Viernes, 17 de abril
Hoy he vuelto a pensar en todo lo que hemos pasado estas últimas semanas. Quién diría que encontrar al culpable sería tan complicado. Todo empezó el día en que los niños, embelesados corriendo hacia el río, se olvidaron de cerrar bien la jaula del loro. Mi madre, de regreso del mercado, abrió de par en par la ventana del salón para ventilar la casa. Así fue como, cuando al caer la tarde notamos la ausencia de Ferminita, comprendimos con horror que nuestro loro amazono había desaparecido sin dejar rastro.
Durante tres días y tres noches dejamos todas las tareas de lado y recorrimos de punta a punta la urbanización de La Moraleja buscando a nuestra parlanchina. Todos los esfuerzos fueron en vano: nadie había visto a Ferminita. Los niños no paraban de llorar, mi madre andaba lamentándose por los rincones con su típico ¡ay, ay, ay, qué disgusto! y mi marido y yo, desesperados, descargábamos nuestra frustración sobre pequeños y mayores sin distinción.
Nuestra perra, la airedale llamada Casilda, ni siquiera podía ser parte de esos reproches: se la veía mustia como nunca. Sólo alteraba su letargo vital cuando alguien llamaba a la puerta; en ese momento, se lanzaba al recibidor con un ladrido fortísimo, pero a los pocos segundos se detenía en seco, se daba cuenta del vacío, y volvía apesadumbrada a su alfombra. Ya llevábamos cuatro años en los que la llegada de cualquier visita se convertía en un concierto de ladridos y chillidos: Ferminita imitaba el ladrido casi mejor que la propia Casilda. Parecía un don mágico.
El ladrido había sido la primera gran travesura de nuestra Ferminita en casa. Siendo aún un polluelo verde por fuera y por dentro, se entretenía en asustar a nuestra gata, Candelaria. Se acercaba de puntillas y, de repente, le ladraba en la oreja con todas sus fuerzas. La pobre Candelaria saltaba de un brinco, soltando un ¡miau! tan lastimero que Casilda venía corriendo al oír aquel alboroto. Empezaba entonces la función, y la casa entera parecía un circo.
Aunque Candelaria la toleraba (aunque, sospecho, sólo a regañadientes), Casilda adoraba a Ferminita con un cariño sin igual. El pillo del loro se posaba literalmente en la cabeza de la perra. Y desde allí, farfullaba sermones interminables, repitiendo la entonación de mi madre con una exactitud sorprendente:
¿Quién se va a acabar el arroz con leche?
Y, tras una pausa digna de un actor del Teatro Real, remataba:
¡Aquí no hay cerdos en casa!
Casilda ignoraba estas peroratas igual que los niños hacen con las de mi madre. Cuando Ferminita se pasaba de pesada, Casilda la espantaba dándole un leve empujón con su áspera lengua.
En resumen: la desaparición de Ferminita fue, para todos nosotros menos para la gata, una verdadera tragedia. Dos semanas pasaron y, resignados, asumimos que nunca volveríamos a ver a nuestra charlatana. Entonces, en el barrio empezaron los rumores: entre la bandada de grajos que sobrevolaban los huertos, alguien se fijó en uno muy llamativo, verde chillón y con la cabeza roja. Más sorprendía aún que no sólo graznaba como un cuervo, sino que también ladraba y, para sonsa, soltaba algún que otro taco con voz tan humana como la de cualquier vecino. Aquello casi apagó nuestra esperanza: en casa siempre hemos procurado evitar esas palabras, pero quizá nuestro prodigio había aprendido en libertad más que ninguno de nosotros.
Diez días después, la suerte por fin nos sonrió. Mientras yo recogía tomates en el huerto, escuché clarísimo a mi espalda:
¿Y, qué?
En la rama de un cerezo, rodeada de varios compañeros negros que se atiborraban de frutos, estaba ella. Mi Ferminita.
Ferminita, ven, cielo mío, que mamá te va a mimar, tengo pipas riquísimas para ti
El loro inclinó la cabeza, en plena reflexión.
Nos has dejado a todos muy tristes, Ferminita. Papá, Sofía y Lucas, y Casilda todos te echamos mucho de menos. Anda, ven, pequeñina…
Avancé con el brazo extendido, despacio, intentando no asustarla. Ya casi tocaba la rama cuando
¡Ay, hijos de su madre!, soltó Ferminita con la voz destemplada de la presidenta de la comunidad, y voló alejándose con los demás pájaros.
La vida libre de Ferminita duró hasta las primeras heladas. Volvía a aparecer esporádicamente por el barrio, pero no había manera de convencerla: respondía a nuestras súplicas con un graznido filosófico y desaparecía entre los árboles.
Ya a finales de otoño, la empezamos a ver sola muy a menudo, más triste y encogida. Volvía a merodear por nuestra valla, pero seguía sin fiarse. Por fin, decidimos sacar la artillería pesada: Casilda. Nunca sabré lo que le contó la perra a su amiga, pero aquella tarde, Ferminita regresó a casa, digna y orgullosa, posada a lomos de la gran Casilda, como una reina que vuelve del exilio.






