Salchichón
Nuestra ajetreada casa, parecida a un hormiguero, se encontraba en un edificio antiguo de la esquina de la Calle del Pez con la Calle San Bernardo, en pleno corazón del Madrid de los años setenta. No busquéis esas calles, Dios me libre; ahora hay una avenida ancha y dorada bajo los focos modernos. Hace mucho que no paso por allí, el tiempo y las vueltas de la vida y sinceramente, no quiero. No soy de echar sal en la herida; prefiero dejar intacta en mi cabeza la ciudad de entonces, como una fotografía pálida.
Me veo a mí, pequeña, con unos leotardos llenos de arrugas en las rodillas y un vestido de lana. Mamá, con su moño peinado al milímetrosolo ella, mi mamá Dolores, una artista colocando horquillas. Nadie conseguía sus peinados. Y, cuando se acercaba alguna fiesta, en nuestra habitación montábamos lo más parecido a una peluquería madrileña. Por un lado la plancha humeante para los bucles, por otro los rulos, en una caja de dulces, peinetas y pasadores. Tía Nuria, con su melena negra imposibleherencia de no sé qué abuelo andaluzesperaba sentada en el sillón que heredamos de otros inquilinos, insistiendo en que mamá le hiciera algún milagro en esta cabeza tan terrible, como decía ella misma.
Tía Nuria, con su aire orgulloso y una nariz de mucho carácter, seguía soltera porque esperaba al indicado. Pero los hombres que encontraba le parecían poca cosa.
Eres demasiado exigente, Nuria. Los perfectos no existen. Estate quieta, anda, que así no hay quien te haga nada le reprendía mamá, formal y dulce, Dolores, Doli, Doña Dolores.
Pues mejor sola, hija, qué se le va a hacer respondía Nuria apretando los labios, y la habitación se quedaba en silencio, casi grave.
Tía Nuria jamás perdonó a mi padre que nos abandonara a mamá y a mí cuando yo apenas andaba. Yo no sabía exactamente qué ocurrió, pero escuchaba en la cocina cómo mi padre servía de tema de conversación, casi siempre acompañado de huesos que la abuela PanchaPanchita para los conocidos, Doña Francisca Ramostraía del mercado. Pancha era otra de nuestras vecinas, desplazada de un pueblo inundado por un pantano. Pancha suspiró un poco por su vida entre gallinas y patos, pero enseguida se dedicó al patio de vecinos. Montó su huerto, tenía dos parterres para la verdura, un invernaderito protegido por el perro Lucasotro de los damnificados rurales, y siempre cocinaba algo nuevo: si no estaba horneando, estaba fermentando o haciendo caldo. ¿De dónde salían los ingredientes? Contactos, respondía con picardía. Tenía conocidos en el mercado, en el pueblo, por todas partes. Guardaba tocino, carne seca y hasta conejos.
Hubo un día en que Pancha apareció con un pedazo de carne casi monstruoso y pidió ayuda a mi madre.
Doli, hija, tengo aquí carne de jabalí. Ni entra en la olla, ¡hazme el favor!
Mi madre abrió los ojos, asustada.
¡Ay, Francisca! ¿Cómo has traído semejante bicho? ¿Y cómo lo empadronamos ahora?
Anda y déjate de bromas, niña O se os va a poner rancio y acabaréis mordiéndoos los codos rezongó la abuela.
Al final, entre risas, les dio por hacer empanadillas. Tantas, que no cabían en el congelador.
Doña Genoveva de los Santos, la vecina más estirada, delgada hasta el extremo, con aire de profesora jubilada y sonrisa de hierro, tenía el mayor frigorífico de toda la casa. Pancha fue directa: Guarda los empanadillas tú, que te sobra sitio. Pero Genoveva, altiva y con el pico afilado, se limitó a girarse con desprecio.
¡Gene, hija, no pongas esa cara! Si tienes el frigorífico tiritando de vacío, mujer, ¡que no se gaste la luz en balde! intentó convencerla Pancha, gesticulando con un brazo. ¡Venga, ayúdame, que da para todos, y mira a Lucía, que ya tiene más ojos que cuerpo!
Pero Genoveva se encogió de hombros y negó el acceso.
No hubo más remedio que hervir las empanadillas y distribuirlas entre todos: yo, tía Nuria, Don Vicenteel vecino historiador, Francisca, mi madre Solo Genoveva se apartó, sacó su paquetito de embutido, pan negro y se marchó a preparar café para sí misma.
