A una vida mejor
Jorge estaba plantado junto a un quiosco de cigarrillos. El chico llevaba la capucha bien subida, resguardando las orejas del frío punzante de febrero. El viento soplaba como loco, zarandeando los cables, empujándole por la espalda, metiendo el aire por donde podía. Jorge fruncía el gesto, se frotaba las manos rojas, cortadas, con las uñas mordidas hasta la carne.
La abuela Pilar siempre le riñó por esas manos cuidadas a su manera, como de presidiario, según decía.
¡Jorgito! Pero hijo, tú que eres un chico culto, que estudias, no como esos que cargan leña todo el día ¡Deja de morderte las uñas, eh! ¡He dicho que pares! ¡Como sigas, te unto los dedos con ajo para que te dé asco!
La abuela se alteraba. De hecho, lleva mucho tiempo enfadada, desde que la madre de Jorge, Inés, se separó de su padre, Álvaro García.
Álvaro seguía viviendo en su enorme y luminosa casa del tercer piso de un edificio antiguo de Salamanca, paseando por los cuartos, siempre refunfuñando mientras la asistenta, doña Carmen, le limpiaba el polvo y cuidaba esa palmera que tenía desde jovencito.
Doña Carmen llamaba a Álvaro Alvarito, de forma cariñosa, suavemente. Él, Álvaro, descendía de una familia importante: ¡los Mendoza! Algunos se reían de esto, pero Carmen lo creía de corazón. Ella conocía a la madre de Álvaro desde que eran chicas, que siempre le contaba que la familia venía de rancio abolengo. ¡Eso sí que importa! Aunque no quedara nada del apellido
Y la abuela Pilar, la mamá de Jorge, lo sabía muy bien. Le daba pena, claro, porque ni Jorge ni su madre ni ella misma volvían a formar parte de aquella familia importante.
La casa pequeña en el barrio de Usera donde ahora vivían se le caía encima desde que su hija volvió con ella y con el hijo mayor, con Jorge, con la nevera siempre medio vacía. Ya no iban a llegar los regalos del exyerno rico, ni podría decir eso de “mi hija se casó con un Mendoza”, ahora nada.
Inés tardó mucho en recomponerse tras el divorcio: callaba, lloraba sin hacer ruido, sola, pensando. Jorge, que ya tenía doce años, parecía perfectamente consciente de todo, y no molestaba nunca a la madre. Le dolía verla así, y poco a poco empezó a odiar a su padre, por no poder hacer nada.
Tú tienes algo de culpa le solía decir Pilar a su hija en la cocina, en voz baja, cuando Jorge no estaba. ¿No te servía la vida? ¿Qué te molestaba que yo hirviera huesos? Yo los hiervo para alimentar a los gatos de la vecina. No pongas esa cara. Si no te gusta, haber seguido allí, con Álvaro, que por lo menos tenía dinero y te trataba bien. Recoge las migas, ¡siempre igual! Pilar le barría las piedras de pan de la mesa encima del vestido. Total, te habrás mirado al espejo
Mamá susurraba Inés, fastidiada.
¡Nada! No te cuidabas, normal que buscara por otro lado. Hoy en día eso no es ni drama, mujer. Por lo menos hubieras criado bien al crío, me vendría bien un poco de ayuda normalmente, aquí Pilar solía suspirar, limpiarse la cara con el trapo de fregar, secarse las lágrimas invisibles.
Pero mamá, ¡me faltó poco para ponerme mala! Cuando descubrí todo, además me quitó mi dinero, fue horrible. Pero ya, buscaré trabajo, me lo han prometido. Aguanta un poco más, que en cuanto pueda nos vamos.
Pilar apretaba los labios, asentía. ¿Qué iba a hacer?
Ya Si nunca hemos vivido bien, mejor ni empezar, hija Has tirado tu vida, total, ahora a vender pipas por ahí, que es lo que te queda.
Apagaba el fuego de la cazuela con aquel caldo apestoso, se iba al cuarto y ponía la tele, sin mirar nada en concreto.
Qué contenta estaba cuando Inés encontró ese buen partido con casa grande, ¡qué importante es eso!, se decía. Presumía de la hija delante de las vecinas, que había tenido una suerte que no veas.
Pero bueno, Pilar, ¿qué dices? soltaban las vecinas.
¡Que tienen oro hasta en el retrete, os lo juro! Pero claro que sí, ¡vosotras os morís de envidia! Pues hala, mirad cómo vive mi niña y salía altiva del corro.
