La felicidad de la hija
Casar a Encarni era, sencillamente, una odisea. Y ya era el momento, vaya si lo era. Su reloj biológico no es que tic-tac, es que las agujas hacían breakdance, los números se emborronaban como el rímel en un funeral y de fondo siempre se oían los suspiros de su madre, Carmen Alonso.
¡Encarni, hija, que quiero nietos! Quiero oír alboroto en casa, tener cola para el baño, que todas las hornillas estén ocupadas porque a los críos les haces papillas, a tu marido le preparas huevos fritos y yo me encargo del café… ¡En eso consiste la vida! filosofó Carmen al quitarse las gafas y mirar a su hija con aire severo.
¡Mamá! ¿Qué quieres, que me case con el primer cristiano que pase, solo porque a ti te apetece ver la cola para la ducha? No tengo tiempo y, la verdad, menuda tontería todo esto. ¿Dónde voy a conocer a alguien? ¡Si salgo del curro a las siete y voy como una peonza! En el autobús no hablo, al cine ni me acuerdo de cuándo fui ¡No me pongas esa cara, anda! ¡Haz algo útil! bufaba Encarni reorganizando las tazas, recolocando el queso reseco, tocando la tetera (fría, claro).
¿Sería mucho pedir desayunar un día en paz? Dos mujeres adultas, sin dramatismos ni reproches maternales ni excusas de Encarni, que realmente no importaban a nadie. ¿Podría ser?
No, no podía.
Por la cocina arrastró zapatillas el abuelo de Encarni, Don Tomás, que, tras enviudar y quedarse mustio, Carmen se lo trajo del pueblo a la ciudad para tenerlo vigilado.
El hombre era silencioso, suspiraba resignado, sorbía infusiones ventajas de la corriente y por las noches deambulaba por casa, gimiendo.
No me acostumbro, hija, devuélveme al pueblo, por lo que más quieras solía refunfuñar, pero Carmen se mantenía firme:
¡Aquí estás mejor, papá! Así te tengo controlado. A tu Vallecas nadie va, y si pasa algo, ¡a ver qué hago yo desde aquí! Nada, nada, te quedas.
Y se iba. Don Tomás, tras despedir a las mujeres, se sentaba a mirar por la ventana y, una vez más, suspiraba y fruncía el ceño…
Carmen, divorciada, no tenía mucho más a quien educar y vigilar, salvo a Encarni y a su padre. Encarni había intentado emanciparse un par de veces, pero en cuanto salía algo torcido (Carmen lo convertía en tragedia nacional), la hija acababa de vuelta. Al menos, el exmarido había sido elegante: cuando se largó solo se llevó la maleta; la hipoteca, los muebles y hasta el gato se quedaron para Carmen.
Cuando Carmen asumió por fin que Encarni no iba a cuidar de la prole familiar ni de la estabilidad emocional materna, tomó cartas en el asunto:
Pues iré a una casamentera, papá, como en la época de las abuelas. Seguro que aún existen. Que me recomienden un buen muchacho, y el resto ya vendrá solo.
Don Tomás, en su taburete y resolviendo un crucigrama, perdió el lápiz de la impresión, rebuscó bajo la mesa, se escondió entre los flecos del mantel y, al asomar la cabeza, la miró horrorizado.
Pero, Carmen, hija, que no estás reclutando terneras, ¡que es tu criatura! Deja a la niña en paz, por lo que más quieras. Si no tienes nada mejor, nos vamos a recoger patatas al huerto de mi vecino, verás qué rápido se te pasa la tontería de la casamentera. ¿Te animas?
¡Ay, papá! Que Encarni es tu única nieta, ¿no te importa qué será de ella? y Carmen se ponía histérica hasta que tosía, Don Tomás le echaba agua y la escena se repetía en bucle.
La casa funcionaba con esta rutina. Y menos mal que el ex había dejado el piso pagado, si no…
Carmen, pragmática, buscó ayuda. Apeló al boca-oreja en el trabajazo que tenía en la administración de recursos humanos.
¡Vete a hablar con Rosarito la casamentera, Carmen, que esa tiene más experiencia emparejando que Cupido! sentenció Paqui, la cocinera del comedor del ayuntamiento.
