Verónica no consigue encontrar su felicidad. Se acerca ya a los cuarenta, y sigue sola, siempre sola. Y con todo, la vida le ha dado de todo: inteligencia, belleza. Tiene un buen trabajo y un sueldo alto, pero no encuentra esa dicha que anhela.
Ana Fernández y Juan Macarro, sus padres, se angustian mucho por su hija. Le ayudan, aunque más bien moralmente. Porque económicamente, Verónica es quien podría ayudarles a ellos. Aunque siempre se niegan a aceptar nada de ella.
¡Vive aquí con nosotros, hija, que en casa sobra sitio! Y el dinero siempre te puede hacer falta cuando encuentres tu felicidad insistían Ana y Juan.
Y cada día se lamentan por Verónica, cuando regresa a casa cansada del trabajo:
¡Ay, pobre mía, si no fuera por nosotras, nadie te consolaría! suspira la madre.
Cuando no estemos, lo pasarás mal, hija. No tendrás ni con quién desahogarte. ¡Tienes que buscar tu propia felicidad! añade el padre.
Así pasaban las tardes los tres, ante la tele. Día tras día, año tras año, la misma rutina de búsqueda de la felicidad frente a la pantalla. ¡Aburrimiento, que dan ganas de bostezar!
Resultan extrañas esas palabras de su padre sobre cuando no estemos, porque Verónica nació cuando Ana y Juan tenían solo diecinueve años, fruto de un gran amor juvenil. Casarse tan pronto, y hablar ahora de la ausencia… parecía prematuro.
Verónica tuvo su primer amor en la universidad con un chico llamado Valentín. Era grande y un poco torpe. Gracioso: donde iba, algo rompía, volcaba o tiraba.
Ana Fernández le tomaba el pelo y le llamaba “Valentín el Rompetazas” o catástrofe andante.
Juan Macarro imitaba, divertido, cómo Valentín andaba torpemente, intentando atrapar lo que se caía.
No, hija, ese chico es gafe: todo lo que toca lo rompe o lo estropea. ¡Ese no es tu destino! la convencían suavemente.
Tanto insistieron que, tras un tiempo, Verónica acabó viendo a Valentín como un gran fracasado.
Pero se equivocaron: Valentín terminó la universidad, montó su propio bufete de abogados y se casó con una chica que veía encanto en su torpeza. Solo le hacía falta espacio, por eso ahora viven en un chalet a las afueras de Segovia, no en un piso.
¡La felicidad de Verónica todavía anda por ahí, hay que encontrarla! se repetían Juan y Ana, intentado animarse y animar a su hija.
Eso sí, en familia se llevaban bien, muy unidos. Hace pocos meses se fueron todos de vacaciones a Tailandia. Ahora por las noches les gusta mirar fotos juntos: risas, sol, platos exóticos, cócteles. ¡Qué buen viaje!
En aquel viaje, Verónica conoció a un hombre llamado Román, de Bielorrusia.
Los padres de Verónica se burlaron de él, como solían:
¡Anda que no! ¡De repente nos ha caído encima un romance con Román el bielorruso! bromeó Ana Fernández.
Juan Macarro se puso una almohada bajo la camiseta e imitó con humor que Román era gordo.
A Verónica le molestó, porque Román no era gordo, solo corpulento. Además, era interesante conversar con él, sabía mucho de astronomía y por la noche le enseñaba las estrellas desde la playa. Hasta le pasó a propósito su teléfono, ignorando la opinión de sus padres.
Pero nada más volver a casa, al saber que seguían hablando por teléfono, Ana Fernández zanjó:
¡Los romances de verano son una vulgaridad! ¡Nunca llevan a nada bueno!
Y poco importaba que ninguno de los dos tuviera pareja. Lo decisivo era que el romance fuera veraniego: el camino a ninguna parte.
Busca tu felicidad, hija mía. Te ayudaremos en todo le aseguraba Juan, convencido.
En verano, volvían, como cada año, a la casa de campo en El Escorial: río, naturaleza, meriendas bajo el manzano del jardín, barbacoas junto a la pérgola. Todas las frutas y hortalizas eran de su propio huerto. Los vecinos del campo solían unirse a las reuniones.
