Sombras

Sombras

Cuando Andrés salió de la coma, en la que había estado sumido durante varios años, y por fin pudo dejar el hospital, ya en su primer paso al mundo, notó que la realidad había cambiado de forma extraña. No, no es que hubiesen aparecido taxis antigravitatorios, ni la gente ni los coches volaban, tampoco los demás ciudadanos vestían o vivían de modo diferente, pero…

Lo que más le sorprendía era otra cosa: nadie parecía prestar atención a nada de lo que pasaba, como si todo se hubiera vuelto tan cotidiano y normal, y las preocupaciones y rutinas fueran tan absorbentes, que los acontecimientos del entorno ya no asombrasen ni escandalizasen a nadie. ¿Pero cómo podía ser eso?

Andrés, todas esas sombras que ves aparecieron justo el año en que te ingresaron. Primero el mundo se tambaleó con las pruebas de la nueva bomba de adros. Los científicos lo achacan a eso, porque el poder destructivo de esa arma y las consecuencias de sus experimentos asustaron a la comunidad internacional, y también a cada persona en el planeta. Yo no soy precisamente una experta en física, pero la explicación más extendida fue esa; lo comentaban en todos los tertulias de aquellos años comentó Clotilde Alfonsa con una media sonrisa. Desde entonces se publica menos sobre ello, aunque en Internet puedes encontrar información de sobra. La Tierra realmente tembló: hubo tormentas, tsunamis, el cielo cambió a un tono amarillo, el clima se volvió loco, y durante un año todos personas y naturaleza intentaban recomponerse. También hubo terremotos, no de los más fuertes aquí en España, pero se sentían y asustaban. Incluso apareció un extraño arco de luz, como un destello de soldadura que partía de los polos y se lanzaba al espacio. Las noches eran luminosas, incluso con ceniza y polvo en el aire. Nadie imaginó algo así. Se esperaba que fuera a ocurrir una catástrofe mayor o, incluso, que surgiera un agujero negro, pero, por suerte, todo se detuvo solo. Quizás, de verdad nos protege alguna fuerza superior.

Quizá, ¿por qué no? ¿Y cómo reaccionó la naturaleza a tal desastre?

Fue terrible, Andrés. Muchas especies de animales y plantas desaparecieron. Los parques de las ciudades cambiaron: los copos de los árboles se secaron. El agua de los mares se calentó, murieron arrecifes, el plancton, y casi nos lleva a otra debacle global. Después, vino la erupción de varios volcanes. Cuando la ceniza por fin descendió, como si alzaran el telón de un teatro, apareció eso de lo que me preguntas: además de la vida cotidiana, había surgido otra; la vida de las sombras. Si miras atentamente, es una vida parecida a la nuestra, pero sin cuerpo ni voz. Ahora en todas partes el mundo se duplica con esa silenciosa existencia, como una película muda gratuita. Pero la gente ya se ha acostumbrado. Te adaptas y dejas de prestar atención.

¿Entonces, qué? ¿Vemos un mundo paralelo? preguntó Andrés, dejando el té en la mesa y fijando la mirada en su interlocutora.

Eso dicen los estudiosos más avanzados. A veces lo contemplo como si fuese una serie: ves un edificio y, al lado, la sombra de ese mismo bloque o de otro distinto. A veces, dentro de casa, la imagen atraviesa las paredes. Yo llamo a ese espectáculo: La vida de las sombras memorables.

¿Como ondas que cruzan el concreto? Es como estar dentro de un cine, o como si todos vieran diapositivas. ¿Y la gente lo vive tan tranquila? ¿Y si significa algo? Supongo que los científicos siguen trabajando

Nada más, Andrés, te puedo decir que en lo demás no ha cambiado la vida. Solo que todo está más caro, pero como siempre, nunca baja. Espero que tengas ahorros, que sin trabajo no vas a durar mucho.

Me queda algo, espero que para empezar me sirva; ahora, a vivir con modestia, claro…

Ahora, hijo, los precios nos igualan a todos, aquí mucha ostentación no se ve.

Tras salir de casa de Clotilde Alfonsa, la vieja amiga de su madre y casi familia para ellos, a la que Andrés fue a buscar las llaves de su piso, salió despacio, apoyándose aún en sus piernas poco firmes, con rumbo a la calle Federico García Lorca, donde vivía. Por el camino se paraba a menudo, observando el teatro de las sombras o aquella otra vida.

