Mi marido volvió siendo otro

¿Has comprado pan?

Pedro me miró como si le hubiera hablado en un idioma extraño. Ni siquiera era que no entendiera, fue como una pausa larga, incómoda, como si esa pregunta no encajara en nuestra rutina de siempre.

¿Qué pan?, dijo al fin. Ni siquiera preguntó, lo afirmó, plano.

El de siempre, pan de pueblo, de la panadería Los Robles, la de la esquina de la Calle Real. Siempre lo compras ahí.

Dejó la bolsa en el suelo, miró la cocina como si fuese su primera vez dentro.

No he pasado por ninguna tienda.

Asentí y me giré hacia la vitrocerámica. Nada, me dije. Estará cansado. Lleva una semana fuera, estuvo en una conferencia en Valladolid, hotel, comida rara, aire extraño… Claro que está cansado.

Pero el pan siempre lo compraba. Diecisiete años, cada vez que volvía, aunque sólo fuera de la biblioteca o de hacer unos recados, pasaba por Los Robles y traía su barra de pan. Sin que fuera ningún acuerdo, ni costumbre por obligación. Era simplemente parte de su manera de volver a casa. Así funcionaba él.

Removí la sopa y no dije nada más.

Se llama Pedro. Pedro Ramírez. Yo tengo cincuenta y ocho, él sesenta y uno. Vivimos en Salamanca, un piso de dos habitaciones en el cuarto, lo compramos en el 99 cuando Marieta era pequeña. Marieta hace años que vive en Madrid, nos llama los domingos. Yo trabajo en la biblioteca de un cole, Pedro se jubiló hace tres años, pero da algunas clases sueltas de construcciones en un instituto técnico. Vida tranquila, sosegada, casi nunca discutimos. Es importante entender eso. No hubo nada que explicara lo que ocurrió tras su vuelta.

Cenamos en silencio. Comía ordenado, mirando el plato. Esperé a que me contara algo del viaje, de los compañeros, del ascensor del hotel que no iba, de lo que echó de menos mi cocido. Siempre contaba algo en la primera cena después de volver.

¿Qué tal Valladolid? pregunté.

Bien.

¿La charla fue bien?

Sí.

Dejé la cuchara.

Pedro, ¿te pasa algo?

Me miró. Los ojos de siempre, grises, un poco cansados.

Nada. Sólo cansancio.

Recogí la mesa. Se fue al salón, se tumbó mirando el móvil. Como si no pasara nada, como si todo siguiera igual. Más que no hubiera pan, es que faltaba una conversación. Y algo más, que ni nombre tenía.

A la primera noche le di el beneficio de la duda. La segunda también.

El viernes, fue la primera rareza de verdad.

Estaba tomando café mirando al patio desde la ventana. Él salió del baño, pasó a la cocina, se sirvió agua. Cogió el bote de lentejas de la estantería, lo abrió, olió dentro, lo devolvió. No dije nada. Pero Pedro nunca come lentejas. Nunca le han gustado. Ya en la primera cita, me lo dijo entre risas: que las lentejas eran la cosa más triste del universo. Siempre lo recordé. Le hacía arroz, garbanzos, lo que fuera, pero lentejas jamás.

Y ahí estaba, oliéndolas, como si pensara probarlas.

¿Vas a querer lentejas? quise sonar neutra.

No, respondió y volvió al salón.

Me quedé mirando el bote largo rato.

El sábado llamó Marieta.

¿Papá ya volvió? preguntó al instante.

Sí, el miércoles.

¿Y qué tal?

Dudé un segundo.

Cansado del viaje, pero bien.

Vale. Mamá, en octubre vamos Santi y yo unos días, ¿te parece?

Por supuesto, hija, cuando quieras. Me hace ilusión.

No le dije nada. ¿Qué le iba a decir? ¿Que papá no había comprado pan y olía lentejas? No parece preocupante contado así. Ni suena a nada.

Pero yo ya sabía que algo no iba bien. No con la cabeza, ni con la lógica. Con esa parte que vive dentro de ti y avisa sin explicarte nada.

El domingo le propuse salir a andar. Algunos domingos íbamos hasta el Parque de los Jesuitas. No todos, pero sí a menudo. Le gustaba el banco cerca del estanque, comprábamos horchata si el quiosco estaba abierto, él se quejaba de la espalda, yo le decía que hiciera estiramientos, él protestaba, nos reíamos… Un ritual pequeño.

