Perdóname, hijo mío.

Perdóname, hijo mío.

Todo era humo y niebla en este sueño; una familia etiquetada por los demás como desestructurada, aunque la palabra flotaba por la casa como un susurro triste. Marianela criaba sola a su hijo Cristóbal desde que se divorciara, apenas cuando el niño aprendía a caminar. Ahora, con 34 años, Marianela era contable en una humilde oficina de Toledo, y Cristóbal, con catorce, parecía perderse entre los muros de la adolescencia.

Su vida, en los últimos meses, se trastornó. Si hasta quinto de primaria el muchacho era buen estudiante, después los suspensos comenzaron a multiplicarse, como una lluvia fina de otoño. Marianela ya sólo pedía al cielo que Cristóbal terminara la secundaria, logrando, aunque fuera, un oficio honrado. Pero, siempre la llamaban del instituto: la tutora, doña Rosario, no tenía piedad. Reprendía a Marianela andando los pasillos, rodeada de profesores que tampoco olvidaban detallar los líos y pifias de Cristóbal.

Ella regresaba andando lentamente por la calle empedrada de su barrio modesto, la cabeza llena de pájaros malos y un cansancio que le pesaba en los huesos. Sus reproches volaban por el piso al llegar a casa, pero Cristóbal los recibía callado, con las manos en los bolsillos, la mirada perdida. Seguía sin ayudar, ni en los deberes ni en la mesa; la casa, flotando en un caos plomizo.

Aquella noche soñada llegó a casa y vio, otra vez, el salón hecho un lío, cuando por la mañana le recordó: Al volver, recoge un poco, Cristóbal, no tardes. Puso la tetera de barro en el fuego, pero cada movimiento le pesaba una tonelada. Al pasar el paño por los muebles, algo faltaba. La vio: la ansiada jarrón de cristal, regalo de sus amigas cuando cumplió veintiocho, la única cosa de valor en la casa desaparecida.

El corazón le golpeó el pecho. ¿Se la habría llevado? ¿La vendió? Los pensamientos se sucedían, cada uno peor. Hace poco, lo había visto callejeando con chicos de aspecto revoltoso. Al preguntarle ¿Quiénes son?, sólo contestó con vaguedades, los ojos diciendo claramente: ¡No es asunto tuyo!. Esa chiquillería no le puede traer nada bueno, pensó Marianela, con un escalofrío negro.

¡Dios mío, igual le han liado estos chavales! ¿Y si fuma? ¿O peor…? Bajó corriendo la escalera, fuera la noche era un estuche vacío, con algunos transeúntes tapados hasta los ojos. Caminó sin rumbo hasta que las piernas no la llevaron más. Volviendo a casa, toda rota, la culpa le quemaba las mejillas: La culpa es mía, solo mía. Aquí, en casa, no tiene sitio donde respirar. Hasta lo despierto a voces por las mañanas, y por las noches… ¡Qué madre me ha tocado ser para mi hijo, qué desastre!

Lloró mucho, tanto que ya no quedaban lágrimas. Se afanó en la limpieza, como si borrar el polvo pudiera limpiar también sus miedos. Entonces, al barrer tras el frigorífico, tropezó con un periódico arrugado. Al tirar, sonó el tintineo de cristales rotos: despacio desenvuelve los trozos rotos de la jarrón desaparecida, guardados en secreto.

Ha sido un accidente ¡No la vendió, la rompió! Marianela dejó caer los hombros, las lágrimas ahora sabiendo a alivio. Escondió los cristales, y entendió: su hijo debía de estar vagando por ahí, asustado de volver y enfrentar su enfado. Pero al pensarlo, se paralizó no, no era ningún tonto. Imaginó su reacción si él le hubiera enseñado la jarrón rota; imaginó su rabia… Suspiró y se fue a preparar la cena mecánicamente. Puso la mesa con primor, dispuso los platos, las servilletas de tela tejidas por su madre.

Cristóbal regresó pasadas las once, la luna colgada del balcón como una peseta vieja. Entró despacio y se quedó en el umbral. Marianela corrió hacia él: ¡Cristobálito, dónde estabas, cielo mío? He estado esperándote tanto… ¿Tienes frío? Le tomó las manos heladas entre las suyas, las besó con ternura y dijo: Corre, lávate las manos. He hecho tu cena favorita.

Sin entender nada, él fue al baño. Luego, en la cocina, la madre le habló: Ven, he puesto la mesa en el comedor. Cristóbal entró y encontró la estancia blanqueada, recogida, perfumada de lavanda y sopa caliente. Se sentó a la mesa, más tímido que nunca. Come, hijo mío, susurró Marianela, dulce, como hacía años que no se permitía. Él, con la cabeza baja, sin atreverse a empezar.

¿No comes, chiquitín? preguntó ella.

Él levantó la mirada, los ojos brillando de pena:

He roto la jarrón, mamá.

Ya lo sé, mi vida dijo Marianela, arropándolo con la voz. No importa. Todo se rompe alguna vez.

Entonces Cristóbal, vencido por el sueño y el remordimiento, lloró sobre la mesa. Marianela lo abrazó, y también sollozó suavemente. Cuando la tormenta amainó, se atrevió a decirle:

Perdóname, hijo mío. Siempre grito, siempre estoy regañando Es duro para mí, cielo. ¿Crees que no veo cómo vas vestido, tan distinto de los demás? Estoy agotada, trabajo demasiado; hasta los papeles me traigo a casa. Perdona, nunca más te haré daño.

Comieron en silencio y se acostaron, casa sumergida en una paz blanca. Aquella mañana no hizo falta despertarlo. Al salir al portal, Marianela le besó en la mejilla y sonrió: Hasta la tarde, cariño.

Aquella noche, al regresar del trabajo, vio que el suelo relucía, y Cristóbal había freído patatas para cenar.

Tras aquello, Marianela prohibió hablar nunca más de notas ni del instituto. Si a ella le hería ir a la escuela, ¿cómo se sentiría él? Cuando un día su hijo le dijo que continuaría estudiando bachillerato, no mostró sus dudas. Una tarde, curioseó su agenda de tapadillo no había suspensos.

Pero el día que más recordaría en el sutil país de los sueños, fue ése en que sacó sus cuentas en la mesa después de cenar. Cristóbal se sentó a su lado y, en silencio, empezó a ayudarle a sumar. Al cabo de un rato, él dejó caer la cabeza sobre el hombro de Marianela, como de niño, cuando se dormía encima de su brazo.

Y así, entre cuentas, caricias y las sombras titilando en la pared, Marianela entendió que había recuperado a su hijo, y un candil cálido volvió a arder en la casa.

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