Trigo sarraceno en vez de trufas

Arroz en vez de trufas

Me encuentro de pie ante los fogones, observando cómo la salsa que he elaborado con esmero durante dos horas empieza a cortarse lentamente en la cazuela. La salsa cremosa de trufa, que debía coronar el risotto de setas, tendría que ser sedosa, homogénea, casi viva. Pero en cambio se ha separado: la mantequilla nada aparte y la base espesa se queda cuajada en el fondo.

Reduzco el fuego y empiezo de nuevo a integrar pequeños dados de mantequilla fría, despacio, en círculos. Las manos recuerdan solas el movimiento. Afuera ya oscurece, las farolas de la Plaza de la Paja empiezan a brillar y, allí abajo, los coches se mueven por las calles adoquinadas del centro de Madrid. Una tarde cualquiera de octubre.

Marta, ¿te queda mucho? Tengo hambre desde las dos.

Javier se asoma a la puerta de la cocina. Siempre hace lo mismo: se queda parado en el quicio, sin pisar del todo ese territorio que nunca ha sentido suyo, manos en los bolsillos, esa expresión indefinible que tras veintitrés años aún no he sabido nombrar. No es impaciencia. Es otra cosa.

Veinte minutos digo, sin mirarle. La salsa está rebelde.

Veinte minutos, vale.

Se va. Oigo cómo se deja caer en el sofá del salón, cómo pone la televisión alto y, enseguida, baja el volumen casi al mínimo. Otra señal más. Las conozco todas.

Al final, la salsa sale decente. No perfecta, pero casi. El risotto queda como debe, meloso y con ese punto de soltura que tan difícil es de lograr. Lo coloco todo en el plato, lo culmino con virutas de trufa negra que compré hace unos días en el mercado de San Miguel, gastando en aquel solitario tubérculo más euros de los que antes usaba para comer con mi amiga en un buen restaurante.

Pongo la mesa. Enciendo unas velas. No por romanticismo, sino porque las velas mejoran el aspecto de la comida. Y el mío. Así, las arrugas de cansancio se notan menos bajo los ojos.

Javier se sienta, toma el tenedor y contempla el plato.

Lo mira mucho rato.

Otra vez risotto dice al fin.

Me pediste algo con setas.

Con setas, sí. No hacía falta risotto. Comí risotto la semana pasada en el restaurante de Álvaro, y allí el chef lo borda, es profesional. Es difícil comparar.

Me siento delante. Tomo mi tenedor.

Pruébalo primero.

Él lo prueba. Mastica despacio, como un catador.

El arroz está algo pasado.

Está en su punto. Al dente, como debe ser.

Así según tú responde.

Comemos en silencio. Yo miro las velas. Él mira su plato con la misma expresión difícil de descifrar. Fuera, Madrid sigue su vida, bulliciosa, ajena a cualquier risotto.

La salsa está grasienta añade, con el plato casi vacío.

No contesto.

¿Y me preguntas por qué lo digo? Porque te lo digo de verdad. Si quieres mejorar como cocinera, mejor que te diga dónde fallas, en vez de halagarte.

Ni te he preguntado contesto.

Pues deberías.

Después se va a ver el fútbol, y yo recojo la mesa, friego los platos, rasco los restos de salsa del fondo de la cazuela. Salsa de trufa, del precio de un buen perfume, que rehíce tres veces buscando la textura adecuada. Todo después de estudiar libros franceses de técnicas culinarias que compré en un curso de cocina por ciento veinte euros. Después de traer la trufa desde el otro lado del centro, en un tupper especial para que no se estropeara.

Grasienta.

Apoyo las palmas en el borde del fregadero y veo cómo el agua desaparece por el desagüe. Me seco las manos, apago la luz de la cocina y me encamino al dormitorio.

Una noche sin más.

***

Carmen vino a casa el sábado a las tres. Siempre avisa cuarenta minutos antes, así me da tiempo a recoger el salón y preparar algo para merendar. Mi suegra es de esas mujeres que detectan cualquier desorden y no lo dicen, solo recorren el alféizar con los ojos.

Tiene setenta y ocho. Pequeñita, seca, con la espalda tan recta que la envidiaría alguien con la mitad de su edad. Perdió a su marido hace seis años y vive sola desde entonces en su piso de Chamberí, negándose a mudarse pese a los ruegos de Javier. Yo nunca la animé a mudarse. Ambas lo sabemos y nunca lo decimos.

Aquel sábado llegó algo más pálida que de costumbre. Me fijé al abrir la puerta.

Pasa, Carmen. He preparado una tarta de nueces.

Gracias, Marta. ¿Está Javier?

Se ha marchado a ver a Álvaro. Dijo que volvería para cenar.

Asintió y fue directa a la cocina, inusual en ella que prefiere siempre el salón, su sitio favorito junto al butacón de la ventana.

Puse el té, corté la tarta. Nos sentamos frente a frente.

