Gorguera
Soledad Jiménez siempre llegaba a La Gorguera media hora más tarde que las demás chicas.
Entraba quitándose la bufanda del cuello, que tenía enrojecido por el calor, resoplando y poniendo los ojos en blanco, pisando con torpeza sobre el suelo recién fregado por alguien, pasando al lado del vigilante Iván y avanzando, entre los expositores de abrigos de visón y piel de cordero, hasta la salita del personal.
¡Buenos días! se levantaba Iván marcando la atención, arreglándose rápidamente la solapa de su camisa inmaculada, como si Soledad fuese una generala y él un simple soldado sin experiencia, ya sintiéndose culpable por algo.
Buenas suspiraba ella exhausta por el bochorno del local, mirando rápido por el pasillo. Chicas, ya estoy.
Las dependientas la saludaban con un gesto, desperdigadas por el salón como amapolas sobre un campo de azul grisáceo y visón, lanoso y suave.
Todas iban vestidas igual: blusa roja y falda negra.
¿Y por qué de rojo? ¡Da dolor de cabeza! protestó una vez Soledad Jiménez en una reunión. ¡Lo tradicional es falda negra y blusa blanca!
Eso es muy aburrido, eso lo lleva todo el mundo. Aquí queremos ser diferentes replicó la encargada, Esperanza Crespo. Además, el rojo se ve bien, las clientas encuentran rápido a las dependientas. Chicas, a planchar las blusas cada día, faldas por la rodilla, tacón opcional, ya lo sabéis.
Soledad terminó ese día completamente desanimada. Escarlata se veía enorme, como una montaña o un farol en llamas. El color solo resaltaba más las rojeces de su rostro
Soledad, te hemos preparado una infusión de manzanilla, tómala que te calmará chilló Inés, una mujer diminuta de manos frías y peinado tipo erizo. Ella y su hermana Mila, ambas mayores de cincuenta, trabajaban juntas allí. Casi nunca las veían las clientas, tan bajitas que quedaban ocultas tras los abrigos.
Gracias, Inés Buufff Ahora voy. Con estos pies hinchados parezco pecera y tú hablas de té refunfuñó Soledad, avanzando.
Rozaba con sus hombros los caras pieles, salpicadas aún por gotas de lluvia de la calle, pero a Soledad Jiménez le daba igual. Solo pensaba en llegar a la silla junto a la entrada del personal.
Se sentó tras pelear cinco minutos con los botones del abrigo, resollando con fuerza, y por fin se lanzó sobre la silla, dejando las piernas estiradas.
María, ayúdame con las botas, que no me puedo inclinar jadeaba a una compañera espigada y enérgica.
Ella apareció enseguida, sin dejar de vigilar a los clientes, le soltó las cremalleras, se sacudió como un muelle y volvió al trabajo. Pero Soledad la sujetó por la manga.
No comprarán. Mejor arréglate la corbata. Estas corbatas parecen sogas indicó, tirándose ella misma del nudo apretado.
María le arregló la corbata y alisó los pliegues de su blusa.
¿Quiere que le traiga agua? ofreció cordial.
¿Por qué todas queréis darme de beber? ¿Pretendéis que reviente? contestó Soledad, frustrada. Anda, ve, tus clientes van a llevarse el visón gris. No han tocado nada, pero esa señora no le quita ojo.
María se apresuró a atender, dejando a Soledad resoplando.
Ella quedó allí, roja e inmensa en la silla, como un globo a punto de elevarse cuyo cesto no termina de engancharse.
Sentada con las manos en la barriga, observa.
Hoy es un día flojo en la tienda. La gente trabaja; por la tarde llegarán los adinerados con barrigas tan abultadas como la de Soledad Jiménez, aunque más firmes, y esposas rubias y estiradas.
A Soledad le intrigaba por qué todas esas ricas como llamaba a las señoras que pueden gastarse veinte mil euros en un abrigo se tiñen ese rubio ceniza, que no a todas favorece. A ella, hace veinte años, sí le sentaba, cuando aún tenía los ojos azul violeta y se tiñó para sorprender a su esposo. Pero él ni lo advirtió.
