Te elijo a ti como mi madre

¿Buenas tardes, es usted quien va hacia Nerja? una mujer detuvo su coche en una parada cerca de Albacete.

Sí Aurora arqueó las cejas.

Su hijo le había reservado un viaje compartido por BlaBlaCar, pero no esperaba que la conductora fuera una mujer joven.

La conductora salió ágilmente, cogió la maleta de Aurora, la guardó en el maletero y le preguntó dónde prefería sentarse. Aurora eligió ir delante, junto a la conductora. El trayecto era largo, casi hasta Málaga; aún tendría tiempo de sentarse en todos los asientos e incluso de echarse una cabezada.

Me llamo Marta, ¿y usted? se presentó enseguida la conductora, de unos cuarenta años. Aurora tenía más de sesenta.

Aurora Jiménez, pero puedes llamarme Aurora. No sabía que las mujeres se atrevieran a conducir trayectos tan largos.

No es que me atreva, es que sencillamente hago el viaje para mí, sola es muy aburrido. Y de paso, gano algo y me ayuda con la gasolina. No es la primera vez que lo hago: ida y vuelta. Siempre hay pasajeros en este trayecto. Y viajar así es más agradable.

¿Vas de vacaciones?

¿Yo? A casa de mi madre. Se puede decir que voy a descansar el alma contestó Marta con una sonrisa.

Yo voy a ver a mi hijo, se mudó hace poco a Málaga desde aquí, y le echo mucho de menos…

Es reconfortante encontrarse con una compañera de viaje agradable. Aurora percibió enseguida que Marta lo era, y supo que el camino se haría ameno. Se manejaba con naturalidad al volante, era elegante y sencilla: unos vaqueros claros, una camiseta holgada y luminosa, el pelo rubio recogido en cola y unos grandes ojos grises con lindas cejas.

Entablaron conversación rápidamente. Marta estaba casada, tenía dos hijos y un buen marido. El problema era que lo trasladaban mucho: él ocupaba un cargo importante en el Departamento de Recursos Hidráulicos. Se habían acostumbrado a mudanzas frecuentes.

Aurora habló de su propio hijo: lamentaba que se hubiera divorciado y que la familia se hubiera roto. Por eso se fue de Albacete a Málaga. Los dos niños se quedaron con la exmujer.

Ay, sin niños la casa es fría, pero con ellos, también son muchos quebraderos de cabeza suspiraba Aurora.

Paraban en gasolineras, tomaban café, corrían al baño; al cabo de cuatro horas, ya se trataban como viejas amigas y compartían confidencias. Es sencillo sincerarse con quien sabes que probablemente no volverás a ver.

Aurora acabó confesando que el primer hijo de su hijo no era realmente suyo; provenía del matrimonio anterior de su exnuera, y su hijo, ingenuo, lo adoptó. Nadie imaginó entonces que acabarían separándose. Pero ahora los pagos de manutención.

¡Hay que ver en qué líos se mete uno! Aurora se dio una palmada en la pierna y miró de reojo a la silenciosa Marta. ¿He dicho algo que no debía? Es que me da mucha pena mi hijo

No, tiene razón. Un hijo es una gran responsabilidad, pero si asumes…

Aurora calló. No quería parecer dura; simplemente lo tenía guardado dentro. Percibió que aquellas palabras no habían agradado a Marta.

Pasaban los kilómetros, los bosques se sucedían al otro lado del cristal como si girasen en un tiovivo de hojas verdes. Entonces Marta, como queriendo vaciar su alma, aclaró su recelo a los comentarios de Aurora, con voluntad de disculparse quizás.

¿Sabe? Mi madre tampoco es mi madre biológica. Ella me recogió en un orfanato O tal vez fui yo quien la escogió a ella. Nunca lo resolvimos del todo, siempre bromeamos con eso Marta sonrió.

¿De verdad? ¡Cuéntame!

Por supuesto, la carretera es larga…

Y Marta comenzó su relato.

Los médicos le habían dicho a mi madre, de joven, que no podría tener hijos. Adoptaron entonces, antes de mí, a una niña, Lucía, que tenía tres años. La madre biológica acabó en prisión y perdió la custodia. Cuando salió, quiso recuperarla desesperadamente. Lucía llevaba cinco años viviendo con mi madre bajo acogimiento. Mi madre aún se lamenta de que entonces, por cuestiones económicas, no la adoptaran legalmente. Tuvieron que devolverla a su madre, y aquello la destrozó.

Tanto, que acabó hospitalizada por los nervios. Fue entonces cuando empezó a trabajar en el orfanato de la ciudad. Necesitaba mantener el lazo con Lucía, o quizás llenar el vacío. Se integró enseguida: compañeras alegres y buen ambiente, lejos de la escuela donde se sentía desplazada. Pues allí…

Quedaron paradas en un atasco, interrumpiendo el relato. Pero no había hecho más que empezar.

