Clara y su madre estaban sentadas sobre una vieja cama. Ambas vestían ropa gruesa, pues era invierno y apenas habían encendido la chimenea.
Tranquila, madre, ya verás como todo irá bien. No nos va a faltar nada, prometo que cuidaré de ti. Ahora te doy la medicina susurró Clara, procurando suavizar el temblor de la voz.
Clara intentaba reconfortarla, aunque en realidad no era su madre sino su suegra, y casi ya ni eso Habían quedado solas las dos, tras los cambios recientes que la vida les había impuesto.
Vivieron en familia unos años: la suegra, llamado Carmen Álvarez, el hijo y su esposa Clara.
Clara se casó tarde, ya cerca de los treinta. Era la segunda esposa de Daniel. No fue la causa de la separación de él, pues cuando se conocieron ya estaba divorciado. A Carmen le agradó desde el principio, y Clara también encontró en su suegra a la madre que tanto había echado en falta. Sola y huérfana desde muy joven, la bondad de Carmen fue un remanso en su vida.
Daniel solía bromear diciendo que ambas conspiraban contra él.
Cinco años pasaron como en un suspiro. Pero después Daniel fue cambiando; se volvió hosco y propenso a la ira. Gritaba a Clara y también a su madre. Por desgracia, tenía otra mujer. Llegaba a casa de madrugada, a menudo oliendo a vino.
Una noche Daniel anunció el divorcio. Le dio a Clara apenas dos días para marcharse. Ella ni había terminado de hacer las maletas cuando apareció la amante, con toda la desfachatez y una maleta en la mano.
Quizá solo quería humillar a Clara, demostrar su triunfo y soltar algún veneno. Pero no pudo. Era una rubia de piernas largas, labios gruesos y pestañas tan pesadas que apenas podía parpadear.
A Clara le ganó la risa.
Me cambiaste por este espantajo de pestañas de vaca? Que te vaya bien; yo no echo nada en falta.
Al menos ella es divertida; vosotras sois como dos abuelas aburridas. Dos gallinas masculló Daniel.
Conmigo haz lo que quieras, pero respeta a tu madre replicó Clara.
Cielo, ¿y tu madre se queda aquí? Mejor que se la lleve, ¿no? Qué hacemos nosotros con tu madre decía la amante, moviendo los ojos de forma empalagosa.
Ya es hora de que te vayas también, mamá dictaminó Daniel.
¿Y a dónde voy a ir, hijo? Todo el dinero de la venta del piso lo puse para que compraras esta casa Carmen se llevó la mano al pecho.
Nada de dramas. Quédate, pero no salgas de tu cuarto. Ahora aquí manda Almudena.
Gato mío, haz que se larguen las dos.
Pero es mi madre
¿Insinúas que voy a tener suegra?
A Clara se le acabó la paciencia.
Mamá, te vienes conmigo al pueblo.
Antes esto que soportar a este hijo y su esperpento.
Espérame, preparo tus cosas en seguida.
No olvides mi pastillero, mi joyerito y el bolso.
Clara metió todo deprisa y corriendo en una maleta: documentos, ropa, medicinas, los enseres más necesarios.
Llevaos todo, que aquí no os falta de nada dijo Almudena, satisfecha, mirando al pupi con sonrisa de triunfo.
Daniel solo observaba, incapaz de intervenir. Sabía que su madre jamás le perdonaría. O quizá sí al fin y al cabo era su madre.
Media hora después, Clara esperaba junto al coche. Carmen ya estaba dentro, limpiándose las lágrimas con discreción. Ni miró a su hijo, solo suspiró con resignación.
Cuesta aceptar que entregaste toda tu vida y ya no te necesiten.
¿Cómo viviremos ahora, hija?
Saldrá bien, tengo algo de dinero ahorrado y tú tienes la pensión. Pasaremos, aunque sea solo pan y aceite.
Condujeron hasta el pueblo donde Clara creció. Al menos aún era de día. En casa hacía frío y Clara avivó la lumbre y puso agua y té.
Te desenvuelves como si hubieses vivido aquí siempre.
Mi abuelo me enseñó. Por suerte hicimos compra ayer, así evitamos chismes de la tienda comentó Clara, sonriendo.
Poco a poco entró el calor.
Mañana limpio todo esto.
Llamaron a la puerta.
Has vuelto al pueblo, ¿eh? Ya vi tu coche era don Eugenio, el vecino. Tenéis problemas, ¿verdad?
