¡Abuelo! gritó Pedrito, irrumpiendo en la parcela mientras la vieja cancelita metálica chirriaba y golpeaba el poste. Algo crujió, se soltó un suspiro viejo, y la puertatan antigua como el huerto mismose desplomó sobre la tierra reseca, agrietada por una sequía interminable.
Don Andrés, que hasta ese instante se afanaba entre coles, levantando cada hoja y regando las raíces con mimo desde su regadera, se irguió sobresaltado, giró la cabeza asustado hacia su nieto y la cancelita rota, y profirió una maldición sonora, sintiendo la mirada reprobatoria de una de las médicas más reconocidas de Valladolid, su esposa María Victoria, que lo observaba desde la ventana. Entonces resopló con voz profunda:
¿Pero tú estás loco, Pedrito? ¡Desastre de crío! ¿Por qué destrozas lo que no es tuyo? ¿Qué ha pasado? ¿Fuego, inundación, o has perdido el juicio? ¡Hoy no hay merienda! Ni pensar en comida hasta que arregles esto, ¿me oyes? ¡Mecachis!
Soltó la regadera enfadado, acertándole a una col de la esquina. Gritó, corrió a socorrer su soldado herido, lamentándose por la pobre Nyra porque, en este huerto, hasta las verduras tenían nombre propio.
Y es que allí, en la parcela de los Castaños, cada planta respondía a un apodo cariñoso: unas tomaban el nombre retorcido del cultivar, otrasnombres humanos. Las llamaba así Andrés Castaño, cirujano en excedencia, que en aquella temporada dedicaba sus manos al jardín en vez de bisturíes.
De atender a pacientes, que recordaba de nombre y hasta de qué soñaban, Andrés pasó a conversar con su reino vegetal. Las lechugas guardaban silencio y entonces él imaginaba: que la noche fue fresca, que el rocío las hizo temblar, que el calor y el aroma de los jazmines asfixiaba el aire.
Usted, doña Inés, asentía Andrés hablando con el viejo manzano, más viejo que la propia villa, es que no sigue los horarios, ¿eh? Bebe de noche demasiado otra vez…
Y el manzano, en su imaginación, se excusaba por la lluvia, cómo negarse a beber. Andrés lo cuidaba, encalaba, apuntalaba las ramas, cargadas de manzanas como pechos maternos recién paridos.
Nuestro Andrés está chiflado, susurraban a veces las vecinas de María Victoria, cruzando miradas de compasión. Se está yendo, pobre hombre ¿Le das la medicación, María?
Está perfectamente. ¡Ya veréis cómo sois las primeras en venir si os pica algo! zanjaba ella, girando sobre sus tacones con la determinación de quien se sabe dueña de su vida.
¡Anda que! Ya daban por acabado a Andrés, ¡y resulta que aún era más joven y despierto que cualquiera! No iba a darles el gusto de cuchichear sobre su marido, ni mucho menos. No hablaría de su anhelo por la medicina, ni de esas noches en que aún soñaba pasillos y salas de hospital, ni de la enfermera Toñi llorando cuando supo de la jubilación de Andrés Castaño
¡Abuelo! ¡Ya han llegado! ¡Han vuelto los Montalvo! Dijiste que esa casa no tenía arreglo, decías que estaba para caerse, ¡y mira! ¡Ya están aquí, y han traído un perro enorme…! chilló Pedrito, tentando recomponer los tablones de la puerta desmoronada, pero los listones se le hicieron astillas entre los dedos, dejando a la vista clavos oxidados, como dientes carcomidos.
Pedro, frustrado, dio una patada a la madera y lanzó una mirada apenada a doña María, que le había prometido para la cena tortitas de manzana, esponjosas, doradas. ¿Y ahora qué? Sin tortitas, Pedrito estaba seguro de que se moría.
¿Y tus Montalvo qué? Anda, Pedrito, ¿has comprado el pan? ¿Para qué venías, recuérdame? refunfuñó Andrés con fingido enojo, escabulléndose hacia la valla para fisgonear el terreno de los vecinos.
