No hay a dónde huir

¡Doña Encarnación, de verdad que no me reconoce? ¡Soy yo, Fermín su único sobrino!

¡¿Fermín?!

Durante unos segundos, la tía respiró como si acabara de subir a la Giralda.

¡Virgen Santa! Pues mira que pensé que te habrías muerto o estarías en la cárcel. Ni llamas, ni escribes

*****

¿Por qué, justo ahora?, se preguntaba Fermín, sentado frente a su portátil mientras el taladro del vecino al otro lado del tabique martilleaba sus tímpanos como si pretendiera derribar la Sagrada Familia. Querer no oírlo quería, pero ni tapones, ni almohadas, ni auriculares podían con semejante tortura ibérica.

Fermín lo había probado todo: se tapó los oídos, se puso auriculares, hasta se enterró debajo de la manta como un cochinillo, pero nada.

Aquello no era un piso, era el Madrid Arena de las reformas. Cada golpe venía acompañado de un chirrido metálico que te arrancaba el alma.

¿Pero esto cuándo termina? ¿Hasta cuándo va a durar esta cruzada contra el descanso humano?

Soñaba Fermín con plantarse en el descansillo, pegarle una patada ninja a la puerta de Paco el vecino, antiguo legionario y dos metros de bestialidad con mirada de que se preparen los lerdos y confiscarle el taladro con la dignidad de un agente de la Guardia Civil.

Pero esto solo pasaba en las novelas de Fermín, o en la película que se montaba en la cabeza. En la vida real, Paco le estampaba el taladro entre las cejas y ahí ardía Troya.

Así que solo quedaba resignarse. Quizá podría, de hecho, resignarse si no fuera por un detalle menor…

Resulta que el director de una editorial con más renombre que el jamón de Jabugo, tras leer su último libro sobre un crimen en un pueblecito ficticio de León, le llamó para proponerle una colaboración.

Una colaboración interesante y jugosa, que le va a dejar el bolsillo más alegre que la feria de Abril, le decía el editor.

¡Acepto! gritó Fermín, sin pensarlo.

Genial, solo hay una condición: tienes tres meses para escribir otra novela.

No hay problema.

Pero si a Fermín le pagaran por hablar antes de pensar, sería más rico que Amancio Ortega. Porque ahí estaba, aceptando el trato, sin la más mínima idea de qué escribir.

Sí, un crimen tenía que haber claro. Y la historia, con su misterio, su gancho, su giro de guión. Y lo esencial: inventar un crimen, lo más difícil, porque ideas tenía pocas y, encima, tiempo escaso.

La última vez tardó medio año solo en encontrar la historia. Ahora, tres meses, y el vecino dale que te dale con el taladro

Preguntó a Paco cuánto pensaba estar de obras.

Pues tres mesecitos, calculo. ¿Te molesto?

¡No, hombre, por Dios, solo preguntaba! respondió Fermín, paliducho, corriendo de vuelta a la seguridad de su habitación.

Así que tenía dos opciones: escribir su bestseller entre el fragor de la guerra civil doméstica, o huir. El problema era, ¿dónde? Un hotel le costaría más euros que una verbena de pueblo en San Fermín.

Alquilar otro piso era igual de arriesgado. ¿Quién le daba garantías de que no le tocaría otro vecino sordo de flexo, niño prodigio con la trompeta o que no celebraran la comunión durante semanas al otro lado del muro? Uf, imposible.

Y entonces, mientras amortiguaba un golpe en la cabeza contra su estante de libros (cosas del despiste), recordó a su tía Encarnación. Su relación con ella era neutra; lo último que recordaba era verla en el entierro de su madre, hacía siete años. Pero su número de teléfono ese sí lo recordaba.

Marcó, cruzando los dedos.

¡¿Hola?! la voz de Encarnación, viva y coleando, lo alegró más que comerse una palmera de chocolate a media tarde.

Soy Fermín.

¿Fermín qué Fermín? ¿El fontanero? Si ya le pagué el grifo de la cocina. ¿No te habrás dejado algo?

