Mi vecina convirtió el rellano en un “cuartito para fumar” junto a mi puerta. Tomé medidas drásticas para acabar con la situación, y jamás imaginó cómo terminaría todo.

¿Y dónde pone que este aire es tuyo? La escalera es cosa de todos. Si quiero, fumo; si quiero, escupo. Estudia las normas, mujer.

Virginia, la hija veinteañera de la vecina Carmen, soltó una nube densa de vapor dulzón directo al rostro de doña María Teresa. Junto a la muchacha, tumbados en el alféizar, dos chicos se partían de risa. El suelo lucía colillas, latas vacías de Monster y cáscaras de pipas.

Doña María Teresa, jefa de contabilidad en una importante fábrica de Valladolid, no tosió ni agitó los brazos como esperaban los jóvenes. Solo se ajustó las gafas y miró a la chica con esa mirada implacable que hace sudar hasta al director de recursos humanos durante una auditoría.

Es un espacio común, Virginia dijo con su tono más frío. Eso implica que aquí no se fuma, no se escupe y no se monta un vertedero. Tienes cinco minutos para limpiar este estercolero. Si no, lo haré yo como corresponde.

¡Uy sí, qué miedo! bufó Virginia, dejando caer la ceniza sobre el suelo recién fregado por la portera. Anda, tómate una manzanilla, que igual te sube la tensión. ¿Vas a quejarte a mamá? Si es ella quien me deja estar aquí fuera para que no apeste la casa.

Las carcajadas retumbaron. La puerta de doña María Teresa se cerró, cortando el bullicio del rellano.

En el pasillo se mezclaba el olor a tortilla de patatas con el de madera vieja, ese aroma de hogar ahora eclipsado por el pestazo a cigarrillo barato que se filtraba por la cerradura. En la cocina, encorvado sobre la mesa, estaba Pablo.

Pablo tenía treinta y dos años, pero, entre la calvicie prematura y la espalda doblada, parecía mucho mayor. Era sobrino del difunto esposo de doña María Teresa y llevaba diez años viviendo con ella. Siempre callado, un poco retraído, con un tartamudeo leve, trabajaba arreglando relojes en un taller y temblaba ante su propia sombra. Para los vecinos era el bendito: blanco fácil para burlas.

M-ma…María, ¿están ahí otra vez? susurró Pablo, recogiendo los hombros al oír las risas tras la puerta.

Come, Pablo. No es asunto tuyo le cortó doña María Teresa poniendo más tortilla en su plato. Pero por dentro hervía.

Esa noche fue a ver a Carmen. Le abrió la puerta en bata, móvil en mano y una mascarilla facial puesta.

Carmen, tu hija está montando una cueva de fumadores en mi puerta. El humo entra a casa y el ruido es insoportable. Exijo que hagas algo.

Carmen puso los ojos en blanco, sin apartar el móvil de la oreja:

Chica, no empieces. Son cosas de juventud. ¿Dónde van a ir? Hace frío en la calle. No son delincuentes, solo socializan. Ten más paciencia, anda, que como no tienes hijos, te amargas mucho. Y tu Pablo, pobre, ni se entera, ¿qué más le da?

El golpe fue certero y bajo. María Teresa respiró hondo.

¿Así que cosas de juventud? ¿Y mi Pablo molesta? De acuerdo, Carmen. Te he escuchado.

Volvió a casa, se sentó ante el escritorio y sacó su carpeta de documentos. Las emociones son para los blandos. Los fuertes tenemos el Código Civil y la ley en la mano.

La semana siguiente, María Teresa se mostró más discreta que nadie. Virginia, creyendo que la bruja había tirado la toalla, se adueñó del rellano. Hasta puso allí un sillón viejo que había recogido de la calle. La música sonaba hasta la una.

Todo estalló un viernes.

Pablo volvía del taller cargando con la compra y una cajita trabajo para un cliente. Justo al pasar junto al grupo, uno de los chicos, el novio de Virginia todos le llamaban El Vinagre, le puso la zancadilla.

Pablo tropezó. La bolsa se rompió, las manzanas rodaron por el suelo, saltando entre colillas. La caja del reloj fue a parar contra la pared.

¡Mira, el avestruz se nos va volando! rió El Vinagre.

Virginia soltó humo de forma perezosa:

Oye, inútil, mira bien por dónde pisas. Y date prisa recogiendo, si no quieres que te lo tiremos todo.

