Felicidad frágil

Felicidad frágil

¿Qué globo quieres que te compre, Marisol? ¿Este de aquí? ¿O tal vez aquel otro? El padre señalaba uno y otro de la colorida maraña de globos que el vendedor sujetaba, todos moviéndose con el viento, que las cuerdas hacían crujir y saltar juguetón.

Debe de ser bonito vender globos. Quizá sea el trabajo más bonito del mundo.

Aquel, papá. Quiero el de caballito al final Marisol se decidió; señaló el favorito y miró a su padre desde abajo. Él, tan alto, tapaba el sol; a la niña le gustaba mirarle así, entornando los ojos. Parecía que alrededor de la cabeza de su padre brillaba algo. Así pintan a los santos en las estampas de la abuela Carmen. Ella decía que esos eran santos. Quizá su papá era un poco santo también, tan serio y triste como los de las imágenes de la abuela…

Pero no, no era un santo. Él se había marchado de casa, había dejado a Marisol y a su madre.

¡Qué barbaridad, dejar hija y mujer así como así! bufaba Carmen García, casi escupía. ¡No es un hombre, es un desgraciado!

Ni su madre, Pilar, ni la abuela se cortan a la hora de despotricar de Alfonso delante de Marisol. La niña debe saber quién es bueno y quién malo.

No, al principio todo parecía normal: Pilar estaba feliz, mimosa, consentía a su marido como a un niño. Pero cambió de trabajo y de pronto todo le sabía a poco. Poca paga, pocas vacaciones, poco espacio, poca ropa, aunque Alfonso llevaba cada verano a la familia a la playa y él trabajaba todo el año, sin descanso. Y como decía Pilar: ¡Vivimos como pobres, todo el día tirando, trabajando, y las otras tienen casa, cuidan de los niños, de ellas mismas, y los maridos a currar! Así debe ser”.

Pero Alfonso no se mataba”. Sí, iba a trabajar, bregaba, pero no mandaba a nadie, no era jefe ni negociante, sino uno más del montón. Nada de buscarse la vida como los maridos de las compañeras de su mujer; ellas lo decían así: ¡El mío ha conseguido un dinerillo! Ahora pondremos una terracita en el pueblo, hay que apañarse. Todas se reían y Pilar, siempre seria, callaba. Alfonso nunca lograba apañarse nada.

El malestar creció, se fue juntando hasta estallar en gritos. Pilar dejó caer que se arrepentía del matrimonio, que se precipitó. Ella, qué tonta, pensó que nadie más la querría. Se engañó, ¡vaya si se engañó!

Alfonso escuchaba callado, con los puños apretados. No era hombre de pegar, pero tenía que contenerse.

Cuando Pilar mencionó los dientes de la abuela que quería arreglarse en la clínica y Alfonso no le daba el dinero, ya no pudo más.

¿Todo te parece poco? ¿Cuánto queréis? Si hace falta vendo un riñón… empezó a gritar, se puso a dar vueltas por la cocina.

Pilar, asustada, se separó de él, temiendo que la golpeara, aunque viendo que no lo haría, murmuró:

Eres un fracasado, Alfonso, no sirves para nada. Nos harías un favor si te largaras. ¿No lo ves? Me tienes harta.

Sí, la irritaba. Comía y bebía haciendo ruido, resollaba por las noches, y apenas llegaba a casa abrazaba a Marisol y a ella la ignoraba. Tenía sus manías, hacía casitas de palillos de madera y llenaba las estanterías de sus maquetas infantiles. ¡Menudo idiota!

Hasta había hecho una villa de dos pisos y porche de palillos, la casa que habría querido para ellas. ¿Y dónde está la realidad? Solo palillos, nada más.

Pilar, rabiosa, los arrojó al suelo y los pisoteó. ¿Insaciable? Pues toma y calla, Alfonso…

Y Alfonso se fue. Pilar se quedó con la boca abierta al oír salir la puerta de un portazo. ¿Tan fácil? ¿Tan rápido? Sin pedir perdón, sin aferrarse a la familia.

¡Mamá! ¡Se ha marchado! ¡Le he gritado, pero nada serio! ¿Y ahora qué? lloriqueaba Pilar, pero la abuela Carmen le mandó no alterarse, que las arrugas salían y dolía la cabeza.

Me vengo con vosotras, hija, no te preocupes, yo te ayudo. Ya veremos qué hace ese Alfonso… ¡Tú ve y pon la denuncia, di que se ha ido, que no pasa la pensión y que no viene a ver a la niña! Yo me ocupo del resto.

