La esposa poco agraciada

La oficina zumbaba como de costumbre con los murmullos del día a día. De pronto, entró la jefa acompañada de una chica discreta, casi invisible.

Os presento, chicas, esta es Maite. Va a trabajar con vosotras a partir de hoy, en el lugar de Álex. Lo han ascendido. Estoy segura de que encajaréis bien juntas dijo doña Carmen y salió sin más.

Maite se sentó en el sitio donde antes se sentaba Álex. Sacó una taza preciosa y una pequeña foto de un hombre, que colocó cuidadosamente sobre la mesa. Sin perder tiempo, se sumergió en el trabajo, como si llevara años allí.

Sonó el timbre del almuerzo, y todas, como ensayado, se levantaron para salir a por el menú ejecutivo. Solo Marina se quedó. No pudo contener su curiosidad: ¿qué hombre sería aquel de la foto que Maite puso en la mesa nada más llegar?

Desde ese portarretratos la miraba un hombre guapo, sonriente, de dientes blancos y perfectos.

¿Será actor o cantante? pensó Marina.

Sacó el móvil, tomó una foto de la imagen y se marchó a comer. Las chicas se sentaron juntas, escuchando a Maite, la nueva.

Conocí a Sergio hace tres años, en unas circunstancias de lo más extrañas, no os creeríais que eso ocurre en la realidad

¡Cuenta, cuenta! pidieron las demás, ansiosas.

El recuerdo la devolvió a aquel día de hace tres años, cuando Maite trabajaba en una importante empresa. Un error logísticono sabía si suyo o del transportistahizo que entregaran el pedido equivocado a la compañía de quien acabaría siendo su marido. La enviaron a ella a aclarar el lío.

Maite era lista, una profesional excelente y hábil negociadora. Todo el mundo se despistaba por su aspecto: sencilla, sin maquillaje, una chica del montón. Pero llegado el momento, se transformaba en una auténtica boa constrictor en las reuniones; suave al principio, envolvía a su interlocutor hasta conseguir su objetivo.

Ve tú, Maite, tú sabes cómo hacerlo le pidió su jefe.

La recepcionista le indicó el despacho:

Sergio Echeverría, en el 312.

Entró sin llamar, se presentó:

Buenas tardes, soy María Teresa. Verá, hubo un error y les enviamos otro pedido de logística.

Empezó a explicar la situación. Sergio la observaba perplejo, como si no creyera lo que veía.

¡Es ella!pensó. Yo la he soñado antes

Su melena pelirroja, esos ojos verdes que miraban sin mentiras, y aquel tono pausado y seguro.

Maite estaba lista para defender su terreno, pero de repente Sergio dijo:

María Teresa, no presentaremos reclamación. Confío en que no vuelva a ocurrir.

Ella se levantó, agradeció y se marchó. Dos días después, Sergio la esperaba junto a la puerta del edificio. Maite salió la última.

¡Maite!la llamó, saludándola con la mano. Hace unos días estuvimos hablando.

Buenas tardes, Sergio, claro que me acuerdo contestó sin una pizca de coquetería.

Tengo dos entradas para el teatro. ¿Te gustaría acompañarme? Iba a ir con mi madre, pero se ha puesto malitamintió Sergio.

Bueno, puedo ir. ¿Es hoy la función?

Sí, en dos horas. Si necesitas cambiarte, te llevo a casa.

Qué hábil, pensó Maite. Aun así, aceptó.

La esperó bajo su portal. Cuando salió, Sergio apenas la reconoció: vestía un elegante vestido negro ceñido a su figura, tacones medianos, maquillaje perfecto y discreto.

No podía creer el cambio. Se sentó a su lado en el teatro, de vez en cuando la miraba de reojo; era evidente que ella conocía bien el mundo de la escena y probablemente ya había leído la obra.

Tras la función, le propuso ir a cenar. Maite declinó amablemente; al día siguiente tenía negociaciones complicadas. Sergio la llevó a casa y se despidió. Al final de la semana volvió a buscarla para dar un paseo.

Poco a poco, sin apenas pausa, empezó a esperarla a la salida del trabajo.

