El libro que quedó sin terminar

El libro sin terminar

¡Bueno, Blanca, me voy! No hace falta que bajes. Volveré tarde. Mañana prepárame la camisa azul y el pantalón a juego, ¡no te olvides! ¡Hay que recogerlo de la tintorería! gritó desde la entrada Víctor, mientras se enfundaba la gabardina, se contemplaba, minucioso, en el espejo de la entrada, cogía el sombrero y salía cerrando la puerta de un portazo.

Tan fuerte fue el portazo que hasta vibró la ventana entreabierta.

Corriente de aire pensó doña Blanca Martínez, que apagó el grifo, se secó las manos en el delantal y asomó la cabeza desde la cocina. Todo igual, el pasillo bañado de sol que desembocaba en la entrada, las fotos familiares en la pared, el papel pintado a rayas azul claro dos anchas, dos finas y el abrigo de Blanca en la percha. Y entonces

Doña Blanca frunció el ceño.

¡El paquete! Su marido se había olvidado el paquete, ¡y dentro iban las empanadillas! Era ella misma quien, esa mañana, antes de que amaneciera, había preparado la masa y las había horneado, con cebolla y huevo, como le gustaban a Vítor, especialmente para ese día. Porque ese día Víctor tenía que irse a una obra lejos de casa, y allí no iba a encontrar nada decente para comer, y qué mejor que lo casero.

Rápidamente se quitó el delantal, se retocó el pelo y, aún con su bata sencilla de casa y una mancha de café en el bajo, agarró el paquete caliente y, apretándolo como a un bebé contra el pecho, salió corriendo de la casa menos mal que había cogido las llaves, porque si no Se lanzó por las escaleras, aferrándose a la barandilla lisa, de madera lustrada, que bajaba en espiral cuarto piso, tercero, segundo…

Blanca podría haber gritado desde la ventana a su marido, esperando a que saliera del portal, como hacían otras vecinas, pero no, eso no era propio. Ella misma entregaría el paquete y, de paso, se despediría en persona, le ofrecería la mejilla para ese besito seco y rutinario, él le haría un gesto de ya es hora…

De la carrera se le agitó el pecho, y Blanca cruzó el patio saludando con la cabeza, sin detenerse, a las viejas del edificio que tomaban el sol en los bancos, seguidas con aquellos ojos sabios y cómplices, como saludando discretamente la constancia de su vida familiar.

¿Qué pasa, Blanca? le preguntó doña Maruja, encendiendo un cigarro, a la espalda menuda y ligera de la vecina.

¡Que Víctor se ha dejado la comida, que lleva las empanadillas! respondió ella al vuelo.

Doña Maruja asintió y sonrió, aprobando; nada como el amor y unas empanadillas. ¡Qué bien!

Entonces Blanca salió del portal, a punto de gritar pero… De pronto quedó clavada, con los hombros caídos, como si el sol se hubiera apagado, y todo alrededor se volviera denso y oscuro, hasta ser difícil respirar. Se tuvo que sostener a la bajante para no caer.

Allí, en la parada, estaba su marido, de perfil. Sostenía por el brazo a una mujer joven, de busto generoso. Ella reía, encogiéndose de hombros, mientras él la miraba por encima de las gafas y reía también. De pronto la joven apartó de sí a Víctor y le lanzaba una mirada de desprecio, y él… Él, como un perro apaleado, la seguía, tomándole la mano, suplicando. Y la joven, coqueta, le retiró la mano, y parecía que le daba una bofetada. Víctor se enderezó, enfadado, pero enseguida volvió al tono lastimero, le acarició la espalda, le ofreció un caramelo. Ella se rió y abrió la boca, aceptando.

A Blanca se le revolvió el estómago. ¡Dios! ¡Su Víctor, tan serio y respetado, ya camino de los sesenta, arrastrándose ante una cualquiera, sin pizca de vergüenza!

La joven vestía un elegante vestido azul de lunares blancos, y llevaba una lazada azul en el pelo, el peinado perfecto y unas sandalias finas.

Blanca no podía dejar de mirarla, preguntándose, sin sentido, qué hacer ahora con el dichoso paquete de empanadillas y con la vida.