Un día, los vecinos recibieron la visita de su hijo, Diego, y de su nieto, un niño de unos cinco años llamado Antonio. Los dos rubios, ojiazul y llenos de pecas, las orejillas igual de saltonas.
Luego los vecinos contaron que la mujer de Diego les había dejado, yéndose con un empresario adinerado. Al empresario, sin embargo, el niño no le interesaba porque era idéntico al padre. De haber salido a la madre, quizá sí. Un bebé tan parecido al padre no tenía sitio en su nueva familia. Así que Diego se quedó con el pequeño Antonio entre los brazos.
A Verónica ambos le parecieron encantadores; había en ellos algo conmovedor y muy humano. Entre Diego y ella surgió una chispa, y el pequeño Antonio se pegó a Verónica desde el primer momento.
Ana Fernández, de nuevo, se burlaba de aquel vínculo:
¡Diego se ha zampado todas las zanahorias y ha dejado solo una! ¡Seguro que tus vecinos te han invitado para que le conozcas! ¿Para qué quieres un hombre con mochila?
¡Si la mujer le ha dejado, será porque es un inútil! Nadie deja a un buen hombre, y menos con un niño pequeño decía Juan Macarro.
Por primera vez, Verónica replicó a su padre:
Papá, precisamente por eso: una buena mujer solo deja un hijo con un buen hombre si confía en que lo sacará adelante.
No, Verónica, ese no es tu destino. Búscate el tuyo. Nosotros queremos cuidar de nuestros propios nietos, no de otros. Para tomarles las manitas y escuchar los pasitos menudos por la casa
Juan y Ana dejaron de hablar con los vecinos. Llegaron a decirles de todo. Se rompió la relación y las tardes compartidas se acabaron de golpe.
Ana y Juan continuaban tomando el té bajo el manzano, lamentando que Dios no concedía la felicidad femenina a su hija. Pasó el verano así, entre tristeza y resignación.
Verónica, en el fondo, amaba de verdad a Diego y a Antonio, y también a sus propios padres. No soportaba la idea de decepcionarles. Se sentía hasta culpable de enamorarse de quien no debiera, de alguien que no era como Ana y Juan habían imaginado para ella. Así terminó el verano, los tres de vuelta a Madrid, en su piso de siempre.
Los padres amaban a su hija y, en los fríos atardeceres otoñales, ni mencionaban a Diego o Antonio, ni de broma, ni en serio.
Un día, de camino de vuelta, Verónica ve un diminuto gatito naranja, tiritando de frío bajo la rueda de un coche. Está empapado y maúlla lastimosamente. Le recuerda en algo a Antonio; está solo en el mundo, sin madre. Así está él, bajo esa rueda que en cualquier momento podría terminar con su vida que apenas comienza.
Instintivamente, Verónica recoge al animalito y lo acurruca bajo su abrigo, sin importarle que esté sucio y mojado. Solo quiere darle calor.
Ya en casa, lo seca con una toalla y le pone leche en un platito.
Se sienta en el suelo y observa cómo el gatito relame la leche con ese lengüita tan rápido, graciosísimo.
¡Vaya hambre tenía, pobrecillo! piensa Verónica.
Al instante aparecen Juan y Ana en la puerta de la cocina, con el periódico en la mano, mirando al recién llegado. En sus caras, ni rastro de ternura, solo confusión y molestia:
¿Y ahora qué hacemos con esto? dice Ana, irritada.
El minino, tras comer, busca rincón y hace un charquito en el suelo.
Verónica ni puede reaccionar antes de que Ana chille:
¡Saca ahora mismo a ese bicho de aquí! ¡Nos va a destrozar la casa y a arañar todos los muebles!¡Venga Juan, díselo tú también! ¡Que aquí no queremos pulgosos!
Sí, y luego la casa olerá a gato y ni la portera se nos acercará añade Juan.
¡Pero si es pequeñísimo! Le ponemos un rascador, le enseñamos a usar el arenero. ¡Mirad qué mono es! replica Verónica, sin entender por qué tanto rechazo. Nadie en la familia tiene alergia, y espacio sobra.
¡No y no! ¡Fuera de aquí! grita Ana, exasperada.
¡Mira, hija! Lo entiendo, pero llévalo a una protectora, allí lo recogerán. Y si no, amenaza con ponerles una denuncia vocifera Juan agitando el periódico.
