Vasco

Marco

¡Maribel, te has vuelto loca! ¡La señora Ramos te va a quitar la vida por esto!

Carmen, ¿y qué hago yo? ¿Lo tiro? ¡Pobrecito! ¡Está vivo!

Él sí, pero de ti ya no estaría tan segura si decides quedártelo.

Carmen, cariño, no digas tonterías. Tampoco es un tigre, sólo un gatito. Déjale quedarse, aunque sea un poquito, ¿vale?

¿Qué quieres, convencerme? Carmen se rió, acariciando la diminuta cabeza del inesperado inquilino, un travieso y esquelético gato naranja. ¿Te crees que a mí no me da pena? ¿Dónde lo has encontrado, criatura? ¡Está en los huesos! Seguro que está enfermo, mírale, ¡ni la cabeza sostiene! Un tesoro

Te cuento. Maribel sonrió, ciñendo el gatito con la bufanda que había tejido Carmen. Hoy salí del hospital y fui por el parque. Él estaba tirado en el camino, lo cubría casi la nieve. O salió de un arbusto o lo dejaron allí. Era pura casualidad que lo viera porque su color resalta. Lo toqué y estaba helado. Pensé que ya no respiraba, pero no, aún vivía. Lo recogí y corrí aquí. Cruzando la residencia parecía que volaba, y la señora Ramos me miró tan raro hasta la boca se le abrió.

Pues prepárate para la visita. Ay, Maribel ¡te va a poner fina! ¿Recuerdas la bronca que le echó a Encarna cuando trajo una gata? Casi la echa. ¡Dice que la residencia debe estar en orden! Y aquí, nada de animales.

Pero Carmen, ¿no me denunciarás? Maribel se giró ansiosa hacia la puerta. Si viene sin mí, escóndelo. Sólo quiero calentarle la leche y vuelvo.

Anda, vete Carmen cogió el bulto naranja envuelto en la bufanda y apartó sus lanas de la cesta. No he visto nada, no sé nada, no diré nada, canturreó, guiñando un ojo a Maribel. ¡Corre, no temas!

Maribel se fue y Carmen miró dentro de la cesta, negando con la cabeza.

Mira qué suerte tengo ¡Una miseria pelirroja y descarada! Respira, chiquitín Maribel es buena chica, si te pasa algo llorará días enteros. ¿Y quién se encarga de consolarla luego?

El gatito permanecía inmóvil, apenas se notaba que respiraba, y no respondió ni a las palabras ni a la caricia de Carmen.

La tarde caía y Carmen, que apreciaba ese rato sereno en el que se acercaban la noche y la tranquilidad, prefería no encender aún la luz. Ahora, tras terminar el turno de mañana, tenía por delante tiempo para leer, charlar con Maribel o preguntar por sus avances con Alberto. Carmen suspiró. ¡Qué bien le iba a Maribel! Tenía novio y hasta le había pedido la mano. Ella, en cambio, seguía sola. ¿Quién querría a una chicarrona así? Maribel era diminuta, como una muñeca; cabello rubio hasta la cintura, ojos verdes, y guapísima. ¿Y Carmen? Su abuela le decía mi roble al verla poner orden entre los hermanos de un manotazo. Ahora ya todos eran mayores y el mayor incluso se había casado con una chica estupenda; hacía poco Carmen había ido al pueblo por la boda. Pero ella permanecía sola, sin nadie a la vista. Demasiado corpulenta para los chicos de la ciudad, según ella. En el pueblo apenas quedaban solteros, y la vida allí apenas ofrecía trabajo más que la granja familiar. Aquí en Madrid la valoraban en la fábrica, hasta le habían premiado por las vacaciones. Apartó las tristezas de un cabezazo. Ya llegaría su momento.

De vuelta, Maribel buscó una cucharilla para alimentar al gatito. Éste apenas tenía fuerza, ni para lamer. Viéndola casi al borde del llanto, Carmen cogió al animalillo.

Déjame a mí.

Con firmeza, llenó una jeringuilla de leche y, sujetándole la cabeza, le abrió la boca.

Venga, chiquitín, ¡aquí no vienes a morirte de hambre! Maribel se llevó mucho esfuerzo aprovechándote.

El gatito se atragantó pero, finalmente, empezó a alimentarse.

Le llamaron Marco. La señora Ramos tardó casi un año en enterarse de que había algo más en aquella habitación que dos chicas. Sólo lo supo cuando vio, asomada a la ventana baja del primer piso, cómo se colaba una llamarada de color naranja.