Qué mujer más agria, madre mía masculló Pancha, moviendo la cabeza. Le sentaría bien un poco de chorizo, ¡igual hasta se le ablanda el corazón!
Mejor no hablar, Francisca. Piensa en su hijo… sufre mucho, tú sabes
Nadie preguntaba por lo que le había pasado al hijo de Genoveva. Todos callaban. Yo, tan pequeña, intuía tragedia así que nunca pregunté.
Me alejé del tema. Pero, sí, escuchaba siempre a las mujeres despellejar a mi padre en la cocina.
Vaya desgraciado, dejar a una madre sola con la niña Doli es una buena mujer, no será una princesa de cuento pero siempre fiel. ¡Cómo lloró, pobrecita, cuando él se fue! susurraba Nuria. ¿Y qué se llevó el tío? ¡Hasta la última cuchara, todo ganado con el sudor de su frente! Yo le hubiera echado con la fregona, te lo prometo. Doli no tiene orgullo, no, no lo tiene…
Pancha la rebatía:
¡Mujer, qué vas a saber tú! Orgullo… ¡bah! Eso es cosa de mujeres ingenuas, que dan el corazón entero, y luego las empuja la vida Cuando el hombre se va, ni entienden qué ha pasado.
Pero Pancha, que mi cuñado no se llamaba como tu ex, era Borja, no Migue interrumpió Nuria, mitad riendo.
Francisca se sonrojó, se confundió.
Pues eso, que todos los tíos son iguales. Migue, Borja, da lo mismo Anda, vigila el caldo mientras yo me voy a por leche. ¡Ahí llega la lechera!
Cogió su lechera, la nuestra, otra más, y salió disparada a hacer la cola en la calle. Había que ser rápida. Si te descuidabas, te quedabas sin leche.
En mitad del bullicio, Pancha nos cuidaba y regañaba a mi padre en ausencia.
Y así, me presento: soy Lucía Borja. No tengo recuerdos de mi padre, y mi madre jamás mostró una foto suya. ¡Ni falta que hace! Los días se sucedían entre la limpieza de la habitación, libros apilados en vez de ropa en el armario, mamá traduciendo artículos toda la tarde en la agencia y luego por encargo en casa, ocultando la luz de la lámpara con hojas del ABC para que yo pudiera dormir.
Las dos hacíamos todo para salir adelante. Yo ayudaba en casa, estudiaba, mamá perdonaba incluso mis suspensos diciendo: Ya verás que este verano sí nos vamos a la playa. Por fin, alguna conocida de mamá tenía familiares en Alicante. ¿Sería ese el año? Yo soñaba con ello desde hacía tres.
Pero siempre tocaba esperar.
Perdona, cariño, otro año más no ha podido ser Pero el siguiente, te prometo
Veía sus ojos llenarse de lágrimas y yo luchaba por ocultar las mías, pero siempre se escapaba una, manchando su mano. Morderme el labio y pensar en otra cosa.
No llores, hija me decía, tuvimos gastos importantes. El abrigo, tus botas, las mías Luci, de verdad, el próximo año sí.
Me dolía verla justificarse. Mi mamá no lo merecía, era la mejor. A veces lloraba de noche. Me decía que si lloraba, descansaba. Yo le acariciaba el pelo, iba a por agua, y juntas nos dormíamos hechas un ovillo.
Si no había playa, saldríamos por Madrid, iríamos a la feria, comeríamos helados. ¡Vivir! Vivir ya era bastante milagro.
La única que nunca disculpaba la soledad de mi madre era Genoveva de los Santos, la vecina. En cuanto la conversación giraba hacia mi padre canalla, apretaba los labios, alzaba la barbilla y soltaba: ¡De la vida qué se espera, Doli! Ni te casaste, os visteis favorecidos por la habitación ¡Y luego quejas! Si querías compromiso, firmas; si no, no te lamentes. Cuánta razón, y cuánto rebaño amargo en su voz. Y después, todas callaban.
La habitación la habíamos conseguido gracias al jefe de Borja Antonio Barrientosel mismísimo don García, que firmó el papel justo antes de desaparecer.
