La casa de papel

¡Venga, Martina, que vamos a llegar tarde!

¡Ya voy, papá! Martina saltaba sobre un pie mientras se ponía el calcetín.

Los calcetines eran graciosísimos. Uno fucsia y otro verde. Se los había regalado su tía Carmen, junto con unas zapatillas desparejadas. Decía que ahora se llevaba eso, lo último en moda.

Martina confiaba en el criterio de Carmen. Su tía siempre fue muy peculiar y moderna. Decía que si la naturaleza no te premiaba con la belleza, había que hacerse notar por otras virtudes.

Con eso Martina no estaba del todo de acuerdo. Vale, su tía era delgada como un esparto, de ojos grises y cabello oscuro, y nada clásica, pero tenía personalidad suficiente para que todo el mundo girase la cabeza a su paso.

¡Te ignoran, sí! ¡Mira, si todos te miran! reía Martina paseando a su lado.

¿Quién? Carmen se paraba y miraba alrededor, mientras Martina se moría de risa. En momentos así sentía que su tía seguía siendo una niña, aunque tuviese bastantes más años. Y le fascinaba esa ingenuidad.

¡Me ha dicho que le gusto! ¡Martina, no sé qué hacer!

¿Y a ti te gusta?

¡Mucho! Pero me da miedo.

¿Por?

Es demasiado guapo. Todas en la oficina mueren por él, y resulta que se ha fijado en mí, ¡qué disparate!

Carmen, no digas tonterías. Eres preciosa y lista, ¿por qué no ibas a gustarle?

Era una pregunta retórica. Por mucho que Martina intentase tumbar la inseguridad de su tía, nunca lo conseguía. A veces le producía hasta rabia, una rabia que la hacía llorar de impotencia.

Hija, es muy difícil cambiar después de toda una vida suspiraba Julián, el padre de Martina, consolando a su hija adolescente.

¿Cambiar el qué, papá? ¿Por qué de una niña segura se cría una dudosa de sí misma? ¡Tú no me criaste así!

Yo no, pero tuvo otros maestros.

¿La abuela? Siempre lo dices con rodeos

¿Y qué quieres que te diga, hija? ¿Que mi madre no supo educar bien a su hija? ¿Te ayudaría eso? Ya tienes edad para saber que hay que respetar a los padres, aunque no siempre lo hagan perfecto. La mía me crió sola, luego vino Roque, mi padrastro, que siempre quise como a un padre. Aguantó mis rarezas y me enseñó lo poco que entiendo de la vida. Y sobre todo, no dejaba que mi madre se metiera mucho en mi educación. Decía: un hombre debe educar a un hombre.

¿Y con Carmen por qué no fue igual?

Lo intentó, pero pensó que siendo niña debía ser la madre quien la guiara. Y tu abuela la crio con mucho miedo.

¿Por qué tanto miedo, papá? Veo a Carmen y me dan ganas de llorar. Es buenísima, demasiado recta, incluso, pero tan insegura, casi desgraciada. ¡Tiene miedo de todo! De la gente, sobre todo.

Mira, hija, para tu abuela Carmen era un milagro. Tuvo problemas toda la gestación. Recuerdo los calditos y los paseos al mercado de Roque, y cómo entonces me di cuenta de cuánto amaba a mi madre. Fui hombre de la casa antes de tiempo y aprendí que cada familia lleva lo suyo. Quizá tu abuela tenía tanto miedo de perder a Carmen que la sobreprotegió hasta paralizarla.

Papá No recuerdo a Roque, sólo la mecedora que hizo para mí.

¡Esa misma! La tenemos en el desván. Algún día la bajaré para los nietos.

¡Papá, qué cosas dices! ¡Eso queda muy lejos!

Mejor, hija, mejor

Martina le respondía entre risas, mientras Julián sentía cómo la responsabilidad de responder a tantas preguntas seguía pesando en sus hombros.

En su familia, todo fue siempre complicado. De niñas, Carmen les decía que su casa era de papel.

¿Por qué de papel, Carmencita? preguntaba Julián, adolescente flaco y con acné, siempre sacando tiempo para jugar con su hermana.

Porque se parece a tu tulipán de papel decía ella, girando en las manos una flor que su hermano había hecho. Al golpearla con una mano, se deshacía.

¿Ves? Está hueca. Haz otra.

¿Para aplastarla igual?

No, esta vez te enseño algo.

Cogiendo plastilina, Carmen rellenó el interior del tulipán con esmero.

¿Ves? Ahora no puedo aplastarla. Es papel, pero fuerte. Nuestra casa necesita más plastilina por dentro.

Julián se quedó sorprendido por la sabiduría de su hermana pequeña.

A esos tulipanes los había aprendido a hacer Alicia, su compañera de pupitre, una niña seria pero siempre con las manos ocupadas. Los profesores lo permitían; total, Alicia era la mejor de la clase y nunca perdía hilo. Julián recogía las manualidades y las llevaba a casa para alegrar a su hermana.

La madre, María Teresa, era muy estricta, a veces demasiado. Julián la quería, excusando su obsesión con que debían prepararse para la vida. Nadie te debe nada, hijo, yo te he dado la vida y la educación hasta donde he sabido. Lo demás, te toca solo. Y a tu hermana también. No esperes nada de Roque, no es tu padre.

El chico nunca protestaba, aunque sabía que Roque lo ayudaría si lo necesitaba.

Aquellas conversaciones jamás se saldarían delante de Roque, quien creía que la familia debía estar por encima de todo y construía una casa donde todos se sintieran bien.