¿Habría hecho ella algo mal? ¿Demasiado exigente? Eso decían todos, que tenía al marido “cogido en corto”, pero había razones Y esas razones, esculturales y mimosas, acabaron con él. Bueno, con ella
Un golpe de puerta interrumpe sus difusos y soñolientos pensamientos. Del vestuario sale una joven a toda prisa y casi la arrolla, mascullando al móvil: ¡No pienso hacerlo! ¡Antes muerta!
Va de rojo, así que Soledad deduce que es la chica nueva de la que avisó ayer Esperanza. Casi a las diez fue la llamada cuando contaban caja. Nadie quería, pero Esperanza no supo negarse a la vecina.
¿Y para qué más personal? protestó María. Ya somos muchas y faltan clientes.
Pero a Soledad ayer le dio igual quién viniera o dónde colgaran el abrigo. Se fue a casa, sola y vacía.
¡Con cuidado, que me matas! bromeó tosiendo y con el pecho retumbando.
La joven la mira de arriba abajo, se fija en la blusa roja de Soledad.
¿Usted aquí sentada? le espeta. ¡Esto se trabaja en la sala, no aquí apalancada! Y sigue al móvil: ¡Mamá, esto es el cementerio de las solteronas! ¡No pienso quedarme!
Soledad ya no le escucha. Aunque por dentro piensa: tiene razón la niña, por razones misteriosas acabó en una tienda de pieles.
Solteronas. Pero no todas lo son, ni todas son mayores. Simplemente hay pocas bien casadas. Las que lo están no pierden doce horas entre visones y zorros. No les hace falta; llevan los abrigos puestos.
Las que tienen la casa vacía, hijos lejos, con hipotecas, pensiones ridículas ésas están aquí, blusas rojas y corbata. Trabajando. Y Soledad, con ellas.
María… llama a la mujer que la ayudó antes. ¿Quién es la nueva? Me ha dejado el brazo morado de un portazo.
Ah Es Teresa. Ayer avisaron. Esperanza dijo que ni la toquemos. Pero vaya carácter. Dice que no piensa vender. ¿Entonces para qué ha venido? Y tú, Soledad, ¿por qué vienes?
Soledad aprieta los labios, alza la falda y muestra unas piernas hinchadas, con venas gruesas, se quita los botas.
¿Para qué voy a quedarme en casa? Esto es también trabajo, jornada presencial como en política. El trono es pequeño, pero hay sitio de sobra en mi costado. Nada, ya me voy aclarando. Teresa allá ella. Anda, ve, que esa señora con chaqueta terracota te espera, pero no le ofrezcas gorro con pompón. Vamos, María.
María sonríe, vuelve a la sala a vestir a la cliente y Soledad se levanta despacio y se marcha al vestuario. Allí tose largo rato, encorvada, los puños sobre la mesa.
No, tengo que ir al médico. Pero no soporto el hospital, me deprime piensa, y se sirve un poco de infusión.
A Teresa todo la irrita: ese olor a cuero, los pelillos que cosquillean, el brillo de los abrigos caros, ahora fuera de su alcance.
Antes, con su madre, lo tenían todo. Coche, ropa buena, dinero a raudales, joyas. En el cajón de papá un fajo de billetes y una pistola. Su padre se la enseñaba y la llevaba al tiro. Teresa aprendió pronto, le gustaba el olor a pólvora.
Vivían bien, en suma. Pero todo explotó de golpe.
A Teresa aún se le eriza la piel cuando recuerda cómo entraron en casa unos tipos, empujaron a su padre, sacaron una placa, empezaron a tirar ropa, a sacar cajones, a arrancar cuadros y le hicieron abrir la caja fuerte. Ya no quedaba ni dinero ni pistola. El padre, pálido, sudando. Su madre llorando: ¡José Luis, esto no puede ser!
Se llevaron a su padre. Ni se despidió. Luego llegó la incautación, el desahucio, el traslado a casa de la abuela en un pequeño piso de Carabanchel. Su abuela, cansada de mantenerles con la pensión, logró colocar a Teresa en la tienda de pieles La Gorguera.