En casa la esperaba su hijo mayor, Diego. Diego bebía, primero porque sí, de vez en cuando, pero poco a poco la cosa fue yendo a más, ya se le veía diferente.
Él se emborrachaba y tanto Inés como la madre lo soportaban, porque al final es de la familia, ¿qué iban a hacer?
A veces Diego se metía con la madre por haber matado al padre, a veces con Inés por no traer dinero bastante, por ocupar sitio en casa
Y ¿Inés? Pues estudiaba. Hacía lo imposible por sacar las notas, para escapar, para largarse de allí antes de ahogarse.
A Inés se le murió el padre de niña, y Pilar se quedó con los dos, cada vez más dura, aguantando por rabia al mundo. Y cuando por fin Inés, empollona y lista, entró en la Universidad de Salamanca, Pilar hasta respiró diferente: ahora sí, la cosa iba a cambiar, ella iba a sacarlas adelante.
Un noviembre gris, Inés volvía a casa mirando el suelo. Estaba agotada: clases, luego un turno a media jornada en una oficina, y después solo quería llegar a la residencia, tomar té caliente y dormir. Ni el estómago le funcionaba bien.
Tienes que comer mejor, que te vas a romper, la regañaba la médica del barrio, doña María Jesús, una buena mujer.
Si como bien, señora esto siempre me pasa en otoño, es de nacimiento, mentía Inés.
No iba a explicar que mandaba casi toda la paga a su madre, que nunca alcanzaba porque Diego se quedaba otra parte, él que tan pronto conseguía trabajo como lo dejaba, soñando con irse a Asturias a ganar pasta
Bueno, pues esa tarde lluviosa, se le paró al lado un coche blanco reluciente, tapizado de cuero. Al volante, un chico de unos veinticinco, repeinado, elegante.
Se llamaba Álvaro. Álvaro Mendoza.
Señorita, ¿le acompaño? le soltó con una sonrisa.
Ella pasó de él. Lo único que quería era llegar a casa, el té y punto.
¡Pero no tenga miedo, soy buena persona! Soy Álvaro, ¿y tú?
Déjeme tranquila o llamo a la policía, le soltó Inés sin apenas mirarle.
Pero Álvaro siguió a su lado hasta la residencia, a mitad de camino le cogió la bolsa con los libros, le sujetó en las escalerillas resbaladizas. Al despedirse, le dijo que había sido un placer caminar a su lado en silencio, y que era muy guapa.
A Inés no le sobraban cariños ni detalles. Su madre nunca la mimaba, las amigas ya ni lo intentaban. Ella, la dura, no dejaba a nadie, pero con Álvaro bajó la guardia.
Empezaron a verse, a comer en sitios bien, donde ella acababa con dolor de estómago porque no estaba acostumbrada, y a beber buen vino y besarse a oscuras en los cines.
Muy pronto, Inés se mudó al piso de Álvaro.
La abuela Pilar nunca le cayó bien a Álvaro, ni siquiera quería conocerla, ni iba a casa de Inés, ni con ella ni sin ella.
Pero a Pilar su yerno le parecía dios. Inés le llevaba dinero y Pilar estaba segura de que venía de Álvaro, porque ¿cómo iba a ganar tanto ella sola? No, todo era cosa del yerno. Él pensaba en la familia, eso lo tenía claro.
Inés no le contaba a su madre que Álvaro se quedaba la mayoría de su sueldo, pensaba que era lo normal, que sabría mejor repartir el dinero. Pero siempre guardaba un poco para la madre, ya fuera por cariño o por culpa.
La primera vez que Inés fue al piso de Álvaro, doña Carmen la miró por encima de las gafas y le soltó que Álvaro, como descendiente de los Mendoza, necesitaba lo mejor, y a eso había que acostumbrarse.
¿Tú sabes quiénes eran los Mendoza, eh? le soltó Carmen.
Eran embajadores, no embaucadores, la corrigió Inés.
Ya, tú muy lista dijo Carmen, dándole la espalda.
No tenía ni idea de títulos, pero la chica le caía regular, la veía demasiado avispada. Álvaro con ella no iba en serio, pensaba Carmen. Se parecería a su madre, por eso se aburría menos con ella
Los padres de Álvaro vivían en Francia y cada tanto le mandaban dinero. En un par de conferencias por videollamada conocieron a Inés, pero apenas le hicieron caso.
¿No les he gustado? preguntó bajito Inés.