Marta narraba en nombre de su madre, Victoria, quien recordaba todo con exactitud.

***

Los niños del orfanato eran duros. La primera semana que trabajó allí, recibió en la frente un buen chichón de un niño al que solo intentaba abrazar. Todos arrastraban heridas, amarguras y problemas, y a veces cometían muchos errores.

Después de tres años adquirió experiencia. Los niños se encariñaban, la buscaban, a veces necesitaban disciplina. Sin ella, no se podía.

Para recogerme a mí, la llevaron junto al conserje al hospital; yo no era la primera niña que sacaban del centro de acogida. Tenía seis años y estaba sola en la habitación, recién cumplidos, la mirada baja.

Era diciembre, ya era noche cerrada, el frío se metía en los huesos. Mi madre, entonces, solo quería taparse hasta la cabeza y dormir. Tenía cuarenta y dos años, era viuda y sin hijos; pensaba que la ausencia de un hijo propio no le dolía tanto, aunque Lucía la tenía presente cada día. Había tenido a niños a su cargo: alguna, como Ana, volvía a visitarla aun de adulta. Otros, como Pepe, la ayudaban en casa si hacía falta. Pero siempre quedaba la distancia: el vínculo no era verdadero, y la soledad se hacía grande.

Aquel día simplemente recogieron a otra niña: yo. Solo pensaba mi madre que, ojalá, hubiera llevado unas botas mejores, por si venía con algún zapato destartalado.

Terminados los trámites, fue junto a la enfermera a mi habitación. Yo estaba sentada y ni levanté la vista.

Marta, ha venido a por ti me dijo la enfermera.

Levanté los ojos llenos de apagada esperanza. Victoria recordaba aquel gesto: todos los huérfanos aguardaban a que alguna madre los reclamase. Solo tenía seis años.

Mi nombre es Victoria me dijo. Te vendrás conmigo. Hay más niños, te gustará.

¿Y mi mamá?

Mi madre biológica había muerto en un accidente de tráfico. Yo iba con ella, pero solo tuve un brazo roto y algunos golpes. Vivía en una casa de alquiler, sin padre ni familia. La abuela nunca quiso saber de mí. Aunque me decían la verdad, yo no lo quería creer. Mamá está en tu corazoncito, decían, pero yo no lo comprendía.

Mi madre, Victoria, cuenta que era una niña flacucha y asustadiza, me abrazó en el coche, tímida, pero bien vestida y con botas decentes. Pero mi destino era vivir en aquel orfanato.

Aquel día mi madre sintió una compasión desbordante. De repente el frío diciembre no parecía tan inhóspito. Sabía que no debía encariñarse, que debía ser objetiva, pero el corazón la traicionaba. Quizá fue en ese momento cuando decidió adoptarme, aunque entonces no lo admitiría.

Nuestro orfanato parecía una guardería: rodeado de parterres, un patio con columpios. Tenía sus problemas, claro, pero recibía ayudas de los notables del ayuntamiento y de la provincia, que aportaban fondos y recursos.

Pronto todos notaron que solo me acercaba a Victoria. A cada aparición suya, yo salía corriendo a abrazarla, la perseguía con la mirada. Fue la directora, doña Matilde, la que le lanzó el empujón.

¿Qué, Victoria? Se ve bien claro: Marta ya es tuya. ¿Qué dices, te animas a presentar la solicitud de acogida?

Claro que sí, Matilde le respondió mi madre.

Le daba miedo: ¿la aceptarían? Pero la directora lo tenía claro.

Sin duda, y además hablaré con Carmen, la jefa de servicios sociales, nos ayudará.

Dicho y hecho: los trámites comenzaron rápido, porque nadie de mi familia mostró interés.

Cuando todo parecía resuelto, hasta me lo dijeron: Ahora ya soy tu madre, te vienes a casa conmigo. Me llevó con ella antes incluso de que se formalizara el proceso judicial.

Marta recordó esto con cierta tristeza, mientras sorteaba un atasco.

Eso no es el final, ¿verdad? Aurora quería saber el desenlace. ¿Pasó algo más?

Pasó, sí. De repente, pocos días antes del juicio, éste no se celebró.

¿Por qué?

No le permitieron a mi madre adoptarme explicó Marta.

Pero, ¿cómo podía ser? Teníais contactos en los servicios sociales, incluso la jefa.

Sí, pero ni aún ella pudo impedir la intervención de quien de pronto mostró interés por mí. Un alto cargo de la provincia, don Alfonso Lara, resultó ser mi padre biológico. Era más mayor que mi madre biológica, muy bien casado, un hombre con fama de ejemplar y reputación política intachable. Mi madre supo que nunca se comprometería con nosotras. Pero no quería quedar como alguien desalmado.