Un hombre entraba en una sala; le recibía, seguramente, su esposa; no se sabe si bella o no, pero la sombra parecía bastante común. Él, algo corpulento, se quitaba su gorra, y luego extendía una mano, como si señalara hacia donde estaba Andrés y ¿Es que pueden vernos también ellos?

No, de eso no se ha oído nada, ni se ha publicado nunca nada semejante, seguro que fue una ilusión o simple coincidencia le explicó Antonio, el amigo con el que últimamente más hablaba Andrés. Todas las observaciones coinciden en que solo nosotros los vemos a ellos; no ellos a nosotros.

Ya en casa, Andrés abrió de par en par todas las ventanas, buscando aire fresco que ahuyentara el olor a encierro. Se detuvo ante el aparador y contempló una foto de su esposa y de su hijo: Debería llamar a Pablo; ¿cuántos años tiene ya? Dieciséis. Murmuró casi sin voz.

Con María se separaron un año antes de la coma. Era ya imposible convivir; no quedaban temas comunes salvo las obligaciones. Y, siendo aún jóvenes, pudieron buscar la felicidad y nuevas emociones juntos, así que la ruptura, que Andrés recordaba como propuesta de María, no fue un drama. Incluso el divorcio resultó algo anodino, sin grandes emociones. Lo que sí pesaba era la soledad, la sensación extraña de la separación, sobre todo por el niño, Pablo Andrés.

Dieciséis años ya, pensó Andrés, con una media sonrisa.

A la mañana siguiente, pasó horas buscando información en Internet sobre las pruebas de esa bomba nueva y sus secuelas.

Uno de los textos decía:

«Al chocar protones, los quarks se fusionan en bariones. El proceso libera mucha energía. Además, la interacción hadrónica es fortísima y, al romperse, libera una energía incomparable incluso con la fisión de un núcleo de uranio. Por la fisión de un solo núcleo de Uranio-235 se liberan 200 MeV».

Al final, los humanos vamos a acabar con nosotros mismos, y este fue el primer paso dijo en voz alta mientras desayunaba, y decidió que ya había leído suficiente de aquello. Lo que de verdad le intrigaba eran las sombras, pero los científicos tampoco parecían tener respuestas: todo eran teorías, nada concreto.

Llamó a su hijo, quedaron para verse, luego preparó la cena, se sirvió una caña y estuvo a punto de apagar la luz, pero al final, prefirió observar un poco más la vida de las sombras, esas figuras que veía tras las paredes de su piso. Eran como dibujos en blanco y negro el negro y todos los matices del gris, huecas por dentro, solo los contornos; los límites exteriores. Y atravesaban cualquier obstáculo: muebles, muros, edificios, el propio hormigón.

Allí estaban: dos figuras, hombre y mujer, discutiendo. Después la chica se marchaba a otra estancia, detrás iba un niño, el chico se quedaba parado. Ella pasaba el aspirador. Seguro que están limpiando, pensó Andrés, qué cosa más rara, parece que uno mira la vida ajena, con la incertidumbre de que te puedan observar también a ti.

Andrés se levantó y apagó la luz; disminuyeron las sombras hasta perderse en la oscuridad, tras correr las cortinas para librarse de la constante luz urbana.

Mira, lo que no entiendo es si ese mundo paralelo es nuestro mundo duplicado, o si no tiene nada que ver con él le preguntó un día a Antonio, cuando se encontraron dando un paseo mientras Antonio empujaba el carrito de su hijo.

Pues no lo sé, nunca lo había pensado; yo siempre lo di por hecho, que era una duplicación.

Es curioso, porque parece nuestro tiempo, pero, ¿será realmente un calco o suceden otras cosas?

Yo creo que en cualquier universo paralelo, todo se parece a este, pero los cambios dependen de las decisiones clave que toma la gente. Imagina que te plantas en una esquina y decides ir a la izquierda, y, en el mundo de sombra, alguien como tú ha elegido a la derecha. Seguro que alguna vez pensaste, ¿qué habría sido de mí si hubiese hecho otra cosa? Pues esa cadena de decisiones lleva a otros acontecimientos diferente.