¿Y qué más da? Yo sí, dijo Álvaro entre risas, atrayéndola y besándola.
A él le encantaba cómo era: hogareña, tierna. Hacía tortillas, empanadas, confitura de melocotón, le llevaba el desayuno a la cama y estaba aprendiendo a estar a la altura.
Doña Carmen le marcaba el paso bien apretado:
Friega la mesa bien, que has dejado migas. Saca la basura, aquí no estamos en el colegio mayor. ¿A qué hora llegaste? ¡Álvaro espera a cenar! Y cámbiale los calcetines rotos, que ese muchacho va hecho un cristo. No es que los cambie solo, ¡hazlo tú! Aquí no viene cualquiera, así que ¡venga, espabila!”
La amiga de Inés, Lucía, una tarde la sentó con un té y fue directa:
Inés, tienes que dejarlo. En serio.
¿Por qué?
Porque dejas de ser tú. ¡Nunca te he visto levantarte, interrumpirme para fregar mientras charlamos! Si quedan platos, se recogen después. Siéntate, anda.
Lucía, que daba clases de biología y tenía voz de mando, se impuso sin querer. Inés, toda encogida, obedeció y calló.
Bueno, pues ya está. No vuelvas ahí. Se te ve el alma muerta. Basta, que ese tipo no te merece, chica. Lucía se levantó y la abrazó por los hombros, le dio un beso en la nariz.
No, Lucía, estoy bien. Mejor que nunca. Es solo que venga, me voy, que Álvaro me espera.
Desde luego, no pensaba dejarle. Porque, si no, su madre la machacaría a reproches, llamándola inútil, que no sabe mantener una familia Y Diego, su hermano, seguiría ahí, y tampoco lo soportaba. Al final, no hacía falta volver con ellos, pero tampoco podía vivir sola.
Al despedirse de Lucía, Inés se fue despacio, mirando los escaparates, las luces, a los niños jugando en el parque. De repente, pensó que igual tener un hijo con Álvaro arreglaría todo. Si tenían uno, serían una familia de verdad.
Dio a luz en verano. Pilar fue a recogerla, quedándose algo apartada, observando cómo Álvaro recibía a su mujer e hijo como si fuesen príncipes, con globos azules y letras en el suelo: Gracias por el niño, cariño. Aunque igual ni lo había escrito él. Pero Pilar quería creer que sí.
Mamá, ¿vienes a casa? Así ves a Jorgito, le propuso Inés, feliz, con la brisa y el olor a tilos y el bullicio de la ciudad, con Álvaro radiante a su lado.
No. Vuelve tú, que yo tengo cosas.
Pero que venga, por favor. Ayúdame, quédate un poco.
No hace falta. ¿Esto es un museo? Vete, Pilar. dijo Álvaro, muy seco.
Pilar se encogió de hombros, suspirando.
Bueno, ya me pasará algo la niña, así celebro el nacimiento del crío. Y se marchó directa al metro.
A la salida le esperaba Diego, medio serio, con flores.
Inés lo vio, sonrió.
Álvaro, coge a Jorgito, que voy a ver a mi hermano, susurró. Pero su marido solo bufó:
Súbete al coche, ¡ya! Que no voy a perder tiempo con ese borracho. ¡Vámonos!
El pequeño Jorge chilló, Inés lo meció, mirando atrás un segundo. Solo quedaban las flores tiradas entre los barrotes de la verja Sus peonías favoritas.
Inés volvió a trabajar muy pronto, porque Álvaro así lo decidió. De Jorge en casa se ocupaba doña Carmen, que lo hacía con esmero y hasta con cariño. Al fin y al cabo, ¡era un Mendoza! Bueno, a medias. Pero niño, lo era. Por lo menos, la chica no era tan inútil
La vida seguía, pero Inés tenía que estar en casa a las siete en punto. Cualquier retraso era una falta de respeto para Álvaro.
Eres la madre, debes venir a tu hora. Carmen no es de piedra. ¡Y yo tengo hambre cuando llego!
Me tuve que quedar un rato, mañana presentamos un proyecto, el jefe quería terminar
¿Y cuánto te paga por horas extra? ¿Nada? Claro, porque lo pagas con mi dinero. ¡Que Carmen no trabaja gratis! A las siete en casa, fin de la discusión.
Lucía nunca vio el piso de Inés. Siempre la invitaba, pero Inés no podía, siempre tenía que volver a casa.
Todo cambió cuando Jorge cumplió doce.
