Una vida perruna

Una vida perruna

¿Y ahora, cómo hago yo para entrar en casa contigo ahí plantado? Que tengo que subir, y hace un frío que pela, farfulló Federico, casi hablando al aire.

Se acercó lentamente al perro, esperando que le entrase un poco de vergüenza torera y se largara. Pero nada. El bicho, enorme, seguía tumbado tan pancho en el umbral.

*****

Federico llevaba ya unas cuantas horas en el bar del barrio bebiendo con su mejor amigo.

¿Qué, Fede, nos animamos con otra? preguntó Sergio, alzando la botella de orujo.

¡Claro! sonrió Federico, deslizando el vaso hacia el centro de la mesa.

Esa noche estaba bebiendo lo suyo.

Porque relajarse, relajarse, últimamente no le salía sin echar mano al alcohol. Todo eran líos: el jefe parecía tenerlo en el punto de mira, la mujer le había dejado porque es que somos muy diferentes, Federico. Tal cual lo soltó ella. Como si esas diferencias hubieran nacido ayer.

¿Tú crees que se ha buscado a otro? preguntó Sergio justo después de apurar el chupito.

Vamos, estoy seguro. Demasiado rápido aceptó lo del divorcio y recogió las cuatro cosas. ¿Dónde? Si en Madrid ni piso tiene.

Pues sí, suena raro. Y lo del curro, ¿te largan fijo?

Don Alejandro me citó el lunes en su despacho. Tenemos que hablar en serio, me dijo. Blanco y en botella. Bah, que les den, llevaba años queriendo salir de esa oficina.

¿Y ahora qué harás?

Pues mira, ni idea, Sergio.

Si quieres, pillo una semana de vacaciones y nos vamos de pesca. Nos viene genial a los dos. Mi santa también me está dando la tabarra: Que si llegas tarde, que si gastas demasiado en pecho de orujo con los colegas, que si en casa no arrimas el hombro. Estoy harto, macho.

Pues igual es lo que necesito. ¡Hace siglos que no huelo el campo! Tú avísame con tiempo, pillo cañas nuevas y ropa decente, que la anterior se la quedó mi ex, junto con la dignidad.

Hecho, pero tendrá que esperar una semana la furgoneta está en el taller.

¿Qué le pasó al coche? Me lo explicaste con prisas…

Una perra, tío, una perra se lanzó a las ruedas. Apareció de la nada en la Avenida de América.

¿Que se lanzó ella sola?

Un pedazo de mastina, te digo. Me dejó una abolladura en el guardabarros derecho. Estoy ya hasta el gorro de animales callejeros. Es un sinvivir.

Ya. Deberían estar en refugios o con algún dueño, no sueltos por el barrio.

Eso mismo.

Por cierto, mi ex también decía que una vez una perra le saltó al paso. Que iba tranquila y, de repente, salió aquel bicho de los setos directo a por ella. Dice que casi no llega al portal.

¿Ves? Sergio dio un golpetazo en la mesa. Estas cosas se atajan solo a tiro limpio. Si no, imposible.

*****

Una hora después, los amigos se despidieron entre abrazos de pecho y cada mochuelo a su olivo.

Sergio tenía la suerte de vivir a dos minutos, pero Federico tenía veinte por delante caminando a buen paso. Ni se pensó pillar taxi. No era por dinero aunque el bolsillo le dolía más que las penas , es que el aire frío le venía bien para aclarar la mente.

Cosa bastante difícil, tras tres rondas completas de orujo.

Miró el reloj. Casi medianoche. “Vaya nochecita, Fede”, pensó medio divertido.

*****

Al llegar a su portal, Federico lo encontró bloqueado por una perra inmensa, tirada como si tal cosa.

No se movía, mirada fija en algún rincón del vacío, pero aquellos ojos a Federico le parecieron tristísimos. Como vacíos.

¿Qué haces aquí, colega? Anda, vete a buscar otro sitio.

El mastín ni se inmutó.

Vamos, que aquí no pintas nada.

Ni caso. Miraba al infinito, como si en la vida nada le importase ya. Si alguien quería entrar, que saltase por encima.

¿Y cómo hago para entrar contigo ahí? Hace frío de narices

Federico avanzó un par de pasos, esperando que el perrazo, sintiendo el movimiento, entendiese la indirecta.

Pero ni por esas.

Si es que Sergio tiene razón. Con vosotros hay que ir a lo bestia, el diálogo, nada. No entendéis palabra.

Se armó de valor y tocó levemente al perro con la puntera.

¡Grrrrr!

¿Ahora gruñes? Hombre, tanta inquina tampoco. ¡Si sois amigos del hombre!

¡Grrrrr!

Anda que Si todos hiciérais igual, menudo cuadro. ¿Sabes lo que hacen con los perros como tú?

¡Grrrrr!