Y así se vino la abuela a vivir al cuarto de Marisol.

Carmen roncaba, la niña dormía tapada hasta la cabeza para no oírla, pero la abuela le descubría la manta diciendo que había que acostumbrarse al frío. Y abría la ventana para que entrara aire “fresquito”. Marisol se refugiaba con su madre que, medio dormida, la apartaba porque le molestaba en la cama.

Antes, si Marisol lloraba, Alfonso iba, la acariciaba, se quedaba contándole cuentos, calmándola. Pilar se reía de él, diciendo que se había vuelto una madraza. Ahora le tocaba a la abuela Carmen, que solo sabía tirar de la manta y reñirla.

¿Qué te pasa, Marisol? por la mañana, al ponerle la leche, la abuela fingía compasión. Y encima con fiebre… ¿Otra vez va a tener que faltar tu madre al trabajo? El padre se fue y el dinero hace falta… ¡Pilar! ¡Levántate, que la niña está mala!

Entre las dos la medicaban a la carrera, pero igual la llevaban a la guardería.

“Bueno, hija, disimula y no te suenes mucho”, le decía la abuela. “Te dejo un pañuelo limpio, yo me quedaría contigo, pero tengo excursión en autocar.”

Marisol se iba al cole, acurrucada, tímida y callada entre sus compañeros.

¿Otra vez enferma la hija de García? comentaban las maestras. Bastante tiene Pilar, sola con la madre, pobres. Hay hombres sin alma, la dejó y la niña adoraba a su padre, siempre corría a abrazarlo.

¿La recoge él? ¿O ni aparece?

No ha vuelto a venir, desde que se marchó. Bueno, solo pagará la manutención…

Las maestras asentían; habían visto tantos casos…

Alfonso no fue más a buscar a Marisol. Pilar se lo prohibió: es su niña, Alfonso ya no tenía cabida, solo si ella quería.

¿Para qué la metes en esto? Puedes no quererme, bien, pero Marisol también es mi hija le decía Alfonso por teléfono. Tengo derecho…

¿Derecho a qué? ¡No hagas de padre ejemplar, Alfonso, que das asco! y Pilar colgaba y se iba a fumar.

Carmen le acercaba el cenicero y la animaba: “No sufras, hija, hay hombres de sobra”.

Así que Pilar salió de caza. El cuerpo y la soledad le pedían un hombre cerca, y pronto apareció un tal Sergio, hombretón ancho, mirada rápida y tatuajes en los nudillos.

Le hizo hueco en la mesa y en la vida, le preparó comida, se dejó mirar como nunca antes.

Eso era lo que ella quería: un hombre mandón, fuerte, que se impusiera, que se buscase la vida”, que arrasara y mandase. Si no te doblegas, no te queda sitio.

A Pilar le gusta obedecer la fuerza. Que Sergio le agarrara del pelo era solo cosa de hombres. Que cuando se mudó la abuela Carmen hubiese que dejarle el cuarto tampoco le inmutó.

Mamá, tiene razón, ahora somos familia. No molestes, que le quiero… Pilar empaquetó las cosas de la madre y pidió un taxi. Ay, espera, la escobilla… Y Sergio te da este dinero, mira qué atento.

La abuela lo guardó y asintió. Por fin la felicidad para su hija. Para algo tenía las estampas de santos en la casa, ¿no?

La vida, Pilar, es como un mercadillo de hombres: hay que mirar bien y escoger.

A ella tampoco le fue bien en su día: se divorció a tiempo, gracias a Dios. El ex se fue al hoyo hace cinco años, ni hija ni Carmen fueron al entierro…

Sergio era ruidoso y olía mal. Marisol le temía; nunca iba por las noches a la cama de su madre aunque tuviese pesadillas. Un día Marisol se hizo pis y él se burló de ella; Pilar se reía también. ¡Qué gracia tiene Sergio! ¿Y tú lloras?

¿Has hecho pis, mocosa? Igual que tu padre… ¡Fuera de aquí! gritaba él, y cuando Marisol se iba, sentaba a Pilar en su regazo, buscaba sus besos. Pilar, vamos a tener otro bebé, ¿quieres? Haré todo por vosotros…

Ella se derretía. Sergio era un tigre, y ella la presa.

Pilar se quedó embarazada, débil y mareada y Marisol molestaba.

