Al borde del desastre

A punto del abismo

Tienes una niña maravillosa me dijo esta mañana doña Pilar, mi vecina de toda la vida, con esa amabilidad sencilla que tienen las mujeres de antes. Inteligente, guapa, y encima siempre dispuesta a ayudar.

No pude evitar que una sonrisa de orgullo se me escapara, como un reflejo involuntario. Me sentí cálida por dentro al mirar a mi hija, Blanca, que plantaba margaritas en la terraza con una concentración digna de su padre.

Nuestra Blanca es un tesoro, no es por presumir le respondí a Pilar, aunque apenas terminé la frase sentí el nudo habitual en el ceño y la preocupación volvió a instalarse en mi rostro. Pero está entrando en la adolescencia, y desde que sabe que va a tener un hermano…

Pilar asintió con genuina comprensión, como si pudiera leerme el pensamiento.

No le hace mucha gracia, ¿verdad? preguntó muy bajito, acercándose a mí en la barandilla del patio.

Suspiré. Dudé un momento buscando las palabras adecuadas, mientras observaba cómo Blanca guardaba con orden la pequeña regadera y limpiaba las macetas.

No es que se oponga empecé al fin. Pero la diferencia entre ellos es mucha. Blanca tiene ya catorce años y el crío va a ser… bueno, eso, un crío. Creo que ni siquiera sabe bien cómo es eso de ser hermana mayor.

Quizá le da miedo que le obliguéis a cuidar del pequeño sugirió doña Pilar, sin apartar la mirada de mi hija. En su voz se adivinaba la ternura de una abuela.

Negué rápido con la cabeza, sorprendida.

¿Obligarla yo? Ni soñarlo. Me queda juventud y no nos va mal económicamente, así que no tengo prisa por volver al trabajo. Blanca tiene que vivir su adolescencia, salir con sus amigos, no criar hijos ajenos ni convertirse en la niñera de la familia.

Doña Pilar asintió, aunque noté una sombra de preocupación en sus ojos. Apoyó la mano en mi brazo con delicadeza, como si quisiera subrayar la importancia de su consejo.

Tienes razón, hija me dijo muy despacio. Pero estate pendiente de ella. Conoce bien a sus amigas y amigos, no dejes que se te escape nada. Basta una mala influencia, un paso en falso…

No pude evitar reír, de un modo quizás despreocupado.

Ay, Pilar, no sabes cómo es Blanca. Es responsable, se porta de maravilla, ayuda en casa, cuida al hijo de los vecinos… Apenas toca el móvil, prefiere hablar con la gente, jugar con los críos en el parque. No creo que se junte con malas compañías.

Miré otra vez a mi hija, justo cuando le daba a Quique el hijo pequeño de los Sánchez la mejor pala para el arenero. Me sentí, de nuevo, llena de orgullo.

No, no es de ese tipo de chicas murmuré convencida.

Y es que Blanca siempre ha destacado: lo reconoce todo el mundo, desde sus profesoras hasta nuestras vecinas. Es buena estudiante, conversa sobre cualquier tema, resuelve problemas sola… Sin embargo, veo en sus ojos lo mucho que le importa la opinión de la gente de su edad. Quiere encajar, no ser esa “rara” de la clase.

En el instituto reina una calma engañosa. Por fuera, todo aparenta normalidad: clases, recreos, actividades culturales… El director repite cada trimestre que “estos chicos son un ejemplo”. Pero bajo esta superficie, corre otra realidad, esa que a veces los adultos preferimos no ver.

El grupo de las populares con el que Blanca sueña formar parte jamás cruza los límites más evidentes. No pegan ni destrozan nada, saben cuándo parar. Alguna reprimenda del jefe de estudios y poco más. Nadie avisa a los padres; en secretaría prefieren no complicarse la vida.

Son jóvenes, ya madurarán dicen casi siempre los profesores cuando los pequeños se quejan. Son cosas de la edad.

Pero sus juegos no tenían nada de inocente. Cada semana, elegían a una víctima: alguien “del montón”, con pocos amigos, quizás de alguna familia complicada. Empezaban con burlas, miraditas, indirectas. Luego dejaban notas crueles o cosas sucias en la mochila. Después avanzaban a las calumnias: decían que robaban o hablaban mal de los profesores. A pleno grito, en medio del patio.

Algunos alumnos lo pasaban tan mal que dejaban de venir, otros se hacían los enfermos con tal de no enfrentarse al instituto. Ni aun así la dirección movía ficha: en las reuniones decían que todo era “rivalidades normales”, “problemas pasajeros”.

Los profesores a veces ni se enteraban, a veces tenían miedo de enfrentarse a las “familias importantes”, o preferían mirar para otro lado. Así, la rueda giraba: los chavales seguían acorralando al diferente, los adultos callaban, y el instituto “tranquilo” seguía siéndolo solo de cara a la galería.

