Hace ya muchos años, yo, Nicolás, recibí un aviso para reparar una avería. Al abrirme la puerta, me encontré con un niño de unos diez años y una niña rubia, algunos años menor.
Mi madre llegará pronto, ¡pase! El grifo de la cocina gotea dijo el niño.
Entré, arreglé el grifo enseguida.
Papá lo haría él mismo, pero es piloto. Casi nunca está en casa explicó el pequeño.
Poco después llegó la madre y se encargó conmigo, mientras el niño, llamado Martín, me acompañó a despedirme.
No tenemos ningún padre piloto me dijo de repente. Mi madre se lo inventó.
Ese día, por la tarde, había terminado ya mi último encargo, cambiando el grifo del baño a una señora mayor. Ya me disponía a volver a casa, cuando una llamada del trabajo me pidió que pasara por otra dirección, a revisar otro grifo.
Yo, Nicolás, llevaba medio año trabajando para una pequeña empresa de reparaciones y limpieza.
Llamé al timbre. Me abrió un niño serio de unos diez años. Tras él, una niña rubia, tal vez de siete u ocho.
¿No hay adultos en casa? me sorprendí, recordando el protocolo de mi oficio: nunca entrar sin un adulto presente.
Mi madre vuelve enseguida, pase. El grifo de la cocina sigue goteando. Yo intenté arreglarlo con celo, pero no funcionó. No se preocupe, tenemos euros para pagarle se apresuró a decir el niño.
Finalmente, entré, fiándome de sus palabras. Reparé el grifo.
Además, la mesa cojea y el interruptor no funciona anunció de repente la niña.
Papá lo arreglaría, pero es piloto, está muy lejos y no puede venir añadió la pequeña, repitiendo, sin duda, la versión de su madre.
En ese momento, la madre llegó por fin. Era una mujer joven, de unos treinta y tantos, con aspecto cansado y un solo deseo: descansar.
No había forma de que vinieras tú le explicó el niño, así que he llamado yo mismo al fontanero.
La mujer me pagó (unos euros), y la niña recordó el tema de la mesa y el interruptor.
Quedamos en volver al día siguiente. Les dejé mi tarjeta y me marché.
Ya en la calle, salí con Martín así supe que se llamaba el chico, que bajó la basura.
No tenemos ningún padre piloto me confesó. Mamá cree que no nos damos cuenta porque somos pequeños. Si existiera, habría venido al menos una vez. ¿Usted qué cree? Y los regalos nos los compra ella, aunque dice que viene de papá. Yo la vi comprar la muñeca de Clara para el cumpleaños de mi hermana, pero dijo que la mandó papá dijo con tristeza.
Bueno, nunca se sabe, tal vez papá de verdad no pueda venir intenté consolarle.
Martín me miró, dudando, y se quedó callado.
Al volver a casa, aquellas palabras me retumbaron. Lo del «piloto» me removió por dentro. También yo lo fui, en otro tiempo…
Vivía en Madrid, viajaba de un país a otro. Estaba casado con una bella mujer, pero ella quería que aterrizara y formara un hogar estable.
¿Te vas a pasar la vida entre nubes, y yo criando a los hijos sola? me recriminaba.
No tuvimos hijos.
Un día, sus padres se fueron a Francia, y ella también acabó marchándose con ellos. Yo me negué, y nos separamos.
Seguía volando, hasta que la salud me obligó a retirarme.
Ya pensionista, me fui al pueblo a vivir con mi madre. Tuve tiempo de disfrutarla medio año antes de que falleciera súbitamente.
Luego me dio por beber, aunque jamás había sido aficionado Rápidamente me encontraron compañía. Duró apenas un mes, interrumpido por un sueño en el que veía a mi madre mirándome con tristeza. Al despertar, eché a todos de casa, me rehíce y hasta renové el piso… pero me invadió la soledad.
Un día, hojeando el periódico local, leí que buscaban operarios con coche propio. Decidí intentarlo; la flexibilidad me venía bien y el dinero tampoco estorbaba.
Al día siguiente, ya por la tarde, volví a la casa de Martín y Clara. Pensé que su madre llegaría tarde, pero ya estaba allí.
Arreglé la pata de la mesa y el interruptor, nivelé una estantería y ajusté la puerta del mueble de cocina.
Al mirar el baño, me quedé pasmado.
Aquí hace falta una reforma seria advertí.
Si usted la quiere hacer, de acuerdo. Tengo algo de dinero, seguro que alcanza para pagarle asintió ella, que se llamaba Lucía.
Mientras trabajaba, fuimos conociéndonos. Lucía era educadora en la guardería local.
Quédese a cenar, ha trabajado muchísimo. Seguro que tendrá hambre me propuso tímidamente.
Los niños también insistieron en que me quedara.
La cena se alargó. Los niños se durmieron pronto, y Lucía y yo seguimos charlando. Por primera vez conté con sinceridad mi vida. Lucía sabía escuchar, con la sabiduría maternal y la misericordia en la mirada.
Ella nunca tuvo marido. Tuvo dos intentos fallidos de pareja y dos hijos, con tres años de diferencia. El padre piloto era una invención, una fantasía con la que prefería proteger a los niños hasta que fuesen lo bastante mayores para entender.
Me marché de su casa entrada la medianoche, prometiendo volver al día siguiente: aún quedaba mucho trabajo.
La siguiente tarde, cuando Lucía abrió la puerta, se quedó petrificada. Entré vestido con mi viejo uniforme de piloto, llevando flores y una tarta.
¡Papá, papá piloto, has vuelto! gritó Clara, corriendo a abrazarme.
He vuelto, aunque al principio no os reconocí, hacía tanto… ¿Verdad, Lucía? le pregunté mirándola con una esperanza que no le dejó más opción que asentir.
Así la familia de Lucía se hizo completa y feliz.
Martín tardó algo en creer que su padre había regresado, pero, al final, confió. Adopté a Martín y a Clara, y al año y medio nació un tercer hijo.
Hoy, al mirar atrás, comprendo que la vida puede darnos segundas oportunidades y que, en familia, todo encuentra su sitio.