¿Te apetece ir al parque? le dije.

Levantó la vista del móvil.

¿A qué parque?

Al de los Jesuitas. Hace buen día.

Se lo pensó. Eso era raro, normalmente decía “venga” o “espera que cojo la chaqueta”. Dudar allí no tenía sentido.

Vale, dijo.

Fuimos en silencio. Yo no forzaba conversación, miraba. Él iba recto, mirando el paisaje sin interés ni desdén, sin la calma de siempre, más como alguien que memoriza por si se pierde.

A la entrada del parque, un señor mayor paseaba un cocker gordito y pelirrojo.

Mira, Churri le sonreí, porque todos los perros así los llamábamos así desde que nuestra antigua vecina, Faustina, tuvo uno hace años y lo adorábamos. Era un código nuestro, una broma privada.

Él miró al perro. Ni una reacción.

Churri, susurré de nuevo.

Buen perro, dijo, muy educado, serio.

Me detuve disimulando para mirar unos escaramujos. El corazón me iba a mil para un paseo tan tranquilo.

No recordó a Churri. O fingió no recordar. Pero, ¿por qué fingiría?

En el estanque ya no había horchata, la quitaron tras el verano. Pedro se sentó al banco, miró el agua.

Está bien aquí, comentó.

Venimos mucho.

¿Sí?

Le miré.

Pedro, hace diez años o más que venimos casi cada domingo.

Asintió sin alterarse, tranquilo.

Claro. Sólo he dicho que está bien.

Algo dentro de mí se apretó y no volvió a soltarse. La explicación me vino ya por la noche. Había leído alguna vez que, tras mucho estrés, la personalidad de las personas podía cambiar, resultando en una especie de sustitución. Pero aquí no hubo traumas. Sólo una conferencia de construcción, una semana fuera… Eso no transforma a una persona.

Me levanté a las tres, bebí agua, miré por la ventana. El patio estaba vacío, la farola parpadeaba. Me dije: espera. Puede que le haya pasado algo y no lo cuenta. Quizá le sentó mal algo, o una tontería. A cierta edad cualquier cosa te afecta. Espera.

Volví a la cama. Él dormía de espaldas a la pared. Le puse la mano en la espalda, suave, como siempre. No se movió.

El lunes llamé a mi amiga Luz, del barrio de San Bernardo, la conozco desde la universidad. Trabaja de administrativa en un centro de salud. Luz es directa y por eso la valoro mucho.

Luz, ¿puedo pasarme esta tarde?

¿Ha pasado algo?

No sé. Igual ni es nada. Sólo quiero charlar.

Ven a las cinco, estaré en casa.

En casa de Luz olía a bizcocho, siempre huele así aunque no haya cocido nada. Nos sentamos en su cocina, me sirvió té. Le conté. El pan, las lentejas, Churri, el claro del parque.

Luz escuchó. Luego calló un poco.

Marta, puede ser depresión. O quizá algo de memoria. Os estáis haciendo mayores, tía.

Luz, tiene sesenta y uno.

Da igual. El padre de Juan empezó igual a los sesenta y dos, tú verás.

Pedro no olvida. Siempre ha tenido memoria de elefante. Fechas, nombres, todo.

Todo cambia algún día.

Mire mi taza.

Luz, no es olvido. Es que me mira… como si fuera educado con una desconocida.

Partió un trozo de bizcocho.

¿Has descansado bien?

No.

Pues ya está. Te estás emparanoiando. Está cansado, quizás ha tenido lío en el curro, a saber. Dale una semana.

Asentí. Quizá tuvo razón. Seguro que sí.

Pero al volver, aquel bote de lentejas seguía en mi cabeza, ese gesto tan mínimamente ajeno, que aún me daba vueltas.

Pedro estaba en casa, sentado en la mesa de la cocina revisando papeles. Puse el agua. Empecé a sacar la compra. Siguió sin levantar cabeza.

He estado con Luz.

Ajá.

He traído bizcocho.

Levantó la vista.

¿De qué es?

De manzana. Tu favorito.

Ya no me gusta tanto la manzana.

Dejé la bolsa sobre la mesa. Muy despacio.

Pedro.