¡No pienso vender! pataleaba Teresa. ¡Que vayan ellas!
Venderás, hija. Te pusiste muy exquisita mientras tu padre robaba y no dabas ni los buenos días. Ahora, a trabajar. Y ni se te ocurra robar allí, ¿me oyes?
La abuela gritaba tanto que Teresa terminó llorando. Y así acaba en la apretada, cálida tienda.
¿Qué haces ahí parada? Ve y ofrece algo, que aquí quien no se mueve no come la empuja alguien hacia unas señoras. Pero, ¿tú entiendes de pieles?
Teresa mira que sí. Por supuesto que entendía, pero en plan esto me favorece y esto no, guiada por revistas y programas de televisión, no como experta en patronaje.
Despacio y a regañadientes, se acerca a una pareja mayor.
Busque algo bueno para mi esposa. Lo mejor ordena el señor, y la mujer, arrugada y emocionada, señala modelos juveniles.
Eso no es para usted. Mire más allá, allí están los modelos anchos responde Teresa, cruzada de brazos.
¿Cómo? ¡No ha entendido nada! protesta la señora. Yo quiero un abrigo, así, elegante, para ir al teatro
La abuela duda y Teresa remata:
…o al cementerio.
De pronto María se planta a su lado y, con miel en la voz, se lleva a los atónitos clientes hacia la zona gama media.
Más tarde, cuando pagan, María sentencia: Son clientes de Soledad Jiménez.
¡Eso no es verdad! ¡Eran míos! protesta Teresa. Soledad no se ha movido del rincón. Solo nos mira, como una rana.
Teresa se revuelve de rabia y tristeza; culpa a su padre por verse así, de dependienta. Y sí, a Soledad le apuntan la mitad de las ventas de las chicas.
Yo sé cómo hacerlo, niña la reprende María. Por cierto, fue ella quien me sugirió esa combinación para los abuelos. Anda, relájate y sonríe. Estás en una tienda elegante, no vendiendo cebollas. En breve es el descanso para comer, mientras Soledad
Y María, nuevamente amable, va hacia los clientes.
Teresa se queda en medio, mirando con desdén a la nube roja de Soledad en la silla. Mueve las manos como una directora de orquesta y sus colegas reaccionan como títeres.
¡Chica! ¿Duermes? Enséñame esa cazadora blanca señala una visitante.
Teresa, distraída, le alcanza el abrigo.
Vaya ¿De dónde sacáis prendas tan flojas? critica la señora. Quita, no me gusta.
¡Si se la ha visto! Lo que pasa es que es usted demasiado mayor para ella salta Teresa.
¿Cómo? ¡Qué descarada! Se le escapa una sonrisa sarcástica. ¿No eres tú Rivas? De princesa a mendiga, ¿no? ¿Tu madre también trabaja aquí? ¿Y tu padre? ¿Cuántos años le han caído ya?
Graciela Narváez Teresa la reconoce y se pone roja. ¡Qué vergüenza!
Los Narváez iban a fiestas en casa de su padre.
Os la habéis buscado bien sacude la cabeza la señora. A ti seguro que te caerán años. Tú vete acostumbrando
Sigue dándole la charla, disfrutando del sonrojo de Teresa, quien pronto termina llorando.
Narváez solo quería humillarla, y lo logra, pero cuando la nube roja se acerca, con voz ronca y triste, apoya una mano pesada en el hombro de la chica.
Señoras, ¿les puedo atender? ofrece Soledad Jiménez, con sus ojos cansados. Creo que aquellos modelos únicos son para ustedes. Teresa, deja que te ayude, cariño. Y sonríe, que de juventud se trata, ¿verdad? Hay que hacer vida.
Narváez interpreta el guiño como elogio hacia ella y se va a probar modelos, mientras Soledad empuja a Teresa hacia el aseo: Vete y recupérate, aunque me hayas respondido. No soporto ver cómo las pirañas muerden a las sardinas. Luego te enseño todo.
