Pajarillo

¡Marina! ¿Por qué tardas tanto? ¡Te espero, te espero! ¡Siéntate ya! dijo Carmen, la vecina de Marina, moviéndose inquieta en el banco debajo de la flor del almendro, buscando un sitio más cómodo.

¿Y para qué? ¡Mira qué atardecer, Carmen! ¿Para qué quedarse en casa? Allí sólo está la tele y Paca, la gata. ¡Aburrimiento! Pero en el patio ¡la primavera ya ha llegado! Aunque sólo es abril, el aire está templado y hasta el cerezo que plantó el marido de Carmen, Pepe, bajo la ventana, ha despertado y florecido blanco como una novia. Ese banco, también hecho por Pepe con sus manos, reluce nuevo desde que Carmen le dio una capa de pintura la semana pasada. Lleva toda la tarde esperando a que las vecinas se sienten en fila y arranquen el cotilleo de siempre, de hijos, enfermedades y la vida y el amor.

¿De qué más van a hablar dos mujeres? Aunque se lo sepan todo, siempre acaba saliendo algo nuevo, una anécdota para alimentar la conversación. Los hijos crecen, los males se multiplican y el amor ¿El amor? Más bien es escaso. Así que una aguarda con ansia las confidencias de la otra, con la boca algo abierta y el aliento contenido, para oír cómo es eso de sentirse amada. Escuchas y el pecho se te aligera. Aunque tu corazón sea una llanura, saber que no se ha extinguido por completo el amor te sosiega. Sigue aquí, brilla y calienta, da vida

Carmen, o Carmela para los amigos, conocía a Marina desde que tenía memoria. Casi toda una vida compartiendo el mismo rellano, más de medio siglo. De niñas, sus madres ni cerraban la puerta con llave, porque sabían que si no estaban en una casa, estarían en la otra. Luego se acordaron de los cerrojos, pero sólo después de que ambas niñas fugaran a buscar la felicidad.

Tendrían seis años entonces.

A la casa de Marina vino la abuela una primavera y les habló de la importancia de atrapar el pájaro de la felicidad por la cola; si lo hacían, todo iría bien, la vida sería dulce y todo el mundo sería feliz.

Las niñas no entendieron gran cosa, pero sí lo de todo el mundo feliz. ¿A quién no le gustaría que los padres no se pelearan por tonterías? Decidieron buscar ese pájaro.

Y Marina juró saber dónde vivía el ave. En el bloque de al lado, en casa de un señor desagradable que a veces la sacaba al patio: un animal enorme, de colores increíbles, con un grito raro. ¡Tenía que ser el pájaro de la felicidad, no había otros así ni en el zoo al que iban los domingos!

Ambas planificaron su expedición como una misión secreta.

Encontraron en el trastero de Carmen una jaula donde hace años trajeron un conejo del pueblo. Hacía falta jaula; a ver quién aguanta sujetando un pájaro por la cola todo el día y además, ¿cómo comer helados entonces? Así que cogieron la jaula, pan, galletas y, tras pensar un poco, Marina añadió caramelos. ¡A ver si el pájaro era goloso y no les gustaba el pan!

Sin prisas, porque era cuestión seria. La abuela de Marina se volvió al pueblo tras prometer que en verano se llevaría a su nieta con ella; los padres preparaban las vacaciones, irían juntos a la playa, dos familias compartiendo coche para ahorrar. El mar estaba cerca, un par de horas y ya. Y allí, en aquella casita vieja pero sólida, la vida era felicidad: un patio grande, columpios y el mar a dos pasos.

Marina esperaba el viaje y el verano con la abuela. Y sentía pena por su amiga: Marina tenía abuela, pero Carmen no. Ni una. ¿Cómo podía ser? ¿Quién consentía entonces a una niña, le contaba historias largas, le tejía un sombrero de ganchillo con lazos?

Marina pensaba en que, si atrapaban el pájaro, seguro, seguro, el deseo de una abuela para Carmen se cumpliría. Tal vez incluso una que fuera de un pueblo cercano al suyo, así no se separarían ni en verano. ¡Por eso valía la pena el plan!

