Andrés no reconocía a su esposa; no entendía qué le estaba sucediendo. Vera siempre limpiaba, cocinaba, planchaba, pero ahora había dejado de hacer sus tareas. Andrés, con cautela, le preguntó qué pasaba, y Vera respondió: – Llevo años atendiéndoos, ¿puedo descansar un poco al menos? Andrés empezó a sospechar que Vera tenía a alguien y decidió revisar las cosas de su esposa. De repente, en el bolso de Vera, Andrés encontró una carta extraña.

Mira, te voy a contar una historia que me ha dejado pensando. Es de esas cosas que cuando te la cuentan, no puedes evitar ponerte en la piel de los protagonistas, ¿sabes?

Resulta que a Javier no le cuadraba nada el comportamiento de su mujer, Carmen. No sabía qué le pasaba, no la reconocía. Siempre había sido la que mantenía la casa impecable, cocinaba pucheros y tortillas buenísimas, planchaba la ropa de todos y ahora, de pronto, había dejado de hacerlo. Un día, con mucho tacto, él le preguntó qué le ocurría, y Carmen le soltó un: Oye, llevo años cuidándoos a todos, ¿no puedo descansar un poco?. Javier se quedó mosqueado, con el runrún de que a lo mejor Carmen tenía otra persona, y decidió echar un vistazo a sus cosas. Y, de repente, en el bolso de Carmen, se topó con una carta rara.

Te cuento, llevaban juntos diecisiete años y jamás le había visto así. Carmen siempre había sido amable, comprensiva, nunca montaba escenas, ni tenía secretos, y por eso precisamente él se había casado con ella. Cada mañana tenía el desayuno listo: a veces gachas, a veces tortilla francesa; salía del curro y, sin sentarse, ya estaba liada con la cena. Los domingos planchaba quince camisas una para cada día de la semana de Javier y de sus dos hijos, aunque los chavales la mitad de los días ni se ponían camisa. Intentar que fueran tan pulcros como Javier fue, la verdad, una misión imposible.

Pero, últimamente, llevaba dos semanas que el desayuno era un tazón de cereales o una tostada, y encima les decía que se lo prepararan ellos mismos. Para la cena, con suerte había sobras del día anterior o, directamente, una notita: Hoy vuelvo después de las nueve, poned unos macarrones.

Javier al principio lo achacó a mediados de curso en la universidad donde trabajaba Carmen, que estaba organizando un congreso, pero el evento acabó y nada, todo seguía igual. Así que un día, tímidamente, intentó sacar el tema:

¿No puedo tener mi propia vida? le soltó ella. Llevo toda la vida cuidando de vosotros, ¿puedo al menos descansar un poco?

Claro, claro, haz lo que quieras le contestó Javier, sin saber qué más decir.

Tenía intención de preguntarle cuánto pensaba que iba a durar ese poco, pero no se atrevió. Y Carmen seguía yéndose sola al cine, al teatro, a ver alguna exposición. Lo que más le mosqueaba era que en el armario de Carmen empezaron a aparecer vestidos más atrevidos, y en vez de preparar el desayuno, ella se ponía a maquillarse. Vamos, que Javier empezó a sospechar que su mujer tenía a otro.

Le daba vergüenza pensar así, pero no podía sacárselo de la cabeza. Se puso a revisar cosas: el móvil de Carmen, los movimientos de su tarjeta, hasta el bolso Y ahí, entre un bolsillo, encontró una carta vieja, con el papel algo arrugado y desgastado. Era claramente una carta de amor, de esas que sólo escribe alguien muy cercano: Carmen, cuánto te extraño, no tengo palabras para describir lo difícil que se me hace esperar a verte. Oigo tu voz en todas partes, busco tu sonrisa.

Te puedes imaginar el shock. Como la carta estaba tan sobada, pensó que ese romance llevaba tiempo, y aquello le dolió todavía más. Si hubiese sido algo pasajero con un compañero de trabajo, aún tendría un pase, pero eso ¿Será que toda su vida había sido una mentira?