¿Cómo te encuentras? pregunté.

Bien, solo algo mareada, nada grave.

Probó la tarta, dio un minúsculo mordisco.

Está muy rica dijo. Y sonó tan sencillo y cálido que se me hizo un nudo en la garganta.

Bebimos el té en silencio. Carmen miraba por la ventana los árboles que el viento meneaba, casi desnudos a finales de octubre.

Marta, quería preguntarte algo rompió el silencio. ¿No te enfadas si lo hago?

Intentaré que no.

Me miró durante un largo rato.

¿Recuerdas que eras decoradora de interiores?

No esperaba la pregunta.

Claro que sí.

¿Eras buena?

Eso decían.

Lo eras. Yo vi tus proyectos. ¿Te acuerdas de aquel piso en los Jerónimos? Fueron unos amigos míos doctores. Era precioso. Pensé: esta chica tiene visión para el espacio.

La miré, sorprendida.

¿Por qué me lo dice ahora, Carmen?

Dejó la taza en el plato. Con ese cuidado con el que la gente que toda la vida ha sido silenciosa pone las cosas, como si cada ruido estuviese prohibido.

Porque me siento culpable dijo bajito.

No supe qué responderle. Carmen nunca hablaba así. Ella era de esa generación capaz de callar lo más importante.

Debí decírtelo antes. Mucho antes. Quizás hace diez años cuando lo dejaste, pero callé. Pensé que no era cosa mía, o que igual lo hacías a gusto, que estaba bien así.

Miró sus manos, largas, bonitas aún pese a los años.

A Javier no le gusta la comida sofisticada.

Pensé que no la había entendido.

¿Perdón?

No le gusta. Jamás le gustó. Desde joven tuvo el estómago delicado, Marta. Hace treinta años lo dijeron los médicos: comida sencilla, arroz, sopas, carne cocida. El plato favorito de su infancia es arroz con un filete. Un filete sencillo, arroz con aceite de oliva. Podía comerlo todos los días.

Se hizo un silencio de plomo. Sólo la nevera zumbaba como una presencia ajena.

¿Entonces por qué…?

¿Por qué pedía foie y trufas? ¿Por qué se quejaba de que el coulis no era lo bastante sedoso? dijo ella, terminando mi frase.

Alzó los ojos hacia mí. Había en ellos algo más frío que el propio otoño. No era enfado. Era viejo, más denso.

Porque le gustaba el proceso en sí. Ver cómo te esforzabas. Cómo perdías tiempo y dinero y energías y luego esperabas su opinión. Le gustaba darte a entender que no era suficiente. Eso le daba poder.

Dejé la taza.

¿Sabe lo que está diciendo?

Lo sé. He tardado en decidirme a sentarme aquí. Sé bien lo que digo.

Y lo calló diez años.

Lo he callado treinta y ocho, Marta. Desde que Daniel, mi esposo, empezó conmigo lo mismo.

Daniel. Don Daniel González, su marido, padre de Javier. Apenas le conocí: murió un año después de la boda. Mi recuerdo de él era el de un hombre imponente, cortés delante de los demás.

Él era gourmet dijo ella, con una amargura bien envuelta en la voz. Yo también cocinaba, también me esforzaba, también recibía que qué grasiento el guiso o seca la carne. Hasta que un día le vi comer arroz en el pueblo de su madre, y cómo lo hacía: tres platos, con aceite y pan, en silencio, feliz.

La escuché mientras afuera el cielo escupía un llovizna fina.

Entonces lo entendí. Y no me fui. Eran otros tiempos y no me fui. Javier lo vio crecer así, vio cómo funcionaba. Aprendió que con eso se sujeta a una persona, que es un instrumento. Y lo usó con la suya.

¿A propósito? dije. Ya sin signo de interrogación.

No creo que cada día pensara: “Hoy la humillo.” La gente vive como ha aprendido, como le han enseñado, sintiéndose válido sólo en función de otro.

Me levanté. No para irme, sólo porque sentarme resultaba insoportable. Miré por la ventana: la plaza lluviosa, transeúntes bajo paraguas.

Diez años.

Diez años de cursos de cocina. Básicos, avanzados, franceses, italianos. Libros, vídeos, foros con chefs. Paseos deliberados al mercado buscando ingredientes exactos. Maridajes de vino y fórmulas para la salsa perfecta. Me despertaba a veces de noche pensando en el equilibrio ideal de una reducción.

Creí que era mi nueva vocación. Que si dejé la decoración, era porque otra pasión me abrazaba igual de fuerte.

Y él, por dentro, sólo quería arroz. Arroz.

¿Por qué me lo dice ahora? pregunté de espaldas.

Porque soy vieja dijo simplemente. Y tú aún eres joven. Tienes cincuenta y dos, eso no es ser vieja. Es el comienzo, Marta. Créeme.

Me giré. Me miraba de frente. Sin lástima. Eso era importante.