A mi madre le gustaría conocerte. ¿Qué te parece?

Yo también tenía ganas de conocerla.

La madre de Sergio, doña Isabel, los recibió con calidez. Tomaron té con mermelada de manzana silvestre, empanada de albaricoque, dulces varios. Hablaban con naturalidad. Maite contó a doña Isabel las recetas de su abuela, cómo preparaban la mermelada, la historia de su padre, que murió probando aviones, y de su madre, profesora de historia en el instituto.

Sergio la acompañó a casa.

Le has gustado mucho a mi madre. Yo estoy feliz.

Y así empezaron a verse todos los días. Un año después, celebraron su boda.

Al terminar, todas la miraban con una mezcla de admiración y envidia. Marina solo pensaba:

¿Qué le ha visto? ¡Con lo normalita y simple que es! Yo, con mis piernas largas y siempre arreglada, solo atraigo a patanes, o los casados, o acabo directo en su cama

Sonó el timbre; las chicas, en orden, volvieron a la oficina. Marina se acercó a Sonia:

Mira, ese es su marido. ¿Tú te lo crees? Yo no. ¿Qué iba a hacer él con alguien como ella? Es imposible.

Por la tarde, saliendo Maite del trabajo, un coche hizo sonar el claxon. Bajó un hombre elegante.

¡Maite, aquí estoy! levantó la mano.

Era el mismo hombre de la foto.

¿De verdad es su marido? pensó Marina. ¿Y por qué no yo? Si soy mejor.

Las chicas los vieron alejarse, cada una con sus pensamientos.

A veces, viendo una pareja así, surge la pregunta: ¿Qué habrá visto él en ella? Quizás, encontró justo lo que buscaba. No siempre la belleza es lo que atrapa al hombre. Sí, con las bellas coquetean, pero para casarse, eligen a otras. ¿Por qué será? Quizás, habría que preguntárselo a ellos.