El autobús llegó, la joven y Víctor subieron juntos. Por un instante, al partir el bus, le pareció que Víctor miraba directamente hacia ella. Entonces sintió vergüenza hasta de su bata de estar por casa, de las zapatillas gastadas, del paquete en las manos.

Bruscamente se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, atravesando el patio donde las vecinas ya lucían vestidos vaporosos y bromeaban al sol. Casi se topó con doña Maruja junto al macizo de flores.

¿Que no llegaste a tiempo, Blanca? preguntó, señalando el paquete con la barbilla, de forma deliberadamente socarrona.

No lleguérespondió Blanca, distraída.

Una pena. Esto no se puede tirar. Ya le diré a Fermín que venga luego, que le encantan tus empanadillas, y yo no tengo paciencia para la masa ¿Vas a estar en casa?

Blanca negó con la cabeza, sin decidirse.

Bueno. Que las aproveche. Yo las masas no las aguanto.

Apenas acabó de hablar, Maruja se lanzó a reñir al conductor de un tractor que acababa de entrar en el patio, vozarrón y manos en alto.

¡Eh! ¡Cuidado con las petunias, animal! Te las cargas siempre, ¡da la vuelta! gritó, mientras Blanca se escabullía, incapaz de escuchar más.

Subió al portal, respirando hondo la penumbra y el frescor. El taconeo de sus pasos retumbaba en las escaleras de mármol, y un sollozo se perdió con el chirrido de la puerta al entrar al piso y cerrar.

Eso era todo. Fin. Fin de la familia, del calor, de la certeza, fin de la confianza, fin de la fe en el otro. Bueno, fe en la humanidad es demasiado amplio. Pero el marido. El marido era esa persona a la que te entregan para que te cuide y te quiera. ¿Y ahora? ¿Ahora qué?

Se dejó caer, feísima, sobre un taburete de la entrada; las empanadillas rodaron por el suelo. El gato, Misi, se le arrimó ronroneando, pidiendo su parte, pero Blanca ni lo veía, seguía allí, al pie del desagüe, viendo el vestido de lunares azules, oliendo el perfume ajeno. Y las lágrimas, calientes y copiosas, le escurrían por las mejillas, saladas, densas, dulces en su amargura… Se permitía por fin, por un rato, no erguir la espalda ni sonreír como esposa ejemplar, sino acurrucarse bajo el peso de su propia desgracia.

No supo cuánto tiempo pasó así. De pronto chirrió la puerta; el gato salió disparado. Asomó la cabeza de Fermín, el marido de Maruja. Nariz ancha, mejillas hundidas, labios gruesos y risueños, pelo rizado y brillante.

En otro tiempo, si no fuese pintor, habría sido monje, pensó Blanca al ver sus ojos, grandes y claros.

¿Doña Blanca? ¿Ya se puede? preguntó, sin pudor, igual que siempre. Maruja me dijo que te sobraban empanadillas. Que en la cocina tenéis obras, y ella no cocina, que tire de menú del día, dice

Se le escapó incluso un puchero.

Espere que me descalzo, que he pisado un charco y a ver si cojo frío, señora siguió, gesticulando.

Blanca, por inercia, recogió los zapatos empapados para llevarlos a la galería a secar.

¡Eh, que no! bramó Fermín ¡Déjalos aquí, mujer! ¡Que me resfrío!

¡Pero si hace falta secarlos! replicó ella, parada en seco.

¡Es mi responsabilidad! Déjalos y punto, y meneó las greñas desafiante.

Aun así, Blanca puso los zapatos en el rincón soleado, espantó a Misi, suspiró, mientras Fermín ya removía cacharros en la cocina.

¡Blanca, hazme un té, anda! Del fuerte, con limón. Llevo mil vidas sin tomarlo bien hecho y estiró las piernas obstruyendo el paso en la puerta de la cocina.

Ahora mismo murmuró ella, encendiendo el fogón casi en trance, sumida en una nube de frío y rabia.

Víctor ¿cómo podía? ¡Acababa de salir de casa y ya iba con otras!

Blanca se encendió por dentro imaginando hasta dónde llegaría el descaro del marido.