Mi madre, huérfana desde joven, se había refugiado en Barrientos, un hombre que sabía cómo tratar a una mujer. Con más elegancia que Chopin, decía Nuria con sorna. Recuerda cómo mamá, embarazada y con los pies tan hinchados que no podía andar, subía la compra, le alcanzaba la cuchilla… Ay, ¿y por ese vas a llorar?
No entiendes a los hombres, Nuria. Los embarazos no les importan nada. Mi padre, en el pueblo, jamás fue al médico ni para ver nacer a media docena de hijos.
¡Ya estáis, justificando! Nuria golpeaba la mesa, harta. ¿Aquí nadie respeta a las mujeres?
Hay que tener cabeza y firmar papeles cerraba Genoveva, y se encerraba en su cuarto, ese misterioso gabinete al que todos queríamos entrar pero estaba siempre bajo llave, con un gato dibujado sobre el pestillo, tapado con cartón.
A mí me fascinaba imaginar qué secretos guardaría Genoveva ahí dentro, que ni los niños podían asomarse.
Cada mes, Genoveva preparaba una caja que enviaba a alguien. No sabía a quién. Rellenaba el cajón de madera con salchichón, latas, quizás una toalla o pañuelos doblados. Lo clavaba y escribía una dirección, y después rebuscaba su monedero en el bolso.
¿Vuelve a Correos? le susurraba Don Vicente.
No es asunto suyo, y mucho menos de usted, Vicente ladraba Genoveva, caja bajo el brazo. Salía sin mirar atrás.
El profesor se limitaba a negar con la cabeza, y yo, mientras, soñaba con tener una llave que abriera todas las puertas del mundo.
Y así, hasta que un día estalló el escándalo.
Desapareció un trozo de salchichón del frigorífico de Genoveva. Aquella mañana, todos habían salido, y cuando regresaron ya no estaba.
¿Quién ha sido? interrogó Genoveva, lanzando rayos con sus ojos. ¡Esto es robo! ¡Es para Eugenio! ¿Quién se atreve a robarme?
Aquí nadie ha cogido nada levantó las palmas Pancha. Igual fuiste tú misma, mujer, y ahora no te acuerdas.
No fui yo. ¡Es para Eugenio! ¡Os odio, a todos! sollozó Genoveva de tal modo que hasta la olla tembló. Todo el mundo critica, fingen buenas caras, pero sólo Borja me apoyó Y ahora me robáis, asquerosos.
Dolores, ¿has sido tú? Huele a ajo aquí, ¿eh? No me dirás le lanzó como un dardo a mi madre.
Mi madre se sonrojó.
¡Por Dios, Genoveva! Ni ajo ni nada, hoy ni he comido. ¿Por qué además de robar? Lucía, recoge y vete a la habitación.
Pero yo no me moví. No iba a dejar a mamá sola.
Que te marches repitió mamá, ahora dura. Siempre tienes que salirte con la tuya, Lucía, ¡ya basta, hija! ¡Esto me agota!
Salí corriendo y me escondí bajo la mesa, llorando a escondidas.
La discusión seguía.
¡Quiero decir que tu madre es poco limpita en casa, Doli! Y encima el robo Mejor que Borja encontrara otra. Al menos dejó la habitación a tu nombre Genoveva echaba el veneno sin compasión. De vergüenza.
Pancha se interpuso entre Genoveva y mamá.
No estaba en casa Doli, ni Nuria. ¿Quién queda? El pobre profesor Vicente no puede ni masticar, sólo come papilla. ¿Y entonces quién fue?
Todos se miraron. De repente, apareció Don Federico, el portero, bien repeinado.
Disculpen, señoras Pero hoy ha venido ese tal Barrientos, el hombre de la habitación estuvo esperando a la señorita Dolores, se fue antes de que llegara. Le dejé pasar al recibidor porque, bah, es el propietario. Y luego, que iba al huerto por perejil.
Nadie habló; sólo el puchero continuó burbujeando. Nuria zanjó de pronto:
Pues se la zampó él, punto pelota.
Al revisar el frigorífico, Nuria notó que le faltaban natillas y un pedazo de manchego, reservado para brindar con cognac el viernes. Pancha había perdido dos huevos y la patata aliñada de la cena. A mamá ya sólo le quedaba un platito vacío: antes había croquetas de bacalao.
Aquí había croquetas, ¿verdad? ¡Vaya un sinvergüenza!… resopló Pancha. Nadie en casa podía creérselo.