¿Qué?

Dijiste que era tu preferido desde pequeño. Lo decías siempre, que tu madre lo hacía contigo.

Me miró tranquilo.

Mi madre hacía el de almendra, en realidad.

Silencio.

Su madre, Rosa Garzón, murió hace doce años. Yo la conocí bien. La vi cocer bizcocho y rosquillas mil veces, siempre con manzana y nuez. Su especialidad. Lo recordaba mejor que yo.

Pedro, Rosa hacía de manzana le dije bajito. Recuerdo el olor, la mesa de hule en su cocina.

A lo mejor sí. De eso hace siglos, dijo volviendo a los papeles.

Salí al salón, me acerqué a la ventana. En la calle pasaba la vida normal de otoño.

Saqué el móvil, busqué a su hermana mayor, Purificación, vive en Ávila. No se ven mucho, pero se escriben a veces. Llamé.

¡Martita! contestó, siempre tan simpática. ¿Qué tal?

Puri, sólo una dudita. ¿Cómo era el bizcocho que hacía tu madre?

Pequeña pausa.

Siempre de manzana, hija. Y a veces con nueces si había. ¿Por qué lo preguntas?

Por nada, era por un detalle de receta. Gracias.

Ruegué no sonar ridícula al colgar. Las piernas me temblaron. Me repetí: puede ser la memoria, cosas de la edad. A lo mejor habría que llevarle al médico. Hablarlo claro.

En la cena pregunté:

Pedro, ¿te duele la cabeza estos días?

No.

¿Duermes bien?

Bien.

¿Querrías ir al médico a hacerte un chequeo?

Dejó el tenedor.

¿A cuento de qué?

Para el tensionómetro, hace tiempo que no vas.

Me la tomo en casa. Está bien.

Me dejas preocupada.

Me dijo, mirándome fijo y largo:

Marta, estoy bien. Por favor.

Recuperó el tenedor. Tema zanjado. Siempre tuvo ese arte para cortar de raíz una discusión, sin levantar la voz, con una frase límite. Ya lo sabía y casi nunca insistía.

Pero esta vez no podía dejarlo estar. Mientras cenaba, no podía sino preguntarme: ¿así coge él el tenedor? Pensé que siempre iba más recto. Ahora lo veo algo encorvado. Pero siempre lo sujetó con la diestra, seguro.

Recogí y fui al baño. Me miré al espejo. Una mujer mayor, pelo corto encanecido, arrugas junto a los ojos, que Pedro siempre decía que eran de risa, no de edad. Pensé: Marta, estás exagerando. No sabes ni cómo sujeta el tenedor. Es sólo la extrañeza.

Me lavé la cara y fui a dormir.

De madrugada, me despertó el silencio, cerrar los ojos y notar que no había nadie al lado. Palpé y sólo encontré frío en el hueco.

Me levanté. La luz de la cocina seguía encendida. Él, sentado ante la mesa, escribía en una libreta. Sorprendente, porque hacía años que no escribía nada a mano.

Pedro

Alzó los ojos, tranquilo. Casi como si me esperara.

No consigo dormir, dijo.

¿Qué escribes?

Pensamientos.

¿Puedo verlo?

Pausa.

Es algo personal.

No era Pedro decir así. Diecisiete años y nunca me contestó con un es personal. Teníamos espacios propios, sí, pero no esa frase, no en ese tono.

Vale, di media vuelta.

Oí el sonido del bolígrafo, el clic del interruptor, volvió al dormitorio tiempo después.

Por la mañana no encontré la libreta en la mesa.

La busqué, no sé por qué. En los cajones de la cocina, en su mesilla, donde nunca metía mano. Vacía. Nada.

Se la llevó.

Me fui al cole, me refugié entre estanterías con olor a papel viejo, esa seguridad muda. Recolocaba libros, respondía preguntas de la nueva, Inés, ayudaba a buscar revistas viejas. Un día más.

Al mediodía, sentada en la sala de profesores, pensé en cómo saber si una persona ha cambiado de verdad, no por tonterías de la edad, sino de fondo. Y recordé el término: despersonalización. Lo leí alguna vez. Cuando el de al lado cambia tanto que parece otro. A veces es algo médico, a veces es la vida. Pasa a menudo tras los cincuenta, tras los sesenta, cuando los hijos ya no están y lo que queda entre los dos se ha hecho extraño.