Un día, Álvaro se fue un par de días fuera, e Inés aprovechó para limpiar. Las fotos se le cayeron casi sin querer, ni pensaba mirarlas, pero acabó viendo todo.
Ahí estaba Álvaro, en la playa, en cenas con amigas, en cumpleaños siempre de buen humor, rodeado de mujeres
Dejó las fotos sobre la mesa. Al regresar, Carmen no dijo nada, solo cuchicheó con Álvaro que Inés había husmeado entre sus cosas.
No hubo discusión. Álvaro simplemente le dijo que se largase. Lanzó sus cosas al pasillo, los vestidos, los libros, la ropa interior parecía que hasta disfrutaba tirándolo todo al suelo. Inés trató de recoger algo, pero Álvaro, mucho más alto, no la dejó.
Al abrir su cajita con los ahorros, vio que estaba vacía.
Llegaste sin nada y sin nada te vas. Tranquila, no te pongas tan mal, susurró Carmen, sirviéndole agua.
Inés salió del piso con un bolso: llaves, cartera, el libro de familia y ya. Nada más.
Jorge la vio a la vuelta de judo.
¿Mamá? ¿Dónde vas? preguntó, y cuando la vio llorar, le apretó la mano y no dijo nada más.
Pasaron una semana en casa de Lucía. Inés caminaba por el piso como un fantasma, sin hablar con nadie.
Pero tía, no pasa nada, ya pasó lo malo, ahora solo puede mejorar le insistía Lucía, confiada.
Se ha llevado todos mis ahorros Los tenía escondidos, y aun así los encontró.
¿No le dabas todo? Inés, ¿dónde has estado viviendo? Es que ni tú ni Jorge ¡Yo te lo dije desde el principio!
¿Y adónde iba? ¿Con mi madre y Diego? ¿Tú sabes que todo lo que ganaba mi madre él se lo bebía? Diego sí que gritaba, por las noches así, hasta congelarte el alma. Y eso nunca se acabará. Nunca. Por eso me fui. Ahora parece que me engañé, que era feliz, porque hasta el piso, los muebles, las lámparas me parecían otra vida, y ahora me doy asco por caer en todo eso
No pasa nada; tu madre te entenderá. Si se lo cuentas de verdad, sí.
Lucía le sirvió cacao y le puso un jersey recio, de esos de lana, con estrellitas y copos de nieve, y enmudeció viendo en Inés a otra persona: ya no era la de antes, valiente y sonriente, sino una rara sombra que no paraba de moverse de la cocina al salón, en silencio.
¿Se podría recuperar esa Inés alegre y fuerte? Se lo preguntaba Lucía, ojalá que sí
Jorge ya tenía trece años. Vivía con su madre y Pilar. Diego, el hermano, iba a verlos y decían las malas lenguas que hasta había dejado de beber, que tenía nueva novia.
Pilar no desaprovechó la ocasión para juzgar a la hija.
Mientras Álvaro te tuvo calentita, ¡nos olvidaste! Ahora bien que has vuelto, ¿no? Porque claro, no te queda otra.
Madre, iba cuando me dejaba. Y el dinero, algunas veces era mío, lo poco que él no pillaba. No tengo más sitio a dónde ir. Inés sonrió recordando cómo corría ilusionada aquellos primeros meses, pensando que por fin tenía una vida normal.
Eso fue amor. Torcido, sí, pero amor. Y ahora, pues se acabó.
Jorge iba a buscar a su madre todas las tardes desde que se cambiaron de barrio.
Ella llegaba sobre las ocho, él la esperaba en el mismo sitio, le recogía las bolsas, aguantaba el beso en la mejilla, le soltaba un todo bien y volvían callados, escuchando el crujir de las hojas o la nieve bajo los pies. En verano, cuando anochecía tarde, Jorge todavía jugaba un rato al fútbol, mientras su madre cenaba con Pilar y las dos charlaban, como siempre.
Pero esa fría tarde, algo cambió.
Jorge divisó a su madre entre la gente, se acercó, pero se escondió detrás de un quiosco y miró con recelo.
Su madre no venía sola. Un hombre ayudaba a llevarle las bolsas, le decía algo divertido, su madre se reía.
Y Jorge sintió un miedo raro, no por el desconocido, sino por lo que podía pasarle a su madre. Por eso siempre iba a recogerla, para cuidarla, ¡que bastante despistada era ella con los hombres! Así lo decía la abuela Pilar.