El día antes del viaje, ambas vocearon a sus madres que iban a casa de la otra a jugar y salieron de puntillas, sin hacer ruido con la puerta.

Cruzaron su patio, el siguiente, y se plantaron ante el bloque gris y triste donde supuestamente vivía el pájaro.

Pero en el patio, silencio y calor. Nadie. Todo el mundo en casa o trabajando.

Las niñas se miraron. ¿Y ahora cómo buscan al pájaro? Ni a quién preguntar Marina torció la boca y a Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero Marina era fuerte, no lloraba por cualquier cosa. Ya podía haber sido la desilusión total, la caja de helados y los vestidos de lunares idénticos, todos sus sueños, si no encontraban el dichoso pájaro. Y sus padres seguirían discutiendo si no lo encontraban.

¿Y por qué era mal bicho ese pájaro? Porque si fuera bueno, se sentaría en el árbol delante del portal, ¡no habría que buscarlo! Pero no estaba.

Marina miró alrededor, agarró la mano de Carmen y tiró hacia el portal. ¿De qué sirve pararse? ¡Mejor llamar a una puerta y preguntar!

Aquel bloque parecía infinito. Unas puertas no se abrían; otras, les regañaban por molestar.

Y ellas seguían, tocando a cada puerta donde no llegaban a pulsar el timbre.

¿Dónde vive el pájaro de la felicidad?

Los adultos parecían de otro mundo. ¿Era tan complicado responder? Pero nada, gritos, manotazos, hasta amenazas. Escaparon de una vecina furibunda y nunca volvieron a llamar a esa puerta verde extraña: Ahí nunca viviría un pájaro de la felicidad razonaban, la gente mala no puede tenerlo.

Sólo una vez tuvieron suerte. Les abrió un chico algo mayor y, tras escuchar la pregunta, encogió los hombros:

¡Pasad!

No había pájaro, pero sí mil cosas fascinantes. Máscaras terribles colgando de la pared, caracolas donde se oía el mar, una maqueta de barco asombrosa, velas desplegadas, marineros diminutos en las jarcias.

La hice con mi padre. Santa Ana.

¡Como yo! exclamó Carmen, sonriendo madreperla.

¿Te llamas Ana? Qué bonito nombre, como mi madre.

¿Y dónde está tu madre?

¿Mamá? En el trabajo. Vuelve pronto. ¿Vosotras estáis solas? ¿No os van a regañar?

Entonces, de golpe, recordaron la hora, que tocaría comer y sus madres estarían buscándolas. Y el rincón aburrido al que irían de castigo.

¡Vamos, Marina!

Cogió la mano de su amiga y se fue, olvidándose de la jaula.

¡Esperad! El chico les alcanzó en el portal. ¡Tomad esto!

Plumas bellísimas, de color insólito. Las niñas se quedaron boquiabiertas.

¿Qué es?

Plumas de pavo real. Mi madre las trae del zoo. Coged.

Recibieron el milagro con manos temblorosas y se marcharon raudas a casa sin despedirse.

Allí, el caos.

Madres llorando por el patio, padres fumando nerviosos, la policía local recién llegada, ordenando que nadie se moviera hasta saber qué hacer.

Al verlas, la madre de Carmen se desplomó en la arena del arenero.

Están aquí

Y hubo de todo: lágrimas, besos, algún cachete. Por suerte, no hubo tiempo para más castigos.

Días después, sentadas en los columpios del patio de la casa de la costa, las dos niñas se balanceaban y cuchicheaban:

¿Sabes, Carmen? No necesitamos ningún pájaro.

¿Por qué?

Porque mi abuela dice que la felicidad es que te quieran.

¿Y qué?

Pues eso. Si no nos quisieran, nuestras madres no habrían llorado al perdernos, ¿no? Ni temerían que no volviéramos. ¿A que sí?

Entonces, ya somos felices, ¿verdad?

No sé.

¡Yo sí lo sé!

¿Y nuestros padres?

¿Acaso no han dejado de pelearse estos días?