Se veía que de buenas nada. Así que Federico se atrevió a levantar la pierna, para espantarle.

Pero de pronto pasó algo totalmente inesperado. El animal, haciendo un esfuerzo titánico, se puso en pie, cojeando de una pata trasera, y se lanzó hacia Federico.

No tuvo ni tiempo de gritar. Entre los vapores del orujo, las reacciones no eran lo suyo.

Con el chucho encima, trastabilló, se tropezó y fue a dar con la cabeza en el respaldo de un banco.

Todo empezó a oscurecerse, y lo último que vio fue la misma mirada apática del mastín.

*****

Cuando volvió en sí, era de día.

¿Cuánto tiempo llevo así tirado?

Se levantó como pudo, palpándose la cabeza. No veía a ningún vecino; tranquilidad total, excepto un par de abuelas en el banco de siempre, criticando que el agua lleva días cortada.

Gente pasando, niños jugando en el parque Todos como apartados de él. Como si Federico fuera invisible.

¿Habré muerto?, pensó. Se pellizcó.

¡Ay!

Por lo menos sentía dolor. Así que fantasma, lo que se dice fantasma, no era.

¡Hola! saludó a las abuelas . ¿Me ven? ¿Me oyen?

Ni caso.

Miró el parque, el portal, el banco… Había algo raro. Todo igual y diferente a la vez.

Y ahí lo pilló. El banco era de otra época, pintado de verde, el parque viejo, nada que ver con el que pusieron hace unos años. Revisó el tablón del portal.

Se avisa a los vecinos del número 13: el suministro de agua queda interrumpido por obras, probablemente hasta el 19 de septiembre de 2014.

¿Cómo? ¡¿2014?! ¿He retrocedido diez años o me están gastando una broma de mal gusto?

Revoloteó hasta el extremo del edificio: el mismo portal, mismo número. Lo que pasaba es que entonces ni siquiera vivía ahí ¿Viaje en el tiempo? Me he debido de dar un porrazo tremendo

Intentó interactuar con el mundo, incluso empujó muy sutilmente a una de las ancianas: ésta osciló, pero ni se giró.

Esto es un sueño decidió , vamos a dar una vuelta mientras dura

Y entonces vio, en la zona de juegos, a una bolita peluda de unos siete meses y, al lado, un crío como de nueve años. El cachorro… era el mismo mastín. Lo reconoció, claro, por el pelaje y esa mirada. Inconfundible.

El chaval soltaba órdenes sin parar:

¡Sienta! ¡Túmbate! ¡Sienta! ¿Por qué eres tan tonta?

Fede se acercó, intrigado El cachorro obedecía, pero, cada dos por tres, el chaval le arreaba toallazos con una espada de plástico. Este tarado…, pensó Fede, apretando puños.

Pero ahí no quedó.

¡Papá! gritó el niño , no quiero más perro. Me aburro. Quiero la Play.

Y apareció un señor rozando los cuarenta, que le dio una palmadita, y juntos se largaron.

El perro, abandonado, primero se quedó con cara de póker y luego salió corriendo tras ellos. Recibió una patada que lo mandó rodando hasta el bordillo.

¡No te quiero, eres tonta y punto! ladró el chaval. El padre, ni se inmutó.

De tal palo, tal astilla, masculló Fede.

Cuando dejaron de verse, se acercó para recoger el cachorro. Imposible. Ni lo tocaba.

Vale, esto es como cine. Sólo puedo mirar, sin intervenir.

Así, Federico fue testigo de los días siguientes: el cachorro esperando junto al portal, un chaval martirizador con espada, el padre nuevísimo ignorando todo, las abuelas, ni mu Interés: cero.

Pasaron tres días y el animal seguía allí, cada vez más desorientado y hambriento. Limosnero junto a los cubos de basura.

Luego lo adoptó un nuevo dueño: esta vez fue un vagabundo. Compartían bocatas de atún rescatados del contenedor y largas charlas bajo las estrellas.

Hasta que, lo inevitable, el hombre lo cambió por una botella de vino barato a otro tipo. Meses atado en un garaje, comiendo lo que caía, nieve en la cazuela en vez de agua y alguna que otra paliza ¡Tienes que endurecerte, que vas para perro guardián! gritaba el bruto.

Una noche, escapó.

De ahí en adelante, el perro sólo era uno más de los que pululan por la ciudad. Intentaba creer en la bondad, esperando que alguien lo quisiese, pero la gente, nada. Lo echaban del mercado, el bedel del parque le gritaba, hasta la pescadera le negaba las raspas.

Especialmente doloroso fue cuando una mujer llamó al ayuntamiento alarmada por un perro gigante sin bozal, mientras el pobre solo descansaba a la sombra.