Pero yo conocía a Pedro. De verdad.

Esa tarde llegó antes a casa. Cuando entré estaba apoyado en la ventana de la cocina, simplemente mirando.

¿Qué haces, Pedro?

Observar.

¿El qué?

Nada, sólo mirar.

No era para nada su carácter. Si estaba parado algo pensaba, hacía garabatos, discutía consigo mismo. No, mirar por mirar nunca.

¿Cómo fue el día?

Normal. Las clases, lo de siempre.

¿Y los chicos?

Ahí siguen.

Saqué pollo para hacer la cena.

Cuéntame algo de Valladolid, anda, dije de espaldas.

¿El qué?

No sé, cuéntame lo que sea, estuviste una semana fuera.

Pausa.

Hotel sencillo. Charla en la Universidad, visitamos una urbanización nueva. Ya está.

¿Gente? ¿Amigos, colegas?

Algunos.

¿Venancio estaba?

Venancio López, jefe suyo en el instituto. Siempre en esas jornadas, amigos de toda la vida, él de Salamanca, iban juntos a pescar hace poco.

¿Venancio? No, no fue.

Siempre va a esos cursos.

Esta vez, no.

Vale. Puede que no fuera. Pero esa noche mandé mensaje a su mujer, Mercedes. No éramos íntimas, pero me atrevía: ¿Merche, Venancio volvió bien de Valladolid?

Contestó en cinco minutos: Hola, Venancio no fue, le dijeron a última hora, estuvo en casa todo el tiempo. ¿Pasa algo?

Le contesté que todo bien. Guardé el móvil hasta el colchón.

No sabe si Venancio estuvo o no. O lo sabe y me miente. ¿Para qué?

Tal vez pelearon y Pedro lo calla. Algo privado. O… ni estuvo nunca en Valladolid. ¿Y si la semana la pasó en otro sitio?

Basta, me dije. Estás llevando esto demasiado lejos.

Al día siguiente, miércoles, busqué excusa. Le dije que necesitábamos cortinas nuevas, y que podíamos ir al El Telar, la tienda grande de tejidos en Gran Vía. Íbamos de vez en cuando. Él se aburría allá, me decía que eligiera cualquier cosa y luego nos tomábamos churros en la cafetería El Sol de al lado. Nuestro micro-ritual.

¿Vamos hoy? pregunté.

¿A dónde?

A El Telar. Por las cortinas.

¿Hace falta?

Las viejas ya están deslucidas.

Encogió los hombros.

Está bien.

Fuimos. Estuve dando vueltas, pregunté opiniones, él contestó distraído. Luego dije:

Después vamos a por churros, ¿vale?

¿Dónde?

La cafetería aquela, la de los churros. Siempre vamos.

Me miró.

No conozco ninguna.

Le sonreí. Aposta por aparentar calma.

Se te ha olvidado, fijo. Ven, te enseño.

Fuimos al rincón, la fachada amarilla de El Sol. Llevaba ahí más de veinte años.

Mira. ¿Ves ahora?

Miró el letrero.

Ah, dijo no reparé nunca.

Compramos churros. Le observé. Actuaba normal, parecía pendiente de mí, incluso me preguntó si tenía frío. Todo era muy normal, y sólo una vez se quedó mirando fijo el letrero, como intentando recordar o memorizar.

Pedro…, le dije en voz baja. ¿Te acuerdas de mí?

Giró la cabeza, algo sorprendido.

¿Cómo no voy a acordarme? Eres Marta, mi mujer.

Ya, pero… ¿de nosotros? ¿De lo que compartimos?

¿Qué te pasa, Marta?

Nada. Sólo que últimamente… eres diferente.

Todos cambiamos.

Eso es literal lo que pensaba hace unos días. Siempre decías que la gente no cambia.

No dijo nada. Siguió comiendo churro.

Igual yo también cambio, añadió al rato.

Volvimos en el bus. Miraba por la ventana y pensaba que el miedo de no reconocer al de al lado no es invento. Y si hay un secreto, suele tener raíz.

El jueves, ya fuera me metí a su despacho. Nuestra tercera habitación, que llamamos despacho pese a ser un apéndice. Su mesa, estantería, papeles. No suelo hurgar, pero abrí el primer cajón.