Todo se resuelve, Eugenio. Siéntate a tomar té con nosotras.
En realidad venía a invitarte a mi casa. ¿No estás sola?
Ella es Carmen Álvarez Y él, don Eugenio Martín.
Si necesitas algo, avísame.
Gracias, por ahora estamos bien.
Pasó una semana. La casa lucía limpia y acogedora.
Fíjate, Clara. Yo también soy de pueblo, hasta que me casé con un hombre de ciudad. Falleció cuando Daniel tenía veintitrés y vendí el piso para ayudarle a comprar la casa. Me prometió que nunca me dejaría sola. Y mira
Mejor no llores. Sé que duele, yo también me siento perdida. Y quién sabe igual un día llegan los nietos.
¿De Almudena? Ni Dios lo quiera. ¿Y Eugenio, vive solo?
Sí, perdió a su mujer intentando salvar a un niño en el río. Era amigo de mi abuelo. Desde entonces no se volvió a casar ni tuvo hijos. Debe de tener tu edad.
Pasó un mes y Daniel no daba señales de vida, ni siquiera a su madre. Un día, sin embargo, llamaron al móvil de Clara desde un número desconocido.
¿Clara?
Soy yo.
Su marido ha fallecido.
Debe de ser un error.
No lo es. Daniel tuvo un accidente, iba borracho y chocó. Con él iba una muchacha; ella está viva, sin un rasguño. Vengan a identificarle.
¡Dios mío! ¿Cómo decirle esto a Carmen? ¿Qué hago? Llamaré a don Eugenio, seguro él ayuda
Clara, ¿qué ha pasado? Tienes la cara desencajada.
Siéntate, mamá. Daniel ha muerto.
Ay Carmen rompió a llorar. Todo es culpa mía. Lo he dejado solo
Fue él quien te echó, mamá.
Sí, pero soy su madre. Le ha alcanzado el castigo.
Hay que ir a identificar el cuerpo. Eugenio se quedará contigo mientras voy.
No, iré contigo.
Os acompaño dijo Eugenio, sin dejar margen. Vamos en mi coche. No se hable más.
El entierro pasó. Clara y Carmen decidieron ir a casa de Daniel, que ahora les pertenecía por herencia. Daniel ni siquiera había tramitado el divorcio.
Eugenio no se apartó de ellas ni un momento.
Os acompaño. Nunca se sabe lo que podéis encontrar.
Nada más abrir la puerta olió a alcohol y suciedad. Ropa tirada, vajilla por el suelo, un olor rancio y fuerte que ahogaba.
¡Mi hijo nunca vivió así! exclamó Carmen, horrorizada.
¿Qué hacéis aquí? ¡Esta es mi casa, fuera! surgió Almudena, la rubia, arrastrando a un hombre desaliñado.
Enséñame los papeles de la casa Eugenio tomó el mando.
¿Qué papeles? ¡Yo era su esposa, tuvimos boda!
Pero ni siquiera se había divorciado.
Celebramos antes, así que todo es mío.
Basta ya de fantasías, fuera de aquí, y rápido. ¿Hay alguien más?
El otro hombre salió huyendo. Eugenio se aseguró de que la rubia no se llevase nada.
Después revisaron los papeles: no había testamento ni nada extraño. Cambiaron las cerraduras, por si acaso.
Muchas cosas acabaron en la basura. Eugenio seguía acudiendo para ayudar a Clara y Carmen.
Me apena vuestra marcha, os he cogido cariño.
Vendremos a visitarte, y tú haz lo mismo.
Me habéis rejuvenecido. Carmen me recuerda tanto a mi difunta mujer
Te he visto cómo la miras, Eugenio. Y ella a ti. ¿No será que hay romance? bromeó Clara.
Bah, tonterías contestó Eugenio, sonrojado.
Pero era cierto.
Un año después, Eugenio y Carmen se casaron. Y les iba bien, junto a Clara, que era como una hija para ambos. Aunque esa no era ya toda la familia: Eugenio y Carmen pronto descubrieron la alegría de los nietos.
Clara, por fin, fue madre. Nunca volvió a casarse, pero adoptó a dos hermanos para que no fueran separados. Esperaba a uno, pero acabó criando a los dos.
Porque una familia no siempre se hereda ni empieza en la infancia; a veces, viene de la mano de las circunstancias y de nuevas elecciones.







