El gato, que ya casi había aceptado que moriría solo helado, hambriento, traicionado y desesperado, sintió de repente algo muy pequeño y cálido junto a su costado
Lo echaron. Sin más. Después de diez años viviendo junto a la misma familia.
El motivo fue la recomendación del médico: que al recién nacido podría darle alergia al pelo de gato. Ese podría ambiguo selló el destino del animal.
Por supuesto, nadie quería adoptar a un gato adulto de diez años. El hombre de la casa, sin remordimientos ni grandes reflexiones, lo bajó al portal y, sin mirar atrás, lo dejó en el patio de la comunidad. En mitad de un invierno madrileño crudo, entre la escarcha y el hielo. Sabía bien que el felino no podría encontrar el camino de vuelta. Y dudaba mucho que llegara a ver la mañana siguiente: en la tele ya habían advertido de fuertes heladas.
Frialdad. Lógica insensible.
De no ser por el destino, así habría acabado todo. Pero algo cambió. Justo cuando el gato estaba a punto de rendirse, notó a su lado una pequeña presencia cálida y viva.
Se movió con esfuerzo, giró la cabeza y se quedó petrificado.
Junto a él dos mínimos bultitos, temblorosos, con los ojos enormes. Le miraban con confianza y un destello de esperanza.
¡Venga ya! pensó él, con cansancio y rabia. Ni siquiera me dejan morirme tranquilo ¿Qué he hecho yo para esto?
Eran gatitos. También abandonados. Dos bolas de pelo, tiradas en el mismo frío despiadado. ¿Por qué? Quién sabe. Pero la realidad era clara: si él, adulto y gastado, se rendía, aquellos minúsculos no iban a salvarse. Se morirían congelados a su lado.
Empezó a mover sus patas entumecidas por el frío. Recogió a los gatitos bajo su pelaje, los apretó y empezó a lamerlos. Ellos se acurrucaron contra su pecho, temblando, como si hubiesen encontrado, más que una madre, a la propia salvación.
Menudo lío en el que me he metido suspiró para sí.
Le retorcía el hambre el estómago. Así que los pequeños estarían aún peor. Se levantó, cojeando, y buscó entre los contenedores de basura, donde aún se percibía olor a comida.
Con mucho esfuerzo encontró dos pedazos helados de filete y unos restos de pollo. Lo llevó todo para los cachorros, les dejó comer, y lo poco que sobró, se lo zampó él. Al acabar, las criaturillas se acurrucaron bajo su barriga, ronronearon y cayeron rendidos, con sus narices pegadas a él.
El sueño lo venció de repente.
Lo despertó una voz:
¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad! ¡Una gata con sus gatitos!
Casi se permitió una sonrisa irónica. Por supuesto, gata
Pero la niña no era de las que pasa de largo.
A los diez minutos volvió. En una mano traía una bolsa con comida caliente, en la otra, una manta vieja pero cálida. Ya no estaban tirados en el suelo: ahora reposaban sobre el tejido suave y mullido.
Y a la hora, la niña regresó con su padre. El hombre cargaba una caseta improvisada, hecha con tablas de un mueble. En el frontal, una hoja escrita a mano, con letras rojas: NO MOLESTAR. NI ECHAR. LES DAMOS DE COMER. PISO 2ºB.
Aquella noche los vecinos no pararon de dejar comida, latitas, algún resto de jamón, cajitas con purés infantiles. Una oleada de compasión y cariño inundó el portal.
Al día siguiente, papá e hija visitaron otra vez a la mamá gata que protegía a los cachorros. Los pequeños, saciados, ni llegaron reptando al abrigo del gato: cayeron rendidos a medio camino.
Y al anochecer, cuando la familia regresaba, los gatitos corrieron a maullar hacia la niña.
Él observaba todo desde la caseta, bostezando. No pensaba acercarse. Ya le habían hecho daño una vez; no pensaba volver a confiar.
Mamá dijo la niña, no has dado de comer a la madre de los gatos. Seguro que también tiene hambre
Bah, no te preocupes respondió la madre. Es adulta, ya se apaña.
¿Pero qué madre? se sorprendió el padre. Si es un gato, no una gata.
¿Qué dices tú? frunció el ceño la mujer. Ahí está, cuidándolos, lamiéndolos Es una madre, está claro.
Míralo bien sonrió el hombre. No tiene ni pinta de madre, ni señales de ser hembra.
La madre se agachó, examinó al gato, y con cuidado le palpó la barriga. Él resopló, molesto, y la miró, ofendido.
Dios mío susurró. Pero si es un macho
Toma, ya lo has pillado, pensó el gato, divertido.
O sea que todo este infierno helador y ha cuidado solo de los pequeños. Les ha dado calor, les ha alimentado él solo
Ni se movió. ¿Qué más le daba lo que dijera? Él solo tenía una misión: procurarles un hogar a esos dos cachorros, y después irse. Sin dramas, sin testigos.
Pero la suerte volvió a intervenir.
La mujer no se fue. Lloraba.
Mamá susurró la niña, abrazando a los mininos. Él era de una casa, seguro. Lo han echado hace poco
Sí añadió el padre. Alguien pensó que sobraba. Pero en vez de abandonarse, eligió ser su madre. Dejó de lado su propia desgracia para salvarlos.
¿Y ahora me haces llorar a propósito? sollozó la madre.
Solo digo lo que veo respondió él con calma.
La mujer se acercó, cogió al gato en brazos y le apretó con ternura.
El gato se tensó, dispuesto a escapar pero en vez de eso, maulló y ronroneó. Sin saber muy bien por qué.
Pensó: le darán de comer, le arreglarán y de vuelta a la calle. Pero
Acabó en el baño, con champú y agua templada. Se quejaba indignadísimo, pero la niña y la madre lo tranquilizaban.
Luego, toalla caliente. El sofá blandito. Una cena deliciosa. Los gatitos, como siempre, arropados bajo su tripa, se durmieron al instante.
De verdad, un héroe susurró la madre, acariciando su lomo. No muchos humanos harían algo así
Ahora te pones tierna, pensó el gato, mientras bostezaba. Bueno igual mañana te araño.
Pero en vez de arañazos, volvió a ronronear. La niña se echó a reír.
Quizá no hace falta arañarles. A lo mejor son buena gente, esta vez, pensó, mientras se volvía a ocupar de sus pequeños. La mujer seguía llorando.
Son curiosas las mujeres meditaba. Primero me bañan, luego lloran. Debe de ser la conciencia.
Se quedó dormido, apretando a sus cachorrillos. Sin saber que no andaba muy equivocado: había sido la madre la que, en su día, prohibió meter a casa a la familia felina. Por eso la caseta la hicieron padre e hija.
Ahora los tres el gato y los gatitos dormían juntos, hechos un ovillo.
Y la familia observaba en silencio al viejo gato, tan digno y bondadoso, mejor que mucha gente.
Al menos no miramos hacia otro lado, ¿verdad? susurró la niña.
Y sus padres solo asintieron en silencio.
Tal vez, ese fue el mejor gesto que habían tenido en mucho tiempo.







