Un vaso de leche
No solo la vida es dura para quienes se quedan sin nada, sino también para aquellos que están a su lado. Esto, Clara Cifuentes lo sabe bien: lleva ocho años trabajando en Servicios Sociales en Madrid. Durante este tiempo, ha recorrido barrios sin parar, ha adelgazado, se ha vuelto cortante y hasta mordaz, especialmente cuando alguien critica su labor. ¿Tú quién eres para meterte en mi trabajo?, solía responder a los entrometidos, fulminándolos con la mirada bajo su flequillo cobrizo y sus ojos verdes rasgados. Al instante, a la gente se le quitaban las ganas de preguntar más, e incluso salían huyendo sin saber bien hacia dónde ni por qué. Por eso le decían Clara la Gripe, aunque el apodo nunca se usaba delante de ella.
Todos estos años Clara ha comprado la compra para quienes atendía, limpiado sus pisos si hacía falta y manejaba bien el trato con todos. Solo una vez tuvo un conflicto, cuando un anciano solitario le regaló una caja de bombones. Estaba prohibido aceptar obsequios, y Clara jamás había cogido ninguno, pero aquella vez cedió, por cortesía, porque el hombre le insistía por el amor de Dios. Llevó la caja de bombones a casa y ni siquiera pudo probar un trozo, sintiéndolo como un nudo en la garganta. Decidió regalar el chocolate a un niño del vecindario y a la próxima rechazó rotundamente. Pero el abuelo se chivó a Servicios Sociales: Ahora las asistentes ni los bombones aprecian, esperan un sobre con dinero…. Hubo quien quiso despedir a Clara, pero no se defendió: Si quieren, despídanme. Yo también soy persona, no un felpudo que cualquiera pisa. Al final, no la echaron; sus usuarios, especialmente Inés Fernández, la defendieron. Si ya antes a Clara le caía bien Inés, después de aquello empezó a verla como una hermana, algo que nunca tuvo.
La vida de ambas era parecida, marcada por la soledad desde jóvenes, pues las dos se quedaron huérfanas. Si bien Inés es discapacitada desde niña, Clara parece sana por fuera, pero por dentro lleva el alma herida, inquieta, siempre bordeando el llanto, tanto que ni Inés lo comprendería. Solo comparten esa suerte amarga: no tener hijos. Clara hacía tiempo que aceptó su destino, pero Inés seguía luchadora. A veces incluso reñía a su asistenta cuando la veía desanimada, y desde que empezó a ir a las clases del Centro de Rehabilitación, preparando su número para el festival, la confianza aumentó.
Al principio Inés no quería participar en el espectáculo, menos aún cuando el padre Alfonso, el sacerdote que solía visitarla en fiestas con algún regalo y oración, le había recomendado dedicarse a su bordado. Era lo que mejor se le daba, aunque sus dedos no eran expertos, pero sí constantes. Al principio bordó servilletas, luego pañuelos y hasta adornó un vestido de lino con cenefas y aves fantásticas, tan vivas que su obra fue a parar a la exposición regional de artesanía popular y ganó el primer premio. El último día la llamaron para vender el traje, con su permiso. Cuando le trajeron el dinero más que nunca había tenido, Inés llamó a Clara entre lágrimas, sin saber qué hacer con tantos euros.
Ya pensaremos en qué gastarlos le rió Clara, y se puso seria. Compramos varios vestidos, para que tengas trabajo todo el año. Últimamente andas demasiado distraída, pensando en cosas que no te convienen.
Inés no contestó a esa pulla, pero le dolió. No era la primera vez que soñaba con casarse. Le parecía tan hermoso, todo eso del amor, de las películas, aunque sabía muy bien que en su situación solo quedaba conformarse con soñar.
Tras el éxito en la exposición, la llamaron del centro de rehabilitación: ¿Por qué no te apuntas al taller de danza? Preparaos para un número en pareja. Inés no lo creía posible e incluso colgó, imaginando que era alguna broma. Le insistieron y al final aceptó:
¿Y si sale bien? ¡Hay que probar! le alentó al teléfono una voz rotunda, la de Margarita Herrero, la directora del taller. Ya eres ganadora, y es el momento de ampliar horizontes. Desde el Servicio Social ya hemos gestionado tu transporte y tu acompañante será la trabajadora social.
¿Y mi pareja de baile?
Como tú, tenemos varias parejas con historias parecidas. ¡En este país nadie se queda sin algo que hacer! exclamó la mujer.