No

¡Ves como pueden! Ni el pájaro ese ni nada. Sólo tienen que quererlo.

Vale

Ese verano fue el mejor de su infancia compartida.

Carmen, recordando su vida, siempre agradecía tener a Marina, con quien compartir esos recuerdos, y no sólo compartirlos, sino consultarlos si la memoria flaqueaba. Entre dos es más fácil.

Además, Marina recordaba mejor que Carmen. Tal vez porque era más tranquila, más sosegada. Carmen, inquieta y eléctrica, todo el día ven y va, sin tiempo para pensar demasiado. Marina, en cambio, se sentaba, meditaba, ordenaba sus recuerdos en fila, los pulía. Y lo guardaba todo en la memoria, intacto, como si fuera ayer.

Años después, cuando Carmen empezó a salir con el que fue su marido, tardó en reconocerlo. Llevaban más de un mes de citas, hasta que entró en su casa aquel mediodía.

Santa Ana

Allí, en el mismo lugar, estaba el barco donde dos niñas se maravillaron muchos años atrás. Y, aunque ambas mujeres ya contaban veintitrés años y Marina estaba casada, Carmen sintió que de nuevo era la niña que temía romper el mástil, el velamen, por torpeza.

Y, tras casarse, Carmen sacó de su libro favorito la pluma, guardada con celo todos esos años, y la enseñó a su marido.

¿Te acuerdas?

Y rió a gusto al ver a su marido hacer memoria, buscando aquel recuerdo lejano.

Y hubo felicidad. Larga, que duraría casi treinta años. Con desvelos y esfuerzos. Con los primeros pasos de su hija, y más tarde, de su hijo. Con enfermedad, a la que Pepe le arrancó a Carmen, encontrando los mejores médicos y dándole la mano mientras el futuro dudaba en la puerta, sin decidirse a entrar.

Y llegó el día en que el tiempo se detiene y Carmen dejó de respirar, olvidando cómo hacerlo, porque el aire y la vida se le fueron tras Pepe. Y Marina, que estaba a su lado, no se arredró: abofeteó a su amiga con suavidad, hizo que volviera en sí y luego la apretó, meciéndola como si fuera una niña.

Aguanta, Carmen. Tus hijos te esperan

Y Carmen despertó. Porque la felicidad seguía cerca. No la misma; una felicidad incompleta, compensada, que le quedó de Pepe. Sus hijos eran mayores, pero perder a la madre tan pronto como al padre ¡eso no! ¿No decía la abuela?

Mientras quede alguien entre el niño y el cielo, ese niño no es huérfano. Es afortunado

¡Tenía razón! Así que había que seguir. Ayudar a los hijos, alegrar a los nietos. Aunque con el tiempo todos se dispersaran por trabajo y vida propia, Carmen sabía que era necesaria y amada, podía preparar la maleta, comprar regalos y hacer visitas: a su hijo, a su hija, todos la recibían con alegría. O podía esperar a las vacaciones: los nietos correrían su casa, volvería la jarana y las pequeñas preocupaciones, el insomnio de oír sus respiros junto a ella. Y la cama de matrimonio, la que compartió con Pepe, no estaría vacía: incluso la nieta mayor daría vueltas tímidas antes de acomodarse entre los pequeños, escuchando cuentos, fingiendo sorpresa aunque los supiera de memoria.

Así volvía la paz al corazón. Y la alegría. Suave, ligera como una pluma. Tal vez no tan hermosa como la que le regaló su marido, pero igual de preciada.

No todo el mundo tiene esa suerte. Algunas piden y piden y el cielo no les da felicidad. Marina y ella, mira tú por dónde, tuvieron suerte. No atraparon nunca aquel pájaro, pero no se les escapó la felicidad. De niñas entendieron el secreto: cada uno tiene la suya y la suya era eso: amor, hijos sanos. Lo demás vendría con trabajo y ganas.