Y porque yo también tengo culpa. No voluntaria, pero sí permití que creciera así. Él lo vio y lo tomó por normalidad. Mi culpa. Al menos puedo decirte la verdad.

Volví a la mesa, senté, tomé el té ya frío.

Él no va a cambiar añadió. No te digo qué hacer. Pero debes saberlo.

Terminamos el té casi en silencio. Después ayudé a abotonarle el abrigo porque ya le costaba.

La tarta de nueces estaba exquisita dijo en la puerta.

Gracias.

Así, sencilla. La mejor que me has hecho.

Se fue. Cerré la puerta y me quedé un rato mirando los abrigos de Javier en el perchero.

***

Las dos semanas siguientes cociné igual. Como un mecanismo en piloto. Preparé terrina de pato, bisque de bogavante el marisco tuve que buscarlo en Chamartín, postres de técnicas japonesas que aprendí en primavera.

Javier comía. Opinaba. Yo escuchaba, en silencio.

Pero algo cambió en mí. Un cristal se instauró entre yo y lo que pasaba. Me veía desde fuera: allí cocinando, rallando limón, añadiendo azafrán, sirviendo, esperando. Y él con el tenedor. Y su cara, aún sin decir nada, sólo evaluando.

Y noté lo que antes nunca vi: placer. No de la comida, sino de la espera. Del regusto de dictaminar, y yo encogiéndome. Ese gesto fugaz, tan difícil de captar. Casi infantil, antes de tirar de la cuerda.

Recordé mis proyectos de decoración. La certeza de saber ver un espacio finalizado antes siquiera de tocarlo. Hablar con clientes y entender lo que buscaban más allá de sus palabras. Celebrar cuando entraban en la vivienda terminada y se detenían, casi asombrados.

Tuve mi propio estudio. Un despacho pequeño en la calle Pez, que compartía con dos decoradoras más. Tomábamos café malo de una cafetera barata y discutíamos colores y materiales hasta la noche.

Javier decía que nada de eso era serio. Que tenía que elegir: casa o ir de obra en obra. Que él ganaba suficiente, que mis clientes eran complicados y los nervios, demasiado caros. Que alguien tenía que estar en casa.

Elegí familia. Tenía cuarenta y dos. Pensé que habría tiempo para volver.

Han pasado diez años.

Cogí el móvil y escribí a Lucía Martín. Una antigua compañera de trabajo, aún con su estudio propio. Nos felicitábamos a veces, sin más.

“Lucía, hola. Hace tiempo quería escribirte. ¿Te apetecería quedar?”

Tardó media hora en contestar.

“Marta, por supuesto, ¡me encantaría verte! ¿Te viene bien mañana?”

***

Nos vemos en una cafetería de la calle Velázquez. Lucía sigue igual que siempre, ahora pelo corto, algunas canas plateadas que le sientan bien.

Estás bien me dice.

Eres mala mintiendo respondo.

Se ríe.

Vale, vale. Estás cansada, pero bien.

Pedimos café. No sé cómo arrancar. Miro la calle.

Lucía, ¿tienes trabajo? Para mí, quiero decir.

Me mira seria.

¿En serio?

Del todo.

Llevas diez años sin trabajar.

Lo sé. Pero creo que no lo he olvidado. No del todo.

Reflexiona un rato, juega con la taza.

Tengo tres proyectos ahora. Uno grande, una casa cerca de la sierra. Harían falta más manos y cabeza. Pero te digo la verdad: empezarías como becaria, Marta. No porque seas peor, pero cambiaron los programas, los clientes piden cosas nuevas. ¿Te ves capaz?

Estoy lista.

¿Y cuánto quieres cobrar?

De momento, lo que tú veas.

Me observa largo rato y parece convencida de algo.

Bien, vente el lunes y vemos.

El lunes fui. Las tres semanas siguientes entré a las nueve y salí de noche. Aprendí los nuevos programas. Me equivoqué. Me frustré. Pero la destreza volvía poco a poco, como quien aprende a nadar de nuevo: el cuerpo recuerda, aunque la mente dude.

En casa empecé a cocinar arroz.

La primera vez fue casi cómico: llegué agotada, tarde, sólo quería tumbarme. Abrí el frigo. Los ingredientes caros siguieron intactos. Cerré. Busqué en la despensa. Arroz. Una lata de carne estofada, aceite en la nevera.

Cocí el arroz, mezclé con carne y mantequilla. Serví. Llamé a Javier.

Miró el plato como quien descifra un acertijo.

¿Esto qué es?

Arroz con carne asada.

Ya veo el arroz. ¿Estás bien?

Cansada. Mañana haré algo especial.

Se sentó. Tomó la cuchara. Esperé.

Comió en silencio. Ni un solo comentario. Hasta el final.

Le miré y recordé las palabras de Carmen. El pueblo, los tres platos, el aceite. El hombre que, por fin, se sentía en casa.