Pablo, rojo como un tomate, con las manos temblando, empezó a juntar manzanas. Los ojos le brillaban de rabia contenida. Estaba acostumbrado. A que nadie le defendiera, a que le dieran patadas.

La puerta se abrió de golpe. Doña María Teresa apareció en el umbral. En la mano no llevaba escoba ni sartén, sino el móvil, grabando en dirección a El Vinagre.

Actos vandálicos, insultos y daños recitó, clara y alta. Lo he grabado todo. Ahora aviso a la policía y mañana llevo todo el material a la comunidad.

Quita eso, señora se encogió el chaval, que no se atrevió a acercarse. La mirada de María Teresa imponía más que la de un guardia civil.

Pablo, levántate ordenó ella, sin mirarle siquiera. Entra en casa.

P-pero las manzanas… musitó él.

Déjalas. Ya son basura. Como todo lo que has encontrado en este rellano hoy.

Cuando Pablo hubo entrado, María Teresa se giró hacia una Virginia que por fin se había quedado muy callada.

Escucha bien, niña. ¿Has pensado que esta semana solo estaba callada? En realidad recogía pruebas.

¿Qué pruebas ni qué niño muerto? balbució Virginia, aunque la voz no le salía tan firme.

He contactado con el dueño del piso. Tu madre no es la propietaria, ¿verdad? El piso es de tu padre, que vive en Madrid y cree que eres una estudiante de medicina modelo, no una choni que monta botellones en la escalera.

Virginia se puso blanca. Su padre no era solo estricto: era un tirano, que mantenía a la familia bajo amenaza.

No te atreverás… susurró.

Ya me he atrevido. Ha recibido hace diez minutos las fotos y vídeos de vuestro ocio. Junto con una denuncia y el informe para la comunidad. Ah, y el acta para la policía. El portero subirá a veros en media hora. Y tu padre ha dicho que vendrá mañana por la mañana.

El sábado, el portal tembló al son de un barítono.

Doña María Teresa tomaba un té cuando llamaron. En la puerta, un hombre alto, corpulento y bien vestido el padre de Virginia, don Alfonso. Junto a él, Carmen, cabizbaja y llorosa. De Virginia, ni rastro.

¿Es usted María Teresa? El hombre hablaba serio pero educado. Le pido disculpas por el comportamiento de mi hija y de mi exmujer. El rellano ya lo están limpiando. Los desperfectos los pagaré yo. Virginia se va a un colegio mayor. Fin de los permisos y del dinero.

María Teresa asintió, aceptando las disculpas como correspondía.

Es justo. Pero hay otra cuestión.

Llamó a Pablo, que salió de la habitación cabizbajo, esperando una bronca más.

Su… compañero insultó ayer a mi sobrino informó María Teresa, tranquila. Y le destrozó la faena. Pablo es un restaurador de relojes como pocos. Lo que aquí no repara ni Suiza, él sí.

Don Alfonso miró interesado al retraído Pablo.

¿Relojero?

R-restaurador… corrigió Pablo, bajito.

Vaya, vaya… El hombre se le acercó con una sonrisa, y Pablo retrocedió de puro miedo. Pero Alfonso le tendió la mano. Tengo una colección de Breguet de bolsillo. Uno lleva un año sin funcionar y nadie aquí se atreve a abrirlo. ¿Te animas a mirarlo?

Pablo alzó la vista. Por primera vez le miraban como a un profesional, no como al pardillo.

Puedo… puedo intentarlo… S-si el muelle aguanta…

Trato hecho Don Alfonso le estrechó la mano con energía. Perdona a mi hija, muchacho. Fallé. No le guardes rencor. Te compensaré y encargaré el trabajo.

Cuando la puerta se cerró, Pablo se quedó mirando su mano. Se irguió. Por primera vez en años, echó los hombros atrás.

Tía María dijo firme, casi sin tartamudear, creo que voy a recoger yo esas manzanas. No está bien que se estropeen.

María Teresa se volvió al ventanal, para que no le viera los ojos brillosos.

Hazlo, Pablo. Y pon el agua. Hoy celebramos.

En la escalera olía a lejía y pintura fresca. Y del piso de doña María Teresa salía aroma de bizcocho, mientras la voz de Pablo explicaba a su tía los secretos de un turbillón.

El club de fumadores había cerrado. Para siempre.

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