Marina, mira si quería, que incluso logró ser madre cuando parecía imposible. Con su marido no pudieron tener hijos, pero ¡cuánto se amaban! Todos lo decían, que nunca se cansaban una de la otra, que se echaban de menos si estaban separadas. Las vecinas se lamentaban de sus maridos, pero Marina callaba: sólo tenía buenas palabras del suyo.

Vivieron en armonía.

Carmen antes no lo creía, pensaba que esas cosas eran mentiras. Luego conoció a Pepe y bastaba mirar a Marina para saber qué era el amor.

Y aún así, no todo era fácil: la familia de Marina era amplia, muchas tías, varios cuñados, dos cuñadas tremendas de exigentes Marina nunca daba con la tecla, siempre la criticaban. La suegra, en cambio, María, era un ángel, la única que aceptó a Marina desde el principio.

Suave, incapaz de regañar y de decir no a nadie; llorona, pero tierna. Marina la quería y la llamaba madre casi desde el primer día.

Vivían todos juntos, todos cerca.

¡Y cuánto revuelo cuando la suegra vendió su piso y se mudó cerca de su hijo! Las hijas protestaron pero no se metió a casa de Marina, compró piso en el bloque de al lado: no quiero molestar decía, que la casa es pequeña y vosotros planeando cosas ya. No dijo nada a las hijas, ni que Marina y su hijo pensaban adoptar, lo guardó en secreto.

Sabía lo difícil que es mantener la paz familiar. Ella lo vivió cuando su propio marido se fue, la dejó con tres hijos. Ayudó, sí, pero ¿es vida esa, cuando tu compañero se va para vivir otro amor que para él no impide el antiguo? ¡Vamos, un sultán reía! Por supuesto, la madre de Marina no aceptó vivir en harén, pero al menos volvió a sentirse mujer. Con la ayuda de Marina, rehizo su vida.

Gracias a María, Marina y su marido pudieron adoptar a un niño. Ella, enfermera en la maternidad, les buscó un hijo. Todos los secretos fueron para protegerlos: la familia nunca hubiese aceptado a un niño ajeno, así que al volver con el niño nadie preguntó detalles. Carmen supo que fue la primera vez que Marina puso límites, y funcionó.

Sus cuñadas sospecharon, pero la palabra de María bastó para silenciarlas. Con el niño, la abuela volcó toda su ternura para que se acostumbrara, para salvar la felicidad de su hijo.

Así pasaron los años. Marina, con su marido y su hijo, y Carmen, también.

¡Feliz todo!

Veraneaban juntas, los niños jugaban, las puertas siempre abiertas, no fuese a repetirse la historia del pájaro.

Al poco, Pepe murió, dejando un hueco enorme. Después, el marido de Marina también murió de repente. Trabajaba en el hospital, siempre con controles médicos; aun así apareció de repente el infarto, devastador.

Marina se vino abajo. Entonces fue Carmen quien le hizo de sostén.

Marina, tienes a tu hijo, a tus padres, a María. No es justo rendirse. Piensa en lo que Anton diría si te ve así. ¡Él te quería más que a sí mismo! ¿Vas a dejar que su amor se pierda? ¡No es justo!

No se sabe si fue eso, o las personas que dependían de ella, pero Marina resurgió y aprendió de nuevo a vivir, abrazando su amor a su modo.

Su hijo se convirtió en oficial y, aunque andaba siempre en destinos, nunca olvidaba a su madre, traía a los nietos dos veces al año, él o su mujer, Lucía. Con Lucía, Marina tenía relación de madre e hija. Supo cuidar a su nuera y aceptó a su nieto aunque fuese de otra pareja. ¿No se gana el cariño aceptando a los hijos de quien amas?

Cuando el hijo trajo a Lucía y al pequeño, Marina lo cogió en brazos y le ofreció galletas y misterio: Soy tu abuela Marina, ¿quieres una galleta?. Y le llevó a mirar debajo del árbol de Navidad, asegurando que allí había regalos.

Poco hace falta para que se derrita un corazón de madre. Marina lo sabía y lo aplicó.

Por eso ahora Lucía es una hija y los nietos son todos nietos, de sangre o no, pero amados igual.

