. Venía huyendo hasta con su hijo.
Pues lo siento, pero a mí me da más pena verte a ti.
Hay que perdonar, hija. No queda otra si quieres vivir en paz aquí.
Ya veremos si lo hago, pero ni me pidas que vea a papá.
¿Y si yo me busco a alguien? Porque podría
Haz lo que quieras, mamá.
¿Recuerdas a Laura Gutiérrez, del cole? Pues mira, su padre, el señor Ramón, viene mucho por la casa últimamente
¡Laura! La cara de Lucía se iluminó, Laura era una amiga de la infancia. Me encantaría verla, seguro que está igual de traviesa.
Entre risas y añoranza, Carmen seguía:
Pues Laura ya tiene niño, y el padre, Ramón, nos ayuda mucho desde que falta la madre.
Lucía, con una sonrisa nostálgica, pensó en los suyos. Pero cuando recordaba el tema del padre, se le torcían los planes.
Pues mira que me gustaría ver a Laura a papá no.
El padre, Lucas, tardó tres días más. Llamaba, pero Lucía no cogió el teléfono, y Carmen ni insistía. Cuando finalmente llegó, la cara le había cambiado: entradas más marcadas, arrugas y ojos con cansancio. Y el UAZ, que parecía resistir más que las relaciones familiares.
¿Ni hablas conmigo? ¿Ni un abrazo para tu padre?
¿Para qué, papá? Ahora tienes nueva vida.
Hija, no seas injusta dijo Lucas. Me alegro de verte.
Adiós, papá. Lucía se fue a su cuarto.
Últimos días antes de volver a Madrid. Se obligó a salir a pasear por la ribera y se cruzó con chiquillos en bici, entre ellos reconoció al hijo de Irene. De pronto, gritos: uno de ellos cayó sobre un montón de vigas, la bici por un lado, y miedo en los ojos.
Lucía corrió y vio que el chaval tenía la pierna herida, sangraba bastante. Rápida, improvisó un torniquete, llamó a su padre y explicó la urgencia.
En minutos, Lucas llegó con el coche y, con Irene ya medio histérica, lo llevaron al ambulatorio del pueblo.
¡Doctora, por favor! reclamó Lucía, medio imponiéndose.
El chaval fue atendido y todos esperaron fuera, entre susto y silencio. Lucas le lanzó una mirada de gracias a su hija.
***
Día de vuelta. Lucía y Carmen esperaban el autobús. Cielo gris, ambiente melancólico. De repente, llegó un Seat viejo y bajaron una chica rolliza y un hombre con un niño en brazos.
¡Mírala, Lucía, es Laura!
Risas, recuerdos, números de teléfono apuntados, promesas de verse y mándame una foto cuando llegues.
Se oía ya un UAZ acercándose: Lucas, Irene y Damián. Todos se acercaron a la parada.
Mira, Lucía, puedo estar de pie solo saltó el niño con una sonrisa.
Eres muy valiente, campeón. Y nada de señorita Lucía, puedes tutearme.
Lucía, perdón por el numerito de ayer dijo Irene apurada. Para mí Damián es lo más grande, igual que tú para tu padre.
Lucía miró a todos y, por fin, sintió pertenencia. El autobús llegó. Carmen, llorando; Lucas, con ojos mayores pero sonrientes:
Vuelve, hija, ¿vale? dijo, y antes de que pudiera resistirse, la abrazó fuerte, de esos abrazos que te revientan todos los enfados.
Volveré, claro que sí prometió Lucía, abrazando a su vez a su madre y a Laura.
Desde la ventanilla, saludaba, y el eco de ¡Vuelve! la acompañó hasta que el autobús se perdió entre los chopos. Y en ese momento, salió el sol, dándole una despedida de esas que solo son posibles en Castilla, cálida pero con sorna, como diciéndole: Corre, que siempre hay sitio para ti aquí.







