Diario personal, 28 de marzo
Hoy he regresado al pueblo para visitar a mi querida tía Carmen. Hace tanto que no venía en realidad, aquí ya no me queda casi nadie. Mis padres fallecieron hace años, los primos y demás familia se marcharon a Madrid y a otras ciudades buscando fortuna, solo Carmen sigue en su casita de siempre.
Al acercarme a su casa tan familiar, empujé la reja del jardínesa misma que me trae recuerdos de la infanciay en cuanto crucé el pequeño patio, ahí apareció la tía Carmen, con su sonrisa inconfundible.
Pero, hijo, ¿cómo no me has llamado antes? ¿Y ese susto que me das?
Me abrazó fuerte, siempre tan cariñosa.
Quería darte una sorpresa, tíale respondí, riendo. Preguntó enseguida si Lucía y los niños venían conmigo, pero este fin de semana a ellos les ha sido imposible, se quedaron en la ciudad.
En un abrir y cerrar de ojos, tía Carmen había preparado la mesa y me sirvió una comida deliciosa, como siempre. Parecía tener algo en mente, una inquietud, y al rato, tras el café, fue al desván.
Mira qué he encontrado en el baúl de la despensaexclamó de pronto, mientras extendía hacia mí un papel desgastado.
Lo abrí curioso y me puse a leer. A medida que pasaba las líneas, sentí que el alma se me bajaba a los pies.
Tranquilo, Santiago intentaba animarme, han pasado muchos años desde que se hizo ese informe. Anda que no puede haber cambiado todo. ¡Si has criado a dos hijos estupendos! ¿O es que te han caído del cielo?
Aquella noche me quedé en casa de Carmen, pero no pegué ojo. Ese maldito papel era un informe médico de cuando, con siete años, estuve muy enfermo y aparentemente me diagnosticaron que, de mayor, no podría tener hijos. Nunca me lo habían contado. El informe iba dirigido a mi madre y ni sospechas tenía. La cabeza me daba vueltas: ¿y si era cierto? ¿Y si mis hijos no lo eran? No podía ser. Confiaba plenamente en Lucía
Mi madre murió cuando apenas tenía nueve años. Pronto mi padre trajo otra mujer a casa. Desde entonces, cada vez me quedaba más a dormir en casa de Carmen, su hermana pequeña, que vivía al lado. Ella me hizo de madre.
Acabado el servicio militar, no quise volver al pueblo. Aquí no había trabajo y mi relación con mi padre no era buena. En Madrid empecé como conductor, primero viviendo en una residencia, luego ahorrando y, tras años como transportista, monté mi propia empresa de transporte, que con mucho trabajo ha ido prosperando.
Lucía y yo nos conocimos cuando aún era chófer. Pronto me habló de su embarazo y nos casamos antes de que naciese nuestra hija. Vinieron años felices: la pequeña Paula, luego el chaval, Javier.
Con cierto colchón de ahorros, abandoné las largas rutas y dediqué la vida a mi negocio y a la familia. Pensé que todo estaba bien.
Tras leer el documento de la tía Carmen, me fui a Madrid, ni siquiera fui capaz de volver a casa. Busqué un médico, hice todos los análisis. El resultado: efectivamente, no podía tener hijos. Volví a casa con el corazón en un puño.
Lucía se alegró de verme, preguntó si quería cenar. Solo le puse delante el informe.
¿Qué es esto?
Un informe que dice que yo, en esta vida, no podía tener hijos
Lucía se quedó pálida.
Eso no puede ser, Santiago será un error del laboratorio.
¿Me vas a seguir mintiendo? Si lo haces, me marcho.
Al cabo de unos minutos, rompió a llorar y empezó a explicar:
En el instituto me enredé con un compañero. Tras la selectividad seguimos viéndonos, hasta que él me dejó por una amiga. Fue entonces cuando te conocí. Al poco, descubrí que estaba embarazada, pero no tenía claro que el hijo fuese tuyo. Tenía miedo a contarlo a mis padres, así que casarme contigo me pareció la única salida.
Yo asentí, frío. Con su primer embarazo, lo entendía, quizá. Pero ¿el segundo?
Ella se tapaba la cara entre sollozos.
En aquellos años tú viajabas mucho. Un día coincidí de nuevo con el primer chico. Me buscó, me habló y caí. Fue solo una vez, nunca más le volví a ver. Pero me sentí tan mal Tú has sido siempre mi amor. Lo juro.
Me quedé en silencio. Ella suplicaba que no me fuese, pero salí dando un portazo.
Los días siguientes, para no pensar, me refugié en la oficina. El fin de semana volví al pueblo con la tía Carmen; sobre todo, las noches eran largas y llenas de preguntas.
Toda mi vida hecha trizas. ¿Por qué a mí? ¿Cómo se sigue adelante con algo así?
Por la mañana me venían pensamientos contrapuestos. ¿Y si lo hubiese sabido antes, al acabar la mili? Probablemente nunca habría tenido una familia, nunca habría sentido la felicidad de ser padre. Estos años, ver sus primeros pasos, sus palabras, verlos crecer Todo eso me lo ha dado mi ignorancia, y, al fin y al cabo, me ha hecho muy feliz.
El domingo aparecieron Paula y Javier.
Papá, no sé qué ha pasado entre tú y mamá, pero sientes que también nos ignoras. ¿No quieres saber nada de nosotros?recriminó mi hija.
Eso no, hija mía, os sigo queriendo igual. El problema es entre vuestra madre y yo.
Papá, vuelve a casa, ella no para de llorar y yo temo que le pase algoañadió Javier.
Papá tenemos una noticia, pronto vais a ser abuelosme dijo Paula, sonriendo.
La abracé, por fin sentí algo cálido dentro.
Eso sí que es una buena noticia.
Papá, no nos vamos sin ti, ya basta de peleas. ¿Después de tanto juntos, vas a tirar la toalla por esto?
Les miré y, por primera vez en días, sonreí de verdad.
Está bien, me habéis convencido. Vamos a casa.







