— Estaba haciendo tortitas en mi casa cuando de repente entró un hombre desconocido — así lo cuenta ahora a todo el mundo doña Evdokia Victoria.

Estaba preparando unas tortitas en casa, cuando de repente entró un hombre desconocido esto es lo que siempre le cuenta ahora a todo el mundo Eulalia Rodríguez. Aquello no le hizo ninguna gracia en su momento. Imagínate: estás sola, no hay nadie más en la casa, ni debería haber. Y de repente, bum, te sale al encuentro alguien que no esperabas ver jamás. Así le pasó.

Con su exmarido, José, llevaba separada más de cinco años ya. Ella tenía casi 60 y ni se le pasaba por la cabeza volver a empezar ninguna historia amorosa. Los hijos, viviendo lejos. Iba tirando. Se llevaba genial con los vecinos. Por eso, a pesar de los tiempos difíciles, se había acostumbrado a veces a no echar la llave de la puerta principal. Nunca se sabe, igual su vecina Carmen la necesitaba para algo y se pasaba a casa. Ese día, claro, no esperaba a Carmen. Pero Eulalia había salido a tirar la basura y, entre que se lavó las manos y le puso de comer a su gata Clotilde, se olvidó de cerrar la puerta. Total, que tampoco le asustaba nadie. Era pleno día, la finca llena de vida. No es como andar sola por un bosque de noche.

Se puso a hacer tortitas y, justo cuando iba a poner otra en el plato, ve ahí al desconocido, ¡en su propia cocina! Como si saliera de la nada.

En ese momento, te juro que vi toda mi vida pasar por delante de mis ojos, desde el colegio hasta hoy. Eso pasa, ¿eh? pensé: Aquí se acaba mi historia, ¡menudo cuadro!. No es que tuviera muchas cosas de valor que robarme, pero me acababa de comprar una tele grande, tenía el ordenador, había cobrado la pensión y el monedero, ahí, en el pasillo. Estaba convencida de que ya se lo había llevado y venía a por más. Solo pude susurrarle: Llévate lo que quieras, pero no me hagas daño, tengo nietos, aún me queda mucho que ver con ellos. No diré nada a nadie, lo juro. Y en eso, va el hombre y empieza a disculparse y a decirme algo. La cabeza, como con algodón, apenas le oía Él me aconseja apagar el fuego de la cocina y me siento, sin pensármelo. Él enfrente. Y me empieza a contar que iba paseando por la calle, sin molestar a nadie, y se topó con un grupo de chavales un poco pasados de vueltas, que empezaron a pedirle dinero. Que no quería líos, así que echó a correr. Justo entonces, alguien salía del portal de mi edificio, él se coló y subió las escaleras, y los otros detrás. No le dio tiempo ni de pedir ayuda. Tocó varias puertas y nadie abrió. Probó suerte con los picaportes. Y justo la mía se abrió claro, si no la había cerrado con llave. Me pidió que mirase por la ventana, a ver si ya se habían ido. Me asomé, y efectivamente, allí estaban, unos con pinta de busca-vidas, haciendo corro. Al rato, se marcharon me contaba Eulalia a sus amigas.

El hombre se presentó como Antonio Martínez. Cuando se le pasó el susto, ella se fijó mejor: alto, algo torpe, pero con una mirada buenísima. Si le pones un abrigo rojo, parecía Papá Noel.

Disculpe, ¿no tendrá una tortita para invitarme? ¡Hace siglos que no las pruebo, desde que faltó mi mujer! le pidió Antonio.

Ya había dejado los zapatos a la entrada y se sentó sin quitarse la chaqueta.

¿Y de verdad le diste de comer? ¡Vaya, Eulalia, qué valiente eres! Yo le hubiera dado la patada y fuera le decía después, asombrada, la vecina Carmen.

Pero Eulalia, no sabe cómo, se decidió. Solo le pidió que se lavara las manos. Y él, enseguida al baño. Luego se sentaron a tomar un té tranquilamente y él le fue contando su vida: viudo, no tuvo hijos, vivía solo desde hacía años.

Se despidieron y, antes de marcharse, él volvió a pedirle disculpas.

Eulalia se sentía como la protagonista de cualquier serie española de sobremesa. Estaba entre emocionada y nerviosa. Después de contárselo a todas sus amigas y desahogarse por teléfono, de repente sintió un enorme vacío. ¿Y si? ¿Y si lo invitaba a otra merienda? Porque las empanadas de setas y los bizcochos que hace no los supera nadie, la verdad.

Pero bueno, pensó, esa oportunidad ya pasó. Decidió que al día siguiente, de todas formas, iba a hornear algo dulce. Y, en medio de ello, llaman a la puerta. Unos golpecitos, así, tímidos. Ella, pensando que sería la vecina, se asoma por la mirilla, y de repente, se la ve dando vueltas por casa se peina rápido, se quita la bata vieja y se pone el conjunto de punto con pantalón, hasta se rocía con un perfume que tenía olvidado en el armario. Abre la puerta.

Antonio estaba en el umbral, con un ramo de flores en las manos.

Bueno, esto he venido a pedirle disculpas formalmente. Le di un susto tremendo el otro día. Tome, esto es para usted, y me voy ya balbuceó Antonio.

¿Pero dónde va, hombre? ¡Si tengo empanadas recién hechas, pase y pruebe! le contestó Eulalia, sonriendo.

Es que iba bajando y olía esto, como en una pastelería. Pensaba: A quién le habrá tocado una mujer así de apañada suspiró Antonio.

Pues mire, que no tengo marido rió Eulalia. Pase, está usted en su casa.

Desde entonces, viven juntos. Antonio es ahora el pinche número uno en el huerto de Eulalia. Sus hijos le aceptaron de inmediato y los nietos ya le llaman el abuelo Toni. Se los lleva al parque, les cuenta historias como si fuesen suyos.

Después de tanto tiempo solo, ha vuelto a sonreír en una familia nueva. Antonio, que era un desconocido, se convirtió en uno más de la casa.

Las amigas de Eulalia están que se mueren de la envidia:
¡Parece mentira que, a tu edad, hayas encontrado a un hombre como Dios manda! ¡Y de una forma tan de película, que te vino él solo!

Eulalia lo reconoce, pero ahora, eso sí la puerta siempre la cierra con doble vuelta de llave.

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— Estaba haciendo tortitas en mi casa cuando de repente entró un hombre desconocido — así lo cuenta ahora a todo el mundo doña Evdokia Victoria.
No, mamá. No nos visitarás más. Ni hoy, ni mañana, ni el próximo año” — una historia sobre la paciencia que se ha agotado por completo.