¡Vete a tu cuarto, déjame! le gritaba su madre, entre arcadas.

Marisol solo deseaba que llegase el sábado y su padre la recogiera. Con él todo era tranquilo; su abuela mentía: su padre no era ningún monstruo. Él le había hecho una aldea de palillos, con animales de plástico y la dejaba jugar. Y nunca la pegaba.

Sergio, cada día, al volver, acaparaba a Pilar y le hablaba con aquel aliento a tabaco. Ya no era un tigre digno, sino un depredador sin sentimientos. No le importaba Pilar.

Mamá, no aguanto más lloraba Pilar a su madre por teléfono. Está insoportable y yo me siento fatal, agotada, como si no existiese.

Pero Carmen apenas la oía. ¡Hay que aguantar, hija! Ya cambiarán las cosas. Cuando llegue te llamo, no te oigo bien, adiós…

Ese día Alfonso pudo llevar a Marisol al zoo. Pilar lo prefirió así.

Anduvieron dos horas, buscaron al elefante, vieron a los monos. Comieron churros, las manos se les quedaron pegajosas; luego fueron a comprarle un globo. El del caballito era precioso. Alfonso pagó los euros correspondientes y el vendedor le ató el globo azul con el caballito blanco para Marisol, que corrió feliz, luciendo los zapatos y el vestido nuevo.

Hoy era un día especial, como un cumpleaños. Vestido, calcetines, zapatos con cerezas y lazo blanco, y el globo. Todo era nuevo.

Se lo enseñaré a mamá. Ahora está triste. Seguro que el globo la alegra dijo Marisol.

¿Por qué está triste mamá?

No lo sé. Pero ese señor Sergio la trata mal, creo. Y dice que tiene alguien en la tripa. Sergio dice que la ha preñado, ¿qué es eso, papá?

Alfonso frunció el ceño. Sabía que había hombre nuevo, pero lo del bebé era nuevo para él.

Eso no se dice, hija. Pronto tendrás hermanito o hermanita. ¿Vamos a ver las águilas?

Y así admiraron las grandes rapaces. Marisol se cansó y hubo que devolverla a las cinco, petición de Pilar.

Así, como si Marisol fuera un objeto: a las cinco de vuelta, no antes ni después. Una niña, una muñeca. Pilar da permiso o lo retira. ¿Quién manda? Pilar.

Alfonso la llevó en coche, con el globo al lado. Marisol se quedó dormida.

Marisol, hemos llegado, cariño. Cuida el globo le dijo el padre, cogiéndola en brazos.

No tenía llaves, tuvo que llamar largo rato. Pistacho, la puerta la abrió por fin Pilar, pálida, con ojeras, desarreglada.

¿Ya? Sergio, ha llegado Marisol. ¡Descalza y a tu cuarto!

Mamá, mira qué globo me ha comprado papá. ¡Lo he elegido yo! insistía Marisol, enseñándolo.

Pero Pilar solo apartaba el globo, lo empujaba.

Ya lo veo. Guárdalo. No me lo pongas en la cara le gritó y al intentar apartarlo, le pegó sin querer en la cabeza.

La niña lloró.

¿Pero qué haces, Pilar? ¡Marisol solo quería alegrarte! la defendió Alfonso, pero ella ya lloraba, gritaba que se fueran todos, que odiaba ese asqueroso globo que olía a basura, que todo olía mal, que Alfonso se largara.

Apareció Sergio, se ajustó los pantalones y, de un tajo, explotó el globo azul en mil pedazos.

Marisol rompió a llorar y abrazó a su padre.

¿Qué te has creído, animal? Alfonso, por primera vez, se lanzó e intentó golpearle. ¡Pide perdón a Marisol!

Sergio iba a devolver el golpe, pero Marisol, de pie, con el vestido nuevo, se interpuso ante su padre.

Cerró los ojos, se encogió de hombros, pero luego alzó los brazos y susurró que no dejaría que le hicieran daño a su papá.

Sergio escupió, los echó de casa.

Pilar, calienta la cena. Mañana tramitas que esa mocosa se vaya con él. Yo no la quiero. He dicho.

Pilar se quedó helada.

¿Cómo la voy a echar si es mi hija? balbuceó.

Haces lo que digo o te marchas. El piso es mío. Sergio se fue.

Pilar lloraba, se retorcía las manos.

Alfonso, qué he hecho. Puse el piso a su nombre, decía que era mejor así, que él pagaba. Llévate a Marisol, por favor…

Marisol estaba empadronada con la abuela, el piso ya no era ni suyo. Sergio lo había manejado todo.