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La esposa poco agraciada
Lo he visto con mis propios ojos Acababa de cerrar la caja en la contabilidad, cuando la jefa asomó la cabeza por la puerta de su despacho y le preguntó si podría encargarse mañana del informe de proveedores. Había en su voz ese suave matiz de exigencia del que no te escapas. Ella asintió, aunque en la cabeza ya le aguardaba la lista: recoger a su hijo del colegio, pasar por la farmacia por las pastillas de su madre, revisar deberes en casa. Llevaba tiempo viviendo así, sin discutir, sin llamar la atención ni dar motivos. En el trabajo lo llamaban “fiabilidad”, en casa “tranquilidad”. Por la tarde, caminaba desde la parada hasta casa apretando contra el costado la bolsa de la compra. El hijo iba a su lado, pegado al móvil, y de vez en cuando pedía “cinco minutos más”. Ella respondía “después”, porque el después siempre llegaba por sí solo. En el cruce junto al centro comercial se paró en el semáforo en verde para los peatones. Los coches, en dos filas, algunos pitando con nerviosismo. Ella dio un paso en la cebra y en ese momento, del carril derecho salió disparado un todoterreno oscuro. Saltó el sitio, adelantó a los que esperaban, intentando pasar con el intermitente parpadeando. El golpe sonó seco, como si derribaran un armario pesado. El todoterreno chocó contra un “Seat León” blanco que salía al cruce. El “León” giró bruscamente, la trasera fue directo a la cebra. La gente en el paso se apartó de un salto. Ella apenas tuvo tiempo de agarrar la manga de su hijo y pegarlo hacia sí. Un segundo, todo quieto. Después, alguien gritó. El conductor del “León” se quedó encogido, tardó en levantar la cabeza. En el todoterreno saltaron los airbags y tras el parabrisas vio la cara de un hombre, que ya se apresuraba a abrir la puerta. Ella dejó la bolsa en el asfalto, sacó el móvil y marcó el 112. La operadora tenía la voz tranquila, como si no estuviera ocurriendo allí mismo. – Accidente en el cruce frente al centro comercial, hay heridos – dijo, tratando de sonar clara. – El coche blanco… no sé si el conductor está consciente. Su hijo, pálido, la miraba como si ella hubiese crecido de golpe. Mientras respondía las preguntas de la operadora, un chico joven corrió al “León”, abrió la puerta, habló con el conductor. El hombre del todoterreno salió rápido, con seguridad, mirando alrededor, diciendo algo por teléfono. Vestía abrigo caro, sin gorro, y se comportaba como si todo fuera un retraso de vuelo, no un accidente. Llegó la ambulancia, luego la patrulla de tráfico. Un policía preguntó quién había visto el momento del impacto. Ella levantó la mano, sería raro lo contrario: estaba justo allí. – Sus datos, por favor – dijo el agente, sacando la libreta. – Cuénteme qué vio. Ella dijo nombre, dirección, teléfono. Las palabras sonaban secas, precisas. Explicó que el todoterreno salió por la derecha, que el “León” cruzaba cuando le tocaba, que había gente en el paso. El policía asentía, tomaba nota. El hombre del todoterreno se acercó, como por casualidad. La miró un instante, sin amenaza pero de tal forma que a ella le inquietó. – ¿Está segura? – preguntó en voz baja, como sin darle importancia. – Hay cámara, está todo grabado. – Yo he dicho lo que he visto – respondió ella, y de inmediato lamentó el tono: demasiado directo. Él sonrió apenas y se fue con el agente. El hijo tiró de su manga. – Mamá, vamos a casa – pidió. El policía le devolvió el DNI, que ella había sacado del bolso, y avisó que podría haber una citación para aclarar. Asintió, recogió la bolsa y guió al hijo a través del patio. En casa se lavó las manos largo rato, aunque estaban limpias. El hijo guardó silencio, luego preguntó: – ¿Van a meter preso a ese señor? – No lo sé – dijo ella. – Eso no lo decidimos nosotros. Por la noche soñó el golpe y cómo el todoterreno empujaba el aire delante de sí. Al día siguiente, en el trabajo, intentó concentrarse en los números, pero la mente volvía al cruce. Después de comer, recibió una llamada de un número desconocido. – Buenas tardes, ayer fue testigo de un accidente – dijo una voz amable, sin presentarse. – Vengo de parte de los implicados. Queremos tranquilizarla, que no se preocupe. – ¿Quién es? – preguntó ella. – Da igual. La situación es delicada, pero no se puede ver de una sola forma. Ya sabe, hoy día presionan mucho a los testigos, les llevan a juicio muchas