Allí, la libreta.

La cogí. Al principio hojas vacías. Luego, en el medio, empezaban listas escritas a mano. Mano menuda, recta, no era la de Pedro, que siempre escribió con más prisa y desorden. Casi parecía letra de escuela.

Leía: Marta. Esposa. 58 años. Bibliotecaria. Hija, Marieta, Madrid. Café sin azúcar. Quiere cambiar cortinas. Luz, amiga, centro de salud. Más abajo: Bizcocho de manzana, supuestamente le gusta. Parque de los Jesuitas. Cocker, se llama Churri, broma. Y otra: Rosa, madre. Bizcocho manzana/almendra. Comprobar.

Dejé de respirar.

Eran apuntes de alguien que está estudiando cómo es nuestra vida. Repasando detalles para no equivocarse.

Guardé la libreta, salí, me serví agua, bebí. Intenté pensar.

¿Quién es este hombre?

Vive aquí una semana. Se parece a Pedro. Habla con su voz, sabe que soy Marta, que tenemos una hija llamada Marieta, que tomo café solo. Pero lo apunta, lo estudia.

Llamé al colegio, dije que me encontraba mal. Me pasé el día sentada, en silencio. Buscando lógica: amnesia, trastorno Puede haberlo. A lo mejor pasó algo en Valladolid, o ni siquiera estuvo ahí. Puede estar perdiendo la memoria y le da vergüenza decirlo. O se busca a sí mismo tomando nota de nuestra vida sin poder admitirlo.

Explicaría casi todo.

Pero la letra No lo explicaba.

Nunca presté mucha atención a la letra de la gente, pero la de Pedro la conocía mil veces, en la lista de la compra, en recaditos, en los post-its de feliz aniversario. Es suya, y la de ese cuaderno era otra.

Vale. La letra de uno cambia, después de un ictus, por ejemplo. Pero entonces habría otros síntomas: caídas, dificultad al hablar

Me froté la cara con ambas manos.

Llegó a las siete. Tenía la cena lista, la mesa puesta, la casa razonablemente las cosas como siempre. Por sentir que hacía algo.

¿Has descansado? preguntó. No fuiste al colegio.

Me dolía la cabeza. Ya estoy bien.

Asintió, dejó la cartera, lavó las manos. Rutina.

Durante la cena, le miré y pensé cómo es perder a alguien que sigue delante sin marcharse realmente, pero que deja de estar.

Pedro

¿Sí?

Cuéntame algo nuestro. Cómo nos conocimos.

Alzó la vista, con calma.

¿Por qué lo quieres saber?

Me gusta escucharlo.

Dejó el tenedor y pensó.

Nos presentó un amigo, fue en un cumpleaños. Ibas con un vestido azul.

Eso era cierto. Cumpleaños de Pepa, 23 de septiembre del 97. Hasta ahí, bien.

Luego nos vimos un par de veces más, prosiguió. Al final empezamos a salir.

Pausa.

Y ya, concluyó.

Le miré.

¿Y después?

Nos casamos, nació Marieta, compramos el piso.

Pedro, cuando me pediste casarme, ¿a dónde fuimos aquel día?

Marta…

Dímelo. Por favor.

Calló largo rato.

Hay cosas que no recuerdo tan exactamente, dijo al fin. Hace mucho de aquello.

Tú decías que recordabas cada minuto. Lo contaste el día de nuestra boda de plata.

Silencio.

Pedro, ¿a dónde fuimos cuando me pediste casarme?

Me miró mucho rato. Ni enfado ni timidez. Algo distinto. Algo de cansancio, de cálculo.

Marta, dijo bajo. No sé cómo contestar eso ahora.

Churri, ¿te acuerdas de él?

Silencio.

No.

¿Y de tu madre? De Rosa.

Me acuerdo de su cara, de su voz. Detalles… no.

Le miraba. Él la taza.

Pedro, ¿cuándo empezó esto?

No sabría decir. Fue poco a poco.

Y no me dijiste nada.

No supe cómo.

¿Tomabas notas para no meter la pata?

Sí.

Tu letra no es la misma.

Larga pausa. Dejó la taza.

Ya lo sé.

¿Cómo se explica esto?

No contestó. Miraba la mesa. Esperé un buen rato.

Pedro, mírame.

