La hijastra

Hijastra

Cuando conocí a Marina y nos enamoramos, Lucía tenía seis años. Había crecido sin padre y ansiaba tanto el cariño que, entre nosotros, nunca hubo problemas para encajar. Vivíamos en una armonía perfecta, hasta que llegó él: la adolescencia.

¡Tú no eres mi padre! exclamó un día Lucía.

¿Cómo que no lo soy? ¿Quién, perdona que te diga, ha estado todos estos años escuchando tus quejas sobre los compañeros de clase y defendiéndote en las reuniones escolares? ¿Quién escondía en casa los últimos trozos de turrón para dártelos cuando venías triste? ¿Quién compartió tu secreto sobre aquella muñeca que te llevaste de la plaza, la que era de la pesada de Marta, y quién, por favor, se deslizó de noche por las calles del barrio con esa muñeca bajo la chaqueta, para dejarla disimuladamente entre unos arbustos como si no hubiera pasado nada? Y, si no me falla la memoria, hace años acordamos que había que ser consecuentes con lo que decíamos, así que, si desde pequeñita me llamabas papá, ¿por qué ahora de repente soy no padre?

Aquellas palabras de mi hijastra a la que consideraba hija me hirieron profundamente, pero no podía permitirme mostrarlo. Primero, porque soy hombre. Segundo, porque enfadarme con Lucía no resolvería nada, solo haría todo más difícil.

Entendido, argumento aceptado, saludé con falsa solemnidad, llevando la mano a la sien . ¿Discutimos entonces nuestros nuevos roles? Los derechos y obligaciones del no padre y no hija, por decirlo así.

Me dolía en el alma esa situación, pero sentía que era el camino correcto: dejarle un espacio donde pudiera elegir, aunque dentro de ciertos límites, y, sobre todo, siendo ella quien los estableciera. Pero Lucía, de nuevo, me sorprendió murmurando:

No quiero.

Y me cerró la puerta en las narices, algo que jamás hubiera hecho de niña. Siempre dejaba claras sus necesidades y luego, juntos, veíamos qué era posible y qué no. Por ejemplo, saltar desde el tejado del trastero no era aceptable, así que le explicaba pacientemente el porqué, incluso con ilustraciones buscadas en internet. Pero, cuando en primero de primaria decidió que quería casarse con Pablo Hernández y mudarse a su casa, personalmente le aseguré que, en cuanto la ley lo permitiera, la ayudaría con la mudanza. Por supuesto, al mes, se le había pasado.

Siempre habíamos gestionado todas las diferencias con sentido común y diálogo. Ahora, de golpe, solo decía no quiero y no eres mi padre. Antes, hasta era capaz de explicar por qué no quería comerse el arroz con leche.

¡Está malísimo! decía.
¿Por qué?
Porque no está dulce y tiene nata arriba.

Ahí estaba, una respuesta clara. O le hacías otro arroz, o le dabas el ansiado sobao, que, si hacemos caso a la publicidad, también tendría la dichosa leche en polvo.

Me quedé unos minutos ante la puerta cerrada, acariciando la veta de la madera, buscando respuestas y, al no encontrarlas, negué con la cabeza. Ya veríamos cómo se desarrollaba todo.

Marina se lo tomaba con más calma. Decía que ella, de joven, también había dado guerra y que su propio padre hubiese preferido que se fuera a cualquier sitio… cuanto más lejos, mejor. Aseguraba que, cuando las hormonas dejaran de bailar en la mente inmadura de Lucía, todo volvería a su cauce. Lo único, reconocía, es que el viaje de regreso desde la tierra del No quiero y no eres mi padre dura diferente para cada uno. Yo, la verdad, empezaba a echar mucho de menos a Lucía. Ya ni tenía con quién ver el partido por la noche, ni reírme del nuevo tinte de pelo de la amiga de Marina, Inés, que cambiaba de color antes que el cielo en primavera.

Con el tiempo, Lucía empezó a salir de su caparazón de vez en cuando; aunque el resto del tiempo era aún más arisca, así que lo mejor era no acercarse. El patrón de sus momentos buenos solo lo conocía ella, igual que los motivos. Pero cuando volvía a ser la de antes, yo me sentía como un chiquillo.