María Victoria, encogiéndose de hombros, desapareció en la casa. No parecía inquietarle la llegada de los Montalvo. Cerró la puerta, alborotó las cacerolas, puso la radio; una voz masculina recitaba versos de Machado. Apenas le gustaba el tonoo el poeta, apagó y se puso a cantar un fandango, pero le salía mustio, sin chispa.
Se asomó un momento, apartando la cortina. El sol le batía directo en la cara, bailaban motas doradas ante sus ojos.
Allí estaba ella. Sentada como siempre en el porche, enfundada en una bata con dragones bordados en la espalda, boquilla entre los dedos, soltando humo como tren antiguo, sombrero de paja italiano, sandalias.
¿Y seguía siendo guapa? María sonrió para dentro.
Anastasia Montalvo siempre fue un bellezón. Ya en la maternidad provocaba sonrisas, labios en forma de caracola, ojos como lagos y ricitos de oro. De aquel ángel creció una mujer de figura estilizada, con curvas perfectamente situadas, algo indómita, traviesa y siempre lista para unirse a los gitanos en sus fiestas.
Seductora y llena de vida, lograba arrancar el juicio a los hombres con sólo una mirada, y le encantaba saberse deseada.
María y Anastasia se conocieron en el pueblo. María acababa de casarse con Andrés, que la llevó a conocer la finca: los padres de Andrés ya la tenían medio abandonada, preferían el confort del piso en pleno Valladolid, conseguido tras muchas penurias gracias a su hijo, el médico prometedor.
Desde estudiante, Andrés se entregó a la medicina, ganándose la atención de sus profesores, incluso cuando metía baza donde no debía. Así fue cómo la veterana jefa de cirugía, doña Verónica Saavedraa la que la vida obligó a endurecerse entre la Guerra y la posguerrainsistía en llamar a Andrés para asistencia en quirófanos cuando ya la vista le fallaba.
¿Qué hace usted aún en quirófano, Verónica? refunfuñaban los nuevos médicos, esto no es un teatro.
Pero para ella el hospital era la vida entera. No tenía familia ni mascotas. Mientras tuviera fuerzas, seguiría.
La enterraron un invierno, en un ataúd menudo y discreto, rodeada de tulipanes y de los colegas a los que marcó. Andrés, al acabar la ceremonia, lloró desconsolado, recibiendo el consuelo de su jefe.
Déjala ir, Andrés. Ella ya luchó bastante.
Y así lo hizo. Al levantar la vista, un rayo de sol atravesaba las nubes sobre la tumba, iluminando la tierra fresca, como si Verónica Saavedra lo saludara desde algún rincón celeste.
Ella era una médica de verdad suspiraba Andrés paseando con su esposa. ¡Ah, si hubieras conocido a Saavedra!
Pero María sólo quería un beso. En lugar de besarla, Andrés seguía con sus historias hasta que ella le plantaba uno en la mejilla y se iba. Entonces el médico la agarraba y la besaba de verdadcomo si Verónica, desde una nube, ahogara un suspiro.
Volvieron tiempos felices: trabajo, hospital, el nacimiento del pequeño Juanito. Decidieron irse al pueblo.
Juan necesitaba aire puro, hierba, vitaminas. Andrés arregló la casa, levantó la cocina, renovó el baño. María arreglaba el hogar.
Los antiguos vecinos eran pocos: los mayores caían o se marchaban; los Montalvo eran nuevos, con dinero, y el padre de Anastasia enseguida se hizo hueco en la administración de la urbanización, siempre de manga negra de oficinista.
María, recién parida y algo ajada, apenas podía seguir a Juan, que correteaba mientras Anastasia posaba en la terraza, guapa, ociosa, con el cigarro extranjero y los cabellos perfectamente arreglados.
Decían que esa postura erguida venía de sus años de gimnasia artística. Ya entonces Anastasia fumaba, expulsando el humo con gracia sofisticada.
La convivencia sería llevadera si no fuera porque Anastasia empezó a llamar a Andrés, que si tenía molestias aquí o allí.
¿Podrías pasarte un día a revisarme? sugirió Anastasia, casi tímida. Pero María vio enseguida cómo miraba a Andrés, devorándolo apenas con los ojos.