¡No, tía! Soy tu sobrino, el único: Fermín.

¡Ah! Fermínito durante varios segundos suspiró que parecía el viento del norte en Santiago . ¡Ay, hijo! Pensé que habías doblado la servilleta. Ni una llamada, ni un mísero whatsapp

Estoy vivo, es que trabajo mucho, le juro

¿Siete años sin un respiro ni medio minuto libre? ¿No estarás en la esclavitud?

No, mujer, es que soy escritor. Voy por los detectives porque se venden bien

¿¡Escritor!? ¿Y para qué te preparamos la selectividad y te pagamos la facultad de física nuclear? Menuda inversión en balde

Pues he cambiado de vocación Tía Encarnación, en realidad te llamo porque

Aaaaah, ya. No llamas solo por cortesía, sino porque necesitas algo de la tía. ¿Dinero?

No, tu chalé.

¿Perdona? ¿Mi chalé? ¡Tienes más cara que espalda, chiquillo! ¿No te habrás dado un golpe en la cabeza?

Bueno algo así. Verá, solo quiero quedarme una temporada.

Justo ahora estoy intentando venderlo. Me lo gestiona un agente inmobiliario.

¿No podrías esperar tres meses, tía? ¡Solo tres!

Puede que sí. Pero primero dime para qué lo quieres. Si es para hacerte el Casanova y traer a señoritas tras señorita, vas listo.

¿Pero qué dices? ¡Ni tengo novia ni me va la fiesta!

Fermín le contó toda la verdad, incluso le puso de fondo el infierno del taladro.

¿Ve, tía? ¡No le miento! Necesito un rescate aquí

Así que Encarnación se apiadó de su sobrino y le prestó el chalé, con una condición: dejar el jardín como los Jardines del Buen Retiro, nada de selva cuando vengan los posibles compradores.

¡Hecho! aceptó Fermín, temblando tras recordar lo poco que le gustaba la jardinería.

Con el plan trazado, puso rumbo al chalé, convencido de que en ese rincón perdido estaría solo y en paz. Final de agosto, calorcillo y ni alma en los alrededores.

Pero, claro, llegas a tu retiro espiritual, cruzas la selva de cardos, y te sale el vecino guardián, un tal Don Perfecto (nombre más irónico, imposible) con un perro llamado Cid, tamaño mastín de El Escorial y dientes para asustar al lobo feroz.

¡Alto! ¿Quién va? bramó Perfecto, escondido entre las zarzas.

¡Fermín! Sobrino de Encarnación.

A la verja, venga. ¿Dónde está el carnet de identidad?

El señor resultó ser un jubilado parlanchín, con soledad de años, que se autoproclamó Sheriff del barrio. El tal Cid le miraba como si Fermín fuera el menú degustación de Arzak.

La convivencia se volvió una extraña rutina: mientras Fermín peleaba contra zarzas y espinos, Cid evaluaba cada movimiento con un silencio inquietante. Por suerte, el perro estaba detrás de una valla más fuerte que la muralla de Ávila. Protección asegurada.

Por fin llegó la calma. Ni niños, ni coches, ni vecinos obreros. Solo el arrullo de los grillos y un portátil dispuesto a alumbrar el nuevo bestseller.

El nirvana duró lo que tarda en enfriarse un café en Teruel. En el momento en que Fermín abría su archivo de Word, Cid se ponía a ladrar como si hubiera visto a Messi robando gallinas.

¿Pero esto qué es? Cuatro días sin decir ni mu y ahora una alarma del Apocalipsis

El propio Don Perfecto estaba perplejo. El perro, en cuanto Fermín daba un paso dentro de la casa, ladraba. En cuanto salía, silencio absoluto y meneíto de rabo.

La concentración de Fermín se vino abajo. Caminaba sin rumbo por el jardín, comía más jamón que un forofo en San Isidro, y la novela eso, novela ni la primera frase.

Don Perfecto, ¿por qué su perro me odia dentro de la casa?