Chicas, ¿nos vamos el fin de semana de excursión? propuse una vez . Dicen que hará buen tiempo, llevamos cañas, tienda de campaña…

Lucía, ¿te animas? se ilusionó Marina.

¡No voy a ninguna parte con vosotros! Llevad vosotras las cañas, pescadores… y la puerta volvió a sonar fuerte, dejándonos con cara de póker. Hacía apenas un minuto estaba de buen humor y nada hacía presagiar ese estallido.

Quizá hasta ha dejado de gustarle pescar, suspiré.

Pasó un tiempo y un día, Lucía no volvió a casa al salir del instituto y no contestaba al móvil. Llamamos a sus amigas y, cansado de esperar, salí a buscarla. Empecé por casa de Carlos, un chaval a quien, hasta hace poco, consideraba su buen amigo. Hacía tiempo que no sabía nada de él.

No tengo ni idea de dónde está, murmuró Carlos.

Pero, ¿alguna suposición?

Verá… Desde que dijo que era un aburrido, nuestra relación se enfrió…

Pues me ha llamado no padre y yo sigo preocupándome. Cosas de la vieja amistad, ya sabes…

Me iba cuando Carlos llamó tras de mí:

Espere, quizá esté con Sergio.

¿Quién es Sergio?

Uno de segundo. Pero no tiene muy buena fama. Dudo que le guste lo que vea.

¡Motivo de más! Anda, acompáñame, llévame hasta donde suele estar ese tal Sergio.

Yo no voy.

Carlos, a veces hay que ayudar a los demás, aunque no lo pidan. Siempre pensé que tenías personalidad, que un comentario así no te afectaría.

Está bien… suspiró siguiendo detrás de mí.

Llegamos a unos garajes apartados y desde la distancia se oía música.

Si tienes miedo, puedes quedarte en el coche, le ofrecí.

No tengo miedo a nada.

Delante de la puerta de uno de los garajes había varios chicos y una chica. Lucía no estaba. Nos acercamos.

Busco a Lucía, ¿está con vosotros? pregunté alzando la voz.

¿Sois de los que buscan niños perdidos o qué? cortó el rollo uno, poco simpático.

En ese instante apareció Lucía.

¿A qué has venido? alzó la voz.

A por ti.

Ya sé volver sola a casa.

Seguro, pero es tarde y no quiero que acabe viniendo la policía. Así que vámonos, princesa, el taxi está listo.

Bufó y se metió en el coche, murmurando a Carlos:

¡Traidor!

Desde entonces, los desaparecimientos de Lucía se volvieron más habituales. Yo, tozudo, la traía a casa desde esos garajes, aguantando las bromas de que tenía chófer personal. Pero una noche, se negó a volver.

¿Qué quieres de mí? gritaba . ¡Déjame en paz, soy mayor! Salgo cuando quiero y vuelvo cuando me da la gana.

Escríbele al Congreso, dije , porque los derechos y deberes de los menores de edad están en la Constitución.

Vete a paseo replicó, girándose con aire de desprecio.

Sabes que no me iré sin ti, ni siquiera al sitio al que me mandas.

Ojalá no hubieras conocido a mi madre, ¡ojalá no existieras! soltó, metiéndose al coche.

Ese golpe en el pecho fue duro. Todo el camino de vuelta tuve los ojos empañados y pensé en rendirme, dejarle su espacio. ¿Quién era yo para meterme? ¿Solo el marido de su madre? Pero no podía, no podía dejarla sola frente a los baches de la vida. Si tropieza, ¿quién le tenderá una mano? Aunque me llame, grite y reniegue, no me apartaré.

Al poco, Lucía y su grupo cambiaron de sitio. Los garajes cerraron, ya no salía música y no sabía dónde buscarla. Mis investigaciones con Carlos me dieron alguna dirección, pero tampoco estaba.

Ella volvía cuando le daba la gana, de madrugada incluso. Y Marina, pese a su aparente calma, empezó a notar la angustia. Nos echábamos en la cama, fingiendo que todo iba bien, sin poder dormir hasta que el sonido de la puerta al fin nos tranquilizaba.