Sí, pienso mucho en cómo habría sido mi matrimonio…

Es lo normal. Quién sabe, tal vez allí no te separaste, sigues en matrimonio.

Oye, ¿tú te has fijado si las sombras mantienen la geografía? Las casas, los tejados ¿la sombra de la ciudad se corresponde con nuestra ciudad?

Nunca me fijé tanto. Prueba a observar tú. Ahora tienes el tiempo, hasta que encuentres trabajo. Y ni idea de si esto que vemos ocurre en España, o si son, yo qué sé, de otras partes. Hay que dedicar tiempo para averiguarlo.

A lo mejor debería ir al Cerro de San Pedro y ver desde arriba

Hazlo, luego me cuentas. Yo me tengo que ir ya, que se nos ha hecho tarde. Un abrazo.

Cuídate. Hasta pronto.

Días más tarde, entre los mil colores del principio de otoño, Andrés subió en el teleférico al cerro junto al límite de la ciudad. Desde allí arriba, pronto comprendió que no era tan sencillo identificar si los mundos se solapaban geográficamente. A veces le parecía encontrar similitudes, otras veces no. Observando con más calma, descubrió que el mundo de las sombras coincidía con el cerro, pero sentía que aun así, desde la ciudad era más fácil espiar a los habitantes sombríos.

El otoño seguía derrochando belleza y Andrés, encontrándose con Antonio, compartió sus conclusiones.

¿Dónde te has metido todo este tiempo? ¿Has seguido investigando el mundo de las alturas?

Sí, los primeros días en el cerro y recorriendo la ciudad no saqué nada claro, pero poco a poco fui encontrando similitudes respondió Andrés. Al final puedo asegurar que ¡sí que hay correspondencia geográfica!

¿En serio? ¡Qué fuerte! Podrías contárselo a los científicos de la Castellana, lo mismo te dan el Nobel.

Sí, claro, bromitas respondió Andrés riendo.

Es una pasada lo que has descubierto. Pero ¿qué pega le encuentras?

Por más que busco, no me encuentro a mí mismo en el mundo de las sombras. Llevo mucho tiempo intentándolo y, nada. Quizás buscarse allí no tenga sentido

Se me ocurre justo ahora: si todo depende de decisiones clave, ¿cuál fue ese giro en tu vida, ese que pudo haberte llevado a otro sitio, a otra vida? Tal vez cada uno vea reflejos de sus propias posibilidades, algo propio y distinto.

He pensado en ello. Quitando la infancia y juventud Creo que nuestra mudanza desde El Encinar, cuando decidimos dejar el viejo hogar de mis padres y vender. A veces me pregunto, ¿qué habría pasado si no?

Exacto. Hay que buscar, preguntar, intentar.

¿Entonces tengo que buscarme en El Encinar?

¿Por qué no? Esa decisión tuya, ese punto de inflexión, quizá en el mundo de las sombras nunca ocurrió. O sea, todo igual, pero con matices. Además, aún recuerdo que tú te resistías a mudarte: quisiste convencer a María, pero al final cediste a sus argumentos de que era mejor para trabajar y tener al niño en la ciudad. ¿Cuántos años tenía entonces?

Unos cuatro. ¿Por?

Nada, pensando que igual ocurre en momentos distintos, pero son conjeturas.

Si hay diferencias en geografía, ¿por qué no en el tiempo?

Puede, todo es probar; quien no arriesga, no gana. A lo mejor ni tienes hijos allí, o tienes más, o lo que sea… No te obsesiones.

Tienes razón. El próximo finde iré a El Encinar. ¿Te vienes?

Imposible, tío, ya tengo compromiso familiar con Lucía y vendrán sus padres.

Bueno, pues voy solo y así tengo tiempo.

La llamada de María lo pilló mirando viejas fotos de familia.

Hola. Sonó su voz sosegada, y a Andrés le pareció que sonríe al otro lado.

Hola, ¿cómo estás? contestó él, algo nervioso.

Bien. ¿Hace mucho que saliste del hospital?

No tanto, cerca de un mes, justo cuando acababa el verano.

¿Y te encuentras mejor?

Sí, poco a poco. Hay que andar mucho para fortalecer las piernas, así que siempre intento salir, aunque por la noche tengo molestias, pero no queda otra. ¿Y Pablo?