Javier terminó, se levantó y se fue. Ni bien ni mal.

Eso también dice mucho.

***

La conversación pasó dos semanas después. Venía de trabajar, pensando en el color para un proyecto de campo. Abrí la puerta, me quité los zapatos. Se oía la televisión en el salón.

¿Dónde te metes? preguntó Javier, sin mirar.

Estaba trabajando.

Otra vez con Lucía.

Es mi trabajo, Javier.

Apagó la tele y me miró.

Marta, esto no era el trato.

¿Qué trato?

Desaparecer todo el día. Tenemos familia. Una casa. Y aquí no hay nada de comer.

Hay huevos, patatas y chorizo en la nevera.

Me miró como si hablase otro idioma.

¿Me tomas el pelo?

No. Te digo lo que hay en la nevera.

¿Y las trufas? ¿Dónde están tus salsas, las exquisiteces? ¿Te acuerdas de que sabes cocinar bien?

Dejé el bolso en la silla. Me quité el abrigo.

Estoy dispuesta a hablar tranquilo. ¿Puedes?

¿De qué quieres hablar?

De nosotros. De estos años. De lo que pasa aquí dentro.

Vi cómo se preparaba: hombros hacia delante, mirada entrecerrada.

¿Qué pasa? Yo trabajo, tú en casa.

Ya no estoy en casa. Y no volveré a estar.

Es decir, ya está. Sin consultarme.

Te estoy hablando ahora.

Él se levanta. Va a la ventana, vuelve.

Marta, no sé qué te ha ocurrido. Antes eras normal. Nuestra familia era normal. Tú cocinabas, yo opinaba. Ese era nuestro acuerdo. Nuestro mundo, ¿entiendes? Nuestro.

El tuyo, Javier. Nunca fue el mío.

Otra vez. Ha sido por mi madre, ¿no? Lo sabía.

Le miro. Veintitrés años juntos. El piso, heredado de sus padres, nunca fue mi casa; todo era suyo: techos, muebles, todo elegido antes de mí. Nunca reformé nada, aunque sabía cómo mejorarlo. Fui decoradora.

Tu madre me dijo la verdad dije. Simplemente, la verdad.

¿Qué verdad? ¿De qué hablas? ¿De que es vieja y le gustan los dramas?

Que te gusta la comida sencilla. Que tu estómago es frágil. Que siempre te gustó el arroz con filete.

Pausa.

Breve, pero estaba.

Eso es una tontería replicó.

Hace dos semanas lo comiste sin rechistar.

¡Estaba hambriento!

Javier, para, por favor. Para un segundo.

Se detiene. Me mira.

No quiero pelear. Quiero hablar en serio. Preguntarte: ¿estás dispuesto a vivir distinto? No como estos últimos diez años.

Vi algo real en sus ojos, aunque breve.

¿Distinto cómo?

Como iguales. Ambos trabajamos. La comida puede ser sencilla o sofisticada, pero no es motivo para rebajar a nadie. Hablamos de verdad. Sin juegos.

Silencio largo.

Nunca te rebajé acertó a decir. Sólo era sincero con tus platos.

Javier.

¿Qué?

Has fingido no gustarte el arroz mientras yo gastaba tiempo y dinero en trufas.

Silencio.

Eso no es honestidad añadí. Sin rencor, sólo constatando los hechos.

No respondió. Se fue al dormitorio, cerró la puerta sin ruido, como quien no quiere parecer infantil.

Fui a la cocina. Freí patatas. Comí sola. Luego me quedé sentada, taza de té entre las manos, escuchando cómo él caminaba, de un lado a otro, allí dentro.

***

Los meses siguientes fueron como el deshielo. Sin drama, sin cine. Sólo cada día cayendo de algún modo una pieza de la vieja estructura.

Javier probó varias opciones.

Primero, ofensa. Días con un aire de víctima, esperando mi iniciativa. Yo no me acerqué. Cociné sencillo: sopa, filetes, patatas. Ordené la casa. Fui al trabajo. Volví.

Probó el cariño. Un día trajo flores, tulipanes de supermercado en noviembre. Dijo que me echaba de menos, que no salíamos juntos en mucho tiempo. ¿Restaurante? Acepté. Fue amable, preguntó por el trabajo, bromeó. Estuvo bien. Pensé: quizá cambie algo.

Al día siguiente preguntó por qué no había preparado nada especial para la visita de sus amigos. Simplemente, con esa naturalidad. Como siempre.

Haré pasta y ensalada dije.

¿Pasta?

Sí, pasta.

Vi su cara. Ese gesto, esa expresión. Ahora la reconocía.

Vinieron entonces las discusiones. Gritos, paseos por el salón, listas de lo que me había dado: piso, dinero, libertad para que me “dedicase a algo”. Todo contado como si fuesen préstamos no devueltos.