Levantó los ojos. Sus grises, los de siempre.

¿Eres tú? pregunté muy bajo. ¿Eres mi Pedro?

Y, por primera vez, vi en sus ojos algo real. Dolor, parece. O confusión. O algo sin nombre para mí.

Marta, no sé cómo responderte.

Le miré las manos cogiendo la taza, la forma de la barbilla, las sienes canosas.

¿Eso es sincero? pregunté.

Lo más sincero que puedo.

Afuera llovía, una lluvia chica, de Salamanca. Golpeaba el alfeizar. Un ruido de siempre.

¿Qué se hace con esto? no era pregunta para él, sólo salió.

No lo sé, respondió y sonó tan cierto.

Me fui al fregadero. Me serví un café solo. Miré la calle mojada.

Por detrás, le oí levantarse. Se puso justo a un paso de mí.

Marta.

Dime.

Recuerdo tu voz. Desde el principio. Las cosas que dices, cómo las dices. Eso lo recuerdo.

No me giré.

Es poco.

Lo sé.

La lluvia seguía, un coche pitó, luego silencio.

Necesito tiempo, dije al fin.

Vale.

No sé qué va a pasar.

Lo entiendo.

Le miré al volverme. Él me miraba como queriendo decir algo más, sin atreverse o sin saber cómo.

Dime una cosa, le pedí.

¿Qué?

¿Quieres estar aquí?

Tardó en contestar. La lluvia se colaba por la rendija.

Sí, dijo. Quiero estar aquí.

Le miré. Al hombre que vivía en mi casa, que sabía mi nombre, que hacía listas, olvidaba recuerdos, escribía con otra letra, pero aún cogía la taza igual que siempre.

Entonces vete a por pan, le dije. Al de pueblo. A Los Robles de la Calle Real.

Asintió. Cogió la chaqueta y se fue. Paró en la puerta.

Marta.

¿Sí?

¿Me contarás lo de aquel sitio?

Me quedé pensándolo.

Ya veremos, dije.

La puerta se cerró. Me quedé frente a la ventana con el café, escuchando sus pasos bajando. Cuarto piso, dieciséis peldaños. Siempre los he contado.

Dieciséis.

Le vi salir al patio bajo la lluvia, se subió el cuello de la chaqueta, un hombre cualquiera en un día lluvioso.

En la esquina, giró hacia Los Robles.

Me quedé con la taza sin saber qué pensar ni sentir. Dentro sentía algo parecido al silencio tras el ruido, no paz, tampoco angustia, sólo un vacío donde ni siquiera hace falta fingir que ya no quieres buscar respuestas.

El móvil vibró. Luz.

¿Cómo estás?

No lo sé.

¿Hablaste con él?

Sí.

¿Y?

Seguía lloviendo en la ventana, él ya se iba de la vista.

Luz, ¿tú podrías vivir con alguien que no sabe quién es?

Pausa.

¿Eso te ha dicho?

Algo así.

Marta, tenéis que ir al médico. En serio, esto no se arregla de charla en la cocina.

Lo sé.

Entonces, ¿qué piensas hacer?

Dejé el café en la repisa.

No lo sé. Se ha ido a por pan.

¿A por qué pan?

Al de pueblo. De Los Robles.

Luz calló un segundo.

Marta, me preocupas.

Estoy bien, Luz. Te llamo luego.

Colgué, recogí la taza. Di un sorbo. Frío ya, pero bueno.

Dieciséis peldaños. Yo siempre los contaba.

A los veinte minutos, golpeó la puerta del portal. Pasos subiendo. Dieciséis otra vez.

No me moví.

La llave giró.

Toma, dijo desde el recibidor. He encontrado el último.

Me giré. Estaba en la puerta, pan en mano, mojado, el flequillo pegado a la frente.

Déjalo en la mesa.

Obedeció.

Nos miramos.

¿Quieres té? ofrecí.

Venga.

Puse el agua. Él colgó la chaqueta, se sentó. Detrás de mí, su silencio no era tenso, ni inquietante. Sólo estaba ahí.

Marta, dijo. ¿Me cuentas lo de aquel sitio?

La tetera comenzó a hervir despacio, luego más fuerte.

Me quedé pensándolo.

Ahora no, contesté. Quizá luego.

Vale, aceptó.

La tetera silbó.

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