Cuando Blanca logró integrarse en ese círculo, lo vivió como un premio a tanto esfuerzo. Por fin formaba parte: charlaban de cualquier cosa, quedaban los viernes, la hacían reír. El grupo le llenaba vacíos, aunque tuviera que reírse de lo que no le hacía gracia o aceptar pequeñas burlas, por miedo a volver a quedarse sola.

En casa, todo era diferente. Yo, como madre, vivía centrada en el embarazo. Medía cortinas, comparaba precios en El Corte Inglés, buscaba ideas en revistas… Blanca me ayudaba pero yo sentía que, poco a poco, desaparecía de mi centro. Ya no era la única.

A veces, en medio del lío, sentía que debía hablar con ella en serio, reconectarla conmigo.

Blanca, cariño, sabes que estoy muy orgullosa de ti, ¿verdad? intentaba decirle. Pero cuídate mucho, no te juntes con quien no debes.

Ella asentía, distraída con el móvil.

Claro, mamá, lo tengo claro.

Yo me tranquilizaba, pensando que tenía todo bajo control. Era lista, responsable, nunca daba problemas… ¿qué podía pasar?

Bien, princesa, voy a mirar los catálogos de cunas.

Y volvía a mis cosas, sin saber que, al darme la vuelta, Blanca se zambullía en el chat de grupo. Planes para el finde, bromas, comentarios sobre “a quién poner en su sitio”, a quién ignorar… Cuanto más tiempo pasaba con ellas, menos le apetecía estar en casa hablando de pinturas y colchones.

En el fondo, intuía que yo ponía ilusión en detalles superficiales, pero me despistaba con lo importante: lo que le pasaba a Blanca aquí y ahora.

Así, acabamos viviendo en dos mundos paralelos: una madre absorta en el hermano que está por llegar; una hija que, por no convertirse en “la rara”, se iba alejando poco a poco.

**********************

El sábado amaneció claro y cálido. Blanca desayunó rápido, se puso sus vaqueros favoritos y una sudadera color mostaza, y agarró el móvil y la mochila.

¡Mamá, me voy con mis amigas! Prometo estar para la cena.

Me asomé a la cocina con el trapo en la mano.

¿Todo el día fuera otra vez? Pensábamos ir al Retiro los tres…

Blanca ya abría la puerta.

Otro día, mamá, de verdad. Me esperan. Te lo juro, vuelvo pronto.

Y salió disparada, dejando el aroma a su colonia flotando en el aire.

No insistí. Había prometido volver y se la veía feliz. Volví a mis cosas, echando de vez en cuando una mirada al reloj.

Las seis. Nada.

Las siete. El móvil sin responder. Llamadas, tonos pero nadie contesta.

Las ocho. Empecé a pasear nerviosa de un lado a otro. Marqué su número una y otra vez.

¿Se le habrá acabado la batería? ¿Estarán en algún sitio sin cobertura? pensaba. ¿Seguro que se ha despistado?

Mi marido intentó tranquilizarme:

No te pongas así. Son adolescentes. Ahora te llamará y todo aclarado.

Pero en su voz se notaba la misma inquietud que sentía yo. A las nueve ya era incapaz de sentarme. Cada crujido me ponía de los nervios. De pronto, el móvil sonó. Descolgué casi sin mirar.

¿Blanca? ¿Dónde estás? ¿Por qué no contestabas?

Pero no era ella. Una voz fría, de esas que nadie quiere escuchar.

¿Es usted la madre de Blanca Martínez?

Sí ¿Le ha pasado algo? ¿Dónde está?

Su hija está en el hospital. El estado es grave. Han tenido que trasladarla urgentemente tras un incidente…

De ahí en adelante, las palabras se volvieron borrosas. Sentí que caía al vacío; el móvil se me escapaba de las manos y me derrumbé en el suelo.

¡María! oí a mi marido corriendo hacia mí. ¿Qué pasa? ¡Despierta!

Sé que intentaba reanimarme, llamándome, acariciando mis mejillas, sacudiéndome el cuerpo. Cuando por fin abrí los ojos, solo pude pronunciar:

Blanca hospital y las lágrimas corrían solas. Ella ella

Me abrazó fuerte, temblando también.

Vamos a estar a su lado. Todo va a salir bien. Venga, cariño, resiste.

********************

Mientras tanto, el teléfono de Blanca daba vueltas entre las manos de una de las chicas del grupo. Estaban en una cafetería, tan despreocupadas como solo se puede estar con catorce años.

Seguro que ha pillado la broma; ahora nos llama comentó Sofía, la más lanzada del grupo. Dile que lo de no contestar fue porque estabas en el baño y punto. La negación siempre cuela.

Blanca asintió, pero se notaba que le rondaba la inquietud.