Invertiste en mí, lo entiendo le contesté tranquila en una de esas veces. Pero no soy una fábrica, Javier. Soy persona. Y en las personas esas inversiones no funcionan igual.

No lo entendió. O no quiso.

Carmen me llamaba cada semana. Breve, sin agobiar. Preguntaba cómo iba. A veces decía un “ánimo”, un “vales mucho”. Una vez añadió:

¿Está enfadado conmigo?

Un poco le dije.

Que se enfade. Pero escucha: estoy de tu lado. Por primera vez en mi vida tengo claro de qué lado estoy. Jamás antes lo tuve.

Y lo entendí.

En diciembre, Lucía me dio mi primer proyecto propio. Un piso pequeño en Retiro, para una pareja joven. Tenía que crear el concepto y acompañar todo el proceso hasta el final. No dormí varias noches. No por no saber, sino por temor a no recordar cómo se hacía bien.

Pero sí sabía.

Mi cliente, una mujer de treinta años, atravesó la puerta del salón terminado y estuvo en silencio largo. Después dijo:

Eres una maga.

Recordé la sensación. Eso era.

***

En febrero supe que con Javier no habría vuelta. No por falta de ganas. Le di oportunidades. Hablé. No me fui con amigas, no llamé a abogados, aunque artículos sobre relaciones tóxicas me saltaban en el móvil. Me quedé, intenté reconstruir.

Él no quería nada nuevo.

Sólo que yo regresase. No a mí, sino a la que esperaba su dictamen ante cada plato. No quería esposa, sino espejo donde verse importante.

¿Cómo saber si tu marido te manipula? Exactamente así. Cuando ves que necesita tu espera de su aprobación para reconocerse.

Javier no era mal hombre en otras cosas. No bebía, ni pegaba, traía dinero, no creo que fuera infiel. A su manera me quería, o lo llamaba querer.

Pero vivir con él era imposible. No porque doliese a diario. Sino porque, gota a gota, te haces pequeña. Te olvidas de quién fuiste.

Pedí el divorcio en marzo.

Al principio no lo creyó. Después intentó convencerme. Después se enfadó. Después volvió a insistir. Carmen fue a hablarle. No sé qué le dijo, pero tras eso se volvió frío, extraño. No resignado, pero distante.

El piso era suyo. Siempre lo supe. Me fui a casa de mi amiga Ana, que tenía habitación libre. Estuve allí tres meses buscando alquiler. En junio encontré un piso pequeño en Lavapiés. Dos habitaciones, vista a una calle antigua, no tan elegante pero viva, real.

Lo reformé yo sola. Pequeños cambios, pero elegidos todos con esa felicidad infantil de quien, por fin, elige por sí misma. Resulta que sí sabía lo que quería. Siempre lo supe. Sólo no me lo pregunté.

***

Ha pasado un año.

Es abril. Tengo cincuenta y tres. Los árboles bajo mi ventana en Lavapiés florecen, algo blanco y diminuto. No sé qué es, pero cada mañana lo miro desde la cocina, mientras hago café.

Café sencillo, en cafetera italiana. Grano bueno, pero sin ceremonias.

Lucía me aceptó en la sociedad como socia en enero. Llevamos cuatro proyectos; yo lidero dos. Duermo otra vez bien. A veces me despierto pensando en espacios, en luz, en cómo aprovechar una esquina. Pero es despertar creativo, no ansiedad.

Carmen sigue llamando una vez por semana. Hace poco fui a verla a Chamberí, llevé bizcocho. Merendamos y hablamos de todo y de nada. Me contó de su marido, de los años callando. Yo, pensando en el dolor heredado, en cómo una vida infeliz enseña a la siguiente a perpetuar lo mismo, hasta que alguien dice: basta.

Carmen no pudo parar la rueda. Pero me ayudó a frenarla a mí. Eso cuenta.

Javier sigue en su piso. Rara vez nos escribimos por temas prácticos. Sé por conocidos que asiste a cursos de cocina. No sé si es cierto. Quizá. La gente, a veces, cambia cuando ya no puede sujetar a nadie más.

No le pienso demasiado. A veces, sí. Veo trufa negra en una tarro en El Corte Inglés y me detengo un instante, siento algo a medias entre la risa y el desencanto. Diez años no se borran así.

Pero procuro no quedarme atrapada allí.

A Andrés lo conocí en septiembre pasado. Entró como cliente, quería reformar su casa tras la muerte de su esposa. Llevaba dos años viudo, cáncer rápido. Quería luz, nada de quitar las fotos de ella, solo respirar distinto.

Lo entendí perfecto.

Tiene cincuenta y cuatro, ingeniero en una consultora: puentes. Pensé mucho en eso: él une orillas, yo construyo espacios. Hay algo ahí.

Él es tranquilo. No callado, sino calmado. Habla mirando a los ojos, ríe cuando toca. No aspira a parecer más de lo que es.

