Víctor llegó en coche a un pueblo cualquiera cuando, de repente, vio a una chica que estaba sola junto a la carretera. Ya era tarde y no había nadie más alrededor. Paró el coche. – ¿Te llevo?

Recuerdo aquella noche como si hubiese sido ayer, aunque ya han pasado los años y todo parece un sueño envuelto en la niebla del tiempo. Aquella vez, Rodrigo conducía su camión por las solitarias carreteras de Castilla, atravesando campos dorados que la oscuridad del invierno abrazaba. Iba de camino a un pequeño pueblo, pues debía entregar una carga aun siendo festivo, ya que era su deber y no se podía esperar.

En la cabina su madre había dejado, cuidadosamente envueltos en un paño, unos deliciosos empanadillos de patata, sus preferidos. Los comía con satisfacción, sabiendo que aquel gesto materno convertía cada bocado en un abrazo. Encendió la radio y dejó que la música alegre le quitase el cansancio de la jornada.

Ya era noche cerrada cuando, cerca de un pueblo perdido de la provincia de Segovia, Rodrigo vio en el resplandor de los faros a una muchacha parada en la cuneta, extendiendo la mano con la esperanza de que algún alma caritativa se dignara a detenerse.

Frenó y la muchacha, visiblemente helada, se acercó deprisa al camión con una mezcla de alivio y ansiedad reflejada en el rostro.

¿Podría llevarme? preguntó con timidez.

Por supuesto, suba. Ahora mismo no pasan muchos coches por aquí, y es tarde ya. ¿Lleva mucho esperando? respondió él cordialmente.

Mucho, demasiado contestó ella, y de repente rompió a llorar, dejando a Rodrigo atónito.

¿Te ha pasado algo? le preguntó él con delicadeza.

Ella, entre sollozos, empezó a relatar su historia:

Me llamo Eugenia. Hoy, como sabe, celebramos el Nuevo Año Viejo, y vienen días de descanso. Mi compañera del trabajo me invitó a su pueblo, a su casa de campo, para festejar juntas. Su marido iba a preparar chuletas y prometía una buena mesa. Me indicó que llamara al llegar a la parada del pueblo, que estaba junto a la tienda.

Acepté ir porque había roto hace poco con mi novio, justo antes de Reyes, y ella no quería que pasara sola estas fechas.

Tomé el autobús a Valdemoro pensando que era el correcto, pero cuando bajé, me di cuenta al mirar el cartel que el pueblo era Valdeolmos, completamente otra dirección. El autobús arrancaba ya. Corrí detrás y grité, pero el conductor no me oyó y pronto me di cuenta de que había tomado el último del día.

Pensé en ir andando al pueblo, pero estaba demasiado lejos y la noche era cerrada. Intenté hacer autostop, pero no pasó absolutamente nadie durante horas. Así me has encontrado, Rodrigo. Si no hubieras parado, no sé qué habría hecho. De verdad, muchísimas gracias.

Rodrigo sonrió con dulzura.

Deja de tratarme de usted le dijo, intentando aliviar la tensión. Llámame Rodrigo, por favor.

Eugenia asintió, esbozando una pequeña sonrisa.

Había en ella una autenticidad y un encanto sencillo que cautivó a Rodrigo. No era la típica mujer engreída, sino más bien alguien valiente y resuelta. Así que detuvo el camión a un lado y le ofreció:

Ahora que has entrado en calor, toca cenar. Mi madre hace unos empanadillos de patata que están de muerte.

Cenaron juntos. Eugenia traía en el bolso algo de lomo embuchado, queso manchego y una tableta de chocolate negro. Se acurrucaron en la cabina para dormir: ella en la litera de arriba, él en los asientos. Ya a punto de dormir, Eugenia lanzó una pregunta, casi en susurros:

Rodrigo, ¿tienes esposa?

No contestó él.

¿Y por qué?

Pues mira, porque justo acabo de conocer a una chica que me gusta, pero no se lo he dicho aún.

Ya veo dijo ella, sonriendo.

A dormir, que mañana tengo que llegar a tiempo con la carga anunció él, cerrando los ojos.

El viaje transcurrió tranquilo, entre risas y anécdotas. Eugenia decía que aquella era la mayor aventura de su vida, y que estaba hasta agradecida de que las cosas salieran así.

Rodrigo, por su parte, sentía que era la fortuna quien le había puesto en el camino a una joven tan especial.

Al regresar a las afueras de Madrid, Rodrigo se armó de valor y le pidió a Eugenia su número de teléfono.

¿Y qué fue de aquella chica que te había gustado? bromeó ella.

Pues hablaba de ti rió él. Me has gustado mucho y me gustaría seguir conociéndote, si tú también quieres.

Claro que sí. Tú también me has gustado mucho. Has demostrado ser un verdadero caballero, en la carretera y fuera de ella.

En abril, Rodrigo y Eugenia se casaron. Así es como suceden estas cosas que, recordadas con el paso del tiempo, nos hacen creer en el destino.

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Víctor llegó en coche a un pueblo cualquiera cuando, de repente, vio a una chica que estaba sola junto a la carretera. Ya era tarde y no había nadie más alrededor. Paró el coche. – ¿Te llevo?
Cuando el ruido del motor del “Mercedes” se apagó entre los árboles, el silencio del bosque me envolvió como un pesado abrigo.