Bueno podemos probar.
Y así al día siguiente llegó puntual el conductor del microbús, un hombre con bigote canoso y aire serio, a recoger a Inés. Se fue sin gorro, no quería arrugarse el peinado que Clara le había dejado perfecto antes del viaje. En el bus ya le esperaba su pareja, Javier. Se saludaron tímidos y ella se sorprendió de la fuerza de la mano masculina.
Entre el conductor, Javier y Clara la ayudaron a entrar en el centro y llegar hasta la sala de ensayos. Las primeras sesiones fueron un mal menor: sudaban, no coordinaban, se ruborizaban con cada paso. Les resultaba vergonzoso fallar delante de la espigada coreógrafa, de Javier, de la inquieta Margarita Herrero. Pero poco a poco, con dos ensayos a la semana, Inés fue avanzando. Incluso dejó de bordar por un tiempo.
Hoy otra vez toca ensayo general y espera a Clara, que llega sombría, como si le pesara el ir y venir. Inés salta con un reproche:
¡Pero mujer, qué cara traes!
Nada, no te preocupes contesta Clara, procurando no mostrar su malhumor.
Inés, al notar el ambiente, cambia de tema:
¡Vamos, que tenemos cuarenta años! ¡Aún podemos rehacer nuestra vida!
Siempre con lo mismo Yo ya estuve casada. Siete años y luego mi marido se fue; le entiendo, no le guardo rencor. Es el precio por ir siempre detrás de los chicos en mi juventud Una pena por mis padres, quienes no llegaron a tener nietos.
Si fuera tú, me habría casado otras cien veces.
¿Otra vez a discutir?
Si no quieres marido, hoy día hay opciones para ser madre sin necesidad de pareja.
¡Eso cuesta mucho dinero! ¿Crees que gano tanto?
He oído en la tele que ya lo hacen gratis en la Seguridad Social.
Ya veremos ¿Y qué te vas a poner hoy?
Pues lo de siempre, la blusa rosa y la falda gris.
Póntelo bonito, el vestido del número para acostumbrarte. Es largo, hay que ensayar con él.
Lo haré en la última sesión, que no quiero mancharlo en el bus.
En el último ensayo se esforzaron más que nunca. Al volver, Clara bañó a Inés, la ayudó a cambiarse, la tapó con una bata y la sentó a la mesa. Preparó té, puso caramelos y galletas; pero Inés solo preguntó:
Clara, ¿cómo fue tu primera vez?
¿La primera vez de qué?
Con un hombre preguntó Inés, colorada.
No me acuerdo.
No digas mentiras. Estuviste casada, y ahora Nicolás te rondaba.
Me rondaba hasta que encontró a alguien más joven. Nada que envidiarle soltó Clara, tajante.
A Javier le gusto, lo noto, me mira diferente.
A los morenos siempre les gustan las rubias. No te ilusiones, puedes salir herida.
Pero ¿cómo es estar de verdad con alguien?
No lo sé, Inés. Mejor piensa en descansar. Bebe tu té y vete a la cama, que tienes mala cara.
Inés calló y Clara sospechó que se había contagiado del desasosiego de las últimas semanas. Rápido lavó las tazas y desde la puerta dijo:
Mañana al mediodía vengo. ¿Te traigo algo?
Ya sabes…
Duerme bien, que mañana lo necesitas.
Inés no contestó.
¡Ya ves dónde llevan los bailes! murmuró Clara para sí, y pensó añadir así una acaba perdiendo la cabeza, pero calló a tiempo.
Ya en la calle, pensó: Debería buscarle pareja de verdad. Parecen indefensos, pero en el fondo son cabezotas, hasta me echó en cara lo de Nicolás Mejor no contarle nada más.
Al irse, Inés se arrepintió de haber sido seca con Clara. Pero a veces cuesta escuchar a los demás, y ¿a quién podía contarle ahora lo que tenía en el pecho? Si supiera escribir poemas, ahora le haría uno, pensó, con un nudo que le faltaba el aire. Intentó no pensar en Javier, pero volvía continuamente a su cabeza: su sonrisa, sus ojos castaños y la seguridad de sus manos. Al iniciar las clases, tenía miedo a caer al dar vueltas, pero con Javier nada era peligroso. Eso le daba confianza, y la coreógrafa la felicitaba como a una niña. ¡Muy bien!, y eso a Inés la llenaba de orgullo.