Teresa, mordiéndose los labios, desaparece.
Soledad logra una venta especial. Una, quizás la única por la que ha ido hoy. No por el abrigo vendido a Narváez, sino por algo más: el cuidado.
Las demás ventas y comisiones las apuntan a Soledad las chicas, porque ella, desde el taburete junto al personal, siempre aconseja soluciones. Clientes que entran vacilantes, curiosos, acaban saliendo con compra: guantes, bufandas, gorros, bolsos Todo suma. Y la comisión, también.
Lo normal sería que cada cual se quedase con lo suyo aclara entre risas María a una Teresa aún lloriquienta. Pero Soledad Jiménez es especial, no para la jefa, sino para nosotras.
¿Y qué tiene? Sí, hoy me salvó del rumor de Narváez. Pero Soledad Jiménez solo mira, y le dais lo vuestro.
Se lo debemos todo, niña. No por el dinero. Anda, come, que el descanso se acaba y toca volver.
Hace años, parecía otra vida, Soledad estaba en la puerta de una maternidad esperando a su marido. Él prometió, o eso creyó. Ella no estaba bien, perdió mucha sangre y a la hija que no sobrevivió. Fue sola a casa, vacía, y solo recuerda haber gritado que se largaran los invitados de su esposo. Él le fue infiel por despecho, o tal vez por resentimiento. Soledad Jiménez se quedó sola. Le inundaron la soledad los días, los años. Sin hijos, sin marido y sin dinero. Buscó trabajo para distraerse. ¿Por qué ahí? Vio un anuncio y entró.
La Gorguera apenas comenzaba y Soledad se curtía con cada abrigo. Fue administradora, trajo a Iván al que una vez casi atropella, lo rescató. María, madre de tres, con marido enfermo, vino de mercería. Las hermanas, orgullo y pobreza, fueron acogidas. María cosió en el taller, ahora vende. Todas las mujeres de rojo, las Soledades, son rescatadas. Maridos bebedores, negocios arruinados, pensiones de miseria.
Cuando la salud falló, Soledad dejó de ser gerente. Perdió ingresos, pero ganó descanso. Médicos le ofrecen la baja, pero ella no va: en casa todo es frío y soledad; en la tienda hay vida.
Teresa, no te avergüences. Esto no es bueno ni malo. Aprende, crece, gana experiencia. Así tendrás valor frente a las clientas. Cuando te rehaces, nadie puede moldearte. Los pecados de tu padre no son los tuyos. La vida sigue. Yo aquí me siento en el teatro; veo gente, historias, gestos. Me divierte leer la mirada de los clientes, adivinar y persuadir. Porque muchas veces nos mentimos, nos ocultamos. Y ese arte de adivinar ayuda a vender. Cuando estaba casada, todo el tiempo trataba de contentar a mi marido, no a mí. Ahora me doy ese gusto. He aprendido a anticipar deseos mejor que nadie. Haz tú lo mismo, si te toca. Por cierto, esa clienta que te acosa, tiene las uñas mordidas y las esconde en el abrigo. No todo es tan perfecto como parece.
Prueba ese abrigo, venga Soledad señala una prenda llamativa desde la puerta. Caro, ostentoso, ¿eh? celebra mientras Teresa se lo prueba frente al espejo.
Iván mira a Teresa, pero un gesto de Soledad lo aparta: no es momento para amores, hay que sacar adelante la vida.
La tienda fue al menos, en parte, obra de Soledad Jiménez. Incluso el aroma y el ambiente llevan su impronta. La Gorguera era conocida en Madrid, un referente. Y Teresa pronto lo notaría y se sentiría orgullosa.
Llegando diciembre, Soledad ya está hinchadísima. Los médicos insisten en el ingreso, pero ella no acepta: ¿Y mis chicas? ¿Quién las cuida? Luego iré, luego.
¡Esto es una locura, se va a matar y por nada! le reprocha la doctora Paloma.
No me dé lecciones. Vaya mejor a comprarse esos guantes que lleva semanas mirando. Le consigo descuento.