Pero Julián comprendió pronto que estar bien era subjetivo. Donde su padrastro creía en el cariño y el consentimiento, su madre apostaba por la disciplina y, sobre todo, el miedo.

María Teresa vivía preocupada las veinticuatro horas. Al nacer Carmen, redobló su vigilancia. Cambió de trabajo, sacó el carné de conducir para llevar a su hija a todas partes. Julián, ya mayor, tenía su vida y apenas podía ayudar.

Entre sus cosas estaba Alicia, y luego la hija que tuvo con ella, para sorpresa de María Teresa, que nunca quiso ser abuela antes de los veinticinco años de su hijo.

¿Por qué ahora, Julián? ¡Tan pronto! ¡Con la carrera sin terminar! exclamaba su madre, temblorosa, en la cocina.

Mamá, ya soy mayor y sé lo que hago. Alicia está embarazada. No me pidas que no nazca mi hija.

¡Podíais haberos protegido! ¡Aún tenéis opciones!

Mamá, no sigas. Ya has dicho bastante. Prefiero pensar que lo haces porque estás asustada.

Julián se despedía, pasaba a ver a Carmen y luego, en silencio, entraba a la habitación de Roque, ya muy enfermo para entonces.

Roque apretó la mano de Julián y le entregó las llaves de su piso.

Dejaremos los papeles en regla esta semana. Carmen y tu madre se quedan con la casa del pueblo, que subirá de valor cuando construyan la urbanización. Tú, construye tu hogar. Hazlo sólido ¿Me entiendes?

Sí, papá. Gracias.

Roque no llegó a conocer a Lucía, la niña de Julián y Alicia: murió una semana antes.

Julián se hizo cargo de la familia, y Carmen respiró por fin un poco. Ella sabía que Julián conservaba aquel tulipán de papel en la estantería de su despacho.

¿Por qué lo guardas? preguntaba, tocando la flor dura ya con el tiempo.

Me recuerda la promesa de no vivir vacío por dentro. De llenar nuestras vidas de algo más.

No será fácil, Julián. Mamá nunca te escuchará.

Al menos puedo intentarlo.

Carmen prefería cambiar de tema. No quería que Julián se enemistara con su madre, aunque, tras la muerte de Roque, María Teresa se cerró en sí misma.

Tras la muerte de Alicia, cinco años después del nacimiento de Lucía, la vida se congeló para Julián. Su hija se refugió en él; apenas preguntaba por su madre, sabiendo la verdad a través de su abuela.

Abuela dice que no debo hablar de mamá porque te haré daño susurró Lucía un día.

No hagas caso, cielo. Puedes hablar siempre conmigo, cuando quieras.

Al ver a la niña romper en llanto, Julián entendió el peso de su silencio y se maldecía por dejar a su hija sola ante tal dolor.

El enfado fue a más cuando, días después, Carmen llegó empapada de lluvia una noche, deshecha.

Julián la recogió aliviado, solo al ver las marcas en sus brazos entendió el daño.

Carmen, ¿qué ha pasado?

No quiero hablar de eso, Julián. No me devuelvas con mamá Tengo miedo.

Tras mucho vacilar, Carmen le confesó que su madre la había agredido al enterarse de que salía con Samuel, un amigo cualquiera.

Llena de culpa, Carmen se lamentaba: ¿De verdad me lo merezco?. Y Julián, abrazándola como a su hija Lucía, le prometía que nadie, ni siquiera su madre, volvería a hacerle daño.

Tras enfrentarse a María Teresa, la relación madre-hija quedó muy herida. Julián advirtió: Mamá, si sigues así, acabarás sola.

Con el tiempo, María Teresa intentó recomponer la relación con Carmen, aunque fueron años de altibajos, de avances y retrocesos.

Carmen terminó su carrera de veterinaria, contra los deseos de su madre, y empezó a trabajar en una clínica. Lucía se reía viendo a su tía entrar en casa con cada animal rescatado.

¡Carmen! ¡Eso es una serpiente!

¿Y qué, Julián? Mírala, qué simpatía tiene. Se llama Paco y se queda unos días, no te preocupes.

Lucía soñaba con seguir los pasos de su tía, y Julián se llevaba las manos a la cabeza.

Poco después, Carmen anunció con timidez que quería presentar a su novio.

Carmen, ¡ya era hora! exclamó Lucía riendo, mientras encontraba el zapato perdido de su tía bajo la cama.

¡Estoy lista!

¿Lo dices en serio? Julián respondía con una sonrisa torcida. Total, Carmen nos va a regañar igual.

Paseando por el Retiro, reconocieron enseguida a la pareja. Lucía susurró: ¿Ese es? ¿El del pelo alborotado?

Samuel.

Julián.

Un apretón de manos, una sonrisa, un guiño de Lucía.

¡Vaya deportivas tienes! Yo quiero unas iguales bromeó Samuel, y Lucía soltó una carcajada.

Al ver la nueva luz en los ojos de su tía la dureza convertida en algo blando y plateado, Lucía comprendió finalmente. Aplaudió, sorprendiendo a Samuel.

¿Qué ocurre aquí? Está claro que en esta familia todos estamos un poco locos dijo él, divertido.

Mejor que lo vayas sabiendo. Lucía le sonrió, y mirando a su tía, tomó del brazo a su padre. Porque esto no es un grupo, ni una piña. Esto es una familia, Samuel, y aquí siempre cabe uno más.

La vida, en su casa de papel, les había enseñado que lo más importante no es cómo resiste una fachada, sino lo que se pone dentro: amor suficiente para no temer nunca más el viento.

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