Yo… Bueno, sería mejor que vinieras a la clínica bañaba Andrés en sudor, notando la mano de María aferrada a su codo.
No pienso ir a la clínica. ¡Las odio! Mejor pásate tú por casa. Te pondré champán, uvas Y María tendrá lío con el pequeño. Así puedes venir solo. Que de verdad me duele, sí.
Andrés visitó a Anastasia, la auscultó y no halló nada, pero salió de allí con el estómago lleno y el ego acariciado.
Hueles raro, Andrés frunció la nariz María esa noche. Deberías revisarle tú, total, para eso eres médica. Mañana vas, que ya se lo prometí
María se quedó sin habla; él lo había prometido, debían hacerlo, ¡como si Anastasia fuera alguna clase de reina!
Si necesita consulta, que vaya al hospital. Yo tengo trabajo aquí. zanjó María ofendida, hundiéndose en un manual de medicina que ni miraba en realidad.
Los celos, ese fuego lacerante, arrasaban en su pecho. Se creía inmune, pero no era así.
Andrés, encogido, seguía yendo a atender a la vecina, mientras Anastasia reía en la terraza y recordaba a todo el que quisiera oírlo que Andrés la conocía enteracomo doctor, claro, pero como si fueran íntimos.
María ardía. Andrés, avergonzado, volvió a fumar de los nervios, sentado largas horas en el poyo de la entrada, sosteniendo la colilla de su viejo Ducados.
Anastasia llegó incluso a presentarse en casa con una cesta de ciruelas de su jardín y un viejo perro, Trasto, enorme y pulgoso, que dejaba su olor por toda la casa mientras Juanito trataba de subírsele encima.
Saque el perro, no hace falta que entre en casa, rogó María, perdiendo los nervios.
No tenga miedo, Trasto es bueno, contestó Anastasia, acariciando al perro con alegría.
María miró a Andrés de reojo, pero este permaneció serio, recordando las enseñanzas de Saavedra: Los enfermos son como niños, Andrés, necesitan que se les escuche y se les cuide. Y Andrés incorporó esa lección para siempre, aunque a María le desesperara.
Al final, María optó por irse en agosto a Santander con el pequeño. Solo trataba a Andrés por asuntos del niño.
Andrés cerró la casa, volvía a Valladolid. Volvió también Anastasia a la ciudad, tras recibir una carta. Ni adiós cruzó con su vecino.
En septiembre, la vida siguió. El niño al colegio, turnos de hospital, meriendas, el invierno, la primavera Pero llegó un día en que Andrés compró dos ramos de tulipanes, no uno. Salía tarde del hospital, traía dulces para alguien…
Me canso, Andrés. ¡Dímelo todo y nos divorciamos gritó María, lanzando los tulipanes contra la mesa.
¿Pero qué dices, María? ¿Qué se supone que debo confesarte? Ya está bien con esa obsesión tuya
Pues nos vamos, tú haz tu vida. ¡Vete a regalarle otro ramo! Ella te llamó ayer, ¿eh? ¡Como si fueras su médico particular! ¿Y ella en agradecimiento qué? María lloró, apartándose.
Andrés se abalanzó sobre ella, la aprisionó entre sus brazos, y un calor inmenso, cegador, los fundió en un abrazo.
Después de aquello, la Montalvo pareció desvanecida, y tampoco les importaba. María esperaba otro hijo, Juan preguntaba por todo, Andrés fue nombrado jefe de servicio y se sumergía en el trabajo.
Nació Irene, y reanudaron cada verano la vida rural; de los Montalvo, sólo regresaban los padres.
Y así habría quedado todo, olvidado, de no ser porque este año, tras décadas, volvió Anastasia. Ahora Andrés y María ya tienen nietos.
¡Doña María Victoria! escuchó María desde la ventana, ¡María! No te escondas, vente luego a casa, tengo mazapán y nubes, fresquitas del súper Pasa, mujer.
Anastasia, bajo su sombrero de paja italiana, ondeaba la manga de su bata colorida. A su lado, un perro nuevo, igual de lanoso, bien viejo.