La doctora enrojece. Lleva años conociéndola. Ni ella tiene el aguante de Soledad.
¿De dónde saca esa fuerza? le pregunta al fin.
Soledad encoge los hombros.
Si caigo, no hay quien me levante contesta en voz baja.
Pero se equivoca.
La Gorguera arde con llamas azules durante más de una hora. Bomberos por todos lados, mangueras, sirenas.
Virgen del Pilar musita Soledad, que llega en taxi, apenas puede bajarse, localiza a Iván y le pide explicaciones.
Nadie sabe cómo empezó. No se salva nada.
¿Y ahora qué, Soledad? llora María. Nadie atina a actuar, la encargada hiperventila.
Pues nada. Da igual. Todo está asegurado, mujer. Habrá que seguir adelante. Ya toca, ya.
Soledad se marcha. Ya nada la retiene. Nadie la espera.
Dos días después la ingresan en el hospital. No dice nada a nadie. ¿Para qué?
Unos días más tarde aparece Teresa, seria, con una bolsa de naranjas, zumos y un ramo de flores.
¿Esto qué es? ¿Manifestación? Estoy enferma, no admito visitas.
Hola, Soledad. Mal hecho, la médica me ha dicho que sí.
Teresa coloca los regalos junto a la cama.
¡Mentira! gruñe Soledad.
Usted siempre dice que hay que escuchar el propio corazón. Y yo sé que le alegra verme. ¿Cómo está?
Bien, supongo. Aquí no dejan ni fumar. Teresa, ¿puedes conseguirme un pase para salir y fumarnos uno?
No debería, pero saldremos. Vístase.
Teresa da la espalda, tímida, mientras Soledad se pone, con dificultad, su chándal.
Listo. ¿Tú cómo vas? pregunta Soledad ya en el pasillo.
Teresa observa el bastón que ahora usa Soledad.
Mejor. Soltarán pronto a mi padre, mi madre ya no llora tanto. Me han dado trabajo en otra tienda, y he vuelto a estudiar. Hice la matrícula, entregué trabajos, y aquí estoy.
¡Bien hecho! Te harás de acero, de los que no se doblan. Vivir por vivir no tiene mérito. Me da pena la tienda, eso sí
Escondidas tras un seto, Soledad enciende un cigarrillo.
Teresa no protesta. No ha venido a eso. Sino a ayudar, acompañar, visitar. Tiene pegada la imagen de Soledad, la mujer de blusa roja, en el taburete, guiñando un ojo. Por eso viene.
Nada que añadir. Basta con estar a su lado, resoplar juntas, mirar el mundo distinto.
¿Un café? pincha Soledad en el costado de Teresa.
¡Le han dicho que no puede! Y lleva el cuello al aire
Bah, el cuello me da igual. ¡Ya estoy harta de achicoria! protesta Soledad. Teresa pone los ojos en blanco.
Tomaron el café mucho tiempo después, cuando tía Soledad fue invitada a casa de Teresa por primera vez. Iván las llevó.
Soledad no solía ir de visita; la incomodaba. Pero la abuela de Teresa era de la vieja escuela: si hay invitados, hay mantel, comida, canciones, y algún chupito. A la madre de Teresa le sentaría fenomenal una gabardina larga y entallada, como la que un día colgó cerca del taburete de Soledad.
Habrá abrigos, habrá Navidad con olor a abeto, habrá primavera con gorriones ruidosos. Todo irá llegando para Soledad Jiménez. Pero ya no habrá Gorguera. Y qué importa.
Tía Soledad y Teresa son amigas, se visitan, se apoyan. Teresa insiste en que Soledad haga algo de deporte, suave: nada y mejora. Teresa estudia y saca buenas notas, prepara las prácticas. Soledad y la madre la animan. Y a Teresa le gusta.
El encuentro de estas dos mujeres no fue casual: tenía que suceder, para las dos. Y ninguna es gorguera, prenda bella pero prescindible. Son fuego, energía y determinación. Eso vale más que cualquier piel.