No sé si entre mi abuela y él hubo discusiones por esto. Mi madre biológica tenía coche, cosa rara entonces en una mujer, seguro que fue gracias a él. Ignoro si fue su amor oculto o un error de juventud. Lo cierto es que a mi muerte, él no sabía nada. Cuando se enteró, quiso al menos encargarse de mi destino, la hija ilegítima, pero suya. Incluso mi segundo nombre, Alejandra, viene de su padre, no del suyo, para evitar el escándalo.

¿Nunca le conociste antes?

No, nunca. Al menos no lo recuerdo. Y no tenía ningún derecho parental, pero su posición era otra cosa.

Me devolvieron urgentemente al orfanato, lo limpiaron de arriba a abajo, pintaron, arreglaron todo. Se preparaba la visita de una autoridad. Hasta la comida fue especial. Recuerdo que trajeron un juego de té bonito solo para la ocasión.

Nos vistieron a todos con lo mejor. Un par de coches oficiales llegaron. No entendía qué pasaba; solo noté la tristeza en mi madre Victoria, y no comprendía por qué dormía allí otra vez.

Después, vino Victoria y me dijo, con voz rota:

Marta, no podré llevarte a casa. Tendrás otra madre; es buena, de verdad.

Me llevaron de la mano al despacho, donde una señora desconocida, de aspecto amable y ojos llorosos, me aguardaba. Me presentaron a aquel hombre alto, bien plantado, en traje negro, quien me dijo:

Conocía a tu madre. Ahora esta señora será tu mamá.

Y yo eché a correr.

Marta suspiró: esos recuerdos eran pesados como granito.

Comprendo, dijo Aurora, dándole un respiro. Él, tu padre, intentó hacer lo correcto, pero no admitir que eras su hija. ¿No es así?

Marta asintió. Aurora la miró y sintió un súbito rubor.

Si no quieres seguir, no hace falta… no quiero incomodarte.

No, ahora sigo Siempre me asombra cómo son las personas. Él, sabiendo quién era yo y lo que yo necesitaba, prefirió salvar su reputación.

Es humano, trató de hacer lo correcto para ti.

Quizá sí Al final supe todo por Victoria y doña Matilde. Investigó mi futuro, vio que Victoria era viuda y pobre, con casa humilde. No le pareció suficiente para su hija. Y eligió una familia burguesa de Granada: buen cargo, dinero, estabilidad.

Recuerdo que cuando me arrastraron hacia esa nueva madre, corrí, forcejeé. Solo me tranquilizó Victoria, a quien llamaban desesperados.

Me subieron al coche con la nueva familia; la señora, Elena, era buena mujer, pero yo me rebelaba: tiraba del mantel, rompía los platos, hasta que me hice pis aposta en la calle para incordiarles. Me llevaron a médicos, decían que tenía problemas, yo fingía, montaba dramas; oía que querían devolverme y eso hice: me porté peor.

Al final me escapé en unos grandes almacenes. Me encontraron rápido, pero al poco vino don Alfonso a buscarme. Tras hablar con Elena y su marido, me llevó de nuevo.

Por el camino descargó su frustración, pero dijo que me devolvería al orfanato. Entonces me lancé a sus brazos, rogándole que no cambiara de idea.

Al caer en la cuenta, se echó a reír:

¡Ay, Martita, eres lista! ¡Saliste a tu madre! No estás enferma; es puro teatro. Nada te valía salvo Victoria.

Al llegar, corrí pasillo adelante y doña Matilde me anunció que Victoria se había puesto enferma del disgusto.

Fuimos a verla, y en cuanto la vi en la cama, la abracé:

Te elijo como mamá. ¡A ti! No me dejes ir nunca.

Y así fue como me quedé con Victoria. ¿Quién eligió a quién: ella a mí o yo a ella?

¿Y tu padre? ¿Volvió a interferir?

Murió cuando yo tenía trece años. Pero la casa en Málaga donde vive mi madre, Victoria, la compró él. No podía consentir que su hija viviera mal. Al menos le doy las gracias por eso y por devolverme con mi verdadera madre.

Marta miró a Aurora y en sus ojos brilló un amor de esos que nunca se apagan.

Ahora mi madre tiene setenta y cinco años, sigue viviendo sola, y yo la visito siempre que puedo para que no se sienta sola. Tiene una casa soleada y jardín, y la mejor madre del mundo. No todos pueden elegir, pero yo tuve esa suerte: y fue el mejor acierto de mi vida.

Aurora contemplaba el hermoso perfil de Marta, que miraba la carretera. Sabía con certeza que amaba profundamente a esa mujer a la que, tiempo atrás, eligió llamar mamá.

Marta lanzó una mirada tierna a su compañera de viaje y pisó el acelerador: tenía ganas de llegar cuanto antes.

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