Esta mañana, una joven de 18 años dio a luz a una niña en Madrid. Acto seguido, redactó una declaración de renuncia, pidió un taxi y salió del hospital sin mirar atrás. No se imaginaba, ni por asomo, la sorpresa que esperaba a la pequeña tras su partida.
Cuando mi marido, Carlos, y yo llegamos al hospital esa noche, aún medio asustados por las contracciones, estábamos eufóricos ante la inminente llegada de nuestro cuarto hijo. En nuestra familia ya éramos una auténtica tribu, con mucha energía y ruido, como buen hogar español.
Debo decir que nuestros segundo y tercer hijos resultaron ser gemelos, lo cual fue una completa sorpresa, ya que nunca antes había pasado en la familia. Durante el siguiente embarazo, incluso bromeábamos: ¿Te imaginas que vienen otros gemelos?
La noticia dejó a los abuelos boquiabiertos y enseguida nos ayudaron mucho en los primeros días. Ya en la segunda ecografía nos confirmaron que, esta vez, no esperásemos gemelos.
Finalmente, llegó nuestro cuarto pequeño ninja: solo uno, nada de pareja de baile. Todas las preocupaciones desaparecieron y nos instalamos en una habitación privada que Carlos, previsor, ya había pagado con antelación.
Unas horas más tarde, me trajeron al bebé para darle el pecho. Fue entonces cuando entró el jefe de planta, con gesto serio, y anunció: Tenemos un pequeño problema
Resulta que esa misma mañana otra joven de 18 años había dado a luz a una niña, presentó la renuncia y abandonó el hospital en taxi.
Apenas podía caminar tras el parto, pero estaba decidida a no quedarse ni un minuto más. No tuvimos más remedio que dejarla marchar.
La niña nació sana y preciosa. Entonces me vino a la mente: Con lo que te hacía ilusión tener gemelos ¿te animas a llevarte esta pequeñina también?
Podríamos poner que fuiste tú quien la dio a luz… Pero pensé: No quiero que la niña acabe en un centro de menores. ¡Qué vida le espera! Se me rompía el corazón. Y, por supuesto, todo esto es más ilegal que aparcar en doble fila frente al mercado.
Aunque el procedimiento oficial de adopción podría iniciarse, llevaría varios meses y nada garantiza un final feliz. Mientras tanto, la pequeña acabaría en un orfanato.
Es muy triste La verdad, me dejando bastante impactada la situación. Conocía personalmente a la matrona jefe, Doña Carmen Jiménez, una mujer empática y con más corazón que una abuela andaluza en Navidad. Incluso fuera del hospital, manteníamos buena relación.
Quizá por esa confianza fue que me planteó una solución tan peculiar.
Una joven madre decide irse sola del hospital inmediatamente después del parto;
La niña nace sana y necesita cuidados;
La adopción requiere tiempo y no siempre acaba como uno espera;
La matrona jefe interviene, movida por la compasión y el sentido común;
Punto clave: historias así nos recuerdan lo compleja y delicada que puede ser la vida cuando se trata del nacimiento de un nuevo ser.
Para terminar: el nacimiento de un bebé siempre llega cargado de sueños y nervios. A veces los caminos de la vida se vuelven tremendamente enrevesados y solo podemos responder con comprensión y apoyo mutuo. Esta historia tan conmovedora invita a reflexionar sobre lo esencial de la humanidad, incluso cuando todo parece estar patas arriba.