¿Cuándo vamos a la finca, Carmen? Ya va haciendo bueno pregunta Marina, mirando a lo alto, tratando de distinguir las flores del almendro en la penumbra.

El fin de semana. Cuando termine con las ventanas responde Carmen.

¡Ay! Y yo sin acordarme de que este año la Pascua es temprana. Toca ya el gran menaje, ¿verdad?

¡Toca! Y aún me queda organizar la comida.

¿Los tuyos vienen?

Dos días, de paso. El mayor va a mirar universidades en Madrid. Ahora sólo pasarán a saludar, pero a la vuelta se quedarán más. A lo mejor dejan a los pequeños un par de semanas. No sabemos aún. ¿Y los tuyos?

Los míos sólo en verano. Ya no van a la guardería, sino al cole, y aún tienen clases.

¡Un mes y medio no es nada!

¡Para mí es una eternidad cuando espero algo bueno!

Siempre pasa igual. Cuando esperas algo bonito, el tiempo se estira e infinito te parece. Luego llega en un suspiro y se va sin darte cuenta. Pero ¿sabes qué, Marina?

¿Qué?

Que por ese suspiro yo daría todo lo que tengo. Aunque sea mínimo, luego vives de recordarlo, como cuentas las cuentas de un collar de alegría. Eso es la felicidad, nunca es mucha, pero sólo falta cuando no la sabes ver.

¡Es verdad! ¿Te acuerdas cuando fuimos a buscar el pájaro de la felicidad?

¡Cómo no! Marina ríe con estruendo. Luego no pude sentarme una semana. Mi madre se asustó y mi padre me puso castigo severo. Pero tú estabas allí, igual de traviesa.

¡Vaya aventuras! Pero, oye, ¿sabes qué creo, Marina?

¿Qué, Carmen?

Creo que sí lo atrapamos al final, el pájaro, de alguna manera. Sin darnos cuenta. Y todo este tiempo ha volado junto a nosotras. Si no, ¿cómo explicar que hemos conseguido lo que tantas mujeres sueñan y piden y nunca logran? Nuestras familias, maridos, hijos, nietos ¿no dirías que somos afortunadas?

¡Te lo digo! Y también le debemos algo a ese pájaro; que agite un poco más las alas, mueva el rabo, para que la felicidad llegue a los que queremosEl atardecer derramaba oro entre las ramas mientras las dos amigas se quedaban en silencio, apretadas en el banco, viendo cómo la luz pintaba de rosa los pétalos caídos al suelo. El rumor de voces lejanas, algún grito de niño y el golpe de la pelota les llegaban como un eco de otros tiempos, cuando todo era juego y promesa.

Carmen tomó la mano de Marina, tan arrugada y cálida como la suya, y la apretó con cariño.

Y si alguna vez el pájaro decide volar lejos, que vuele susurró. Porque nosotras ya sabemos que basta mirar alrededor para encontrarlo de nuevo. No vive en jaulas ni en patios ajenos, Marina. Vive en nosotras, aquí, muy adentro.

Marina asintió, con la vista nublada por la emoción suave y sin peso del reconocimiento. Percibía el murmullo de la savia subiendo por el almendro, las risas que asomaban tras las cortinas encendidas, el perfume a rosa y a pan tostado que llenaba el aire. Sentía que todo, incluso las ausencias y los finales, estaba bien. Y al sentir la presión firme de la mano de Carmen, supo que no había misterio: la felicidad, como la primavera, regresa. Siempre.

Se quedaron allí, sin prisa por volver a la rutina de la cena ni al silbido de la televisión solitaria, dejando que el crepúsculo las abrazara y las fundiera con el banco hecho por Pepe y el árbol plantado por sus sueños compartidos.

Nada les faltaba. Nada podría ya quitárseles. Porque tenían el don secreto de las almas que han aprendido a esperar, a reír y a permanecer. Y, en lo alto de la noche, casi invisibles entre las flores y las ramas, un par de plumas azules cayeron suavemente al suelo, meciéndose entre la hierba, como el rastro furtivo de un pájaro que, en verdad, nunca se había ido.

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