¡No! ¡Seguro fue una casualidad! ¡Una colega intentaba convencerse con la voz de su madre. Cuando vuelva, tú actúa como siempre, cuídale, mímale, y lo olvidará todo, y todo será como antes.

Pero Fermín, que también parecía haber leído sus pensamientos, frunció el gesto.

¿Vas a servirme el té recalentado? ¡Haz uno bueno, como para un invitado de verdad! ¡Esto lo tiras! dijo, abriendo la tetera todavía tibia del desayuno y olfateando el interior . ¡Esto ni para abono!

¿Pero si lo hice hace nada? Está rico se defendió Blanca, pero terminó cediendo.

Total, que no le costaba preparar otra tetera… Pero lo del marido

El silbido de la tetera la devolvió a la cocina. El aroma fuerte y ácido del té indio, del elefante impregnó la casa.

Así sí, señora. Tráeme la taza buena, la de porcelana cobalto, la que guardas para las visitas de compromiso. No seas rácana ordenó Fermín, en plan pícaro.

Ahora usamos otro juego, el que trajo Víctor de Valencia contestó de vuelta Blanca, pero se sobresaltó cuando vio que Fermín golpeaba la mesa.

¡Hoy quiero la de siempre! ¡Es el gesto lo que cuenta! Y sácame las empanadillas, las de Víctor. Si él no las quiere, me las como yo… Y mientras, me coses los calcetines. Maruja no quiere, está con los muebles, y tengo un agujero que me trae loco…

Blanca, mujer culta, antigua maestra, dejó traslucir el desprecio un instante al ver los calcetines maltratados; pero ya estaba con la aguja en la mano, sin saber cómo.

Y de pronto Fermín golpeó la mesa, ahora en serio, y se ergió imponente, gigante, convirtiéndose casi en un ser mitológico de pelo espeso y respiración caliente.

¿Pero tú te has visto, Blanca? ¿Te das cuenta? ¡Te dejas tratar como a una chiquilla! Y no eres una cría, eras la reina del barrio, ¡un cisne! Y mírate ahora… Si antes los chiquillos te seguían para pedirte que les aprobaras, y tú ni caso, y yo mismo… ¡Ay, mi mujer es guapa pero verte a ti…! Y ahora, ¿qué? Corriendo con el paquete como tu madre, colmada de cuidados… Que si la camisita, que si el tápercito, que si no cargues bolsas, ya lo hago yo… la imitó.

Blanca primero se molestó, y luego se sorprendió sonriendo. En el fondo, Fermín tenía su gracia. Sí, hablaba así.

¿Una gallina clueca, eh? Eso soy murmuró, y se rindió.

Pero a mí me gusta cuidar, no lo puedo evitar dijo, aún abrazando su pena.

Y yo te digo que has matado el vigor de tu marido con tanto mimarlo Que somos lobos, Blanca, anhelamos la caza, no solo la cama caliente y los calcetines secos. ¡Que cuando tu hijo se fue, trasladaste la maternidad a tu marido! Y te quedaste tranquila, pero él ha buscado fuera lo que tú ya no das

Blanca no podía entenderlo. Había dejado la escuela hacía años para estar disponible, cuidar la casa, tenerle a todo punto. Dejó de recibir alumnos en casa, dejó de cantar al limpiar porque a Víctor le molestaba el ruido, dejó los pinceles porque el aceite linaza olía mucho, dejó los vestidos bonitos y los tacones porque a él le parecían poco prácticos. Las amigas apenas la llamaban, el hijo aparecía solo a por comida de vez en cuando y todo era vacío.

Anímate, Blanca, revive, que aún estás en flor, eres una rosa, una lila. Si no te levantas, Víctor seguirá en sus andanzas sin acordarse de ti concluyó Fermín, dando un golpe animado en la mesa. Y tus empanadillas, ¡de escándalo! Si tuviese yo veinte años menos, Blanca, hasta te cortejaba…

Y se marchó. Y Blanca se quedó sola

Víctor volvió tarde. Un poco bebido, y arrugado. Olía a colonia femenina y vino.

Se ha alargado la reunión. Dame la cartera y ponme la cena, mujer, una patatita con un chato de vino dijo al cruzar la puerta, quejándose del lumbago. ¿Me oyes?