veces. ¿Le hace falta meterse en eso? Tiene hijo, trabajo. Hablaba suave, como aconsejando detergente. Eso lo hacía todo más inquietante. – Nadie me presiona – dijo ella, y notó cómo la voz le temblaba. – Mejor así – respondió él. – Diga sólo que no está segura. Que todo pasó rápido. Mejor para todos. Colgó y se quedó mirando la pantalla unos segundos. Guardó el móvil en el cajón, como si ahí quedara la conversación. Por la tarde recogió al hijo, fue a ver a su madre, que vivía en el barrio de al lado, en un piso antiguo. Se abrió la puerta y la madre, en bata, empezó a quejarse de la tensión y los errores en la consulta. – Mamá – dijo, ayudándola con las pastillas –, si hubieras visto un accidente y te pidieran que no te metieras, ¿qué harías? La madre la miró cansada. – No me metería – dijo. – A mi edad ya no quiero heroicidades. Tú tampoco, tienes un hijo. Las palabras, sencillas, casi cariñosas, le dolieron, como si su madre dudara de su fortaleza. Al día siguiente repitieron la llamada, otro número. – Sólo queremos su tranquilidad – dijo la voz, la misma. – El conductor tiene familia, trabajo. Puede pasarle a cualquiera. A los testigos los hacen pasar años de líos. ¿Para qué meterse? ¿No será mejor escribir que no vio el momento del golpe? – Yo lo vi – respondió ella. – ¿Está segura de querer meterse en esto? – la voz se enfrió. – ¿Su hijo en qué colegio estudia? Sintió el hondo escalofrío. – ¿Cómo sabe usted eso? – La ciudad es pequeña – contestó sin alterarse. – No somos enemigos. Queremos su paz. Colgó y se quedó largo rato en la cocina, mirando la encimera. El hijo hacía los deberes en su habitación. Se levantó, cerró la puerta con la cadena, aunque era absurdo: la cadena no frena llamadas. Un par de días después, un hombre la paró en la puerta del bloque, sin distintivos en la ropa. Esperaba por ella. – ¿Es usted del piso veintisiete? – preguntó. – Sí – respondió sin pensar. – Sobre el accidente. No se asuste, – levantó las manos – soy amigo de conocidos. No querrá juicios interminables. Podemos arreglarlo. Diga sólo que no está segura. – No acepto dinero – se le escapó. No sabía por qué lo dijo. – Nadie habla de dinero – sonrió él. – Hablamos de tranquilidad. Tiene hijo, lo entiende. Hoy todo está nervioso, en el cole pasan cosas, en el trabajo también. ¿Para qué complicarse? Llamaba “complicaciones” a todo como si fuera basura. Pasó de largo, sin contestar. En casa, vio que le temblaban las manos. Dejó la bolsa, se quitó el abrigo y fue junto al hijo. – Mañana no salgas solo del cole – dijo lo más serena que pudo. – Te recojo yo. – ¿Qué pasa? – preguntó. – Nada – contestó. Y sabía que ya era una mentira nueva, con vida propia. El lunes recibió la citación. Tenía que ir al juzgado a declarar y identificar por el accidente. El papel, oficial, con sello. Lo guardó en la carpeta de documentos, como si metiera una piedra. Esa tarde, la jefa la retuvo al cerrar. – Oye, – dijo cerrando el despacho –, han venido a preguntar por ti. Muy amables. Dijeron que eres testigo y que mejor que no te pongas nerviosa. No me gusta que vengan por mis empleados. Ten cuidado. – ¿Quiénes eran? – No se presentaron, pero esa gente intenta imponer. Yo te lo digo como persona. Igual es mejor no meterse, tenemos informes, controles. Si empiezan llamadas, perjudica a todos. Salió sintiendo que no sólo le robaban la palabra, sino también el refugio de los números. En casa, se lo contó todo al marido. Cenaba, escuchaba en silencio, dejó la cuchara. – ¿Sabes que esto puede acabar mal? – Lo sé. – ¿Por qué insistes? – sin reproche, sólo cansancio. – Tenemos mucho que perder: hipoteca, tu madre, el niño… ¿Quieres problemas? – No quiero, – dijo ella –, pero lo vi. Él la miró como si dijera una niñez. – Lo viste y olvídalo – dijo. – No debes nada. No discutió. Discutir sería admitir que tenía elección, y elegir la agobiaba más que las amenazas. El día de la citación madrugó, preparó el desayuno del hijo, móvil cargado, metió todo en el bolso. Avisó a la amiga de a dónde iba y cuándo saldría. La amiga respondió: “Avísame al salir”. En comisaría olía a papeles y felpudos mojados. Colgó el abrigo, fue al control. La llevaron al despacho. El investigador era joven, con cara de cansancio. Le ofreció una silla, encendió la grabadora. – ¿Es consciente de que mentir tiene consecuencias? – Lo sé. Preguntó sin presión, dónde estaba, por qué semáforo, el todoterreno, la