Hoy he decidido escribir unas líneas en mi diario, quizás para no olvidar todo lo que tengo y de dónde vengo.
He dejado la tablet a un lado y cojo el móvil:
Abuela, ¿cómo estás? ¿Te encuentras bien? ¿Y el abuelo? Ah, ya veo que está friendo patatas, entonces todo en orden. Ya terminé el trabajo por hoy, voy a recoger a Dani de judo, pasamos por el supermercado y en nada estamos en casa.
Luego llamo a otro número:
¡Hola, Jaroslav! Ya salgo para casa, ¿vosotros con Iria venís ya? ¿Estáis de camino? Genial, el abuelo está preparando las patatas, cenamos todos juntos.
Recojo mis cosas, me acerco a mis compañeras:
Chicas, hasta mañana, que tengáis buena tarde.
Hasta mañana, Inés, que disfrutes la noche.
Debajo de la mesa cambio a mis zapatos cómodos, me pongo la gabardina y por costumbre miro la ventana ya oscurecida. Es una cálida tarde de otoño madrileño. Las luces parpadean amistosas y la gente se apresura a volver a casa después del trabajo. Me veo reflejada en el cristal y sonrío: aún me cuesta creer que yo también llevo una vida común, normal. Que tengo una familia y que también corro a casa porque hay alguien que me espera, como todo el mundo. Hace no tanto pensaba que eso nunca me pasaría.
Mi familia es peculiar, sí, pero somos felices y nos queremos.
A mí, mi madre me dejó nada más nacer, salió corriendo del hospital. En la breve nota del orfanato ponía: madre desconocida, sin papeles. Sin padre. Me dieron el nombre y el apellido unas personas ajenas. Me llamaron Inés porque nací en primavera, en abril, como las flores. El porqué de mi nombre, nunca lo supe.
Siempre fui más de jugar con chicos. Mi mejor amigo era Jaroslav, sólo un año mayor. También le apellidaron Vesni, mismo motivo. Fui buena estudiante, cumplidora, aplicada y trabajadora: deseaba con todas mis fuerzas que alguna familia me acogiera. Solo conocía cómo eran las casas de verdad por las películas. Pero por lo visto, no llamé la atención nunca. Tal vez, demasiado larguirucha y seria. O quizá simplemente me faltó la suerte.
Cuando adoptaron a Jaroslav, pasé la noche entera llorando. No de envidia, porque él era mi único amigo. Con sus gafas me miraba con pena:
¿Quieres que lo rechace?
¿Pero eres bobo, Jaro? ¿Eso se rechaza? Vete, cada uno tiene un destino.
Te encontraré, te lo jurome prometió él. Yo reí, solo por no llorar más.
Terminé el instituto y entré en la Escuela Técnica de Construcción, viviendo en una residencia de estudiantes. Cuando acabé, por ser huérfana, me dieron un pequeño piso de protección oficial en el extrarradio de Madrid, pero me sentí dichosa. Encontré trabajo en un estudio de arquitectura. Ahí empezó verdaderamente mi vida adulta. Hice amigas, aunque tener familia aún lo veía lejano. Soñaba con una casa grande, un marido que me quisiera y, sobre todo, con hijos: dos o hasta tres, correteando, jugando, riendo en casa. Que llenaran el aire de mamá y papá. Palabras que me eran cálidas y casi ajenas. Abres la puerta y: ¡Mamá, papá ha llegado!. Como en un cuento.
Un día, al llegar a mi portal, un chico salió corriendo, casi tirándome, con una mochila. Entré y me encontré a una anciana tendida en los escalones.
¡La pensión… la bolsa me empujó! ¿Mis gafas? ¡No veo nada!
Corrí detrás del ladrón, pero ya se había esfumado. Ayudé a la abuela Carmen a levantarse. Por suerte no era grave. La acompañé a casa, donde tenía al abuelo Ernesto enfermo, postrado en cama. Empecé a visitarles, les llevaba comida, ya que les habían robado su pensión. Denunciamos, pero no encontraron al ladrón, aunque yo diría que recordé su cara. Días después apareció la bolsa con los papeles en el portal, menos mal.