Aprendió el baile de memoria, se acostumbró a Javier, a Clara sentada al fondo, incluso al electricista que siempre arreglaba algo en el escenario. Ahora, pensando en el ensayo general, teme fallar, y más aún a lo que vendrá después del festival. ¿Sería posible quedar alguna vez con Javier? ¿Tendría derecho a sentarse con él en una cafetería, invitarlo a su casa y que los vecinos supieran que también tiene a alguien? ¿O solo le quedaban los ensayos? Por eso, mañana daría todo para que la volvieran a llamar.
A la mañana preparó el traje de gala, revisó cada costura, temerosa de que alguna fallara. Era de un violeta profundo, adornado de lentejuelas y pedrería, deslizándose entre sus dedos. Se imaginó saliendo al escenario… aunque le asustaba. Lo importante, decía, era seguir la música y a Javier, sin desafinar ni cometer errores frente a todos, sin que nadie susurrara: Ya se sabe, con ella….
A punto estuvo de perderse en ensoñaciones, pero la llave en la puerta la devolvió a la realidad.
¿Lista para triunfar, estrella? Clara, medio en broma.
Preparada, pero nerviosa.
Eso es bueno, significa que te importa. Anda, vamos despacio.
Salieron con tiempo y pidieron al conductor que les recogiera pronto. Inés quería cambiarse primera, acostumbrarse al vestido tan especial. Al llegar al centro cultural, le pareció que todos se fijaban en ella y Javier, elegante en esmoquin y pajarita, y lo peor: acompañado por una mujer.
En los bastidores, Javier se acercó, le depositó un beso en la mejilla y le susurró:
Tranquila, todo va a salir bien.
Inés asintió, con la piel ardiendo donde la había besado. Quiso llevarse la mano, ocultarlo, y de pronto una mujer apoyada en bastón la acompañante de Javier, la tocó en el hombro.
No te preocupes, lo harás genial le dijo suavemente.
¿Sos tú? titubeó Inés, comprendiendo con angustia quién era la mujer.
Entonces llegó Javier, como adivinando sus pensamientos:
Inés, te presento a mi esposa, Marta.
Inés ni siquiera supo qué decir. Vio el anillo de boda en el dedo de Javier, nunca antes lo había llevado. Tan de golpe se le rompieron los sueños, nunca habían sido suyos sino de otra. Sintió el pecho oprimirse, la vista se le nubló
Se desmayó. Cuando la devolvieron en sí, gente la rodeaba, Margarita Herrero, sobre todo, preocupada como nunca antes.
¿Qué le pasa a Fernández? ¡Alguien me lo explica! gritó Margarita, su voz desbordada.
Tiene que ir a casa dijo Clara con firmeza. Ya no puede más, ¿no se nota?
¡Lo que necesita es un médico y luego volver! No hemos trabajado medio año para nada.
Pero Inés ni habló. De regreso en el microbús, ya cerca del portal, tocó a Clara:
¿Y Javier?
Quedó en ensayo, bailará con su antigua pareja. Relájate, esto es lo mejor. Menos dramas y más vida. Ya lo decía el padre Alfonso le cortó Clara, seca.
Inés se ofendió profundamente.
Ya en el piso, el conductor y Clara la trasladaron de nuevo a la cama aún con el vestido de gala.
¿Todo bien, chicas? bromeó el conductor, por una vez alegre.
Eso, todo terminado. Que te vaya bien dijo Clara, cerrando tras él.
Clara se sentó a su lado y preguntó:
¿Ahora sí me cuentas qué pasó?
Inés tardó en llorar y dijo claramente:
Javier está casado…
A Clara casi le hizo gracia, pensando que habría sido una desgracia mayor.
¿De verdad? ¿Te habías ilusionado tanto?
Déjame, no es tu asunto. Lárgate.
Aun así, Clara se quedó. Inés repitió:
Vete y no vuelvas nunca. Me apaño sola. ¡Eres como la Gripe!
Si Inés se lo hubiera dicho con rabia, Clara se lo habría creído, pero fue apenas un murmullo. Aun así, la herida estaba hecha. Nadie más cuidaría a Inés como lo hacía Clara. Las demás asistentes solo dejaban la comida, barrían y se marchaban. Clara, en cambio, cocinaba, lavaba, a veces se quedaba a dormir, la acompañaba a los médicos, veía películas con ella Y ahora, era mala, y lo peor, la Gripe.
Gracias, doña Inés Fernández sonrió Clara con amargura.