Blanca ignoró la cartera; le pidió que se apartara.

¿A dónde vas cargada con la maleta? preguntó, boquiabierto al ver a Blanca arreglada, peinada, con los labios pintados y un vestido claro y elegante.

Me voy de viaje. Te quedas solo. Así que te apañas con el vino y la patata, Víctor. dijo ella con una media sonrisa.

¿Y la camisa? ¿Y mi comida? protestó, descolocado.

Blanca casi iba a entrar a planchar, pero se contuvo.

Te la arreglas tú. O que venga ella. A mí ya no me importa. Se acabó, Víctor. Es mi turno.

Y se fue, con los tacones resonando en las escaleras, deteniéndose solo un segundo para ajustar la pesada maleta en la mano, antes de desaparecer bajo el crepúsculo, donde esperaba el taxi.

Víctor corrió hasta el rellano.

¡Blanca! susurró, mientras el dolor en la espalda le fulminaba. Lágrimas calientes le nublaron el rostro.

¿Fátima? ¿Eres tú? Sí, soy yo Sí, sé que te dije que no llamaría, pero… la espalda, Fátima. No llego a la cocina. ¿Puedes venir…?

El teléfono chirrió diciendo que si necesitaba médico, llamara a otro número. Fátima no vendría, no le haría masajes ni le plancharía la ropa. Ella no era Blanca. Ni nunca lo sería.

Arrastrándose a la cocina, vio las empanadillas frías en un plato, y gimió. No era un mal sueño, era la realidad. Se lo había buscado él solo. Ay

Blanca volvió al día siguiente, con el médico y un ramo de rosas. Iba perfumada. Sí, fumaba ocasionalmente, esos días de mucho dolor.

Espere, doctor, no pinche le detuvo, mientras acercaba el ramo a un jarrón.

A Victor el sudor le perlaba la frente.

¿Ahora qué? preguntó el doctor.

Dígame, Víctor: ¿Qué le prometiste a esa mujer? Gente así, solo acepta trato si hay promesa. ¿Pensabas que no nos enteraríamos?

Estoy en mi mejor momento, Blanca…

Le prometió una plaza fija y una titulación atajaba el médico. ¿Es cierto? Habla ya, o me marcho, que voy con prisa.

Le prometí eso. Pero me equivoqué, Blanca, me equivoqué con ella. Solo tú Solo te quiero a ti ¡Perdóname!

Pues ahora cumple. Eres hombre y eso exige palabra. Ella tendrá lo prometido. Y tú dejarás tu puesto. Yo empiezo de nuevo a trabajar. La plancha, en la estantería; las camisas, en el cesto. ¿No te gusta? Pues piensa en divorciarte. ¿Te queda claro?

Víctor asintió derrotado; la espalda le mataba. Blanca ya no era su ángel de la guarda; el médico inyectaba; Fermín observaba divertido desde la puerta. Qué humillación.

Entendido murmuró, mientras el dolor lo sumía en el silencio.

Blanca asintió con dignidad. Y el médico hizo su trabajo…

Fátima estaba exultante. Su tesis improvisada triunfó, obtuvo el puesto y la tranquilidad, gracias al ingenuo y ya exjefe, Víctor.

Ahora ni le saludaba. La esposa de Víctor había dejado claro que aquello podía quitársele en cualquier momento, así que buscaría otra oportunidad.

Víctor renunció. Por promesa dada, fue lo único que explicó. Su despedida fue un banquete donde bailó un tango con Blanca, a la que miraba como nunca antes, ni siquiera a Fátima.

¿Por qué? ¿Qué tenía doña Blanca?

Pues que lo tenía todo. Era el aire mismo. Solo cuando quedó sin aire, supo lo que había perdido. Y no se trataba de espalda ni calor de costado, era que Blanca seguía siendo ese libro sin terminar, dulce y misterioso como fresas de julio, como las que daba a su joven esposa junto al mar, y que nunca terminaría de leer ni de entender. Y que así fuera siempre, por Dios.

A Fátima, simplemente, no le llegó el momento. O quizás nunca lo hará. La vida dirá…

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