En la segunda reunión me pidió un café. Después, un paseo. Otro café. Luego, cine: vimos una película francesa bastante buena y reímos juntos. Y pensé que olvidé lo reconfortante que resulta cuando alguien, simplemente, está.

Salimos sin prisas. Ambos ya hemos vivido.

Viene a casa los viernes.

***

Hoy es viernes.

Llego a casa a las seis, ordeno la compra. Pollo, patatas, cebolla, zanahoria, eneldo. Nata.

Con ello se prepara un pastel salado de pollo, pero no es un pastel: es un gratinado. Simple: capas de patata, pollo, cebolla, zanahoria, por encima nata, al horno. Después eneldo fresco.

Lo hago cada vez que quiero algo casero. Sin alardes. Hogareño, a secas.

Mientras se cuece, me cambio y siento ese aroma llenando la casa: cebolla dorada, pollo, un toque de ajo. El olor de la infancia; veinte años hacía que no pensaba en ello.

A las siete suena el telefonillo.

Abro. Andrés entra, coloca la bolsa de la compra en el suelo. Veo una botella de vino.

Buenas saluda.

Buenas. ¿A qué huele?

Aspira.

A algo bueno. ¿Patatas?

Gratinado. Falta una hora.

Perfecto contesta, sin más. Se quita la chaqueta. He traído vino. También, remueve la bolsa, esto.

Saca una caja pequeña de bombones, sencilla, de supermercado, chocolate con almendras.

Sé que te gustan con frutos secos dice.

Cojo la caja.

¿Cómo lo sabes?

Lo dijiste en septiembre, cuando pasamos junto a la pastelería.

Me quedo con la caja en la mano, incapaz de articular todo lo que siento.

Te fijas en esas cosas digo.

Lo intento responde, natural.

Vamos a la cocina. Abro el horno y compruebo el gratinado. Casi está. Abre el vino y sirve dos copas. Se sienta junto a la mesa.

¿Cómo va lo de Argüelles? pregunta.

Complejo; quieren todo y barato.

Pasa mucho.

Sí. Pero el espacio tiene potencial, techos altos.

Asiente, me observa remover algo en la sartén.

Marta dice.

¿Sí?

¿Eres feliz, ahora mismo? No en general, ahora mismo.

Le miro. Lo pregunta en serio, sin rodeos.

Ahora mismo… sí. Sí, lo soy.

Me alegro responde. Y eso es todo.

El gratinado se termina de hacer. Lo saco, dejo reposar, pico eneldo y sirvo. Sin velas, sólo la lámpara encima.

Andrés contempla el plato.

Bonito dice.

Sólo es un gratinado.

Huele bien. Tiene buena pinta. ¿Te sale alguna vez algo feo?

Me río.

No he probado.

Comemos. Él repite, simplemente tendiendo su plato. Sirvo más. Charlamos: su trabajo, que irá a León a ver a su hija en mayo, mi deseo de viajar este verano a cualquier sitio para cambiar de aires. Propone Asturias, hay calma.

Luego bebemos té. Tomamos bombones.

Afuera, Madrid de abril, húmeda, los árboles en flor. Las ramas blancas se mueven suave.

Pienso: es esto. No es una fiesta, ni un hito. Es un viernes cualquiera. Solo alguien cálido al lado y comida que huele a infancia. Y ninguna espera tensa por una palabra de aprobación.

A veces pienso en esos años: trufas, bogavante, salsas cortadas. En cuánta energía invertí por oír: “grasiento”. Me duele. Pero no me quedo a lamentarlo, ya no.

La autoestima, leí una vez, no es innata como la altura o el color de ojos. Se aprende, se olvida, se reconstruye. A veces desde cero, en una cocina ajena, con programas nuevos y frustraciones, pero sin irte. Así, poco a poco, vuelves a ver el espacio.

Límites personales, otra palabra de moda, que ahora sí entiendo: saber dónde terminas tú y comienza el otro. No es un muro, sólo el saber: esto soy yo. Esto es mío.

La receta de la felicidad quizá sea simple: hacer lo que sabes hacer. Rodearte de quienes te ven de verdad. Cocinar lo que te place. No esperar nunca ese veredicto ajeno.

¿En qué piensas? pregunta Andrés.

Le miro. Su rostro sereno, el té entre las manos.

En el gratinado sonrío.

Se ríe.

Buen tema de reflexión.

El mejor digo. ¿Te pongo más té?

Por favor.

Sirvo. Le sirvo. Miro por la ventana las ramas blancas.

Andrés.

¿Sí?

Tú nunca me dirás que lo he salado de más, ¿verdad?

Me mira serio.

No está salado. Está bien.

¿Y si un día se me va la mano?

Piensa un segundo.

Diré “la próxima vez un poco menos” y me lo comeré igual.

Buena respuesta.

Es lo que intento dice, y coge el último bombón. ¿Puedo?