¿Pero de verdad es profesional? preguntó Carmen, que solo confiaba en los títulos (y si era del Conservatorio, mejor).
A eso no te enseñan en la uni, pero Rosarito sabe todo de todo. Por salud, incluso: que no te venga con achaques el pretendiente, que luego menuda cruz.
Eso me parece divino, Paqui, no quiero que le cuelen a Encarni un desgraciado rió Carmen tomando nota de la dirección.
Entró en la casa de Rosarito con la emoción de quien va a la consulta del médico para que le recete un yerno. Rosarito la recibió con media sonrisa y en bata de andar por casa, flamenquita total.
Usted trae la mercancía, yo tengo el cliente revisó Rosarito mientras recolocaba el moño.
Carmen esperaba estanterías llenas de fotos masculinas, fichas y currículums amorosos, pero la realidad fue otra: una salita con una mesa camilla con faldón de terciopelo rojo, ajado de los años, una vitrina llena de copas de cristal y, en la esquina, un piano embutido en bustos (un Mozart con menos nariz y más escayola).
¿Por dónde empiezo? preguntó Carmen, mientras Rosarito parecía diseccionarla.
Sentadas, Rosarito la acribilló a preguntas: si Encarni leía, si viajaba, qué talla gastaba, si tenía casa en la sierra, y vaya sorpresa si le gustaba la música.
Encarni toca el piano que da gusto: antes íbamos a la Filarmónica juntas, pero vendimos el piano en el divorcio… se apenó Carmen.
¿Vendisteis el piano? ¿Os habéis quedado en la ruina? frunció el ceño la casamentera, como si le hubieran insultado la paella.
¡Para nada! Fue por el reparto después del divorcio. Pero Encarni sigue tocando, de oído. ¿Hay amantes de la música en tu base de datos? Oye, eso sería ideal.
Rosarito se puso seria.
¿Tu hija de verdad quiere boda? Mis candidatos no son para bromas: aquí viene gente con serias intenciones, no niños de mamá. La juventud va de independiente, pero al final llegan a casa, se sientan en el sofá y solo oyen el eco de su soledad. Y esto, Carmen, es una tragedia generacional.
Carmen casi se desmoronó.
Mi Encarni es un sol, tan lista, tan buena, tan cuidadosa. Pero está… no sé, cohibida, quizás porque yo también me divorcié y nunca le expliqué… balbuceó antes de llorar. Rosarito le ofreció un pañuelo y, a la vez, el brazo como si fuera un brindis patriótico.
¡No vamos a dejar que nuestra familia desaparezca! se animaron las dos al unísono mientras Carmen, con ganas de té y de echarse una mantita, asentía.
Pues venga, al lío sentenció Rosarito, rebuscó entre papeles y le enseñó una foto: Aquí tienes a Iñaki, muy apañado y jefe en una empresa, hace una mermelada…
¿Quieres probarla?
Y acabaron en la cocina, entre cucharaditas de confitura y carcajadas, Rosarito cantando coplas de la infancia, evocando pies descalzos y gatos al sol…
Mientras, Encarni tenía su propio via crucis en el trabajo. Por la mañana discutía con su jefe, don Manuel, sobre la nueva plantilla de turno.
Manuel, subiste el objetivo y el personal va en cuadro, al final se te van todos dijo Encarni, con la seguridad de quien se sabe imprescindible.
Pues si tienes tanta prisa, Encarni, aquí tienes la puerta replicó don Manuel, mientras Encarni cogía su bolso rumbo a la pastelería (mamá necesitaba sus pasteles fetiche) y a la farmacia (el abuelo necesitaba pastillas).
En la pastelería, viendo la sarta de gente, sintió cómo se le erizaba el cogote. Justo detrás, Iñaki, el Iñaki de la foto, peleando con la dependienta por la última bandeja de pasteles de frambuesa.
¡Estos me los guardas, que mi madre los quiere para una amiga! gritó él, pero la bandeja acabó en manos de Encarni. La dependienta se encogió de hombros: Ella los pagó primero.
Iñaki suspiró. Una vez más, Encarni le ganaba la partida. Ya solo faltaba que le quitara el despacho, pensó, con una mezcla de risa y fastidio.