En cuanto oscureció, todos esperaban. Iban y venían de la cocina, esperaban oír la llave en la puerta.
Yo también esperaba. Quería ver a mi padre. ¿Por qué? Por puro morbo, supongo.
Llegó cerca de las nueve. Yo salí disparada del baño a nuestra habitación.
Mi padre era delgado, encorvado, con una bufanda, boina y las manos en los bolsillos. Apenas me miró, preguntó:
¿Está tu madre?
Ni buenos días, ni un gesto amable.
¿A qué madre busca usted? Lucía, ponte el abrigo intervino Pancha.
Obedecí.
No hablo con usted. ¡Aparte! Doli, abre ya gritó, golpeando nuestra puerta. Entró, plantándose bajo la lámpara, y exclamó: ¡Dame de cenar!
Mi madre, cosiendo calcetas mías, respondió, entera pero temblando un poco:
Buenas noches, Borja. Me encantaría, pero ya no queda nada. Te lo comiste todo.
¡Esta es mi casa! Te echo cuando quiera, Doli. Si quiero, demuestro que Lucía ni siquiera es mía, ¡y la echo también! ¡No tenéis derecho a nada!
El insulto fue horroroso. Mamá lloró.
Bueno, por ahora no os echo. Prepara la cena. ¡YA! gritó, pegando un puñetazo a la mesa.
Entonces, en silencio, apareció Genoveva. Dispuesta siempre a perdonar a Borja, porque, a su manera, le caía bien como quien siente una debilidad oculta.
Pero aquel día, se le fue la mano. Le cruzó la cara con una bofetada, seca, digna, y le dijo:
Esto es por el salchichón. Si hubieras venido como un caballero, te habríamos dado de cenar. Robar, Borja, es ser un ladrón.
¿Qué, ahora vais de santas? Tu hijo está en la cárcel, Genoveva, ¿me lo dices a mí?
¿Dónde está tu casa, Borja? ¿Dónde está tu familia? Porque aquí ya no queda nada tuyo, ¿no? replicó Genoveva, altiva.
¿No tienes sopa donde tu nueva familia? ¿Vienes a mendingar aquí también? se sumó Nuria, y Pancha, medio en broma, medio en serio:
Si necesitas patatas, nos dices. ¿Eres de Albacete, seguro?
Mi padre no supo qué contestar. Al final, mamá se levantó y, firme, le pidió que se marchara.
Y, sin más, él se fueladrando improperios que Pancha rápidamente tapó cubriéndome los oídos, despechado, disminuido.
Más tarde, regresó borracho, quejándose ante Vicente de su mujer, de que no le daba dinero, que en casa nueva no tenía ni un trozo de chorizo, ni un cigarro, que de veras, si alguien lo quería ayudar, que fuera alguien valiente.
La mujer de Borja llamó pidiendo por favor que lo echaran. Nuria lo mandó a paseo; él protestó bajo la farola y desapareció.
Al día siguiente, mamá vendió un anillo sencillo pero de oro y con las pesetas que recibió, fue con Pancha y yo al ultramarinos a comprar salchichón para Genoveva. Ella no quería aceptarlo, pero al final, mirando a los ojos a mamá, le pidió disculpas.
Yo no entendía entonces cuánto dolor llevaba Genoveva bajo su peinado rígido. Mamá sí lo intuía. Por eso, la invitó a merendar con nosotras un día que Pancha trajo dos sacos de manzanas.
La abuela Pancha había hecho un pastel, de los de toda la vida; Genoveva se conmovió.
Yo nunca supe hacer repostería Mi madre sí, hacía unos bizcochos pero en aquellos tiempos había de todo y energía
La energía nunca sobra, Gene intervino Pancha. ¡Las ganas las buscamos entre todas! Come, que en caliente está más bueno. Nuria, trae el brandy. Acordaremos por los que están, por los que faltan, y por el futuro. Y que Borja coma mucho, donde sea. Pobre hombre, ¡qué apañado es!
Y entre risas y nostalgias, nos olvidamos de Borja, del salchichón, de muchas heridas. Lo pasado, pisado.
Seguimos viviendo, con la fe de que el mañana sería mejor que el ayer. Y ese verano, sí, al fin, fuimos al mar. Y ese momento, os juro, fue la felicidad absoluta.