Inés llegó, miró a su alrededor, no vio a su hijo tras el quiosco.
¡Qué raro! Jorge siempre viene a buscarme ¿Le habrá pasado algo? preguntó, preocupada. Alex, ¿qué hacemos ahora? ¿Esperamos o vamos? Nosotros siempre vamos juntos a casa.
Alex se encogió de hombros. Jorge no les veía bien, pero los escuchaba todo.
No decían nada. El chico empezó a molestarse con el frío, el viento, la oscuridad y quizá también con su madre, que estaba besándose con ese otro hombre en vez de buscarle.
Jamás se imaginó que su madre tuviera otra pareja. Al padre sí lo recordaba, pero no necesitaban a nadie. Y la abuela se iba a poner hecha una furia.
¡Mamá! ¿Tú eres tonta o qué? saltó desde detrás del quiosco. Yo aquí esperando, pensando que te haría falta ayuda, ¡y resulta que tú tú! Bueno, pues apañaos. ¡Adiós!
Echó a correr entre los charcos, larguirucho y torpe, oyendo a su madre llamarle por detrás.
Desde que el padre los echó, volvió alguna vez más a armar jaleo en la cocina, la abuela Pilar se metía, acababan todos a gritos y Diego por meterse de por medio. Jorge, siempre encerrado en su habitación con las orejas tapadas.
Se prometió que cuando creciera sería fuerte, para proteger a su madre. Y casi lo estaba consiguiendo, hasta que ella lo traicionó.
¡Jorge, espera! ¡Quieto, tío, que se me sale el zapato! oyó la voz de Alex por detrás.
Alex, con la cazadora desabrochada y sin gorro, estaba metido en un charco, buscando el zapato como podía.
Para. No estamos en igualdad dijo, casi sin aire. ¿Sueles correr maratones o qué? ¿Dónde narices está el zapato?
Jorge miraba a ese hombre raro, la pierna con el calcetín a rayas sin zapato. No se parecía nada al padre. Era más sencillo, buena gente, incluso un poco payaso.
De repente, le hizo gracia. Primero sonrió, luego soltó una risita, y al ver a Alex resbalar y caerse, le salió una carcajada limpia.
Y ahí, casi lloró de la emoción.
¿Qué pasa, campeón? Bah, tonterías dijo Alex desde el suelo. Si quieres, eh, me voy ahora mismo. ¿Lo quieres? Lo entiendo. ¿Me voy?
Jorge se sonó los mocos en la manga, negó con la cabeza. Que no hacía falta que se fuera. Por su madre, podría aguantarse un poco
Pilar siempre decía que Inés nunca sería feliz, que no tenía suerte. Pero ahora Jorge sabía que la abuela se equivocaba.
¿Qué zapato era? preguntó Jorge, mirando al hombre desde arriba.
Uno como este, le enseñó el pie aún calzado. Bah, da igual, déjalo, vete con tu madre a casa.
Pero Jorge lo encontró. Se llenó de nieve los pantalones y las botas militares, pero apareció el zapato.
¡Qué manazas eres, Tito Alex! Y ni se te ocurra perder a mamá, ¿eh? Mira que si la dejas sufrir, yo no lo consiento.
Alex asintió.
Veinte minutos después, todos estaban en la cocina cenando juntos. Pilar miraba al invitado de reojo, murmurando algo.
Sabe, doña Pilar, tiene unas manos de oro. Solo he comido empanadillas así cuando era chico, y nunca luego. De verdad, están riquísimas. Dicen que la comida sale mejor cuando se hace con amor, y usted es un encanto, doña Pilar.
Ella suspiró, encogió los hombros, pero le sonrió. Hacía años que nadie le decía una palabra bonita. Diego siempre la regañaba, Inés murmuraba sin fuerza, como con miedo a que nadie la escuchase. Pero ese piropo sí la tocó por dentro. Igual, si hubieran sido un poco más amables entre ellas antes, todo hubiera sido distinto.
Pero no tendrían a Jorge. Así no
Lo importante es seguir adelante. Si Alex sabe cómo, mejor, y si no, lo aprenderán juntos. Estar juntos es lo que importa.
Ojalá que a Inés le vaya bien con ese tal Álex, pensaba Pilar antes de dormirse. Su corazón siempre estaba inquieto por Inés y por Diego. Solo le quedaba confiar en que todo iría bien.
Porque a Inés, a Jorge, y también a Diego, la vida por fin les debía algo bueno. Más que nunca.







