Sufrió un grave accidente de tráfico en el que se destrozó ambas piernas. Y todo terminó…
Un buen negocio en Madrid, donde tenía asegurado el puesto de director general y un sueldazo. Ese viaje con su mujer a Baqueira para esquiar. Las tertulias con amigos los sábados. Todo…
Le reconstruyeron las piernas como pudieron y le mandaron a casa. ¿Qué más se podía hacer? Solo quedaba confiar en Dios y en la suerte. Y él confiaba, pero por las noches gritaba de dolor. Solo los pinchazos dos veces al día, por la mañana y por la tarde, le permitían dormir, aunque fuera a trompicones.
Durante un par de meses no pudo ni levantarse de la cama, así que tuvo que valerse del orinal médico. Que Dios bendiga a su mujer, de verdad. Y cuando por fin empezó a incorporarse y a moverse con ayuda de un andador, el dolor volvió multiplicado por diez.
¿Saben lo que es recibir pinchazos en la tripa para evitar trombos y escaras cuando llevas tanto tiempo postrado? Damas y caballeros, os lo explico: es no poder ni estornudar, ni toser, ni, perdonadme, ir al baño como antes. Hay que tener nervios de acero.
¿Pero qué nervios, por el amor de Dios? Ya no quedaban nervios de ningún tipo. Ni fuerzas para aguantar.
Aun así, el tiempo pasaba y fue aprendiendo poco a poco a caminar otra vez. Mal, tropezando y casi cayéndose a cada paso. Pero, en fin, era progreso.
Los amigos desaparecieron ni llamadas, ni interés ninguno. En la empresa, habían puesto a otro en su puesto, también de director general. Y, ¿cuándo acabaría su calvario? Y sobre todo, ¿en qué acabaría? Era una incógnita.
Así que, como imaginaréis, el ánimo por los suelos y las perspectivas negras. Gracias a Dios, al menos, su mujer no le abandonó…
La primera vez que salió a la calle con muletas, acompañado y vigilado por su mujer, la luz del sol le hirió los ojos. Se le fue el aire y empezó a llorar. Un inválido, solo, con sus muletas. Eso era todo lo que quedaba de él y de su vida anterior.
Su mujer se apartó un poco para dejarle estar solo, y él intentó dar un par de pasos, arrugando el gesto por los rayos y adaptándose poco a poco al airecillo de primavera.
Entonces, a sus pies, escuchó un maullido exigente. Miró y allí, junto a la muleta izquierda, estaba un pequeño gato gris.
¿Qué quieres? le preguntó.
Hacía años que los animales no le interesaban y no tenía ni idea de cómo tratarles. El gato le miraba, suplicando con suavidad por algo de comida.
Isabel, trae una croqueta, por favor le dijo a su esposa.
Y cuando ella volvió, tomó la croqueta de su mano, se inclinó con cuidado y se la ofreció al gato. El minino observó atentamente al hombre de las muletas, y empezó a disfrutar del manjar.
Al día siguiente, cuando volvió al patio, intentando hacer el máximo de pasos posibles entre quejidos, le esperaban ya tres gatos, que debían llevar allí un buen rato.
¡Vaya espectáculo! sonrió.
Y el dolor, por un instante, le soltó. Su mujer protestó, pero igualmente trajo tres croquetas más. Y él, sufriendo al agacharse, dio una a cada uno.
A la siguiente mañana había cinco gatos y dos perritas pequeñas. La mujer refunfuñó en voz alta, pero él insistió y le mandó a la tienda de la esquina a comprar un kilo de salchichas, que luego repartió igualitariamente entre todos los bigotudos.
Todos corrieron y saltaron a su alrededor, invitándole a un juego improvisado. Él protestaba, pero reía a la vez, dando pasitos animado por los ladridos y maullidos.
El día siguiente fue gris y chispeaba. Ella gruñía como nunca y juraba quitarle las muletas, pero él no cedió y bajó sólo, por primera vez en meses.
Me esperan, ¿cómo no voy a ir? Es mi deber le explicó.
Y bajó. Y las dos perritas y los cinco gatos bailaron de alegría a su alrededor bajo la fina lluvia de primavera. Él, con muletas, corrió tras las perritas, que ladraban de felicidad, seguidas por su corte felina.
Detrás, cerca del portal, su mujer, con el paraguas, le contemplaba con una sonrisa…
Pasaron las semanas. Primero dejó una muleta y luego la otra. Ya le estorbaban para jugar con sus amigos de cuatro patas. Y solo entonces se dio cuenta de que, hacía tiempo, ya no le dolían las piernas.
En la empresa no le esperaban. No querían a un cojo. Le pagaron una buena indemnización y presentó su dimisión. Ahora tenía tiempo de sobra y decidió escribir sobre toda su experiencia.
Por alguna razón, le salió una obra de teatro, bastante extensa. Cuando la acabó, fue a varios teatros de Madrid, pero…
En todos lados le dieron calabazas. Nadie llamó, ni mostró interés, salvo un pequeño teatro popular en un local semisótano.
Una semana después, el director le llamó:
Vamos a montarla. Pero hay que cortar, cambiar, y reescribir algunas partes.
Durante un mes, sentados ambos ante la obra, discutieron acaloradamente cada frase. Y otro mes después, se fijó el día del estreno.
En una sala pequeña, con un escenario minúsculo, había solo quince espectadores. Ni media entrada, pero para él, esos quince eran lo más importante del mundo.
Estaba hecho un flan, le temblaba todo, y evitaba mirar al público. Cuando cayó el telón tras la última palabra, reinó un silencio tan denso que el alma se le desplomó como un castillo de naipes. Corazón y esperanza abajo. Le pareció que aquella quietud duró media hora, pero solo fueron unos segundos y…
¡Un estallido de aplausos lo rompió todo! De pronto los actores sonreían, haciendo reverencias y saliendo a saludar.
La segunda función fue a reventar. Había gente hasta de pie, sentada en los pasillos y el hall. Las ovaciones hicieron caer el telón, sujeto de milagro.
Poco después, la compañía alquiló la sala mayor del centro de Madrid. Allí se reunía ya la afición teatral para comentar la nueva obra del autor emergente.
Se compró un traje caro y siempre salía a agradecer al público acompañado de su mujer. ¿Cómo no? No podía ser de otra forma.
Y seguro que os preguntáis, señores y señoras, ¿qué fue de las dos perritas y los cinco gatos del patio? Os lo cuento.
Las dos perritas y dos gatos se vinieron a casa con ellos. Los otros tres gatos encontraron un hogar entre sus nuevos admiradores.
¿De qué va esta historia? Pues… de nada en concreto.
O quizá de cómo es esencial, cuando tienes a tus pies unos ojos llenos de esperanza, y ya no puedes caer. Porque tienes que sostenerte.







