Verónica no conseguía encontrar su felicidad. Pronto cumpliría cuarenta años y seguía sola, siempre sola. Y eso que la vida le había dado de todo: inteligencia, belleza, un buen trabajo y un sueldo excelente, pero la dicha de ser mujer le seguía siendo esquiva.

Nieves no lograba encontrar su felicidad. Pronto cumpliría cuarenta años y seguía estando sola. Y no es que le faltaran virtudes: era lista y guapa. Tenía un buen trabajo, un salario alto, pero la dicha femenina seguía sin llegarle.

Julia y Alfonso, los padres de la muchacha, estaban muy preocupados por ella. Siempre intentaban ayudarla, sobre todo moralmente. Que al final, Nieves bien podía ayudarles a ellos económicamente, aunque nunca aceptaban nada.

Hija, vive con nosotros, que sitio hay de sobra decían Julia y Alfonso. ¡Tus ahorros ya te vendrán bien cuando encuentres tu felicidad!

Y cada día sentían pena por Nieves cuando volvía agotada del trabajo:

¡Nadie te compadece, hija, salvo papá y yo! suspiraba la madre.

El día que no estemos, duro será para ti estar sola. ¡Ni a quién llorarle te quedará! Tienes que buscar tu felicidad, hija añadía el padre.

Y se sentaban los tres delante de la televisión. Así un año tras otro: su vida giraba alrededor de buscar la felicidad mientras miraban la tele juntos. ¡Qué monotonía, daba hasta bostezo!

Resultaba especialmente extraño oír hablar al padre de cuando no estemos. Porque Nieves nació cuando Julia y Alfonso apenas tenían diecinueve años. Se casaron locamente enamorados. Muy cruel sonaba aquello de cuando no estemos para quienes aún eran jóvenes.

Nieves también, durante la universidad, conoció a un chico, Esteban. Era grandote y algo torpón. Un tipo gracioso. Dondequiera que iba, siempre acababa rompiendo, tropezando o tirando algo.

Julia le llamaba de broma Esteban-plato-roto o el desastre andante.

Y Alfonso imitaba el andar patoso de Esteban, capturando al aire cualquier cosa que se le cayera.

No, hija, es un desgraciado, todo lo que toca lo rompe. Ese no es tu destino, tu felicidad no va por ahí le advertían a Nieves, con dulzura, los padres.

A fuerza de repetírselo, al final Nieves acabó viéndolo así: un gran desdichado.

Pero ahí se equivocaron los padres: Esteban terminó la carrera, montó un bufete de abogados y se casó con una chica que encontraba irresistible su torpeza. Sólo necesitaba espacio propio, por eso se fueron a vivir a las afueras, a una casa con jardín.

¡La felicidad de nuestra Nieves está aún por llegar, hay que buscarla! se animaban Julia y Alfonso y animaban a su hija.

A pesar de todo, la familia era unida y alegre. Hacía unos meses se habían ido juntos de viaje a Granada, disfrutaron del sol y de la comida andaluza, y por las noches veían las fotos recordando las vacaciones.

Allí, Nieves conoció a un hombre llamado Ramón. Era de Galicia.

A este pretendiente tampoco se libró de las bromas habituales:

¡Vaya, sin esperarlo nos ha caído del cielo un romance con un Ramón gallego! dijo entre risas Julia.

Y Alfonso, poniéndose una almohada en la barriga, desfilaba por la habitación imitando los andares robustos de Ramón.

A Nieves le fastidió un poco: Ramón no era gordo. Sólo era grande. Y resultaba interesante conversar con él, sabía mucho de estrellas y cada noche le mostraba las constelaciones en la playa. A pesar de los padres, Nieves se atrevió a darle su número.

Pero ya en Madrid, cuando Julia supo que seguían en contacto, soltó:

¡Los romances de verano no llevan a nada! Eso nunca acaba bien.

No importaba que ninguno tuviera familia, lo importante era que el romance era veraniego. Un camino sin final.

Busca tu propia felicidad, hija, que aquí estamos para lo que necesites. Puedes contar siempre con nosotros, niña nuestra repetía Alfonso.