¿¡Pero qué demonios es eso!?

Su grito revolucionó todo el edificio.

Doña Consuelo, ¡por favor! Si ni se enteró en todo este tiempo. Es muy listo, caza ratones.

¿Qué ratones? ¡En esta residencia ejemplo no hay ni rastro!

Claro Carmen, cruzada de brazos, miró a la jefa de la residencia y empujó con el pie a Marco, que quizá intuía el peligro. Son ratones ejemplares: bien gordos y cebados. Marco los expone cada mañana a los pies de mi cama. La próxima vez se los enseño, para que no seamos solo nosotras quienes presuman de su éxito. O hasta se puede invitar al director de la fábrica para que vea el talento del gato.

¡María! Un día te la cargas Consuelo aflojó el tono y miró muy seria a Maribel. ¿Es idea tuya? ¿Y si te casas, qué harás con él? ¿Te lo llevas?

No lo sé Él me quiere, pero hará caso a Carmen, la toma por dueña. Seguro que la echaría de menos

Ay, hija, ¡hablas de él como si fuera tu novio! Consuelo soltó una carcajada, viendo la cara de Maribel. Ni caso, mujer. Un gato va adonde le dan de comer.

No crea. Yo le mimo pero él siempre ronronea sólo con Carmen.

Maribel entregó el gato a su amiga y abrazó a la jefa, suplicando.

¿Entonces puede quedarse?

¡Qué zorrilla eres! Consuelo les lanzó una advertencia con el dedo. ¡Que ni se le vea ni se le oiga! Si no, nos echan a todos. Y con razón.

La boda de Maribel fue celebrada a lo grande y Carmen quedó sola con Marco, quien se convirtió en su único compañero. Los días discurrían lentos, y Consuelo no se apresuró en buscarle otra compañera. La vieja residencia tenía los días contados y todas las chicas suspiraban por un cuarto en el nuevo edificio. Cuando había obras ayudaban los fines de semana, y Carmen, recorriendo los pasillos vacíos, se preguntaba cómo sería la vida allí tras la mudanza. Fue entonces cuando conoció a quien creyó su destino.

Ramón, como ella, era de fuera. El menor de muchos hermanos, se quedó cuidando a los padres y, tras perderlos, buscó fortuna en la capital. Aunque sin casa ni trabajo fijo, su vida era más alegre. Tenía muchas pretendientas, pero busca esposa con dote y piso, y Carmen no encajaba. Sin embargo, tras verla cruzar el pasillo con esa seguridad, no pudo evitar intentar cortejarla.

Al principio a Carmen le hacían gracia sus torpes galanteos.

¡Virgen Santa! ¿Qué hago yo con uno así? ¡Tendría que darle los golpecitos en la cabeza! ¡Es una cabezada más bajo que yo! le contaba riéndose a Maribel cuando ésta venía a visitarla.

¡Carmen! le reprochaba Maribel. ¿Eso importa? ¿No has pensado en la clase de persona que es?

No lo sé Carmen bajaba la voz y los ojos. No lo sé, Maribel.

Observaba a su amiga acariciar a Marco, que se echaba en la cama, y su envidiable estado de buena esperanza.

¿Pesada?

No mucho. Es extraño, como si estuviera en una estación, esperando un tren a un sitio mejor y solo quieres que llegue.

A partir de cierta fecha, Ramón fue visitante frecuente. Marco lo detestó. Cada visita le ponía el lomo tenso y lo miraba con odio, hasta se encaramaba al alféizar con el rabo agitado, vigilando. Carmen le abría la ventana sabiendo que volvería más tarde y que, al regresar, el gato no querría mimos ni comida. No entendía qué le pasaba.

¿Será que me tiene celos? se encogía de hombros ante Consuelo, que a esas alturas recibía las visitas del gato cada vez que Ramón venía.

Quizá, o quizá presiente otra cosa. Tú ten cuidado, Carmen. Luego estos te dejan sola, y luego, ¿qué?

No se preocupe, doña Consuelo. No creo que lo haga.

Ay, hija luego tú sabrás.

Ambos, el gato y la encargada, tuvieron razón.

Carmen no puso atención al malestar de las mañanas: la leche sabía rara y las setas que le había traído su cuñada no estaban frescas. Pero pasadas dos semanas, el cansancio y el hambre persistían. Al cruzarse un día con Maribel, que paseaba con el cochecito, se sinceró y, al instante, su amiga comprendió.