Así, por las esquinas, el perro soportaba rechazos y pedradas, pero jamás gruñía a los humanos. Ni una vez. Aunque le doliese, aunque le humillasen. Supo Federico entonces que no era por miedo, sino por decepción: entre los humanos no había humanidad.

Y nunca tuvo nombre. Ni uno solo de sus amos llegó a ponérselo. Así que Federico decidió:

Empezando hoy serás Max. Te queda perfecto.

*****

Un día, Max se convirtió en héroe accidental. Salvó a un niño de cinco años de un borracho en patinete que bajaba a toda pastilla por el parque.

La madre, de espaldas y empalmada al móvil, ni se enteró hasta que Max empujó al niño fuera de peligro, recibiendo él un golpe. El niño lloró, la madre gritó:

¡Socorro! ¡Un perro enorme ha atacado a mi hijo!

Vinieron del parque los justicieros habituales, armados de piedra y palo, y Max tuvo que salir zumbando, sin volver a pisar el césped nunca más.

Los días pasaban, semanas y meses como trenes sin paradas.

Últimamente, pululaba cerca del portal de Federico, justo donde le dieron la patada años atrás.

Un día, Fede alucinó: su ex, Inés, pasaba por allí cogida del brazo de su jefe, Don Alejandro.

¡Lo que me faltaba por ver! pensó Federico, encogiéndose. Mira que perderme yo esto.

Iban los dos hablando de casoplones y divorcios como quien repasa la compra del jueves.

Justo entonces, Inés le pisó la cola al pobre Max, que ladró de susto, no de genio.

Ella, descompuesta, sacó el spray de pimienta y le roció directo al hocico. El perro huyó mal que bien, casi atropellando a Inés.

Así que era esto lo de la agresión del perro asesino, se lamentó Fede, viendo cómo había creído inocente lo que no era más que cuento chino.

No sería el único giro de guión.

Otra noche, Max, cruzando la calle, vio un minino acurrucado, temblando al borde de la acera. Justo entonces, aproximándose, las luces de un coche se posaron en la escena.

Max cubrió al gato con su cuerpo. El coche aceleró más. Detrás del parabrisas, la borrachera de Sergio, riendo, empalmado de soberbia.

Max, rápido, enganchó al gato del pescuezo, pero el coche lo atropelló de refilón. Herido, llegó a la acera y soltó al gato delicadamente.

Sergio, tambaleando, se bajó gritando:

¡Anda, vete del medio animal, que esto no es tu reino! Y se largó.

Federico, mudo de rabia, nunca imaginó que Sergio resultaría semejante tarado.

Siguió al perro rengueando, hasta que todo alrededor se volvió negro, la cabeza le dio vueltas y perdió el sentido.

*****

Cuando Federico abrió los ojos, estaba otra vez frente a su portal, de noche, la cabeza latiendo como un bombo, y el reloj marcando las 23:55. A su lado, Max, tumbado en el frío.

Nada parecía distinto. Pero algo en Federico había cambiado. Había vivido diez años de vida perruna y, fuesen sueños o magia, tenía claro que ese perro necesitaba ayuda. Y que, salvo él, nadie se la iba a dar jamás.

Max No te preocupes, amigo. Yo no te haré daño.

El mastín giró la cabeza y, con el último resto de ánimo, movió un poquito la cola. Intentó incorporarse, pero ya no podía. Ni fuerzas Ni ganas.

¿Para qué seguir si a nadie le importas?

Federico se acercó en silencio, acarició su cabeza, y lo tomó en brazos. Cruzó el portal, subió al cuarto sin importarle nada.

Dentro, arropados por la penumbra, había una brizna de luz. De esperanza, quizá.

Después de todo lo vivido, no puedo dejarlo tirado ahora

*****

Durante una semana, Federico no se separó de Max. Lo llevó al veterinario, lo sacaba de paseo dos veces al día, lo bañó con champú de los caros.

Te recuperarás, campeón. Pero pon de tu parte, ¿vale? Aguanta.

Sin darse cuenta, le devolvía a Max la fe en los humanos. Aunque el mundo solo valiera por uno.

Y Max hubiera pasado otra vida entera de perro sólo por volver a encontrar a su persona.

*****

Justo después del paseo, Federico recibió una llamada.

¡Ey, Fede! sonó Sergio al otro lado . Ya tengo el coche. Mañana nos vamos de pesca. ¿Listo?

Hola, Sergio. La pesca, se cancela.

¿Cómo que se cancela? ¡Pero si compré hasta una caja de cerveza Mahou y la tienda de campaña! Menudo gasto a lo tonto.

Pues lo siento, Sergio. Y mira mejor, no me llames más. Nunca.

Pero tío, ¡no hagas el idiota! Si somos amigos

Federico colgó sin más. Después miró a Max, le sonrió y dijo:

¿Para qué queremos amigos que no entienden a los perros, verdad, Max?

¡Guau!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 × two =