En verano, los tres iban juntos a la casa de campo en la sierra de Guadarrama: río, naturaleza, meriendas bajo el manzano, barbacoas junto al cenador. Fruta y verdura de su propio huerto. Y los vecinos venían a jugar la partida.

Un día, los vecinos recibieron a su hijo Pablo, que llegó con un niño de unos cinco años, Antoñito. Padre e hijo eran un calco: rubios, de ojos claros y pecosos, y con unas orejas igual de despegadas.

Los vecinos contaron luego que la esposa de Pablo le había dejado y se marchó con un empresario. Al hombre de negocios el niño no le interesaba: se parecía demasiado al padre. Si hubiera salido a la madre, pase. Pero no quería ese retrato del padre en su casa. Y así, Pablo se quedó criando solo a Antoñito.

A Nieves ambos le conquistaron el corazón. Había en los dos algo tiernamente humano. Ella y Pablo sintieron al instante una chispa, y Antoñito se enganchó enseguida a ella.

Julia volvió a ridiculizar el caso:

¡Pablo se ha pulido todas nuestras zanahorias y deja una! Hija, seguro los padres te lo han traído a propósito para presentáros. ¿Para qué quieres un hombre con paquete?

¡Es un fracasado! Una esposa no abandona a un buen hombre, y menos con un niño pequeño insistía Alfonso.

Por primera vez Nieves se rebeló ante su padre:

Papá, precisamente una mujer sólo deja un hijo con un buen hombre si sabe que él saldrá adelante. Si cree que no beberá, que lo criará bien

No, Nieves, no es tu destino, sigue buscando el tuyo. Nosotros queremos mimar a nuestros propios nietos, no a los de otros. Queremos oír esos piecillos correr por la casa

Julia y Alfonso, a partir de ahí, cortaron la relación con los vecinos y se aislaron. La cordialidad y las tardes de café se esfumaron. Los padres de Pablo se enteraron así de lo que pensaban de ellos, palabras duras y nuevas.

Julia y Alfonso seguían allí, bajo el manzano, lamentándose porque Dios no concedía a Nieves la ansiada felicidad. Y así pasó el verano, entre la pena y el desasosiego.

Nieves, por su parte, ya quería a Pablo y a Antoñito con todo su corazón; adoraba también a sus padres y no quería herirles. A veces se sentía culpable de haberse enamorado del hombre equivocado, no del que sus padres imaginaban. Al acabar el verano, se marcharon los tres a la ciudad, a su piso de siempre.

Los padres amaban a Nieves, así que jamás mencionaron a Pablo o Antoñito en las tardes lluviosas de otoño, ni en broma ni en serio.

Un día, Nieves vio en la calle a un pequeño gato rojizo. Había buscado cobijo de la lluvia bajo la rueda de un coche. Minúsculo, mojado, miserable, maullaba lastimosamente. No tenía madre, igual que Antoñito, al que aquel animalito le recordaba. Estaba más solo que nadie en el mundo. Allí, bajo la rueda que en cualquier momento podía rodar y truncarle la vida.

Sin pensarlo, Nieves agarró al desdichado y lo metió bajo su abrigo. No le importó que estuviera empapado y sucio: sólo quiso aportarle calor.

Una vez en casa, lo secó con una toalla y le puso leche en un platito.

Sentada en el suelo de la cocina, veía cómo el gatito lamía con avidez, su lengüecita rosa era como una palita incansable.

¡Pobrecito, qué hambre pasaría! pensó Nieves.

Al instante apareció Alfonso con el periódico, y tras él Julia, curioseando al visitante. Pero sus caras no tenían ni pizca de ternura: más bien confusión y enfado.

¿Y ahora qué hacemos con esto? gruñó Alfonso.

El minino, saciado, buscó su sitio predilecto en la cocina y dejó un charquito.

Nieves ni tiempo tuvo de sacar una servilleta antes de que Julia estallara:

¡Saca ese animal de aquí ahora mismo! ¡Va a ensuciar toda la casa, a destrozar los muebles y las cortinas! ¡Alfonso, dile algo! ¡Nuestra casa no es sitio para pulgosos!

¡Claro! ¡Acabaremos oliendo a gato y los vecinos nos esquivarán! corroboró él.

