Tres hilos. Tres destinos

Tres hilos. Tres destinos

¿Qué ha dicho? Vera, no la he escuchado, ¿qué has dicho? Me incliné hacia adelante, acercándome a mi querida vecina y amiga, Vera Paloma.

Ella empezó a detallar la conversación entre la madre y la niña de unos siete años que acababan de pasar junto a nosotras.

Que en el colegio tienen un gamberro, y ella le ha plantado cara

Vera habla alto, como de costumbre, y la voz resuena por la calle. Escucho con atención, sin interrumpirla, y luego, al volverme, localizo a la niña con la mirada y le hago un gesto de despedida con la cabeza.

Una buena niña, bien arreglada. Pero demasiado complicada, resumo.

¿Por qué? pregunta Vera, sorprendida, mientras me engancho de su brazo y acelero el paso, que el semáforo lleva rato verde y los coches esperan pacientemente que estas dos mujeres mayores crucen.

¿Qué dices, Iri? insiste mi amiga, mirando a todos lados y, con la bolsa bien sujeta, apura el paso hacia la acera.

He preguntado que por qué complicada, repito con mayor claridad.

Pues por eso, zanja.

Vera nunca ha sido de explicar el fondo de sus pensamientos. No sé si por pereza, o porque cree que lo evidente no necesita más palabras.

Pienso en la niña, tan resuelta corrigiendo al vago del colegio. Eso no funciona así, no, señor

Mientras tanto, Vera suspira. A veces puede resultar exasperante el halo de misterio que le pone a todo, pero sin ella, este mundo tan cambiado, tan extraño y bullicioso, se volvería inabarcable.

Vera Paloma y yo, Irene Victoria, somos vecinas. Nuestras viviendas son peculiares: cada cual con su puerta al exterior, sin escaleras ni ascensores. Las dos vivimos en lo que antaño fue una de las dependencias de una antigua finca nobiliaria, propiedad de un joven coracero en sus tiempos ya lejanos. Con los años, la finca acabó en manos de un importante intelectual, que, guiado por los consejos de su esposa, creó un colegio en la casa principal y destinó los pabellones y dependencias secundarias a talleres artísticos. El devenir de la historia fue triturando la vida tranquila de la finca.

Hoy, el edificio bajo y semicircular, donde antes había caballerizas, acabó convertido en viviendas. Muchos de los antiguos vecinos se mudaron a nuevas urbanizaciones en barrios altos o modernos, pero Vera, yo y nuestra tercera amiga, Teresa, seguimos aferradas a nuestros muros, destrozando sin piedad esas cartas que nos ofrecen la compra o el intercambio del piso, a veces con suplemento y promesa de ayudarnos con la mudanza.

Muchas empresas, despachos de abogados, pequeñas agencias y nuevos ricos quisieran este rincón de Madrid: está en el Paseo del Prado, a tiro de piedra del Jardín Botánico y el Retiro. Muy cerca quedan la iglesia de San Jerónimo el Real y la propia Catedral de la Almudena, ¡desde aquí se ven las cúpulas! Es cierto que el edificio principal acoge una escuela de artes, pero aún quedan pabellones sin entregar a manos fiables.

Sin embargo, tres mujeres frágiles, ya débiles, vulnerables en su vejez resisten con dignidad en sus guaridas. Aquí ha pasado toda nuestra vida, aquí la queremos terminar.

Vamos a casa de Teresa, propone Vera, con determinación. Lleva una caja de pasteles.

¿Qué dices, Vera? ¡Mírame, que te leo los labios! le pido, sintiéndome torpe y apurada, temiendo que se canse de mi sordera y, al final, pierda la paciencia conmigo. Lo sé, mi falta de audición debe exasperar, pero Vera nunca se molestaba.

Quizá por costumbre, Vera se para, se acerca a mi rostro y vocaliza despacio y claro.

Vamos a casa de Teresa. Hoy es el cumpleaños de su hija me recuerda.

¡Ah, sí! sonrío, asunto aclarado.

Hoy, Teresa Fernanda, postrada en su silla de ruedas, celebra el cumpleaños de su Lidia. Aunque Lidia ya no es joven, trabaja incansable y apenas viene por casa. Iban a celebrar el día especial en fin de semana, pero lo pospusieron. Teresa no se lo toma a mal.

La culpa es mía, nos dice cuando nos sentamos en torno a la mesa humildemente adornada para la ocasión. Y no habléis mal de mi niña; Lidia es estupenda.

Vera le acaricia la mano temblorosa, esa mano que tenía siempre ocupada cuando, allá en los años duros de la posguerra, quitaba malas hierbas del patio para cultivar patatas o cebollas. Con aquellas manitas sujetaba la pala, y, con delicadeza de pajarillo, sembraba semillas en los surcos. Se pasaba hambre aquellos años. Las madres de las tres trabajaban en hospitales, nosotras pasábamos la mayor parte del día solas. Lo poco que había para comer, lo repartíamos. Recuerdo que a veces, al final del día, nuestras madres traían pan, y en raras ocasiones mantequilla, aunque sabía a serrín más que a leche.

A nosotras, Teresa, Vera y yo, nos dieron semillas los del piso de al lado, don Procopio, un agricultor jubilado, que fumaba y reñía, pero siempre tenía una palabra amable para nosotros.

¡Anda, sal de ahí, Vera! decía, y nos daba semillas para plantar. A prometió ayudarnos a cuidarlas.

Para sorpresa de todos, crecieron coles, pepinos y, aunque perejil no arraigó, sacamos algún tomate. Cuando algo se echaba a perder, don Procopio nos echaba una buena bronca, y luego venía con pan tostado y nos mandaba espabilar.