Una noche, en plena desvelo, sonó mi móvil. Cogí el teléfono temblando.

Don Rafael escuché la voz de Carlos , ha llamado Lucía. Está en un piso de la Gran Vía y dice que no puede salir.

¿Y sabe el número?

Solo lo describió, pero creo saber cuál es.

Entonces, vienes conmigo.

Marina me miró con lágrimas en los ojos.

Tranquila, cariño. No te preocupes, lo resolveré. Quédate en casa… Por si acaso, haznos unas torrijas. Sabes que en la mitad de la noche me entra el hambre y la ansiedad. No me dejes morir de inanición, ¿eh? Confío en ti. Le besé la punta de la nariz.

Recogí a Carlos y nos lanzamos por las calles de Madrid, apurando los semáforos. Algunas zonas estaban tranquilas, en otras el bullicio de la ciudad seguía. A punto estuve de llevarme por delante a dos jóvenes sentados en mitad del asfalto, tan borrachos que su osadía los hacía intocables.

Al llegar, le dije a Carlos:

Quédate en el coche, vigila que no desaparezca, nunca se sabe cuando una noche puede sacar lo peor de la ciudad.

Carlos quiso objetar, pero le miré serio. No necesitaba otro adolescente al que cuidar.

Antes de entrar en el portal, observé las ventanas. De alguna salía música; en otras se asomaban sombras a fumar. Todo parecía normal, pero traté de memorizar mentalmente detalles.

Busqué el portal que correspondía con la descripción que dio Lucía. Al entrar, en el primer y segundo piso nada, nadie abría o me despachaban con malas formas. En el tercero, una señora mayor, insomne, me abordó ansiosa de charla.

Aquí hay tres pisos muy raros, seguro que en uno de ellos la encuentras. Siempre hay jaleo, son unos desalmados.

¿De verdad? sonreí con amabilidad.

¡Claro! Los he visto con mis propios ojos… se drogan y se pierden noches enteras.

Si bien quizás exageraba, no me tranquilizaba en absoluto.

Gracias, señora. Me anotó los números de los sospechosos.

En el primero, un tipo borracho, una mujer joven medio derrotada por la vida y un perro de raza, con ojos más listos que todos los presentes juntos.

La segunda vivienda estaba vacía esa noche. Ni un suspiro se oía. Probé la tercera, subiendo los escalones con un terrible presentimiento. Allí, cuando iba a llamar, se abrió la puerta y salió una chavala. Por un instante pensé que era Lucía: misma estatura, pero sus ojos vidriosos y su gesto torcido parecían de muñeca rota. Retrocedí, pero me metí rápido en el piso. Todo el tiempo me temía encontrar a mi pequeña así, con la mirada perdida.

¡Lucía! llamé, sin casi ver.

Anduve entre desconocidos medio dormidos, saltando por encima de piernas y botellas vacías, hasta que oí su voz:

¡Papá! ¡Papá! gritaba desde detrás de la puerta del baño. Tiré de la manilla hasta que cedió.

¡Papá! sollozó y se lanzó a mis brazos. Estaba sola, asustada, se había escondido.

Al salir al rellano, nos cruzamos con la policía. La anciana había llamado y la patrulla acudió.

¿La tenían retenida? preguntó un agente.

Sí, aunque soy su padrastro, aclaré resignado.

¡Él es mi padre! dijo Lucía, alto y claro.

Después, en casa, cenamos torrijas con leche, que sabían un poco a lágrimas de Marina, pero estaban riquísimas. Yo les di mi charla, a mi hija, que por fin dejó de gruñirme. Les expliqué que, aunque un día me echara de su vida, no me iría. Porque las quiero y sin ellas mi vida no tiene sentido. Les hablé de lo difícil que es aprender a manejar la vida, a tropezar y a levantarse de nuevo, que a veces hay que ser equilibrista en este circo. Ellas me escuchaban, sonriendo y apoyando la cabeza en la mano, con ese gesto que sólo tienen las personas a las que amas y te aman.

Y así comprendí, una vez más, que la verdadera paternidad no la da la sangre, sino el amor que nunca se rinde.

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La nuera incómoda