Bien. A tope con el instituto, entrenamientos, idiomas Este curso es importante, pronto tocará elegir carrera.

Lo llamaré, quiero verle.

También él quiere.

El silencio se coló hasta que María, al fin, habló:

Solo quería saber cómo estabas.

Gracias, estoy bien. Me alegro de oírte.

Vale. Recupérate del todo y ponte en forma.

Lo haré, gracias. ¡Hasta luego!

Un beso.

Bueno, ya hemos hablado, murmuró Andrés casi sin emoción, acercándose a la ventana.

La calle ya era claramente otoñal. Los arces relucían en rojo, llamaba la atención el juego de las hojas amarillas y verdes de los castaños agitadas por el viento, que las hacía bailar de un lado a otro como si ejerciera de jardinero planeando el mejor diseño para la acera. El humo dulce de las hogueras de hojas se colaba algún momento, ese olor tan grato desde niño. Sonrió. Siempre le fascinó el otoño, sobre todo cuando toda su familia vivía feliz en el campo: la época de cosechar en el huerto, recoger setas y escaramujos, mañanas mágicas entre la bruma; hacía una lumbre en la parcela y quemaba hojas y ramas. Recordaba los ojos de su hijo brillando con el fuego, las salidas al bosque, las excursiones de pesca

***

Se encendieron las farolas durante aquellas meditaciones y recuerdos. Anochecía pronto. Era una calle peculiar y peatonal, sin coches que alterasen la calma. Solo al fondo retumbaba, muy a lo lejos, el tráfico del Paseo de la Castellana, perpetuo día y noche.

Pablo le recibió con alegría y nervios. Pasearon por la Gran Vía, escucharon una orquesta callejera y, ya cansados, buscaron dónde sentarse para tomar un café; acabaron entrando en una cafetería de la calle Mayor esquina con Cervantes.

Bueno, así están las cosas, si todo sale bien.

Ya ¿Y tú qué prefieres en el fondo?

Me tira más bien lo de idiomas.

¡Pues entonces!

Pero mamá insiste

¿Qué le pasa a los idiomas?

Ella dice que el futuro es la informática. Habla de los salarios de los programadores.

Bueno, puede ser, pero lo importante es hacer lo que uno disfruta. Ser profesional es lo que da futuro, el campo da igual. Además, llevamos años diciendo que lo digital lo conquistaría todo, pero ¡no va a desaparecer el resto de empleos!

Por eso me he apuntado a más clases extra de idiomas.

Muy bien hecho. Vas a ser el lumbreras de la familia. Yo de alemán no me acuerdo de nada y eso que me lo metieron a base de reglas. Lo mismo recuerdo dos palabras sueltas, nada más.

Pablo se rio. Andrés se sintió un poco más feliz.

Le acompañó después al metro y volvió a casa lentamente.

Curioso, un chaval tan listo de padres nada brillantes, es sorprendente, pensó Andrés, parando ante el super. Entró a hacer alguna compra.

Temprano, una mañana, Andrés cogió el coche y puso rumbo a El Encinar. Una hora de carretera, sesenta kilómetros, y ya estaba cerca de la casa donde vivió, seguramente, sus años más felices. Esperó un rato a que el espeso velo de niebla se disipase. Pero las sombras ya se veían relativamente bien, incluso entre la bruma.

Si no hubiésemos cambiado la vida del campo por la ciudad, ¿qué habría pasado?, se preguntó, como tantas veces. Pero pensar en hipótesis es un sinsentido….

Fue cambiando el coche de lugar, había algo inquietante, como si no terminara de reconocerse. Hasta que en cierto ángulo, frente a aquella casa, fijándose bien ¡Esa mujer de pelo largo y otro perro diferente! ¡Dios mío! ¡Éramos nosotros! ¡Qué cabeza la mía! Dio marcha atrás unos metros con el coche, cambió de sitio para mirar mejor. Allí estaba la casa de sombras. O quizá desplazada, pero allí.

Pasó las horas hipnotizado por ese espectáculo: su vida y, a la vez, no la suya. Solo al caer la luz y desdibujarse las sombras, reaccionó y emprendió camino de vuelta.

Desde ese momento, los fines de semana repetía el ritual: iba a El Encinar a contemplar ese serial tan particular. Falta la banda sonora, pensaba a menudo.