¡Si te digo que le caes bien! Ya verás, los perros conquistan a cualquiera.

Ya. Pero este me va a sacar de quicio.

*****

Un atardecer llegó una ambulancia. Se llevaron a Don Perfecto con infarto y todo. Fermín, espiando tras la cortina, oyó el dramón: ¿Quién cuidará a Cid y a las casas?

Al día siguiente, llegó la policía, precintó la casita y comunicó: Don Perfecto no volvería. Fermín se quedó con Cid, una cadena y el corazón encogido. Tenía hambre el animalito pero, como era de esperar, Fermín no brillaba lanzando comida, ni aunque fuera chorizo de León. Así que, armándose de valor, cruzó la valla, casi muriendo de miedo, y le liberó de la cadena para que no muriera de inanición.

Pero Cid no se iba. Se pegó a Fermín como una sombra andaluza en agosto. Le seguía a todas partes y ladraba menos que estatua de Velázquez.

Ahora sí que la paz era absoluta. El problema era que a Fermín el silencio lo atontaba: lo necesitaba para escribir, pero tanto que ya ni pensaba, ni tejía tramas, ni personajes. Ni una idea para el dichoso crimen.

Cambió la jardinería por mudanzas improvisadas, porque Cid resultó tan listo como glotón. Cuando Fermín preparaba la merienda fuera y entraba a por el té, siempre volvía a platos vacíos. Un día, misteriosamente, la jaula del perro apareció vacía pero los platos seguían igual de limpios. Descubrió al poco el pastel: el cómplice de Cid era un gato gris, Astuto, que abría la puerta de la caseta, devoraban juntos, y luego Astuto volvía a cerrarla de una patada felina.

Fermín, resignado, se hizo miembro de la pandilla: ya eran tres en la mesa. Al menos Astuto le libró la casa de ratones, aunque se los iba dejando como trofeos a los pies de la cama.

La nevera vacía le obligó a ir al pueblo a comprar, y, claro, allá que se metieron Cid y Astuto en el coche antes que él.

A la vuelta, ya derrotado, planeó rendirse: llamar al editor, renunciar, volver a soportar el taladro y los vecinos de Lavapiés. Pero la vida, como siempre, da una vuelta extra.

Aquella noche, oyó motores y vio desde el water (auténtico mirador de sucesos) cómo dos desconocidos saqueaban la casa del difunto Perfecto, llenando una furgoneta de televisores y microondas. Llamó al agente de policía, pero sabía que si no actuaba, los ladrones volarían antes de llegar los refuerzos.

Se lanzó al ataque, encarándoles de farol (¡Alto, soy el agente de la Benemérita!), y cuando todo parecía perdido, Cid y Astuto salieron al rescate: el perro tumbó a uno, el gato arañó al que pudo, y Fermín, con más valor que arte, ató a los ladrones con la correa del perro mientras llegaba la policía.

El comisario, boquiabierto, le felicitó.

Oye, Fermín, ¡esto sí que no me lo esperaba de ti y tu cuadrilla!

Y le aclaró: los ladrones, unos verdaderos lumbreras, eran los camilleros de la ambulancia. Los había andado buscando por media provincia.

*****

Dos meses y medio después, Fermín entregó su manuscrito, el editor leyó y gritó entusiasmado:

¡Pedazo de novela, Fermín! En cuanto salga, te vas a forrar.

Vendió su piso de Madrid, compró el chalé a la tía Encarnación (que se fue tan contenta con sus euros al bingo), y el de Perfecto, los unió, levantó una casa moderna con baño decente y calefacción de respeto.

Fermín vive allí desde entonces. Con Cid y Astuto, claro. Y a veces, con alguna que otra visita inesperada, pero siempre, rodeado de paz, silencio, y los mejores amigos que la vida puede regalar.

Quién le iba a decir que tanto jaleo de taladro y ladridos acabaría así. Y todavía da las gracias por la obra de Paco, el legionario. Porque, si no, ¿quién sabe en qué novela estaría enfrascado ahora?

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