La Nuera

NUERA

Carmen Fernández depositó con sumo cuidado una fuente grande con pato asado en el centro de una mesa bellamente dispuesta y suspiró. En cualquier momento, llegarían sus hijos con sus nueras.

El pequeño se había casado hace poco; la boda fue sencilla. Bueno, es lo que ahora se lleva entre los jóvenes, se dijo Carmen. A ella le habría gustado una celebración por todo lo alto. Cuando se casó con su marido, apenas y fueron al Registro Civil. Hasta los anillos los compraron un año después: dos alianzas finas de oro. Pero hubiera querido un gran festejo para sus hijos. Al final, como ellos quisieran.

Solo tiene un defecto: es que es demasiado pulida, se sinceró Carmen con una amiga. Pero su nuera ya había decidido hablar con ella.

La nuera, Lucía, era en el fondo una buena chica, muy correcta. Había influido positivamente en su hijo Álex. Gracias a ella encontró un buen trabajo y le animó a crecer profesionalmente. Hasta los treinta, Álex había sido un conformista, sin aspiraciones. Carmen, la madre, había empezado a preocuparse, pero ahora todo iba por buen camino, por suerte.

Solo había un pero con Lucía: le parecía excesivamente arreglada. Iba mucho a salones de belleza. Peinados, tintes, masajes, manicuras… Todo eso costaba un dineral. Y, a su parecer, una mujer casada debía tener siempre a su familia como prioridad.

¿Y si tuvieran hijos? ¿Se haría la pedicura en vez de comprarle zapatos nuevos al niño? Carmen no aprobaba a esas mujeres que pensaban en ellas mismas en último lugar. Sobre todo desde que, al morir su marido, sus hijos aunque ya adultos seguían necesitando ayuda económica.

Sus pensamientos se interrumpieron con el timbre ya estaban allí los jóvenes. Lucía entró al salón como un destello: el pelo recién peinado, las manos impecables. Apenas llevaba maquillaje, y parecía deslumbrante gracias a la habilidad de su esteticista.

¡Pero Lucía, qué guapa vienes! exclamó Carmen sincera, aunque en su voz se escapó cierta desazón. ¿El traje es nuevo, verdad?

Sí, lo compré ayer sonrió la joven. En el trabajo me dieron una buena prima.

En esos casos lo mejor es ahorrar no pudo evitar aconsejar Carmen. Todas las pagas extra deberían guardarse para posibles imprevistos; ¡ya me lo agradecerás!

Lucía se mantuvo en silencio. Le caía bien Carmen, una mujer sencilla y entregada a los suyos, pero en su interior pensaba que quien se prepara tanto para la desgracia, termina llamándola.

La velada transcurrió agradable, aunque Carmen no desaprovechó la ocasión para tocar con delicadeza el tema de los gastos superfluos. Lucía se dio cuenta: el recado iba para ella.

¿Hace cuánto que no se hace usted la manicura, Carmen? no pudo evitar preguntar.

Yo… dudó la madre de Álex. Nunca. En casa me las arreglo un poco para tener las manos limpias, pero nada más.

Nadie más de la mesa reparó en aquel breve diálogo. Pero Lucía, desde su mirada, sintió tristeza. ¡Criar dos hijos que ahora tienen buenos sueldos y ni se plantea dedicar un poco de dinero a sí misma!

Álex, ¿tu madre hace algo para cuidarse? le preguntó de camino a casa.

No sé… cocina, mira la tele, va a charlar con las vecinas. ¿Por qué?

Porque no ha disfrutado nunca de nada bueno, ¡ni un cine, ni un teatro, ni un restaurante! Deberíais invitarla.

Ay, no le hace falta, Lucía, no inventes.

Lucía se calló, pero recordó a su propia madre; aunque el dinero escaseaba, siempre se permitía un corte bonito o un vestido nuevo. Y nunca faltaba a la temporada del teatro de la ciudad.

La nuera decidió que Carmen tenía que probar, aunque fuera una vez, a vivir para sí, y no solo para los demás. Tras unos días, la llamó y la convenció para salir a pasear, tomar un café… y dar un salto al salón de belleza Lucía quería pasar por el gabinete y le ofreció cualquier tratamiento.

Ay, hija, si tú lo necesitas, yo te espero fuera, o en la cafetería…

¿Para qué esperar sin más? Vamos, que media hora o una hora se pasan volando. Podría hacerse una manicura y un masaje de manos, al menos.

A regañadientes, Carmen aceptó. Lucía avisó con antelación al salón de belleza que frecuentaba.

Por favor, haced todo lo mejor posible con mi suegra. Ofrecedle algún extra, con sutileza pedicura, mascarilla, lo que sea. Si pregunta por precios, decidle que todo está pagado. Si sale bien, tendréis clienta nueva para rato.

En el momento acordado, Lucía llevó a su suegra, que dudaba a cada paso.

Solo media hora, ¿verdad? ¿Y cuánto te debo por todo esto?

Cuando una simpática empleada se llevó a Carmen, Lucía se acomodó en la sala de espera y sacó el móvil para repasar unos correos.

Carmen salió dos horas después, visiblemente relajada y rejuvenecida. Las profesionales sabían lo que hacían.

¡Ay, Lucía, cuántas cosas me han hecho! Me han dado café, infusión… ¡Un encanto toda la gente! ¿Cuánto habrá costado esto? Seguro que un dineral…

¡Hoy hay promoción especial! se adelantó la recepcionista. Si traes a una amiga, los tratamientos para ella son gratis. Así que, hoy, ¡cero euros!

Lucía y su satisfecha suegra se sentaron después en una cafetería cercana. Carmen tomó un sorbo de capuchino y se recostó en la silla.

¿Y si venimos juntas más veces a estos encuentros de chicas? propuso Lucía. Siempre hay ofertas para clientas habituales. ¿Le ha gustado, verdad?

Pues sí admitió Carmen, sorprendida. Ni imaginaba que podía ser tan agradable.

¡Había que haberlo probado antes!

Antes… No era posible. Los niños pequeños, el marido. Que en paz descanse, siempre era muy ahorrador y no permitía gastar. Y luego ya, parecía que tampoco tenía sentido.

¡Pero ahora sí! Así me hace compañía, que si no, me aburro.

Bueno, de vez en cuando… por acompañarte.

Y así comenzó su nueva costumbre. Carmen empezó a cuidarse junto a su nuera. Lucía, con mano izquierda, le renovó el armario, diciendo siempre que los precios eran mucho más bajos de lo real. Consiguió que Álex invitara a su madre al restaurante, luego fueron juntos al cine. Y por Navidad, Lucía regaló a Carmen un abono para el teatro.

Estás rejuvenecida le decían las vecinas a la suegra de Lucía.

La juventud tira de nosotros respondía, sonriendo humilde.

Por primera vez, sentía, ya jubilada y madre de dos hombres hechos y derechos, que ahora empezaba una auténtica juventud.

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