Por la tarde pasaron doña María y don Andrés. Pedro, el nieto, se quedó con Juanito arreglando la verja.
En la casa de los Montalvo todo olía a uvas, champán y lujo. Pero en los ojos de Anastasia ya no brillaba aquella chispa; la piel colgaba en la barbilla, las manos recogían pulseras con nervio gastado, los lóbulos de sus orejas se veían transparentes.
Al final, vecinos, nos encontramos susurró Anastasia cuando se sentaron, y me alegro, tenía miedo de no poder hacerlo a tiempo.
Venga, mujer, aún queda verano. protestó Andrés.
Andrés, lo sabes. Mi tiempo se va un poco más deprisa que el vuestro. Os doy las gracias. A ti, por aquel romance fugaz que nunca llegaste a brindarme, dijo con una pequeña sonrisa, y a ti, María. Al final me ayudaste, aunque quería lo que era tuyo. No por amor, sino por envidia. ¿Por qué me ayudaste?
María la miró largo y serio.
Era mi deber. Leí tu informe médico, Andrés lo dejó olvidado. Y si podía ayudar, ayudé. Punto.
Sí, fue María quien le hizo llegar la cita con el Dr. Borja, especialista en cosas graves, que no la dejó escapar del hospital, la operó con manos expertas y la cuidó. Se enamoró de ella, sí, y hasta le propuso matrimonio. Todo habría ocurrido, si aquel mismo día Andrés no le hubiese llevado los tulipanes Y así quedó Borja soltero para siempre.
Espera, ¿fuiste tú quien la mandó con Borja? reaccionó Andrés. Tantos años pensando que os odiabais y resulta que…
Claro que nos odiamos, rió Anastasia, ¿ves algún sentido en que dos mujeres compartan a un galán de huerta como tú, tan dulce con las coles? ¿Verdad que no, María?
María se puso seria, pero enseguida se le dibujó una sonrisa.
Venga, Anastasia, ¿por qué no tomamos un té? Andrés, trae la tetera, atiende a estas damas, que tú, aunque se te ponga el pelo blanco, sigues siendo un trasto inquieto.
Y bien estuvo que, años atrás, Anastasia accediera a tratarse y Andrés quedara tranquilo. Bien que el Dr. Borja hiciera lo imposible por ella; ahora estaba sentada allí, viva, con una hija, Julia, que todos dicen es la viva imagen de Borja, aunque Anastasia jura no tener relación. Poco importaba.
También fue buena maestra la doctora Saavedra. El médico es, además de médico, escucha y consuelo decía, como una madre; si no das amor, no sanas. No juzgues, Andrés, cuida y ya está.
Y eso aprendió Andrés.
Bah, Borja sólo te mantuvo lejos de mi marido un rato bromeó María, tomándola de la mano. Me alegro de que hayas regresado, Anastasia. Me preocupaste.
No era mentira. Andrés y ella habían recorrido juntos todo el sendero de la vida, resistiendo vaivenes, temores y alegrías. Anastasia lo hizo sola, criando a Julia, riendo ante la adversidad.
Un instante pensó Andrés que ahí, al pie de la verja, estaba de pie Verónica Saavedra, pequeñita, arrugada, sonriendo satisfecha: Has salido buen hombre, Andrés, aunque algo frívolo.
¿Frívolo yo? murmuraría Andrés, ofendido ante la mención de su simpatía por Anastasia.
¡Que hablas con las coles, hijo! bufaría Saavedra. Anda, haz que la cosecha sea la mejor, y cuida a los tuyos.
¡Lo haré! susurró Andrés, como si rezara.
Despertó del ensueño mientras María le tendía una taza de té, Anastasia miraba por el ventanal, el perro roncaba en el suelo, Pedro y Juan reían en el jardín; la vida, pese a todo, seguía. Y por mucho que la primavera trajera nuevas flores y recuerdos, María seguía siendo la mujer más hermosa para Andrés. Este año, como todos, la cosecha sería inmejorable: ponía amor en todo lo que hacía. Lo prometió ante la tumba de Saavedra, y eso no tendría fin.