Poco a poco, la abuela Carmen y el abuelo Ernesto me fueron integrando, llamándome nieta. Me invitaban siempre, nunca tuvieron a nadie propio.
Una tarde, en el autobús, conocí a un chico. Notaba que me miraba y sonreía:
Tu cara me suena, ¿nos conocemos de algo?
Vaya, yo reí: creo que no. Me resultó simpático. Me contó de todo: se llamaba Genaro, vivía con su madre, trabajaba. Al acompañarme a casa casi sentí que hablaba con un viejo amigo. Le invité a casa. Le ofrecí té y unas tostadas. Al poco, le conté aquello de mi infancia de orfanato. Él me miraba raro, como con algo en la garganta. Quizá le daba pena mi historia. Me gustaba, pero algo me inquietaba.
Y aquel día pasó lo inesperado. Entró, yo fui a poner agua. Se acercó, me rodeó con los brazos. Yo, nerviosa:
Genarito, ¿y si vamos más despacio?
Él apretó mis manos y de repente, su tono cambió, duro y frío:
Me la jugaste. Te reconocí, maldita. Les ayudaste, me dijeron que eras la huérfana. Vi también el retrato robot. Por poco me pillan. Así que te callas, ¿oíste? Nadie va a ayudarte.
No denuncié. Me pudo el miedo a la vergüenza.
Un mes después, salí directa del estudio en ambulancia. Embarazo ectópico, rotura interna, me dijeron que tal vez nunca podría tener hijos.
La abuela Carmen me cuidó, me susurraba palabras de consuelo, me daba caldos, me preparaba infusiones. Cuando salí del hospital casi ni hablaba y un día, sin saber cómo, acabé en el convento del barrio. Era otoño, el cielo muy azul y alto, los dorados de las cúpulas reluciendo, el tañido de las campanas elevando el ánimo. Las monjas limpiaban los jardines. Y de repente, escucho:
¿Inés Vesni?una voz de chico. Me giro y ahí, sonriendo, un voluntario
¡Inés, te estaba buscando!
¿Jaroslav?¿Eres tú?
Lloramos abrazados. Me secó las lágrimas:
Ven al comedor, hoy hay fabada, empanada y té. Luego charlamos.
No sé bien cuándo fue, pero le solté toda mi vida y él, la suya. Me relató su adopción, los malos tratos, cómo huyó, se rompió la pierna vagando por ahí. Ahora era voluntario en el convento; allí, al menos, su corazón volvió a la vida.
Volví a casa pensando en lo afortunada que soy de haberme encontrado de nuevo con Jaroslav, porque si no creo que ni hubiera vuelto al piso y me habría quedado en el convento unos días más. Allí fue donde todo se decidió. Ese día, la abuela Carmen y el abuelo Ernesto nos propusieron ceder el piso, pero Jaroslav y yo tuvimos una idea aún mejor.
Sugirieron aún más: vivir juntos, todos. Ellos jamás pensaron que alguien querría convivir con ellos. Y así, ya cinco años, los VesniJaroslav y yovivimos juntos en las afueras de Madrid, en nuestro piso amplio, con sitio para todos. Abuela Carmen y abuelo Ernesto por fin sienten que están en casa, rodeados de familia.
Hace dos años, cumplimos mi mayor sueño: adoptamos a dos niños, Daniel e Iria, del mismo centro de acogida donde nos criamos.
Jaro, ¿recuerdas cómo esperábamos que viniesen a por nosotros? Mira esos ojos, prometamos ser los padres que nosotros nos merecíamos.
Y ahora escucho a diario:
Mamá, ¿dónde está papá? ¡Abuela, ven a ver lo que hicimos con el abuelo!
No quiero volver ni siquiera a pensar en todo lo malo. Aunque un día, abuela Carmen me susurró que por fin habían detenido a aquel que nos hizo daño. Pillado otra vez en un asunto turbio. Ya está entre rejas.
A cada uno, le llegará lo que merece. Aquí y en la vida eterna.