Verónica, en silencio, tomó al gatito y salió dando un portazo.
Le dolía. Cuarenta años, pensaba, y no tenía nada suyo: ni hijos, ni marido, ni siquiera un techo propio. ¡Ni un gato podía permitirse tener! Necesitaba un lugar propio, aunque fuera una habitación pequeña. Un rincón donde ser ella misma y no tener que fingir.
En vez de ir a la protectora, entró en la primera agencia inmobiliaria que vio.
Pronto le encontraron un estudio donde se aceptaban animales.
Por primera vez, Verónica se sintió dueña de su vida. Lo primero que hizo fue comprar todo lo necesario para el gatito. El veterinario le dijo que era una gata de dos meses. La llamó “Pecas”.
Se sintió, aunque fuera un poco, más feliz. Y cada vez que miraba a Pecas, pensaba en el pequeño Antonio y en Diego.
Un día sonó el teléfono. Verónica jamás pensó que sería aquel número; después de las rencillas con los vecinos, nada lo hacía probable. Pero era Diego.
¡Hola! ¿Cómo estás? Antonio quiere decirte algo.
Verónica sonrió, imaginando sus pecas y su carita curiosa.
¡Nika! ¡Te echamos de menos! ¡Ven a vernos, papá y yo te esperamos! dijo la vocecita del niño.
¡Iré, pero no voy sola! ¿Puedo llevar a mi gatita? preguntó ella, con cierto temor.
La voz alegre de Diego respondió:
¡Claro! ¡Aunque traigas el circo de los gatos! Te vamos a buscar, dime tu dirección.
Así encontró Verónica su felicidad: contra todo pronóstico, ahora es feliz con Diego, Antonio y Pecas. Y pronto, Antonio tendrá un hermano. O hermana, ¡¿qué más da?!
A sus padres sigue queriéndoles igual. No se olvida de ellos; les llama seguido, para contarles que está bien y ha encontrado su lugar.
Cierto, no es la felicidad que ellos habrían soñado. Pero es la suya.
Quizá, algún día, Ana y Juan también lo entiendan y acepten este tipo de felicidad para su hija. Y tengan la ocasión de sostener pequeñas manitas y escuchar el tamborileo de pies menudos recorriendo la casaUn domingo, Verónica preparó una cesta con bizcocho casero y las primeras fresas del huerto de Diego. Cogió a Pecas en su transportín, a Antonio de la mano y juntos subieron al tren que los llevaba a Madrid. Antonio, emocionado, sostenía un dibujo: tres personas, una gata naranja y un bebé en la barriga de Verónica, todos tomados de la mano.
Al llegar, tocaron el timbre. Ana y Juan abrieron la puerta y, durante un instante, no supieron qué decir. Verónica los miró decidida, con una serenidad nueva. Antonio corrió hacia ellos y, sin pedir permiso, les abrazó las piernas.
¡Hola, abuelos! gritó sonriente.
Ana tragó saliva y, sin poder evitarlo, acarició la cabeza pecosa del niño. A su lado, Juan miró a Verónica, buscando en su hija alguna señal de duda. Pero solo encontró paz y determinación.
¿Puedo enseñaros mi dibujo? preguntó Antonio, alzando la hoja.
Entonces, algo imperceptible cedió en el aire. Ana sonrió, primero tímida y luego cálida, y abrazó a Verónica como hacía años no lo hacía.
Pasa, hija dijo Juan, con la voz gastada pero dulce. Teníamos ganas de verte Y de conocer bien a tu felicidad.
Esa tarde, por primera vez, la casa se llenó de risas auténticas, de pisadas menudas y maullidos curiosos. Afuera, el manzano del jardín comenzó a florecer. Verónica supo como lo saben los que han esperado mucho que a veces la felicidad no se encuentra: se construye, paso a paso, con las manos abiertas y el corazón valiente.
Y así, mientras Pecas perseguía mariposas bajo la luz dorada y Antonio dibujaba nuevas familias sobre el mantel, Verónica miró a sus padres y, en silencio, les dio gracias. Porque, en su peregrino intento de protegerla, le habían dado el valor de elegir. Y ahora, por fin, era ella quien les abría la puerta a la alegría.