Prometía que, cuando regresasen nuestros padres de la guerra, haríamos el mejor huerto de todo Madrid. Pero él no sobrevivió para verlo, ni tampoco nuestros padres volvieron. El jardín lo levantamos solas

Ahora, Teresa, ya anciana, se sienta en su silla, Vera le acaricia la mano, y yo corto pepinos y reparto el guiso. Sacamos las copas; a Teresa le fascina la mistela de arándanos, y brinda por su hija, por la salud, y porque el invierno no sea cruel con sus viejos huesos.

La discapacidad de Teresa vino tras una caída tonta. Salió a caminar en invierno, resbaló, se golpeó poco, pero al despertar no sentía las piernas. Intentó arrastrarse hasta el teléfono sin éxito; con la edad, se le hacía imposible. Oyó a Vera fuera alimentando las palomaseran pisos en planta baja y, en invierno, ¡hacía un frío que pelaba! Vera se metía en casa de vez en cuando, Irene dormilona, salía más tarde.

Pasaron horas, demasiado tiempo hasta que Vera e Irene se preocuparon; no era normal que Teresa no pusiera la radio al desayuno. Llamaban, golpeaban, el portero, ante su insistencia, acabó forzando la puerta. Encontraron a Teresa tirada. Enseguida, Vera, de tanto cuidar a su propio marido impedido, la limpió, la cambió y la consoló en silencio.

Teresa fue al hospital; el diagnóstico fue terminal. Lo achacó a un castigo de Dios.

¿Por qué dices eso, Teresa? preguntábamos siempre.

La vieja culpa. A los diecinueve, tuvo una hija de un amor juvenil, Lidia. Fue una historia clandestina, y allí estaba, madre soltera en la España de los cincuenta, trabajando en el campo, con la abuela adoptiva. Nadie le facilitó las cosas, ni el padre de la criatura, ni la sociedad. Pero Teresa no era de rendirse. Al final la madre la aceptó en casa.

Años después, en la imprenta donde trabajaba, Teresa conoció a un francés, Pierre, y enamorada le siguió hasta París. Las amigas, Vera y yo, no entendíamos qué haría con Lidia, tan pequeña, aquí, sola.

Ella vendrá después, cuando esté todo preparado, dijo Teresa negando la realidad.

Cuando Lidia, ya mayorcita, comprendió que su madre se iba sin ella, rompió regalos, vasos y platos, todo en un ataque de dolor. Vera intentó consolarla.

Tu madre volverá, ya lo verás. Entonces tú decidirás si puedes perdonarla. Vivas lo que vivas, la vida cambia y nos obliga a elegir, decía Vera, que también tenía una historia en que la necesidad de belleza le costó caro por dejarse engañar.

Teresa regresó meses después, sin boda ni promesas. La familia de Pierre no aceptó ni a ella ni a Lidia. Teresa, dolida, se marchó para siempre y preguntaba si algún día Lidia la perdonaría.

Irá en el tiempo. Cuando sea madre, entenderá, le decía yo.

Efectivamente, más tarde Lidia, adolescente y luego madre, fue poco a poco acercándose a Teresa, comprendiendo y perdonando, cada cual desde sus cicatrices.

Mientras, Vera tenía a su propio marido. Hombre complicado, calculador, nunca complaciente. Siempre posponiendo, siempre hablando de ahorrar, nunca tomando decisiones arriesgadas, y lo esencial, nunca logrando contentar a Vera. Y aun así, ella no quería separarse, por Mikel. Cuando al tiempo Vera vivió un romance con otro hombre, también se castigó negándose a rehacer su vida cuando su marido quedó inválido y después falleció.

Los años pasaron. Todas envejecimos, igual que la vieja finca semicircular abrazando al patio, con sus viejos tilos que perfuman el aire. La escuela de arte sigue llenando de sueños el barrio, y nosotras, tres ancianas entrañables, acudimos a los conciertos de alumnos: Teresa en su silla, con vestido de terciopelo y cuello de encaje; Vera, recta y elegante, con su cinturón de pedrería y zapatos a juego; yo, en mi discreto traje gris, con mis botines adiós juventud. No escucho gran cosa, pero me embriago de la frescura y energía de la juventud.

Las tres nos reunimos para tomar té de tilo que yo misma recojo, celebrando la costumbre de la tarde del té. Compartimos pastas, recetas y confidencias.

Por mis problemas de oído, a raíz de una explosión en la guerra, me acostumbré a escuchar la vida en silencio. Mi marido, Juan, doce años mayor, un hombre de rostro marcado por un incendio, fue el único amor de mi vida. Falleció una madrugada, en calma, casi como quien cierra los ojos y se duerme para siempre. Nuestro hijo Jorge me ayudó a sobrellevar la pérdida, igual que Lidia volvió a acercarse a su madre entendiendo el valor esencial del perdón.

Mirándolo ahora, la historia de cada una de nosotras es un hilo en el tapiz de este pequeño rincón de Madrid. La vida nos trenza juntas, nos separa y vuelve a unir. Por eso, después de una tarde de té, risas y recuerdos, me quedé pensando. La lección aprendida en todos estos años de amistad y de vida dura es que no tiene sentido buscar la perfección ni en uno mismo ni en los demás; lo esencial es aprender a perdonarse, y a perdonar, y a disfrutar la calidez de quienes nos rodean.

Si hoy alguien se asomara a la ventana de la antigua caballeriza junto al colegio, vería tres viejas amigas riendo, brindando, esperando la llegada de hijos, nietos y bisnietos. Porque, al fin y al cabo, nada es más valioso que eso: el calor de la familia, del tiempo junto a los nuestros, y a aprender a querernos, también, como somos.

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