El móvil seguía mudo. Ningún mensaje, ninguna llamada. Intentaba convencerse: seguro que mamá llamará otra vez, seguro…

¿Intentamos una vez más? preguntó alguien.

Pero el grupo ya buscaba otra gracia diferente. Pronto olvidaron la broma del móvil y a la propia Blanca. Risas, nuevas ideas para “vacilar”, cotilleos Nadie pensó lo que estaba pasando en mi casa.

Mi hija regresó a las diez de la noche. Por el camino revisó varias veces el móvil: silencio absoluto. Sintió un escalofrío, pero se obligaba a pensar en positivo.

Solo estará enfadada. Me retrasé, pero no es para tanto. Lo explico y ya está.

Repasaba mentalmente su disculpa.

Llegó al portal, llamó varias veces. Silencio. Sacó las llaves y entró.

La casa era un escenario inquietante: luces apagadas, ni un murmullo.

¿Mamá? ¿Papá? ¿Estáis ahí?

Nada.

Fue hasta el salón, optó por no encender la luz: la claridad de la calle bastaba. Todo igual, la cena intacta en la mesa, el foulard de mamá en el sofá.

Entonces oyó la melodía de un teléfono: venía del dormitorio. El móvil de su madre, iluminado por las notificaciones. Vio varias llamadas perdidas: ella misma buscaba a su madre.

Marcó el número de su padre. Ocupado, fuera de servicio.

Esto no es normal pensó, y el frío de la inquietud se instaló en el pecho.

De pronto, la puerta se abrió de golpe. Era mi cuñada, la hermana de mi marido. Entró jadeando, pálida, y al ver a Blanca se derrumbó y la abrazó.

Menos mal que estás bien Llevamos horas buscándote.

La niña, atónita, solo acertó a decir:

Dejé el móvil en la cafetería ¿Qué ha pasado?

Mi cuñada titubeó, se secó una lágrima y, tragando saliva, se forzó a contarle la verdad.

No te asustes, (cariño), pero tu madre está en el hospital. Recibió una llamada desde tu teléfono… y se puso muy mal.

Las palabras resonaron en el aire. Vi por primera vez el miedo real en los ojos de Blanca.

¿Está muy grave? susurró, incapaz de levantar la voz.

Una frase vino a su mente: Di que dejaste el móvil olvidado y no reconozcas nada, es más divertido.

Mi cuñada le sostuvo las manos, heladas.

No te voy a mentir, Blanca, eres casi una adulta. Es grave. Ha perdido el bebé y aún están intentando estabilizarla.

El silencio pesaba más que cualquier sonido. Vi cómo se le apagaba la alegría en la cara, una desesperación contenida que rompió en lágrimas.

Yo ha sido por mi culpa

No, cielo. Ahora piensa en ella. Vamos al hospital, te necesita.

Blanca se levantó, se limpió las lágrimas y asintió. Salieron juntas hacia el hospital, cargando una culpa que no era de una sola persona.

**********************

Hoy estreno ciudad. Es un lunes gélido en Valladolid, y lo recuerdo todo mientras avanzo sola por una calle desconocida. La bufanda me cubre hasta los ojos, el aire huele raro, a mezcolanza de panadería y coches. No conozco un solo rostro. Miro los escaparates, pero ninguno me llama.

Hace una semana, mi padre y yo nos marchamos de Madrid. Todo pasó tan deprisa: la venta del piso, las cajas, el viaje en tren, la llegada a este piso, que huele a cerrado y no tiene fotos en las paredes.

Papá no soportó quedarse allí después de… de lo del hospital. Quedó silente, hecho pedazos por dentro. No hablamos del tema nunca. Solo escucho el sonido de la cafetera por las mañanas y su manera de mirarme, como si buscara algo en mi cara.

Y yo, día tras día, revivo esa tarde funesta: los wasaps idiotas en el grupo, la llamada no respondida, la broma Y cómo todo se torció para siempre. Si hubiera contestado, si no hubiera seguido el juego, si…

Pero nunca fui capaz de decírselo a mi padre. Con su dolor le basta. No necesita más culpa.

Me detengo ante una cafetería pequeña, luminosa. Imagino a mamá entrando conmigo, pidiendo dos colacaos, hablando de cualquier cosa, y el nudo en el alma crece.

Respiro hondo. Hago avanzar a mi cuerpo hacia el instituto nuevo, la mochila temblando en mis hombros, repasando mentalmente qué debo decir: Hola, soy Blanca Martínez, vengo de Madrid.

Me espera una clase donde soy nadie, ni amiga, ni enemiga, ni “rara”. Aprieto los puños. Sé que algún día tendré que contar la verdad a papá. Pero aún no.

Hoy solo quiero sobrevivir en este mundo extraño donde ni siquiera yo me reconozco.

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