¿Sabes qué es lo más triste entre hermanos y hermanas?
No es que discutan por quién dejó la luz encendida.
No es que piensen de formas opuestas sobre la tortilla, con cebolla o sin cebolla.
Lo verdaderamente doloroso es que llegue el día en que se borren el uno al otro de su vida.
Después de todo lo que se ha compartido infancias en común, meriendas sencillas, tardes de lluvia y domingos de siesta lo que más duele es dejar que el orgullo gane y convertir un desencuentro en una despedida sin vuelta.
Porque ningún hermano ni ninguna hermana es perfecto.
Ni tú tampoco eres ninguna maravilla, admítelo.
Y, a pesar de eso, a veces nos comportamos como si un solo fallo bastara para cerrar la puerta y tirar la llave al Manzanares.
Como si el rencor valiera más que el cariño de todos esos años.
Somos expertos en olvidar.
Olvidamos los días en que compartíais hasta el bocadillo de mortadela.
Las cenas de pan y tomate, las camisetas heredadas que ya estaban dadas de sí, los veranos de piscina hinchable y la felicidad barata.
Esos largos atardeceres en que el consuelo llegaba porque, aunque hubiera poco, había amor.
Olvidamos que crecisteis bajo el mismo techo, con las mismas carencias y los mismos sueños.
Que os habéis protegido mutuamente cuando nadie más lo hacía.
Que juntos aprendisteis a aguantar chaparrones, aunque nunca lloviese a gusto de todos.
Y escuece
Escuece sentirte excluido, desplazado por decisiones de adultos que jamás supieron sanar heridas del pasado.
Duele cuando tu hermano se convierte en un completo desconocido.
Perdonar no es justificar.
Es decidir no arrastrar más rencores como si fueran piedras en la mochila.
Es entender que la familia no se puede encontrar ni en el Rastro ni por Wallapop, y que el tiempo perdido no se recupera ni vendiendo la Play.
Quizá hoy aún haya margen.
Tal vez todavía puedas mirar a tu hermano a los ojos y decirle que te dolió, que cometiste un error, que todavía le quieres.
Dejar el orgullo a un lado no te hace débil te hace persona.
Porque el amor entre hermanos no debería romperse jamás. Y cuando el perdón se sienta a la mesa, hasta la paz vuelve a casa, aunque sea en zapatillas y con bata de cuadros.






