Hijo, no quiero que te divorcies por mi culpa. ¡Llévame a una residencia de mayores!

Hijo, no quiero que te divorcies por mi culpa. Llévame a una residencia, por favor.

Hace medio año traje a mi madre a vivir conmigo. La pobre ya es muy mayor, ochenta y tres años. Desde que falleció papá, le costaba mucho estar sola en el pueblo. Además, mis hijos ya son adultos y cada uno va por su lado. Así que en casa sólo quedábamos mi mujer y yo, en nuestro piso de dos habitaciones, flotando entre las paredes como se flotan nubes desorientadas por Madrid. Pensé que no sería ningún problema.

Al principio mi esposa, Carmen, no dijo nada, pero al poco tiempo la presencia de mi madre empezó a crisparle los nervios, igual que a veces la radio suena sin motivo a las tres de la madrugada. Un día irrumpió en la cocina y murmuró entre dientes:

Mira, sería mejor que tu madre coma aparte, después de nosotros.

¿Por qué?

Porque así es más cómodo. Y no soporto verla masticar sin dientes. Se me va el apetito, Dios mío.

Anda ya, todos vamos a ser viejos algún día.

No es lo mismo…

También le irritaba el caso de los gases de mi madre, su modo de roncar profundo como tambores lejanos en la noche, y la forma en que se paseaba despistada por el pasillo. No quería que pisara la cocina, ni que saliera de su habitación. Un día me miró fijo y me sobresaltó:

Oye, no pensé que fuese a estar aquí tanto tiempo. Ya no puedo más.

Entonces, ¿qué quieres que haga?

Devuélvela al pueblo.

¿Y cómo va a apañárselas sola?

Todos hacen lo mismo. Los hijos no se quedan embobados cuidando a los padres. ¿Por qué tengo que vivir yo en mi propio piso sintiéndome una extraña? ¿Aguantando el ruido, los olores, el rechinar de cada tarde?

La casa se hizo viscosa, como si cruzáramos un gran lago de aceite con cada movimiento. No sabía qué hacer, todo flotaba, y pensaba en relojes blandos.

Hace unos días llegué a casa y vi a mi madre, Pilar, sentada en el recibidor, vestida con su abrigo más elegante y una vieja maleta a sus pies. Parecía que estaba esperando el tren para algún lugar imposible.

Mamá, ¿qué haces ahí?

Hijo mío, llévame a una residencia de ancianos.

¿Por qué dices eso? ¿Para qué?

No quiero ser la razón de que os separéis. Todo esto me pesa como una tormenta que no termina.

Sigue pidiéndomelo cada vez que cruzo el pasillo, que parece siempre más corto que antes. Y yo no sé qué decidir. No consigo imaginarla allí, entre paredes extrañas, lejana como una sombra en la Puerta del Sol. ¿Y si lo dejo todo y me marcho con ella al pueblo? ¿Y si mi vida está hecha sólo de pasillos y relojes que se derriten?

No sé qué hacer.

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Hijo, no quiero que te divorcies por mi culpa. ¡Llévame a una residencia de mayores!
Mi padre trajo una caja antigua y dijo: “Es un anillo de mi abuela. Puedes venderlo y comprarte un móvil.”