Salió tranquila, pero en el trayecto a casa sentía las piernas flojas. Mañana pido que me cambien de caso, pensó. O mejor, me voy de servicios sociales, en la guardería me querían de vuelta, y nunca me llamaron la Gripe.
En casa intentó preparar la cena, pero solo pudo tomar té y galletas antes de acostarse. Tras ese día tan largo, sentía el agotamiento y medio dormida pensó en Inés: Ya verá un par de días sola, cambiará el tono Está mimada, la laureada todos girando a su alrededor.
Finalmente se quedó dormida, pero la despertó el teléfono. Era el padre Alfonso, que la hizo sobresaltarse:
Clara, venga rápido a ver a Inés, hay que llevarla al hospital
A Clara se le encogió el pecho. Recordó que quizás había dejado la puerta mal cerrada, y ahora era algo serio. Bajó corriendo y justo al llegar, una ambulancia se marchaba. Vio también al sacerdote y alguna vecina junto a una patrulla.
¿Qué le ha pasado? preguntó a Alfonso.
Parece intoxicación Me ha llamado, diciendo que se encontraba fatal y que viniera. No me explicó nada. La encontré inconsciente en el suelo y cajas de pastillas por el lado. Llamé a urgencias y a la policía.
Un teniente joven, ceñido en su chaqueta, le preguntó:
¿Usted es?
Soy la trabajadora social. ¿Qué ha sucedido?
Intento de suicidio.
¡Eso es imposible! Si es un ángel
Algún motivo tendrá. Ya lo investigaremos ¿Tiene llaves de la casa?
Sí
Entonces, acompáñeme. Hay que dejar todo cerrado y levantar acta.
Clara cumplió las órdenes, llamó a servicios sociales, dejó la comida en el balcón, y cuando acabaron, el teniente la llevó a comisaría para levantar testimonio.
Le explicó todo, y el agente parecía sorprenderse:
¿De amor? ¿Por eso quiso hacerse daño?
¿Por qué, si no? Es muy sensible
En ese caso, no se preocupe. Puede irse a casa.
Pero Clara fue directa al hospital. Allí, la enfermera de guardia le confirmó: Inés Fernández estaba en reanimación, le habían hecho un lavado y ya respondía. Le dieron largas: No podrá visitarla en días y ni se le ocurra traerle nada, ni flores, que estamos en epidemia de gripe.
Con la cabeza algo aliviada, Clara volvió a casa. Pero la soledad y el frío de su pequeño piso la hicieron llorar por primera vez en mucho tiempo. Hubiera llamado a Nicolás, a alguna amiga, pero no tenía a quién. Vio el teléfono toda la noche, en silencio.
Por la mañana avisó al departamento de servicios sociales, pidiendo que no cambiaran a Inés de trabajadora.
No te preocupes, sigue como tu usuaria le tranquilizó la jefa, que ya lo sabía todo.
Durante varios días, Clara llamó al hospital, preguntando a cualquier enfermera. Por fin, el cuarto día, una voz de mujer la apremia al auricular:
¿Eres Clara Cifuentes?
Sí.
Te telefoneo desde el hospital. Soy la enfermera de Inés. Ha pedido que vengas, pero no se puede, solo quédate bajo su ventana, tercer piso, tercer ventana a la izquierda. Te espera a la una.
Gracias. ¿Puedo llevarle algo?
Nada. Ni flores. Nada de nada.
Clara visitó a sus casos esa mañana y, puntual, se plantó bajo la ventana señalada. No había rastros de Inés, estuvo a punto de lanzar una bola de nieve, pero finalmente la vio asomarse, pálida pero contenta. Intentó hablarle a señas, y después mostró una hoja grande: PERDÓNAME. Clara agitó las manos, frunció el ceño, hizo gestos de que no era necesario, y se sintió extrañamente feliz al ver a Inés sonreírle.
Al irse de allí, pateando nieve blanda bajo el sol, Clara se paró a contemplar los edificios, el parque donde el sol brillaba dorado sobre las cúpulas de la iglesia. En ese instante, supo que la primavera, la verdadera primavera, al fin había llegado, sepultando todo lo malo en ese invierno largo y oscuro. Conmovida, pensó: No queda nada por lo que entristecerse, y lloró de alegría acordándose de su amiga. Olvidó los días duros y hasta se rió al pensar: ¡Qué terca es Inés, pero qué cabra tan adorable!.