Comer tanto dulce es malo para la salud. Y tú habías dicho que ibas a la farmacia… le aguantó la puerta, reconociendo la derrota con estilo.
Eso no es asunto tuyo soltó Encarni, sin mirar atrás.
En casa, Carmen intentaba que don Tomás se quitara los pantalones de chándal y se pusiera presentable.
Déjame en paz, Carmen, estoy fenomenal decía él, buscando una palabra en el crucigrama.
La tensión flotaba en el ambiente y, entre preparativos y reproches, el plan de Carmen seguía adelante: cita a ciegas en el salón.
Encarni llegó, sudada y de mal humor. Dio las pastillas al abuelo, cortó fiambre, ignoró el rímel y los nervios maternales, y se fue a echar una mano a la cocina. Don Tomás se refugió delante del televisor, esperando que el tsunami femenino pasara.
Al timbre, don Tomás enderezó la espalda, y abrió con dramatismo solo digno de pensionista con tiempo de sobra. Allí estaba Iñaki, imponente, con una caja de dulces. Iñaki entró entre bromas, saludos y cierta tensión latente, y el pastel de frambuesa se convirtió en excusa de bienvenida.
Carmen, en modo anfitriona-modelo, desbordaba alegría impostada. Todo era perfecto salvo una cosa: Encarni e Iñaki ya se conocían, y más bien se lanzaban pullas en vez de carantoñas.
Pronto descubrieron el pastel: Rosarito la casamentera era en realidad la madre de Iñaki. Todo se desmoronó. Carmen y Rosarito discutieron como dos gallinas cabreadas, acusándose mutuamente de manipulación. Que si Paqui la cocinera tenía la culpa, que si ellas solo querían lo mejor para sus hijos… Un show.
Mientras, Encarni necesitaba oxígeno. Salió a la calle, seguida de Iñaki. Pasearon por el barrio, comentando la jugada.
¿Sabías lo del piano? preguntó Iñaki.
Sí, un gran drama… Ya ves tú, nuestras madres intentando buscarnos la felicidad a empujones.
Las tuyas, será dijo Iñaki, la mía lleva cinco años intentándolo, hasta me ha intentado colar señoras jubiladas de su coro. Yo solo iba a arreglar el televisor, lo juro.
¿No será que no sabes encontrar pareja por ti mismo, eh?
Que va, si yo ya la he encontrado, desde hace dos años. Solo que… no me soporta.
El paseo terminó con una anécdota: un bulldog robusto, escapado de Paqui la cocinera (¡cómo no!), les cerró el paso. Ambos confesaron tenerle pánico a los perros, pero resultó que el perro también era un alma sufriente y ni ladró. Finalmente, a base de diplomacia, Iñaki lo convenció de que esa noche no tocaba ataque.
Mira, he hecho un acto heroico por ti. Ya puedes casarte conmigo bromeó Iñaki, ofreciendo un caramelo de anís.
Encarni sonrió, hasta cierto punto tentada.
De vuelta, todo el mundo seguía con el circo. Don Tomás se fue a por carne fría y se sirvió una buena ración.
¿Vamos a cenar hoy o no? ¡Mira que me he puesto la camisa para esto! gruñó.
Deberían haber dejado que las cosas surgieran solas, no esta trama de telenovela resopló.
Siguieron las semanas, Iñaki y Encarni acabaron casándose, y la vida cambió un poco: en el trabajo ya no discutían; en casa sí, pero entre bromas. En verano hacían mermeladas y en invierno esquiaban.
Carmen y Rosarito se hicieron amigas inseparables, se iban juntas al Prado, al teatro, al Retiro, y don Tomás les regalaba helados y paseos en barca. Las señoras volvían a insistir con los nietos, pero ni caso.
Y Paqui, la verdadera chispa del enredo, se siente ángel de la guarda y madre de toda la felicidad familiar. Y eso que nadie ha tenido el detalle de darle las gracias. Así es la vida: haces un bien… y lo acabas pagando en bollos de frambuesa.
¿Quién necesita una profesión pudiendo ser un cupido cañí en bata y con perro incluido?