Llama a la policía, Pilar. ¡Te está echando a tu hija! le gritó Alfonso, zarandeándola.

Nos casamos hace dos meses. Y viene otro bebé. Llévate a Marisol, lo demás… ya veremos le dijo, entregándole la bolsa de la niña en la puerta.

La pequeña no decía nada. Tenía miedo, su madre la echaba. Primero a su padre, ahora a ella.

Desde entonces, Alfonso llevaba a Marisol a la escuela infantil. Las maestras la elogiaban, decían qué niña tan lista y bien educada. Nada preguntaban de la madre.

En casa, Marisol le ayudaba a hacer maquetas, ahora un zoo de palillos. Juntos colocaban animalitos y palillos, con esmero.

La vida de Alfonso era como esas maquetas: si se acercaba el fuego ardía y todo quedaba en cenizas. Lo había intentado, pero Pilar prendió la cerilla y todo desapareció. Ahora quedaba su vida con Marisol, frágil, con huecos, pero construyéndola con cuidado.

Pero el fuego puede volver. Pilar podría pelear la custodia, o Alfonso podría perder su trabajo y entonces, ¿cómo vivir? Marisol podría enfermar o, simplemente, dejar de quererle. Pilar dejó de quererle, igual que antes lo adoraba…

No existe tejado que blinde la vida de penas. Solo se puede cuidar lo que se tiene y esperar buen viento.

A veces Pilar iba de visita, llevaba regalos, se quedaba en el recibidor y Alfonso la invitaba a comer. Ya no tenía náuseas y recuperó el apetito. Alfonso era un gran cocinero, sencillo pero sabroso.

Aquí se está bien decía Pilar al caer la tarde.

Esperaba que Alfonso le pidiera quedarse, pero él nunca lo hacía.

Pilar se iba a casa, torpe, apoyándose en el vientre. Alfonso le ayudaba con el abrigo y la acompañaba al taxi.

¿De verdad no entiendes nada, Alfonso? ¡Debes salvarme! Es lo que haría cualquier hombre. ¿Quieres que pida perdón? Perdóname. ¿Ya está? ¡Llévame contigo, quiero vivir contigo y Marisol! le suplicó, abrazándole.

Ya no te debo nada, Pilar. Somos adultos, independientes. Entiendo que Marisol se queda conmigo. Pásale los saludos a Carmen. Perdona, dejo a la niña sola, tengo que subir.

Alfonso la acompañó al taxi y se volvió a casa. Ahora tenían vidas separadas, casas distintas de palillos.

…Quien recogió a Pilar del hospital fue Alfonso. La ayudó, la llevó de la mano.

Sergio no pudo ir.

¿Te quedas conmigo, Alfonso? le pidió Pilar, mientras la abuela Carmen arrullaba al bebé. Por favor…

A Alfonso le daba pena, pero ya no la quería. Ahora en casa le esperaban Marisol y Rita, Rita Herrera. Se conocieron en el teatro infantil, donde Rita era la taquillera y Alfonso no sabía qué obra escoger para Marisol.

Llévesela a Cenicienta. A mi sobrina le encantó sugirió Rita.

¿Cómo sabe que tengo hija? se extrañó Alfonso.

Por las bailarinas y los lazos que asoman en su bolsa. ¿Baile? ¿Gimnasia?

Baile suspiró Alfonso. Los zapatos le van grandes. Así que Cenicienta. Buena elección, cumpleaños de Marisol.

El cumpleaños fue especial: tarta, juegos y bengalas. Pilar llamó para felicitar, Marisol le pidió que viniera, pero Pilar no podía; no tenía con quién dejar al bebé… Sergio desaparecía a menudo, decía que Pilar le aburría, que necesitaba espacio. Carmen volvió a la residencia, cómoda y apañada. Sergio le alquilaba el piso.

Pero la policía investigaba a Sergio y fueron a preguntar por él. Pilar se encogió de hombros, llevaba semanas sin verle, menos mal que dejó algo de dinero.

La maqueta de Pilar ya ardía; no había dónde huir. Todo lo que creía tener era humo, salvo el pequeño Óscar en sus brazos. Un nuevo comienzo.

La vida es frágil, como una casa de palillos: hace falta cuidado para que no arda. A veces, perderlo todo es la única manera de empezar, esta vez valorando de verdad lo que aún seguimos teniendo.

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