Claro digo.

Afuera Madrid murmura, tranquila, enorme, ajena a platos, salsas, trufas o arroces, a los años que se fueron y los que permanecen. La ciudad vive. Y yo, también. El té está caliente, la cocina huele aún al horno y sobre el alféizar descansa una planta que compré hace días por el color de las hojas.

Me gustó el color.

La compré.

Así, simplemente, vivo ahora.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 − 2 =

Trigo sarraceno en vez de trufas
¿Y cómo es el amor? — No llores, tranquilízate, ¿has visto por quién derramas lágrimas? Tu Borja no merece ni una de ellas —consolaba la abuela Asunción a su nieta Vera—. Ya te lo dije antes de la boda, Borja no es buen hombre, no te cases con él… pero tú, que si amor, que si nos queremos. ¿Y ahora qué? ¿Dónde está ese amor? — Ay, abuela, pensé que me consolarías, pero sigues igual —decía Vera, secándose las lágrimas. — ¿Y qué quieres que te diga? ¿Que alabe a ese Borja, que no vale para nada? Por eso ahora lloras. — Abuela, ¿y el amor? Yo confiaba en él, y ha traído a casa a mi vecina Valeria, que encima es siete años mayor que él, y se ha reído de mí… Si solo llevábamos medio año casados y ya… Vera volvió antes de tiempo del trabajo, entró en casa y oyó risas; fue al dormitorio y vio una escena que la dejó sin aliento. Borja la miraba asustado y Valeria sonreía y soltó: — ¿Qué miras? Estoy enseñando a tu marido todos los secretos del amor —y se echó a reír de forma desagradable. Vera salió corriendo de casa y acabó en casa de su abuela. — ¿Qué amor es ese, si trae a otra mujer a tu casa? Déjalo, divorciate antes de tener hijos. Quédate conmigo —decía Asunción. Aunque la abuela intentaba hablar con firmeza, el corazón se le partía. Su querida nieta había sido herida por ese Borja, de una familia problemática. Siempre supo que acabaría así, pero Vera no quiso escucharla. A veces los hijos de familias así salen buenos, pero Borja no. Desde pequeño era travieso, de mayor bebía y buscaba peleas. Asunción no quería que su nieta se casara con él, pero Borja era astuto y sabía que Vera era tranquila, buena y trabajadora. — Vera, te juro que dejaré de beber en cuanto nos casemos —le prometió cuando le pidió matrimonio. Y ella, ingenua, le creyó. Nunca había tenido novio serio, solo una amistad en el colegio con Víctor. Pero se enamoró de Borja, que era guapo, y se cegó. Él tenía cuatro años más y ya había hecho la mili. Todos intentaron disuadir a Vera, incluso su amiga Elisa le dijo: — No soporto a tu Borja, si te casas con él, no vengas a casa. Mi marido tampoco lo aguanta y dice que te arrepentirás. — Elisa, siempre con el “si”, “si”… Yo seré feliz igual —respondió Vera y se fue, mientras su amiga la miraba con pena. Asunción hizo lo que pudo para consolar a su nieta. Le preparó una infusión de menta, la distrajo, pero veía que era inútil. Sabía que cuando todo va mal, ningún consejo sirve. Hay que pasar el dolor, solo el tiempo ayuda. Al atardecer, Borja apareció borracho en el patio de Asunción, gritando. Cuando ella salió con un bastón, él chillaba: — Que salga Vera o la saco yo… — Ni se te ocurra —le amenazó Asunción—, que te doy con el bastón y no te va a gustar, aunque sea vieja. Asunción se atrevió porque vio que los vecinos se reunían tras la verja y Elisa y su marido ya estaban en el patio. Borja gritaba barbaridades, amenazó con quemar la casa con Vera dentro, pero entonces Miguel se acercó, lo agarró del cuello y lo sacudió hasta que Borja se calló. — Cállate, todos hemos oído tus amenazas, vamos a la Guardia Civil, fuera de aquí —lo echó a la calle y Borja se fue tambaleando. Poco a poco los vecinos se marcharon, Vera salió al patio y Elisa la abrazó. Miguel se fue a casa. Asunción se sentó en el banco bajo la ventana, junto a Vera y Elisa. — Pues eso es el amor, eso es la felicidad —susurró Vera—. ¿Qué hago, abuela? Dímelo tú, que lo sabes todo sobre el amor. Viviste cincuenta años con el abuelo Juan, siempre decías que vivíais en armonía. — Ay, hija, ¿qué es eso del amor? Ni yo lo sé. Vera y Elisa se miraron, como diciendo: “Si alguien lo sabe, es la abuela”. — Abuela, cuéntanos cómo te casaste con el abuelo Juan —pidió Vera, y Asunción aceptó para distraerla. — Os lo digo ya: no tuve un gran amor, ni un marido guapo, ni palabras bonitas, ni cortejos, ni suegra. Pero me casé. Asunción se quedó pensativa, recordando