¡Carmen! Maribel se llevó las manos a la cabeza. ¿De cuánto estás? ¿Se lo has dicho?

Carmen se quedó muda. Todo en su cabeza era campanillas. De lejos, se oyó la voz de Consuelo:

Ay, hija, cuídate

Esa vocecita apagada la centraría. Sin contestar, se apresuró a casa. Tenía que hablar con Ramón. La vida libre había terminado, era hora de pensar en el futuro.

Sólo que ese futuro pintaba en soledad.

Lo siento, Carmen, pero no puede ser. ¿Cómo sé que ese crío es mío? Yo no acepto eso. Ramón apartó al gato con un puntapié cuando Marco trató de abalanzarse sobre él. ¡Fuera!

Marco, por toda respuesta, logró morderle la pierna, y su grito hizo sonreír a Carmen, inesperadamente.

Déjalo, Marco. No hace falta, mi chico. No necesitamos esa calaña aquí, ya se puede ir.

Pasó mucho rato sentada, mirando fijamente a la puerta recién cerrada. Marco rondaba a sus pies y, por primera vez, Carmen permitió que se subiera al regazo a ronronear suavemente hasta que ella misma se apartó, murmurando:

Ya está bien de lamentos. Quiero un té caliente.

Registró a su hijo sólo con su apellido. La funcionaria del registro la miró inquisitiva; Carmen, firme, contestó:

No hay padre. Nunca lo hubo. Tiene madre, ¿no basta?

Maribel preparó la canastilla, Consuelo buscó un buen cochecito, insistiendo ante el director de la fábrica para que le mejoraran la habitación, pero la obra seguía parada y el director se encogía de hombros:

Me encantaría, de verdad, pero hay que esperar.

La habitación se quedaba fría, por más que Carmen tapara las rendijas. No apartaba al gato, que asumió que ese bultito ruidoso y pequeño era suyo ahora. Marco se acurrucaba junto al bebé para darle calor y el niño se calmaba. Carmen, contemplando esa insólita devoción, le daba al gato alguna golosina, aunque era difícil; el dinero no llegaba y sin la ayuda de sus hermanos no habría sabido qué hacer. Ramón había desaparecido. Nunca le faltó a Carmen el apoyo de su familia. Todos, desde el pueblo, iban alternándose para visitarla con regalos para la madre y el pequeño. Carmen los recibía y, a solas, enjugaba una lágrima: basta muy poco para saber que uno no está solo.

La guardería para Juanito fue una verdadera prueba. Se enfermaba a menudo y Carmen iba del trabajo a casa con el alma en vilo. De no ser por Consuelo y Maribel quizá habría regresado al pueblo, pero no quería incomodar a los suyos más de la cuenta.

Pasaba las noches sentado junto a la cuna, recordando la falsa historia de amor y reflexionando que no todos encuentran a una buena pareja. Ahora ya sabía qué necesitaba, no andaba buscando ni promesas ni halagos, sino a alguien que, sin decir nada, le preparase un té y la mandase dormir, asegurando:

Ve, yo cuido de tu hijo.

Y luego, los fines de semana, fuera con ellos al zoológico, le comprase un globo al niño y elogiara su puchero y sus albóndigas, y luego colgara la estantería que lleva meses estorbando. Alguien que estuviese, simplemente. Y punto. Eso era para ella la verdadera familia.

En esas noches extrañas, el sueño la vencía casi sobre la mesa, encogida junto a la cuna.

Así fue como una noche aconteció lo que le cambió la vida y, al fin, puso palabras y puntos en una historia que no terminó tan mal como parecía.

Juanito llevaba tres días con fiebre. La pediatra, que vivía cerca y venía sola cada jornada sin que la llamasen, sólo suspiraba:

No hay mucho que hacer, Carmen. Tú lo haces todo bien. Hay que esperar. Es fuerte, se repondrá.

Carmen no se separaba del hijo, que no dejaba de llorar por el dolor de oído. Consuelo, que trajo un pote de caldo, abrazó a Juanito y le rozó la frente.

Arde de fiebre, hija.

No se le baja, por más que intento.

Quizá mejor así. El médico dice que si sube es que el cuerpo lucha.

Ya, pero es difícil verle sufrir.

Pasará, pero si tú te derrumbas no le ayudas. Come y dormid. Todo se ve mejor de día.