Una vez, incluso convenció a María para que fuese con él, aunque costó.

Fueron en coche, y sin salir, Andrés le explicó el propósito.

Sombra se puede ver en casa, pero pensaba que me traerías para algo importante.

Es que esto sí es importante. Quiero que me acompañes y, simplemente, observes.

Permanecieron en silencio. Después ella susurró:

Pelo largo No lo llevaba así desde la universidad.

Andrés la miró, seria y muy pendiente del mundo de las sombras.

Allí no pasaba nada raro: era la cocina, un hombre arreglaba algo; una niña, quizá, de siete u ocho años, una mujer de melena larga preparaba la comida; cerca andaba un perro pequeño; un gato en la ventana. Otro joven entraba, tal vez Pablo, cogía un vaso de agua y se iba. El hombre terminaba, giraba la silla. La niña levantaba los brazos, la mujer la besaba en la cabeza, después abrazaba a ambos; el perro saltaba alrededor, el gato los observaba

Andrés vio una lágrima cayendo por la mejilla de María, que no apartaba la vista, respirando hondo.

Él preguntó:

María, ¿lo entiendes?

Sí, Andrés. Lo entiendo. Muy bien.

Cuando volvieron, María no cambió de pose, mirando hacia el retrovisor lateral. Al bajarse, se despidió seca: Adiós, y cerró la puerta sin mirar, como temiendo revelar su cara.

Andrés se quedó quieto, luego arrancó y condujo a casa.

Ya acostado, miró el móvil. Ningún mensaje, salvo los del banco. Escribió a Pablo, él confirmó que su madre estaba bien.

Antes de dejar el teléfono en silencio, vio un mensaje de María: Gracias por la excursión y el cine. Me ha gustado mucho. Si vas otra vez y quiero acompañarte.

Andrés sonrió, por primera vez en mucho tiempo, y respondió:

Sí, iré seguro. Y será muy bonito que vengas conmigo.Aquel sábado, el cielo amaneció despejado, y Andrés preparó un termo con café y una bolsa con galletas y termo de leche, igual que en las viejas excursiones. María llegó puntual, con una bufanda azul y los ojos iluminados por la expectativa. Condujeron en silencio, pero esta vez sin la carga tensa del pasado: se sentían compañeros, acaso cómplices de un secreto que la ciudad ignoraba.

Al llegar a El Encinar, se detuvieron largo rato frente a la casa de sombras. En la ventana, la familia espectral compartía un desayuno, la niña reía y el perro saltaba. A veces, la figura del hombre cruzaba una mirada vacía hacia ellos, como si percibiera una presencia. Durante minutos, María apoyó la cabeza en el hombro de Andrés. Ninguno necesitaba palabras.

Al mediodía, caminaron entre los castaños dorados, dejando que el viento les robara pensamientos y viejos dolores. Comprendieron, en ese paseo, que la vida se ramifica como las sendas bajo los árboles: cada decisión abre universos, cada sombra es el eco de una elección olvidada. Sintieron gratitud: por la vida que fue y por la que aún podían vivir, aunque la certeza de no volver atrás pesase como el frío en los huesos.

De regreso al coche, Andrés la tomó suavemente de la mano.

¿Si tuviéramos otra oportunidad, repetirías todo igual?

María sonrió, el sol jugaba entre sus pestañas.

No lo sé Pero no cambiaría aquello que no se puede borrar: Pablo, las risas, los días felices. Tal vez al final todas nuestras vidas, las que vivimos y las que solo soñamos, nos acompañan como esas sombras, silenciosas y fieles.

Me gusta pensarlo así murmuró Andrés.

El camino de vuelta fue tibio y callado, como si el otoño los envolviera en un remanso. Por la noche, en casa, Andrés apagó la luz. En el cristal, vio proyectadas cientos de figuras, fragmentos de un mundo intacto tras el suyo. Por primera vez, no sintió inquietud sino consuelo: la vida, pensó, podía haber sido de muchas formas; pero vivirla, en cualquier variante, era el verdadero milagro.

Y, entre dos mundos, en el reconcilio secreto de las posibilidades, Andrés comprendió que hay sombras que, en su silencio, nos devuelven la luz.

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Sombras
Me Atrevía a Vivir Para Mí Misma