su juventud… Con Juan, su futuro marido, estudió en el mismo curso, aunque él era de otro pueblo. La escuela estaba en el pueblo y venían chicos y chicas de todas las aldeas. Juan dejó la escuela tras séptimo, desapareció. Asunción ni lo notó, no le interesaban los chicos. Terminó la escuela y se quedó en el pueblo. Tenía tres hermanos pequeños. Su padre enfermó tras caer al río helado con el caballo y el carro, y desde entonces estuvo mal. Trabajaba de vigilante en los graneros. Su madre era lechera en la granja, salía temprano y volvía solo para irse de nuevo. — Hija, haz de comer y vigila a los pequeños para que no lleguen tarde a la escuela —le pedía su madre, y Asunción cumplía. Así cuidaba de los hermanos, repasaba deberes, lavaba, cosía, cocinaba, limpiaba. Su madre llegaba agotada. El padre cada vez peor. Apenas tenía tiempo para ir al club, pero a veces lo conseguía. Su madre le decía: — Hija, ve al club, los trabajos nunca se acaban y eres joven, la juventud pasa rápido. A veces iba y un día vio entre los chicos a Juan, su excompañero, que había vuelto al pueblo tras tres años. Había madurado y empezó a rondarla. — ¿Puedo acompañarte a casa? —le preguntaba. A Asunción le daba igual, si estaba de humor, aceptaba. — Acompáñame si quieres —y charlaban frente a su casa. Si no tenía ganas, se iba sola. Juan era insistente, pero a ella no le gustaba especialmente, solo era un chico más. Así estuvieron casi tres años. — Asunción, me voy a la mili en una semana, ¿me escribirás? —le preguntó. — Si me escribes, te contesto —prometió. La verdad, no respondía a todas las cartas, él escribía mucho. Pero no salía con nadie, nadie le gustaba. Juan volvió de la mili en invierno, más fuerte y serio. Volvieron a verse. En primavera, cuando se fue la nieve, Juan le propuso: — ¿Cuánto más vamos a estar así? Cásate conmigo, que vengo de la aldea solo por ti. — Vale, acepto —dijo Asunción. Juan nunca le dijo que la quería, ni ella a él. Simplemente tocaba casarse, era el momento. Juan era parco en palabras, un chico de pueblo, nada de príncipe azul. — Mamá, papá, me caso. Juan me lo ha pedido. El padre calló, ya estaba débil. La madre montó un escándalo, hasta la abuela vino gritando: — ¿Para qué quieres ese desgraciado sin un duro? —Asunción pensaba que ellos tampoco eran ricos, igual que la familia de Juan. La boda fue en la aldea de Juan, alegre, con canciones y bailes. Hacía buen tiempo, todo florecía, había muchos invitados. Les regalaron tres gallinas y un gallo, un par de sacos de trigo y uno de harina. Decidieron vivir en el pueblo de Asunción, hasta que construyeran su casa. Mientras, vivieron con el suegro. La madre de Juan murió joven. El suegro y los parientes levantaron una casita en verano y se mudaron. Luego hicieron un corral, criaron animales, una vaca y un cerdo. Asunción trabajaba en la granja, Juan en el tractor. Trabajaban mucho, pero eran jóvenes y podían con todo. Al año nació su hijo. No tuvieron más hijos. — Me habría gustado una hija —decía ella—, pero no pudo ser. El hijo creció, se fue a la ciudad, estudió agronomía, se casó con una chica tranquila. Luego nació Vera, la nieta favorita de Asunción. Así vivieron hasta la jubilación. — Con mi marido todo fue fácil y bueno —contaba Asunción—. Juan era fiable y tranquilo. Nunca me levantó la voz. No nos ocultábamos nada. Disfrutábamos de lo que teníamos. Teníamos colmenas, las abejas eran la pasión de Juan y yo le ayudaba. Podía pasarse horas con las abejas. A veces me picaba una en la mejilla y él bromeaba: — Te pondremos agua fría, que te has puesto cachetona, pero sigues igual de guapa. Juan amaba a Asunción en silencio, sin palabras bonitas, a veces le traía moras o fresas y se las daba, y ella reía. También leía mucho, casi toda la biblioteca del pueblo, aunque tenía poco tiempo, pero lo encontraba, a veces leía en voz alta a su mujer. — Así fue, chicas —dijo la abuela Asunción—, vivimos juntos cincuenta y un años. Nunca hablamos de amor, ni nos declaramos, ni pensamos mucho en ello. Simplemente estábamos juntos, nos cuidábamos y nos apoyábamos si uno enfermaba. Pero cuando Juan se fue, mi cuento se acabó. Ahora vivo sola en esta casa. Vera se divorció de Borja, él nunca más la molestó. Pronto encontró la felicidad y se casó con un buen hombre. Lo más importante: la abuela Asunción aprobó su elección.