Carmen le asintió y preparó un paño humedecido, mientras Consuelo se marchaba en silencio.

Marco se acurrucaba junto al niño, distraído con el rabo, y el pequeño, agotado, acabó dormido con el gato al lado. Ella dudó si moverlo, pero decidió no molestar.

Cuando fue a calentar el caldo en la cocina oyó un golpe y el llanto de Juanito. Corrió de vuelta y, al abrir la puerta, se quedó helada; sin pensarlo, cogió un taburete y corrió a ayudar al gato.

Una rata enorme se debatía por su vida y Marco eran todo garras y dientes. Ya tenía la oreja desgarrada y el costado sangrante. Carmen amagó un golpe, pero de pronto Marco, de un salto, le mordió el cuello al animal y no soltó hasta que acabó con él.

¡Marco! Ya está, campeón, déjalo, ¡ya está!

El gato, agotado, se arrastró hasta la cuna. Carmen, al mirar bien, dio un grito de horror: otra rata, más pequeña pero igual de atemorizante, estaba demasiado cerca de Juanito. Lo cogió y, abriendo la puerta, gritó:

¡Auxilio!

Una hora después, con el niño bien abrigado, ya estaban en casa de Consuelo, que se quedó con el pequeño y prometió cuidar de Marco.

¡Menuda vergüenza! ¡Ratas! ¡Y eso que acababan de fumigar! Consuelo, frustrada, no podía remediar el estado del viejo edificio.

Ella limpió bien la habitación, se llevó a Marco a su despacho y curó sus heridas.

Menudo héroe estás hecho, Marco. ¡No me arrepiento de haberte aceptado! No se ven gatos así todos los días.

Marco resoplaba de dolor, sin ganas ni de acicalarse. No comió y Consuelo temió por él. Tras el turno, avisó a Carmen.

¿Puedes vigilar a Juanito? Carmen no paraba de anudarse el pañuelo y buscar sus cosas. ¿Dónde hay veterinario aquí?

En la calle Alcalá, a cinco minutos. Ve.

Y Carmen, en efecto, fue corriendo, con Marco apenas respirando, hacia la clínica.

¡Al mejor veterinario! ordenó a la joven de la recepción.

Ésta, asustada, la sentó en el banco. Carmen acunaba al gato, atenta a cada suspiro, a punto de buscar al médico ella misma cuando, de pronto, apareció en la puerta un hombre macizo.

¿Qué tenemos aquí? su voz profunda sorprendió a Carmen, que tardó en reaccionar.

Al ver la cara de reproche del veterinario, le tendió a Marco.

Aquí está

¿Quién le ha hecho esto? el hombre, ligero como si fuera pluma, examinó las heridas.

Las ratas.

No parece callejero. Muy cuidado.

Es mío.

¿Dónde las encontró? ¿Sale de casa?

No, fue dentro de la habitación.

Increíble.

¿Va a hacerme un interrogatorio o curar al gato? ¡Que está muy mal! Carmen estalló en lágrimas. ¡Me ha salvado a mi hijo! ¡Haga algo, se lo ruego!

No hace falta gritar, mujer. Me llamo Enrique. Y tú, ¿cómo te llamas?

Carmen.

Pues ya está. No me gusta que me levanten la voz, pero tranquilo, ¡ayudaremos a tu héroe!

Años después, el gran gato naranja entraba despacio en la habitación infantil, inspeccionando cada rincón. Saltaba a la cuna junto al sofá, donde dormía Juanito. La pequeña Lucía, sintiendo el calor felino, se giraba en sueños, enredando sus deditos en el pelaje. Marco ronroneaba quedo, mientras los padres, Carmen y Enrique, entraban al cuarto. Ella tapaba al niño, le ajustaba el calcetín a la niña, y se acurrucaba al hombro del marido.

¿Ves qué buena niñera tenemos, Enrique?

¡Mejor imposible! reía él, rascando tras la oreja, alguna vez cosida por él mismo, del gato. Bien hiciste en reñirme aquel día. Y menos mal que luché tanto por él; un gato así no se paga ni con todo el oro del mundo.

Ya es de oro, míralo cómo brilla.

Marco buscaba con el hocico la mano de Carmen, se tumbaba junto a Lucía, abrazándola. Carmen apagaba la luz, llamaba a Enrique y cerraba suavemente la puerta. Sus hijos no le temían nunca a la oscuridad, porque siempre, desde que recordaban, estuvo Marco. Y junto a él, no había nada que temer.

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