Se pasó tres días dándole vueltas, amargado, recordando las veces que él mismo había sabido resistir tentaciones, que en todos estos años nunca le había sido infiel. Hasta que el tercer día, no pudo más.

Lo sé todo le dijo, casi sin voz.

¿El qué? preguntó Carmen, tranquila, apenas sorprendida.

Eso todavía le perturbó más. Le soltó:

Tienes a otro, ¿verdad? afirmándolo, no preguntándolo.

Carmen se echó a reír.

¿Pero qué dices, Javier? ¿En serio piensas eso?

Si ella hubiera reconocido algo, o se hubiese puesto a llorar, igual le habría resultado más fácil procesarlo, pero

¡He leído la carta! soltó Javier. No me tomes por tonto, esas cosas no se dicen así como así: No puedo esperar a que volvamos a estar juntos, nuestras almas están destinadas a caminar juntas hasta el final del universo ¡Venga ya!

Carmen seguía con esa sonrisilla, y eso le ponía de los nervios:

Pero, ¿vas en serio? le pregunta ella.

¿Y tú?

Él, mirándola de reojo, casi sin respirar.

¿Así que has estado cotilleando mi bolso?

Sí.

¿Y te has leído la carta?

Sí.

¿Y no te acuerdas de que esa carta me la escribiste tú?

¿Cómo? Javier estaba descolocado.

¡Esa carta me la mandaste tú! Cuando estabas en una obra fuera de Madrid y yo me había quedado sola con Mateo. ¿No te acuerdas?

Javier quería decir que reconocía su letra y que él nunca escribiría algo así, pero Carmen suspiró, cogió una silla, bajó una caja de una estantería, la abrió y sacó un sobre.

Toma. Cuando te hiciste daño en la mano y tuviste que escribir con la izquierda.

Leyó el nombre y la dirección en el sobre: sí, era él, y la letra, rarísima porque estaba escrito con la mano mala. Algo recordó de aquella caída en la obra, sí.

¿Y para qué llevas la carta encima? preguntó Javier, con voz seria.

Me lo recomendó la psicóloga le contestó Carmen.

¿La psicóloga?

Sí. Mira, Javier, estoy agotada. Llevo toda la vida ocupándome de tres hombres, desde que nació Mateo ya no tengo vida propia. Es que ni las gracias me dais. Flores solo el 19 de marzo, palabras bonitas ni me acuerdo de la última vez. Y sigo siendo mujer, aunque no tenga veinte años. Te confieso una cosa: he pensado hasta en divorciarme. Pero sé que tenemos una buena familia y la valoro. Así que fui a ver a una especialista. Me da consejos, y yo intento hacerle caso.

Javier flipaba. ¿Divorcio? ¿De verdad Carmen se estaba planteando dejarle?

¿Y te ayuda lo que te dice la psicóloga? preguntó él.

A veces sonrió Carmen.

¿Y las cartas?

Me recuerdan que una vez nos quisimos mucho.

Javier asintió, se quedó en silencio y se fue al balcón a pensar. No volvieron a hablar más de eso.

***

Al día siguiente, cuando Carmen se levantó, la casa estaba mucho más animada de lo habitual y olía a bizcocho de vainilla. No entendía mucho hasta que entró en la cocina.

El hijo mayor, Marcos, hacía una tortilla francesa. El pequeño, Mateo, estaba poniendo porciones de quesada en los platos. Y, al medio de la mesa, un jarrón con sus flores favoritas.

¿Pero esto qué es? preguntó sin salir de su asombro.

¡Buenos días, mamá! dijo Mateo. ¿Quieres café o té?

Carmen estaba de piedra.

Café respondió.

¿Y para comer, tortilla o quesada?

Quesada

Javier no estaba, pero ella sabía que era cosa suya. Cuando ya probaba el primer bocado, Javier apareció y le tendió una hoja de papel doblada.