Pero si es pequeñísimo ¡Le compro un rascador y le enseño al arenero! ¡Mirad qué carita! protestó Nieves, incapaz de entender por qué tanto rechazo. Nadie en la familia era alérgico y espacio en el piso les sobraba.

¡No, no y no! ¡No queremos bichejos en casa! bramó su madre, en todo su temperamento.

Hija, entiendo que te dé pena, pero llévalo a una protectora, que eso para algo están. Y si no lo admiten, diles que montas un escándalo insistía Alfonso, agitando el periódico.

Nieves, callada, agarró al gato y cerró la puerta tras de sí.

Le dolía y se sentía abatida. ¿Cómo, tras cuarenta años, no tenía nada propio? Ni hijos, ni marido, ni siquiera una habitación propia. A sus cuarenta años, ni un mísero gato podía tener. Necesitaba un rincón suyo, aunque fuera una sola habitación, donde ser ella misma de verdad.

En vez de irse a la protectora, Nieves fue directamente a una agencia inmobiliaria.

Allí, enseguida le encontraron un estudio donde aceptaban mascotas.

Por primera vez en su vida, Nieves sintió que tenía algo propio. Compró de inmediato todo lo necesario al cachorro. El veterinario confirmó que era hembra, y debía de tener dos meses. Nieves le puso de nombre Pepa.

Casi sin darse cuenta, fue un poco más feliz. Y al cuidar de Pepa, recordaba a Antoñito y a Pablo.

Un día, sonó el teléfono. Nieves no se lo esperaba en absoluto: Julia y Alfonso habían dejado de hablar con los vecinos de la sierra. Pero Pablo, sin más, la llamó:

¡Hola! ¿Qué tal estás? Aquí Antoñito quiere decirte algo.

Nieves sonrió, pensando en sus pecas y sus ojazos curiosos.

¡Nieves! ¡Te echamos de menos! ¡Ven a vernos! Papá y yo te esperamos se oyó la vocecilla al teléfono.

Iré, pero no iré sola. ¿Puedo llevar a mi gata? preguntó ella.

Se escuchó la voz alegre de Pablo:

¡Puedes traer hasta a toda la troupe de los circos Raluy! ¡Ahora mismo pasamos a recogerte, dime dónde vives!

Y así fue como Nieves encontró la felicidad. Contra todos los pronósticos, es feliz con Pablo, Antoñito y Pepa. Y pronto llegará un hermanito para Antoñito. O una hermanita ¡qué más da!

Por supuesto, Nieves sigue acordándose de sus padres. Sigue queriéndolos igual. No los olvida.

A menudo llama a Julia y a Alfonso, sólo para contarles que está bien y que por fin ha encontrado la felicidad.

Aunque no sea la felicidad que ellos soñaron, es la suya.

Quizá algún día, Julia y Alfonso logren aceptarlo y dejen de gritar por teléfono: ¡Vuelve a casa ahora mismo!

Entonces quizá tengan también ellos la oportunidad de coger unas manitas diminutas y escuchar el eco de pisadas chiquitinas cruzando su casaPero Nieves sonríe al colgar, mientras Pepa se enrosca a sus pies y Antoñito le corrige los deberes en la mesa del salón. A su lado, Pablo bromea diciendo que sus muffins parecerán cometas, pero igual todos los devoran con alegría. Afuera, la lluvia tamborilea la ventana; adentro, huele a café y a futuro.

Sabe que la felicidad no siempre se ajusta a los esquemas ni a los planes de los demás. Se construye poco a poco, a veces con un gatito rescatado, a veces con un abrazo de niño, a veces con una llamada de cariño aunque venga acompañada de reproches.

Mientras observa a los suyos, Nieves comprende que todo ese buscar la espera interminable, las renuncias y las dudas solo tenían sentido para finalmente hallar su lugar en el mundo. Uno pequeño, desbordante de vida, hecho a su medida.

Y en ese instante, con la familia reunida, la gata ronroneando junto a la barriga donde crece el futuro, Nieves siente por fin lo que tanto buscó: la felicidad, inesperada y perfecta, acurrucada en el centro mismo de su propia vida.

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