29 de junio
A veces el precio de la curación no son monedas ni billetes. Nunca pensé que viviría algo así, pero hoy presencié un milagro en lo más profundo de la sierra castellana, donde no llegan coches y la vida transcurre entre sendas y muretes de piedra. Todos en la aldea hablan de Enrique, el niño capaz de devolver las fuerzas a cualquiera pero su ayuda cuesta más que oro y asusta hasta los bolsillos más abultados de España.
Hoy he sido testigo de la llegada de una mujer vestida como si hubiera salido de un escaparate en el Barrio de Salamanca. Su silla de ruedas relucía; su traje parecía costar más que la casa de Enrique. Llegó al umbral de la humilde vivienda, con las manos temblorosas sujetando un sobre castellano, atiborrado de billetes de quinientos euros.
¡Toma! Aquí tienes cincuenta mil euros,soltó entre rabia y desesperación, casi escupiendo las palabras por la ansiedad. Consigue que vuelva a caminar.
Ni un pestañeo. Enrique no miró el dinero. Solo observaba, con los ojos tranquilos, cómo su madre luchaba en el corral con una carga de leña doblada de cansancio. Su respuesta fue firme y serena, apartando el sobre:
Mi don no se compra con papel. Solo acepto sudor ajeno.
La señora se descompuso de indignación; abrazó sus piernas inútiles y miró con odio la silla de diseño:
¿Te has vuelto loco? ¡No puedo hacer nada! ¡Hace tres años que no me muevo! gritó, desesperada.
Entonces, Enrique se acercó tanto que ella podía oír su respiración. Vi brillar en sus ojos claros la astucia de quien ha visto mucha soberbia.
Entonces, gatearás hasta que aprendas le murmuró.
Y, como si le diera una orden secreta, chasqueó los dedos. Ese mismo instante, un espasmo recorrió las piernas de la mujer. Un pie golpeó con fuerza descontrolada una de las ruedas. La silla volcó y la ricachona se desplomó, hundiéndose en la tierra húmeda y la suciedad del jardín.
Pensé que Enrique se apiadaría. Pero solo señaló, serio, un leño que su madre acababa de dejar caer, extenuada.
¿Quieres volver a caminar? Ayuda a mi madre a llevar esa leña.
¡No puedo! ¡Es imposible! sollozaba ella, rota de dolor y rabia.
Pero cada vez que intentaba rendirse, la recorría una nueva punzada en las piernas, obligándola a arrastrarse. Solo le quedaba agarrarse a la tierra y avanzar. Hora tras hora, entre lágrimas y barro, arrastró el maldito tronco una y otra vez. Su traje de seda quedó reducido a harapos y sus manos, limpias y cuidadas, sangraban por las astillas.
Al anochecer, cuando la leña estaba ya junto a la lumbre, Enrique se arrodilló a su lado. La mujer respiraba entrecortada, su orgullo hecho añicos. No quedaba ni rastro de la altivez anterior, solo agotamiento y, curiosamente, una paz extraña.
Levántate, le susurró Enrique.
No puedo musitó ella.
Ya has hecho lo más difícil. Te has olvidado de quién eras y has recordado lo que vale el esfuerzo.
Le tendió la mano. La señora se aferró a ella y, asombrosamente, sintió apoyo bajo sus pies. Titubeando primero y después con más seguridad, se puso en pie. Por primera vez en tres años, se sostuvo sola.
Miró el sobre de billetes, mugriento por el barro, y entendió que esos papeles ya no tenían valor alguno.
Tus piernas solo obedecen a quien conoce el peso de la tierra dijo Enrique al volver a la casa. Márchate. Y no vuelvas a pensar que en la vida todo se puede comprar.
Empezó a descender por el sendero de la sierra. Lento, sintiendo cada guijarro bajo sus pies. Por fin, al sentir la tierra, supo que era realmente rica.