Buenos días, cariño.

¿Y esto?

Una carta nueva le sonrió Javier. A ver si así sí te ayuda del todo.

Carmen se le quedó mirando, sonrió y, desde entonces, las cosas cambiaron. No, no hubo desayuno especial todos los días, pero de vez en cuando sí. Y al cine ya no iba sola: Javier iba encantado con ella. Y así, poco a poco, consiguieron salvar su matrimonio.

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Andrés no reconocía a su esposa; no entendía qué le estaba sucediendo. Vera siempre limpiaba, cocinaba, planchaba, pero ahora había dejado de hacer sus tareas. Andrés, con cautela, le preguntó qué pasaba, y Vera respondió: – Llevo años atendiéndoos, ¿puedo descansar un poco al menos? Andrés empezó a sospechar que Vera tenía a alguien y decidió revisar las cosas de su esposa. De repente, en el bolso de Vera, Andrés encontró una carta extraña.
SIN ALMA… Claudia Basilisa regresó a casa. Había ido a la peluquería; a pesar de su venerable edad, acaba de cumplir 68 años y sigue mimándose con visitas regulares a su estilista de confianza. Claudia Basilisa se arreglaba el cabello, las uñas, y esas sencillas rutinas la animaban, dándole energía y levantándole el ánimo. —Claudita, ha venido a verte una pariente. Le he dicho que llegarías más tarde. Ha prometido volver —le informó su marido, Jorge. —¿Qué pariente ni qué historias? Ya no me queda familia… Será una prima lejana de esas que aparecen para pedir algo. Tendrías que haberle dicho que estoy en el quinto pino —respondió, fastidiada, Claudia. —Pero, mujer, ¿para qué mentir? Me parece de tu familia, así alta y elegante, se parece a tu suegra, que en paz descanse. No creo que viniera a pedir nada, parecía una mujer muy educada, bien vestida —intentó tranquilizarla Jorge. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. Realmente se parecía mucho a su difunta madre, y vestía caro: un abrigo de calidad, botas, guantes y unos pendientes con pequeños diamantes. Esos detalles Claudia los conocía bien. La invitó a sentarse en la mesa ya puesta. —Bueno, vamos a presentarnos, ya que somos familia. Yo soy Claudia, sin formalidades, que veo que somos casi de la misma edad. Él es mi marido Jorge. ¿Por qué lado eres parienta mía? —preguntó la anfitriona. La mujer titubeó, hasta se sonrojó—. Soy Galina… Galina Valdemara. En realidad, no hay mucha diferencia de edad entre nosotras. El 12 de junio cumplí 50 años. ¿No te dice nada esa fecha? Claudia palideció. —Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. Pero no te preocupes, no quiero nada de ti. Solo quería ver a mi madre biológica. Toda mi vida he vivido sin saber. Nunca entendí por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella falleció ya hace ocho años. ¿Por qué solo me quería papá? Él me lo contó todo antes de irse, hace apenas dos meses. En su último momento me pidió que, si podías, le perdonaras —decía Galina, visiblemente alterada. —¿Que no lo entiendes? ¿Tienes una hija? —preguntó sorprendido Jorge. —Parece que sí. Te lo explicaré luego —respondió Claudia. —Entonces eres mi hija. Perfecto. ¿Ya me has visto? Si esperas que me arrepienta o pida perdón, no lo haré. No tengo culpa alguna en esto—le contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si pretendes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco, ni una pizca. Lo siento. —¿Podría venir a verte otra vez? Vivo aquí, en un chalé de las afueras. Podrían venir tú y Jorge a casa. Te he traído fotos de tu nieto y tu bisnieta, quizás te interese verlas —preguntó tímida Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —contestó Claudia bruscamente. Jorge le pidió un taxi a Galina y la acompañó. Cuando volvió, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la tele. —¡Vaya temple el tuyo! ¡Tendrías que mandar un batallón! ¿Pero es que no tienes alma? Siempre sospeché que eras fría y despiadada, pero no até cabos hasta este extremo —le recriminó Jorge. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido, el alma me la arrancaron y pisotearon mucho antes. Yo, una muchacha de pueblo, toda la vida soñé con irme a la ciudad y por eso era la mejor estudiante, y la única que entró a la universidad. Con 17 conocí a Vladislao. Le amaba con locura. Él casi me doblaba la edad, pero eso no me importaba. Tras una infancia de carencias, la ciudad era como un sueño. La beca apenas me daba para nada, siempre estaba hambrienta, así que aceptaba feliz sus invitaciones a cenar o tomar un helado. Él nunca me prometió nada, pero yo confiaba en que esa pasión acabaría en boda. Un día me invitó a su casa de campo y fui sin dudarlo. Quería creer que, tras lo que pasó allí, ya le tenía atado para siempre. Aquellas visitas se volvieron habituales. Al poco supe que estaba embarazada y se lo conté. Se alegró muchísimo. Como pronto sería visible mi estado, me atreví a preguntarle por la boda; yo ya tenía dieciocho años y podía casarme. —¿Acaso te prometí casarme? —respondió él con otra pregunta. —No lo prometí y tampoco lo haré. Además, ya estoy casado… —dijo tranquilamente. —¿Y el hijo? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven y fuerte; podrían esculpirte como la mujer con remo. Pide un año sabático en la universidad. Cuando nazca el bebé, mi mujer y yo nos lo quedamos. Nunca hemos podido tener hijos, quizá porque ella es mayor. Después podrías volver a estudiar, nosotros te pagamos. En aquel entonces nadie hablaba de madres de alquiler. Creo que fui la primera de verdad… ¿Qué otra opción tenía? ¿Volver al pueblo y deshonrar a la familia? Viví con ellos en la mansión hasta el parto, nunca vi a la esposa, y tuve la niña en casa, con comadrona y todo legal. No le di el pecho, la niña se la llevaron inmediatamente y nunca más la vi. A la semana, Vladislao me dio dinero y me fui. Regresé a la universidad, me gradué y trabajé en la fábrica, primero como técnica, luego como encargada de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Ya tenía 28 años y si no era entonces, quizá nunca… Ya lo sabes. Hemos tenido buena vida; cambiamos de coche tres veces, la casa siempre completa, la finca perfecta, vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió a los noventa porque nuestros instrumentos solo los hace una nave, nadie sabe del resto. La fábrica sigue vallada y con guardias. Nos jubilamos. No nos falta de nada. Sin hijos, y tampoco los echo de menos. Cuando veo el tipo de hijos que hay hoy día… —terminó Claudia su confesión. —No hemos tenido una buena vida. Te he querido, he intentado abrigar tu corazón, pero nunca lo logré. A falta de hijos, ni por un cachorro sentiste misericordia. Mi hermana te pidió acoger a mi sobrina y no la dejaste quedarse ni una semana. Y hoy, tu hija se ha presentado y ¿cómo la has recibido? ¡Tu propia hija! Si fuésemos más jóvenes, te pediría el divorcio. Ahora ya es tarde. A tu lado solo siento frío, solo frío —le reprochó Jorge con amargura. Claudia se asustó un poco, jamás le había hablado así. Toda su tranquila vida se la truncó aquella hija. Jorge se mudó a la finca y lleva años allí, rodeado de los tres perros rescatados que cuida y de una cantidad indeterminada de gatos. A casa vuelve rara vez. Claudia sabe que visita a su hija Galina y que se lleva muy bien con todos, y sobre todo, adora a la bisnieta. —Siempre fue un bonachón, bonachón se queda. Que viva como le dé la gana —piensa Claudia. Nunca le ha nacido el deseo de conocer a su hija, ni a su nieto, ni bisnieta. Ella va sola a la playa, descansa, recarga energías y se siente de maravilla.