velocidad. Ella fue precisa, sin añadir nada. En un punto la miró. – ¿Ha recibido llamadas? Dudó. Decirlo era admitir que la tocaban. No decirlo, quedarse sola. – Sí – dijo. – Llamaron y vinieron al portal. Me pidieron que dudase. El investigador asintió, como esperando. – ¿Tiene guardados los números? Le mostró el móvil. Tomó nota, pidió pantallazos y que los enviara al correo oficial. Los hizo en ese momento, las manos torpes. Después la guiaron al pasillo, para el reconocimiento. Esperó en un banco, bolso en el regazo. Se abrió la puerta y vio al hombre del todoterreno. Andaba con el abogado, comentaban algo. Al pasar miró hacia ella un instante: tranquilo, incluso cansado, acostumbrado a que todo se resuelva. El abogado se detuvo junto a ella. – ¿Es usted la testigo? – preguntó sonriendo. – Sí. – Le recomendaría ser prudente con las palabras – insistió suave. – Bajo presión la gente se equivoca. No querrá responder por ello. – Quiero contar la verdad. El abogado alzó la ceja. – Cada uno tiene su verdad – dijo, y siguió. La llamaron al despacho. Le enseñaron varias fotos, identificó al conductor. Firmó el acta. El trazo en el papel la calmó: la marca no se borra con una llamada. Al salir era ya de noche. Caminó a la parada, mirando atrás. En el bus fue cerca del conductor, como quien busca protección. En casa el marido no dijo nada. El hijo asomó. – ¿Qué pasó? – Conté lo que vi. El marido suspiró. – Sabes que no te van a dejar en paz. – Lo sé. No durmió esa noche. Escuchaba las puertas del portal, pasos en la escalera. Cada sonido la inquietaba. Por la mañana llevó al hijo al cole ella misma, aunque trastocara el horario. Pidió a la profesora que no dejaran salir al niño con desconocidos, aunque dijeran “vengo de parte de la madre”. La profesora le miró y asintió. En la oficina, la jefa fue más seca. Le daban menos tarea, como si fuera peligrosa. Notaba miradas de compañeros que se apartaban. Nadie decía nada, pero un vacío crecía a su alrededor. Pasó una semana sin llamadas, luego llegó un mensaje de otro número: “Piense en su familia”. Sin firma. Lo enseñó al investigador, como le indicó. Él respondió breve: “Registrado. Si pasa algo, avise”. No se sentía protegida, pero sus palabras ya no se diluían. Una tarde, la vecina del primero la pilló en el ascensor. – He oído que te has metido en un lío – susurró. – Si necesitas algo, mi marido está en casa. No dudes, llama. Y queremos poner cámara en el portal. Nos juntamos y la ponemos. La vecina lo decía con naturalidad, sin heroísmo, como poner el portero automático. Eso le hizo lagrimear por dentro. Al mes, nueva citación. El investigador dijo que el caso iría a juicio, que habría más vistas, que podía llamarla más veces. No prometía justicia, sólo trámites y peritajes. – ¿Han vuelto a amenazarla? – preguntó. – No – dijo. – Pero nunca dejo de esperarlo. – Es normal – respondió. – Intente vivir como antes. Si hay algo, avíseme. Salió y pensó que “normal” ya era palabra de otros. Su vida era distinta. Más cautela: cambiaba rutas, no dejaba solo al hijo en el patio, grababa las llamadas, avisaba a la amiga al llegar. No se sentía fuerte. Se sentía alguien que aguanta para no caer. En la sala, al ser llamada, vio al hombre del todoterreno. Sentado recto, escuchando, tomando notas de vez en cuando. No la miraba. Era peor que una mirada: era formalidad. Le preguntaron si estaba segura de lo que decía. Sintió el miedo, pensó en su hijo a la puerta del cole, la jefa, la madre que pedía no meterse. Y aún así contestó: – Sí. Estoy segura. Al salir del juzgado se detuvo en las escaleras. Las manos frías, aunque llevaba guantes. Su amiga escribió: “¿Todo bien?”. Respondió: “He llegado. A casa”. De camino entró al súper para comprar pan y manzanas, porque la vida sigue queriendo cenas sencillas. Ese gesto le reconfortó: el mundo no se detenía, exigía cosas normales. En casa, el hijo le preguntó si iría a la reunión del cole. Lo miró y supo que esa pregunta era lo que la había sostenido todo el tiempo. – Iré – dijo. – Pero primero cenamos juntos. Más tarde, al cerrar la puerta con dos vueltas y comprobar la cadena, entendió que no actuaba con pánico, sino con calma, parte de una nueva vida. Ese era el precio de la tranquilidad aprendida de nuevo. No tuvo victoria, ni gratitud, ni fama. Pero le quedó un saber simple y pesado: no se apartó de lo que vio, y ahora ya no tenía que esconderse de sí misma.